AMOR SANGRANTE

19. Fuegos artificiales

El camino a casa fue una tortura para James y para mí. Intentó mantenerme en su regazo cuando entramos en el coche, pero sabiendo que había policías en la ciudad, me senté junto a él. En cuanto estuvimos fuera de ella, volví a sentarme encima. En solo un segundo, James había desabrochado el cinturón de seguridad y me puso en su regazo. Aún me estaba recuperando cuando sus labios volvieron a atacar los míos.

—Por Dios, ¿es que no podéis quitaros las manos de encima o tener los labios separados ni un minuto? —preguntó Eleazar —Sabes de sobra que Cerys aún necesita respirar.

—Cállate —gruño James

—Vamos, Eleazar, sabes que si no estuvieras conduciendo nosotros estaríamos haciendo lo mismo —le picó Carmen

—No, si no tuviera que conducir, te habría llevado corriendo a casa. Es más rápido que conducir —contestó Eleazar.

—Gracias, Eleazar —dijo James sonriendo ampliamente.

—¡Eleazar! —gritó Carmen. No pude oír nada más ya que James me sacó del coche, cuando aún estaba en marcha. Grité cuando el viento me golpeó por primera vez. Rodeé el cuello de James con mis brazos en ese mismo momento y echó a correr por el bosque mientras me llevaba como si fuera una novia. Entorné los ojos y enterré la cabeza en su pecho. Eleazar llevaba razón. Llegamos a casa antes que ninguno.

La casa estaba a oscuras cuando entramos pero no creo que James se diera cuenta. Mantuvo la velocidad y corrió hacia mi habitación, bueno, creo que volvía a ser nuestra habitación. Finalmente aminoró cuando entramos en el cuarto:

—Fin del juego, hemos ganado —dijo tendiéndome en la cama

—¿Hemos?

—Ambos tenemos lo que hemos estado… buscando estos últimos días —sonrió. Dejó una de sus manos en mi pelo mientras que la otra comenzó a recorrerme. Sus labios volvieron a los míos. Deslizó la lengua entre mis labios e, inmediatamente, la succioné en mi boca. El frío músculo me hizo gemir por el contraste de temperatura con la calidez de la mi boca. Nuestras lenguas pelearon un poco, pero no entré en su boca a causa de aquellos colmillos venenosos que esperaban nuestro error. Cuando me aparté para respirar, comenzó a besarme el cuello y el pecho. Gemí por el roce y por el hecho de que no fuera piel contra piel.

—¿James?

—¿Sí? —murmuró contra mi piel

—La ropa… quiero que me quites la ropa —gemí.

—Estaba pensando lo mismo —dijo. Una de sus manos me levantó un poco la espalda y la otra buscó la cremallera. Rugió al no poder encontrarla. Puse los ojos en blanco y le aparté. Me dejó hacer y levanté delante de él.

—No tiene cremallera —susurré. Al ponerme de pie me aseguré de rozarme contra su cuerpo. Recorrí mi cuerpo con las manos y lentamente levanté el bajo del vestido. Poco a poco dejé a la vista mi culotte de encaje negro y mi ombligo. Antes de llegar hasta los pechos, lo dejé caer un poco, haciendo que James gruñera. Hizo amago de ponerse de pie pero le indiqué que no con los dedos. Comencé a mover las caderas mientras me levantaba lo que quedaba del vestido, me lo saqué por la cabeza haciendo que el pelo cayera desordenado.

En vez de dejar que James se quitara su ropa, aunque noté que ya se había desabrochado unos cuantos botones, me acerqué y comencé de desnudarle. James se quedó en silencio, exceptuando los gemidos que soltábamos que iban ganando en intensidad y frecuencia. Cuando le despojé de la camisa, recorrí su pecho con mis uñas, haciendo que sus músculos se contrajeran y relajaran por el contacto. No me concentré demasiado en su piel desnuda, si no en la que aún estaba tapada. Desabroché el botón de sus vaqueros con un chasquido de dedos y le bajé la cremallera lentamente. Su erección era ya evidente y sonreí cuando salió a saludarme.

