"Love Destroy"


01. Desde el siglo XXV, sin amor pero con cariño.


- Se despertó a las 6:35 de la mañana tras un más que merecido descanso de dos horas.

Había programado la cabina de descanso media hora antes de la habitual para estar bien mentalizada y con las ideas claras ante la jornada de hoy, lo iba a necesitar.

Una vez hubo desbloqueado el cristal de fibra de vidrio que la aislaba del exterior con una simple lectura de retina (prefería ése método antes que por identificador de voz ya que en una ocasión en que se puso afónica tuvo que repetir la orden al menos tres veces hasta que la máquina la reconoció), se levantó muy lentamente, se desperezó y bostezó sonoramente antes de ponerse en pie e ir medio grogui hacia la puerta del baño.

La verdad es que tenía el sueño bastante pesado ya que, en teoría, la cabina de descanso debería hacer que el usuario en cuestión se levantara medianamente despejado. Y con ella no funcionaba.

La puerta automatizada del cuarto de baño se abrió ante ella sin hacer apenas ruido y se volvió a cerrar una vez puso los pies dentro de la estancia. Todas las puertas eran de bastante buena calidad para ser de un apartamento de empresa; no una empresa cualquiera desde luego, pero era extraño tener tan óptimo nivel de vida (transporte público gratis, línea de red gratis, contrato que incluía la jubilación anticipada, apartamento amplio, de calidad y que podría adquirir como propio en muy pocos años) siendo tan sólo Técnico Superior, Informática Maestra y Auxiliar de Montaje. Si ella vivía tan requetebién siendo empleada de nivel 5 no quería ni imaginarse la gran vida que debían de permitirse los científicos-creadores de nivel 7+, el cargo más alto después del Jefe Supremo.

Se metió inmediatamente dentro de la ducha y dejó que el agua de temperatura regulada por la vivienda inteligente le mojase el cuerpo entero.

Tenía un cuerpo bonito, la verdad. Un poco pálido y con determinadas zonas donde se le podían apreciar trazas del sistema circulatorio, pero bonito. Las piernas eran largas y estilizadas (por algo medía metro setenta y uno de estatura), los brazos un tanto trabajados y con el inicio de una incipiente musculatura, el vientre plano, la cintura estrecha, los pechos firmes y de un tamaño ni grande ni pequeño… en definitiva, se gustaba a sí misma y estaba contenta con su físico, punto pelota.

Mientras el agua se deslizaba hacia abajo y le escurría por el pelo y por los pechos pensó nuevamente en la importancia que tenía ése día en especial para ella: la habían convocado para un comité de reunión de empresa donde estaría presente ni más ni menos que el Jefe Supremo.

Hacía meses que lo veía venir, el Supervisor de Montaje le había estado comentando que no sabía qué diablos estaba ella haciendo en aquel nivel si ya estaba cualificada más que de sobra para ascender de categoría con los conocimientos adquiridos y con el impresionante dominio que tenía en informática; que ya no pintaba nada allí.

Eso la animó a ponerse de lleno en hacer horas extra, en solicitar formalmente que se le asignaran tareas mayores relacionadas con la protección de datos del sistema de redes al tiempo que, por cuenta propia, elaboró un proyecto de diseño de I.A.O. (Inteligencia Artificial Orgánica) que había presentado dos semanas antes de que le notificasen su asistencia a la reunión de hoy.

Olía a ascenso por todas partes.

Si hoy conseguía pasar al nivel 6 en el escalafón de empresa, sería de las empleadas más jóvenes allí: tenía diecisiete años.

Eso era un orgullo para ella, tenía ambiciones y esperaba poder llegar algún día al dorado nivel 7+; formación, aptitudes y ganas no le faltaban, desde luego.

Cuando el ordenador central que administraba el hogar decidió que ya había gastado suficiente agua, cerró paulatinamente el chorro que salía de la alcachofa de la ducha y la dejó con el cuerpo templado y goteante. Suspiró y procedió con una mano a escurrirse el pelo, largo hasta las rodillas y pigmentado (que no teñido, eso estaba desfasado) de un tono verde oscuro mientras con la otra tanteaba la pared en busca de una toalla. Una vez consiguió localizarla y hacerse con ella, se la envolvió alrededor y se aseguró de que el cabello no le chorreaba, salió de la ducha ya del todo despejada y encaminó sus pasos hacia la secadora.

No tardó ni dos minutos en eliminar el agua de su cuerpo y en que su cabello adquiriera un nada desdeñable volumen. Lo peor venía ahora: peinarse.

Reconocía que no era un hábito muy elegante, pero le tenía auténtica alergia al peine, no le gustaba un ápice.

A ver, en el trabajo no es que fuera despeinada, pero sí llevaba greñas a veces; la cosa es que hoy no podía hacer eso, debía causar una buena impresión. Por lo menos hoy.

