Regreso al hogar

Capítulo 27

Bella y yo estuvimos hablando largo rato sobre, bueno, sobre nada en realidad. Hablábamos como viejos amigos. Incluso almorzamos juntos, con los niños sentados entre nosotros. Evitamos hablar de nosotros, Edward, o cualquier otra cosa que nos incomodara. Tendríamos que volver a hablar de eso en algún momento, pero por ahora, la tregua era agradable. Creo que ambos la necesitábamos. Teníamos que tomarnos un respiro del estrés emocional.

Alrededor de las tres de la tarde me disculpé, me levanté de la mesa y caminé hacia la puerta lentamente. No quería arriesgarme a que su marido llegara a casa antes de lo previsto.

—Así que, ¿le vas a contar esto a Edward? —murmuré diciendo su nombre por primera vez en horas. Intentaba fingir que no existía. Aunque nunca salió en la conversación, estaba siempre en el aire.

—Claro —contestó caminando hacia mí con Vanessa en la cadera. Sus grandes ojos eran dulces y sonreía con esos labios perfectos.

—No me golpeará la próxima vez que me vea, ¿verdad? —pregunté con una sonrisa. Aunque solo bromeaba a medias. Sabía que si yo fuera él, me golpearía con dureza.

—No lo creo —soltó una risita, evidentemente divertida por la idea de que volviera a suceder. Estaba bien verla así de nuevo, especialmente ya que yo era la causa. Parecía que habían pasado años desde la última vez que hice sonreír a alguien.

—Bien —esbocé una pequeña sonrisa.

No podía evitarlo. Probablemente era una mala idea pero no pude evitarlo. De acuerdo, no probablemente, era una idea terrible, pero aún así, la razón para hacerlo era la misma.

Me incliné, coloqué una mano en su mejilla y rocé sus labios con los míos. No fue con ansia o fiereza como el otro día. Fue amable y cargado de emociones sobre las que no tenía control real, a pesar de lo mucho que intentaba dominarlas. Tenía que mostrarle mi corazón, aunque fuera por un solo segundo. Permanecimos juntos un momento antes de retirarnos, apoyé la frente en la suya y cerré los ojos. Aunque el beso no fue… activo… sentía que mi corazón saltaba en mi pecho. Me sentía casi como si hubiera corrido un kilómetro.

—Te quiero —murmuré. Antes de que pudiera responderme nada me aparté y avancé hacia la puerta. No quería oírlo. De una forma o de otra, sería doloroso.

Debía ir a ver a más de una persona antes de volver a mi habitación a pensar o, más bien, enfurruñarme. No podía cambiar de la noche a la mañana. Después de todo, era un simple humano. Creo que incluso un santo hubiera tenido dificultades en este momento. Nadie era tan bueno.

Lo que venía ahora era lo más duro de todo, incluso más que Bella.

Alice.

Sabía donde vivía aunque nunca había estado. De todas formas no hubiera sido tan difícil de encontrar ya que estaba en la mitad muerta del pueblo. Si es que estaba en casa. Esperaba que sí. Por mucho que la temiera, quería hablar con ella. Necesitaba hablar con ella.

Necesitaba volver a ver su cara.

De nuevo, no sabía qué decir. Ni siquiera estaba seguro de que piso era el suyo. Solo hubiera tenido que llamar hasta que encontrara el correcto. Si eso era lo que tenía que hacer, lo haría. Pero, no cambiaba el hecho de que me iba a sentir como un idiota haciéndolo.

Eran casi las cuatro, el cielo comenzaba a oscurecerse aunque aún faltaban un par de horas para que el sol se pusiera por completo. Las nubes empezaban a arremolinarse, escondiendo el sol. Esta noche habría tormenta otra vez. Ninguna sorpresa para el este de Texas en primavera.

Caminé hasta el portal del edificio, intentando reunir el valor necesario. No estaba seguro de si me quedaba. El corazón me martilleaba en el pecho y tenía las palmas de las manos sudorosas.

Había un par de chicas cuchicheando animadamente en los escalones. Cuando me detuve delante de ellas, miraron hacia arriba y sonrieron levemente. Una se alisó la falda mientras la otra se recostó hacia atrás, haciéndome una revisión. Sus acciones eran curiosas.

—Eh… Hola —dijo una de ellas coqueteando con una gran sonrisa en la cara.

—Hola —murmuré educadamente avanzando hasta la puerta. Por alguna razón me incomodaban.

—¿Estás buscando a alguien en particular? —preguntó la otra, obviamente ignorando el hecho de que no le prestaba la menor atención. A ninguna de ellas.