Le bajé los pantalones y los boxers a la vez, liberando su erección. Era grande y tuve varios segundos de duda, pero antes de que pudiera hacer otro movimiento, James se había quitado los zapatos y los calcetines, así como el resto del pantalón. En cuanto estuvo libre de sus ataduras, tiró de mí y nos giró para volver a estar de nuevo encima de mí. Sus labios acariciaron los mío con otro beso arrasador. Sus manos se deslizaban por mi pecho, masajeándolos y asegurándose de que mis pezones estaban en alerta máxima.

—James —gemí mientras me retorcía bajo sus talentosos dedos. Sonrió y siguió bajando las manos hacia mi sur. Llegaron a mi monte de Venus y coquetearon con los labios. Su boca se detuvo en un pezón y su lengua jugó con él. Sus manos seguían jugando conmigo, humedeciéndome más, si eso era posible. Palpé la cama, encontré un trozo de sábana y me aferré a él hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Gemí cuando James me introdujo un dedo, haciendo que todo mi cuerpo se apretara contra él.

—Estás muy húmeda —me susurró James al oído. Su oreja estaba junto a mí, así que me acerqué y le di un mordisquito mientras él seguía llevándome al borde del abismo. Metió un dedo y luego otro, haciéndome gemir más alto. Por fin, con la voz ronca de James susurrándome palabras de ánimo al oído, me vine, esparciendo mi humedad por su mano.

Cuando me recuperé, le aparté de mí, me puse sobre él y tracé un camino de besos descendiendo desde el pecho. Me aseguré de rozar su miembro mientras bajaba. Ambos gemimos por el contacto. Cuando llegué hasta abajo, besé su pene. Abrí la boca y el acepté lentamente, animando a James a llegar más adentro. Todo lo que mi boca no podía atender, mis manos se encargaban de acariciar. Los movimientos de James se hicieron más apremiantes, así como sus gemidos, hasta que me levantó antes de dejar salir su leche.

—Sabes que no tenías por qué hacer eso —me quejé cuando miré el desastre.

—Ya te lo tragarás en otra ocasión —contestó James. Se volvió a colocar sobre mí y apoyó todo el peso en sus antebrazos al inclinarse hacia mí. Abrí las piernas completamente para facilitarle el acceso. James me besaba mientras dirigió su miembro a mi húmedo valle. El beso se interrumpió por un gemido al unísono. El contraste de temperaturas mejoró la experiencia. Tras lo que me pareció una eternidad, James alcanzó mi frontera. Me miró a los ojos y, sin decir nada, irrumpió en mí, haciéndome chillar. Un par de lágrimas resbalaron por las mejillas pero le insté a continuar.

Las embestidas fueron lentas al principio, cada una más profunda que la anterior. Lentamente comenzó a coger velocidad. Se aferró a mí con fuerza y, cuando intentó soltarme, le supliqué que me agarrara de nuevo.

—James —gemí cuando comencé a llegar. La boca del estómago se me puso insoportablemente tensa —¡James! —grité. Intenté que mis caderas fueran al encuentro de las suyas, pero iba a tal velocidad que fue imposible alcanzarle debido a mi humanidad. Aquello no parecía molestarle, ya que había comenzado su propio recital de gemidos.

—¡James! —grité cuando llegué al orgasmo. James continuó y la presión en el estómago volvió rápidamente. Estaba llegando al segundo clímax mientras los gruñidos y gemidos de él subieron de volumen.

—Cerys… —susurró con voz ronca

—¡Sí! ¡James! —volví a gritar al volver a correrme.

—¡Cerys! —rugió al llegar al orgasmo. Sentí como su frío semen se derramaba en mi interior. Nos quedamos inmóviles durante un rato, intentando recuperarnos. Finalmente rodó sobre sí mismo y me colocó en su pecho. Su cuerpo helado me ayudó a quitarme el calor que me incendiaba por dentro.

—¿Cerys?

—¿Sí? —respondí con cansancio

—Te quiero —dijo

—Yo también te quiero —le besé antes de volver a acurrucarme a su lado y quedarme dormida.