No sin cierta aprensión, pilló por banda uno de los numerosos cepillos, la mayoría nuevos, que tenía metidos en un bote sobre la repisa del espejo del lavabo y se entregó a la tarea de desenredarse aquella melena que se empeñaba en no cortar, pero tampoco en cuidar.

Estuvo por espacio de diez minutos largos peleándose con los nudos, después se hizo una cola caballo en la coronilla, decidiendo que iría así, y salió desnuda con el pijama en la mano, directa al ropero.

Se puso lo primero que vio que no estuviera ni roto, ni llamase demasiado la atención ni fuera hortera. Siempre se vestía un pelín punk o underground, era su rollo, hasta ahora no le habían dicho nada…

Giró la vista hacia la cabina de descanso y la observó detenidamente; cuando se acostaba en ella no llegaba a plantearse si era realmente cómoda o no ya que caía a plomo gracias al sistema de ondas ultrasónicas que te pegaban de pleno en el cerebro y aceleraban el "reseteo" del mismo de modo que dos horas era el equivalente de seis. No tenía consecuencias funestas en el organismo ya que descansabas igual, tanto el cerebro como el cuerpo y, según el logo de todas las empresas fabricantes "Vivirá más horas de su tiempo".

Esto último era cierto, pero la tenencia de una cabina en cada casa implicaba que la gente, según qué empleos, trabajase de diez a doce horas de media en jornadas divididas en mitad de las cuales estaba otro descanso de al menos una hora (el equivalente a tres) mas las comidas, para no forzar al cuerpo.

El invento sí que te proporcionaba descanso y mayor tiempo libre, pero la trampa residía precisamente en que la gente curraba lo que era impensable como normal hace cien años. Ahora las cosas eran muy distintas.

Ella era afortunada, su jornada era de diez horas. No estaba mal.

Sacudió la cabeza, se miró los zapatos y encaminó sus pasos hacia la cocina.

Una vez estuvo allí, se dirigió primero hacia uno de los armarios de pared, lo abrió y, de entre una docena de frascos, eligió tres, extrajo una cápsula de cada uno y los volvió a dejar en su sitio.

Vitaminas, un tranquilizante suave y parte de lo que suponía su dieta diaria. Solía coger siempre dos, lo del tranquilizante era por lo excepcional del día.

Las vitaminas y la cápsula alimenticia eran otro cantar, prácticamente todo el mundo las tomaba, no era nada fuera de lo habitual.

- Activar sensor de voz - dijo alto y claro al tiempo que se sentaba sobre la repisa de una encimera - Quiero un chocolate caliente y un par de piezas de fruta.

"Orden en curso" - contestó una agradable voz femenina desde el techo de la sala - "Especificación de fruta, por favor".

- Ponme dos manzanas - respondió ella con voz aburrida - Y quiero que también limpies la casa hoy.

"Orden en curso".

Se quedó un momento con la cabeza contra la pared hasta que de la misma emergió una apertura que contenía una bandeja con el desayuno que había solicitado. Se lo tomó a toda castaña, corrió a lavarse la boca, pilló el bolso, la tarjeta de identificación, la tarjeta llave y un par de pendientes al vuelo mientras se ponía el abrigo y desaparecía por la puerta gritando:

- ¡Activar sistema de seguridad antirrobo!, ¡bye!

"Orden en curso" - replicó la máquina con su habitual voz calmada y amable - "Que tengas un buen día, Lean".

Cogió el circular de las ocho menos veinte de puro milagro. La verdad es que rara vez lo había perdido aunque siempre lo pillase por los pelos… era algo así como el pan nuestro de cada día.

Mientras se sentaba y miraba el paisaje urbano por la ventanilla a su izquierda, Leandra Nichols pensó en su futuro, en lo que podría ser su más que seguro ascenso, en lo que eso le reportaría… los empleados del nivel 6 con una buena formación informática y de ordenadores de amplio espectro podían hacer las veces de auxiliar para los creadores del nivel 7+. Costaría trabajo, sí, pero merecería la pena poder contemplar la cumbre del trabajo de aquella empresa: la I.A.O. creada para viajes en el tiempo.

La tecnología había avanzado mucho, pero a finales del siglo XX todavía usaban aquellos aparatejos arcaicos denominados Reproductores de Vídeo… al fin y al cabo eran los albores de la era de las máquinas, y la empresa quería comenzar infiltrando I.A.O. desde el mismo corazón del avance.

Por eso mismo ya hacía cosa de diez años que estaban trabajando con los viajes espacio-temporales. Era muy sencillo: crear I.A.O. específicas para ser reproducidas en aquellos aparatos de vídeo del siglo XX y llevarlas a aquella misma época para cumplir su función específica de erradicar la fuente de todos los males del mundo humano: ése sentimiento irracional, fugaz, incierto y frágil al que la gente denominaba soñadoramente 'Amor'.

