Disclaimer: Los personajes son propiedad de Sherrilyn Kenyon.

Dedicado a: Para la Princesa Fiona en su cumpleaños.

Tocar la piel de Bride…

Podría vivir cientos de años, y ese simple acto no dejaría nunca de aturdirlo, como la primera vez.

Ese momento mágico, que en gran medida lo fue, en que rozó su mano, y muy dentro de sí, supo que no podría dejarla nunca.

Y no se trataba sólo de esa bendita ley de encontrar a tu pareja, iba mucho más allá de eso. Lobo o no, Bride era su otra mitad, ese pedazo de alma que le faltaba para estar completo. Claro que Fury se reiría en su cara si alguna vez se le ocurría mencionarlo con esas palabras frente a él, pero de cualquier modo, no era algo que necesitara gritar a los cuatro vientos. Él lo sabía, ella lo sabía; eso era suficiente.

Podría pasar horas viéndola dormir, contentándose con pasar un dedo por su mejilla, maravillado por ese hormigueo que recorría su cuerpo, y que no disminuía ni un ápice sin importar cuánto tiempo pasara.

Le costó mucho dejar la costumbre de abrazarla en medio de la noche, aterrado con la sola idea de perderla, recordando viejos miedos. Pero como le demostraba ella una y otra vez, estaba escrito en su destino el salvarlo. Arrancar una a una sus capas de inseguridades, desenvolver a conciencia esa ternura que guardó por tantos años, hasta casi olvidar que aún continuaba allí, esperando por esa mujer.

Y su sonrisa…el modo en que su sonrisa le permitía olvidarlo todo, bueno o malo, porque su mundo se volvía tan pequeño como el rostro que tenía frente a sí, y nada más importaba.

Él, que había pasado por las más terribles humillaciones, que sintió como arrancaban su humanidad a golpes, y lo echaban al mundo preparado para desconfiar y morder, rendido a los pies de esa humana que le devolvió las ganas de vivir con una sola mirada. No existir, como llevaba haciendo por tantos años, sino vivir con cada fibra de su cuerpo, amarla y protegerla sin importar los riesgos; anhelar mucho tiempo más en la tierra, siempre y cuando ella estuviera a su lado.

Si sólo una semana antes de conocer a Bride, alguien le hubiera dicho que él, Vane Kattalakis, iba a pasar noches cuidando el sueño de una mujer, sólo por el placer de oírla respirar, habría pensado que le jugaban una mala broma.

Pero ahora, que era justamente lo que hacía, en tanto pasaba una mano por su cadera, ya no creía que hubiera nada de gracioso en la idea; le sonaba más bien a una predicción maravillosa.

Y el lobo que vivía en él, adormido por los tiempos de paz, se rendía encantado, satisfecho por primera vez en centurias de haber encontrado al fin un verdadero hogar.

N.A. Allí está, Fionita, ojalá te gustara este pequeño relato de tu Were-Hunter favorito, se hizo con mucho cariño. Feliz cumpleaños.