—Alice —contesté al decidir que podía utilizarlas para saber lo que quería ya que estaban decididas a hablarme.

—Y, ¿por qué? —dijo la morena frunciendo los labios en señal de decepción. No entendía qué era lo que les decepcionaba. Ignoré la pregunta.

—¿Cuál es su habitación?

La rubia soltó una risita como si hubiera dicho algo gracioso.

—¿Por qué quieres ir a su habitación?

—Tengo… asuntos que tratar con ella

—Asuntos, ¿eh? —la morena se rió en voz baja

—No sabía que se hubiera metido en el negocio —dijo la rubia con cara seria. Entonces ambas se echaron a reír, apoyándose la una en la otra. Tardé un rato en entender de qué hablaban.

—No es lo que pensáis —dije con firmeza, sintiendo el desprecio por ellas crecer en mi interior. Por supuesto que ella no era así. Pero, al mirarlas a ellas me di cuenta de que ellas sí —¿Seríais tan amables de decirme cuál es su habitación?

—No sé por qué te molestas. Te lo pasarías mucho mejor con nosotras. Primera planta, la tercera puerta a la izquierda.

—Gracias —dije escuetamente antes de deslizarme dentro. Estaba seguro de que en cuanto desaparecí comenzaron a cuchichear sobre lo que acababa de pasar y no tenía ganas de oírlo. Odiaba el hecho de que Alice tuviera que vivir entre mujeres así. Me pregunté por un segundo si podría encontrarle otro lugar para vivir. Un sitio más adecuado para una joven maravillosa. No necesitaba relacionarse con mujeres como ellas.

Antes de que pudiera ahondar mucho en ello, me di cuenta de que estaba en su puerta. ¿Ya había hecho esto dos veces hoy? Y después tendría que enfrentarme a mi madre en algún momento. Al menos no tenía que ser hoy. No creía que pudiera con ello. El estrés hubiera sido excesivo.

Demasiadas mujeres que complacer en un día.

Me mordí el labio inferior durante un largo minuto intentando decidir qué decir.

—Hola. Sé que me odias pero…

Claramente no podía empezar así. Sabía que realmente no me odiaba, aunque si que ahora le disgustara verme. Sabía que podía arreglarlo. Sabía que podía cambiar todo esto si me daba la oportunidad.

De verdad quería esa oportunidad.

Di tres golpes rápidos a la gran puerta de madera y esperé pacientemente a que la abriera. Ni siquiera estaba seguro de que estuviera en casa. No oí nada detrás de la puerta mientras esperaba, pero eso no quería decir nada. Quizá estaba echándose la siesta. Quizá estaba leyendo…

Quizá estaba con otro hombre en este preciso momento que era mejor que yo y que la trataba como una dama, dijo la voz de la culpa en mi cabeza.

Me sorprendió cuánto me había dolido siquiera pensarlo.

Se abrió la puerta lentamente, pero muy poco. Primero vi sus grandes ojos verdes antes de que la abriera más, dejando ver su cara. Tenía el pelo recogido desordenadamente en lo alto de la cabeza y su piel estaba sonrojada. Pequeñas perlas de humedad formaban gotitas que se deslizaban por su cara, por su delicada mandíbula hasta su cuello. Suponía que la había pillado lavándose para la cena o algo. Me sentí un poco culpable pero no iba a permitir que eso me detuviera.

—Jasper, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó obviamente sorprendida

—Quería hablar contigo otra vez. Tengo que…

—De verdad que este no es el mejor momento —dijo rápidamente cortándome las palabras

—Alice, tengo que hacerlo. Por favor… tengo que disculparme por mi comportamiento.

—Jasper, está bien. De verdad que lo está —contestó Alice tan rápido como yo. Empecé a preguntarme qué demonios estaba pasando. ¿No quería verme con tantas ganas?

—¿Puedo hablar contigo dentro? —supliqué con suavidad, sintiendo la terrible culpa. ¿Me había portado tan mal que ni siquiera me quería cerca de ella?

—De verdad que no es el mejor momento. ¿Puedo hablar contigo más tarde? ¿Quizá mañana? —antes de que hubiera terminado siquiera comenzó a cerrar la puerta.

La impaciencia me podía, tengo que admitirlo. Quería hacerlo ahora. Quería hablarle de mis sentimientos y de mis pensamientos antes de perder el valor.

Coloqué la mano en la puerta para evitar que la cerrara. La empujé para abrirla ligeramente para poder entrar y hablar con ella.

Dejé escapar un suspiro por lo que vi.