Amor… qué cosa tan tonta. La mayoría de la población del siglo XXV no tenía ni la más remota idea de lo que ésa palabra significaba e implicaba. Y Lean no era una excepción a la regla.

En una sociedad tecnológica donde prima la razón y los sentimientos pasan a un segundo plano unidos a una infancia traumática habían hecho de la joven Lean otro ser artificial que vive, pulula por las calles, aporta a la sociedad y nunca llega a ser realmente feliz.

Del 25% de la población que nacía de forma natural y no en incubadoras artificiales, sólo un 5% eran familias que permanecían unidas. Lean había nacido en ése rarísimo margen del 5%, y no recibió amor alguno por parte de una madre psicológicamente dependiente de un padre que las maltrataba a las dos día sí, día también.

Un día vino a casa especialmente cabreado y, tras propinarle una soberana paliza a la niña, que se quedó quieta y tumbada en el suelo esperando que aquel infierno acabase, fue a por la madre a la que, mira tú por donde, estranguló con sus propias manos.

El tipo fue detenido y juzgado por un tribunal mayor. Lean fue a parar a uno de tantísimos orfanatos, o Centros de Menores masivos donde nacían y crecían los niños-probeta hasta los trece años, y en todo ese tiempo se dedicó a absorber información como si de una esponja se tratase, era superdotada.

La enseñanza que en todos los Centros de Menores se impartía era bien sencilla: implantarla de manera artificial en el cerebro de los niños. Eso era la enseñanza básica hasta los ocho años, luego venía para lo que cada niño tenía predisposicón de aprender. Y a Lean le encantaban los ordenadores.

Por otro lado, estudió hasta los quince, edad legal adulta, Biogenética Combinada, pero no la contrataron en la empresa por eso, no.

Ésa gente sabía muy bien que, personas inteligentes y que habían sufrido por amor como Lean, se sentirían irremediablemente atraídas por la perspectiva de erradicar la fuente de todo su dolor.

Ése era el principal objetivo de la empresa.

Lean se bajó en la parada a tres minutos caminando hasta su trabajo.

Su segundo hogar.

Ellos habían entendido lo que suponía el amor para la humanidad: una lacra.

Ellos cambiarían el pasado y, quizás, ella no tendría que sufrir una niñez salpimentada de golpes y lágrimas en el silencio. Ellos eran su esperanza y ella haría todo lo posible por hacerles avanzar en su causa.

Atravesó la última calle y el último rascacielos hasta que pudo ver claramente el letrero de su empresa.

"Paraíso S.A."


Nota de la autora: bueeeno, hacía mil que no me decidía a publicar una historia viendo que tengo afinidad por series manga que no muchos de habla castellana conocen o no les interesan. La verdad es que Video Girl Ai me lleva gustando muchos años desde que la pillara por tomos de Planeta de Agostini (sin censurar) en una esquina olvidada de la tienda-kiosco de mi pueblo. Reconozco que, nada más abrir el número 12 (sí, empecé por ahí... ¬¬) y encontrarme a una Moemi desnuda pidiéndole a Yota que se acostara con ella me escandalicé, y mucho (¿qué queréis? trece años...); pero luego pudo más la curiosidad que la vergüenza y lo compré (y mira que ponía bien clarito en la solapa "Manga para adultos", estos kiosqueros...).

Por supuesto que al principio no me enteré de nada, me encontré con el final de una historia en el tomo 13 bastante impresionante y que me dejó con las ganas de leerla desde el principio ya que Video Girl Len en realidad era otra cuestión que no te resolvía las dudas.

En fin, tras un período de tres años en el que logré hacerme con la colección enterita y ver los OVA's (me quedo con el manga, indudablemente), me quedé con una serie de cabos sueltos que el amigo Katsura no resuelve en absoluto a lo largo de la ejecución del manga. Una de mis principales dudas era: "¿Quién coño es ésta gentecilla del Paraíso (Gokuraku para los despistados)?". Pues de ésa cuestión ha surgido ésta historia en la que una chica que está en la edad del pavo trabaja para la empresa Paraíso en un futuro donde la gente ya no recuerda qué es amar de verdad.

Bien, sé que tardaré en actualizar ya que os estudios son lo primero; pero si veo que os gusta y me comentáis intentaré ir más deprisa, puede que en un par de días suba otro, pero no garantizo que a partir de ése punto tarde menos de un mes o así por cada capítulo.

Prometo que en ésta historia saldrán nuestros queridos Ai y Yota, no podrían faltar. Sin embargo, me voy a centrar más en personajes del Paraíso como el Abuelo, Roleck o el Jefe Barteck, ya veréis ji ji ji ^^

Por cierto, el título tiene un guiño a JAMES BOND, por si no lo pilla alguien ("Desde Rusia, con amor").

Venga, comentadme si éso y espero que os mole. Bye bye.