Esta historia pertenece a la tetralogía EL TEMPLO DE LAS TINIEBLAS.

Los sucesos con que termina la serie de TV rompen el equilibrio en el mundo de los horrores. Sus consecuencias se dejarán notar en el mundo humano en general, y en Koga y Kaoru en particular.

La tetralogía está formada por los siguientes relatos de trama consecutiva:

1) El retorno de los exiliados.

2) La llamada de la sangre.

3) Cuestión de supervivencia.

4) Epílogo.


EL RETORNO DE LOS EXILIADOS

Una olvidada raza de horrores, liberada de su opresión de milenios y deseosa de poder, irrumpe en las vidas de nuestros protagonistas con un propósito deliberado.


Capítulo 1: Sombras

El horror vigila el portal atentamente. Con sus redondos ojos. Sus antenas, a pesar de elevarse casi un metro por encima de su reseca cabeza, de poco sirven para captar algo en otra dimensión. Espera, sabiendo que no encontraría otro congénere con voluntad suficiente para ejecutar semejante plan. Puede permitirse ser paciente, siempre que mantenga su hambre bajo control.

Una sombra se insinua al otro lado del portal. Como una exalación su brazo cruza de dimensión, le da un violento zarpazo a la sombra y vuelve a retirarse. Vaya, se lamenta en seguida, mirándo su garra teñida con sangre casi negra, se trata de uno de esos estúpidos merodeadores. Cambio de planes immediato. Se precipita al otro lado en busca de su víctima, la qual se desprende con rapidez del humano que había poseído para huir más ligero. És inútil. Le alcanza con facilidad y no tarda en convertirse en energía y nutrientes almacenados en su segundo estómago, el de las reservas. Justo cuando aprovechaba la ocasión para llevarse al desgraciado humano con él de vuelta a su mundo, oye un grito. Otro humano, testigo aterrorizado de la aparición, que huye. El forastero se da prisa en regresar, no quiere llamar la atención sobre sí mismo, ni entre los humanos ni entre los horrores que merodean entre ellos.

Ya en terreno conocido, el cuerpo que arrastra consigo se desintegra, ja no podrá probar la carne humana y ver si realmente vale la pena salir y correr el riesgo de tropezarse con un caballero makai. Por eso los horrores Bariri como él son de clase superior: más inteligentes y prudentes, tienen la comida al alcance de la mano, y dominan a los otros horrores por el miedo a ser devorados.

Dado que la carne humana adulterada por un merodeador no es ni una cosa ni otra, no le sirve para nada. Tiene que esperar otra oportunidad. El portal se halla en el territorio adecuado, sólo necesita un humano para empezar a deambular libremente.

Su paciencia se ve recompensada cuando ve la siguiente sombra. O no. Apenas su garra se precipita a través del portal, el dolor desgarra su cuerpo, retrayendo en el acto su brazo. Su mano ha sido cercenada de cuajo con la insoportable eficiacia del metal del alma. Ya es mala suerte que un caballero makai advirtiera este portal precisamente ahora, y lo cerrara con rapidez.

El horror Bariri tuvo un gran berrinche al ver sus planes frustrados, por eso ahora se dedica a cazar a otros horrores indiscriminadamente para aliviar también su dolor en el brazo mientras éste empieza a regenerarse.

Cuando restablece el control sobre sí mismo se da cuenta de que, con toda probabilidad, el caballero makai responsable de su lesión es el que está buscando. Bien, se ensañará en su venganza cuando llegue el momento. Habiéndose animado a sí mismo, busca y encuentra otro portal en la misma zona. Ahora entiende por qué a veces es necesario arriesgarse en el mundo de los humanos. A fin de cuentas, se arenga, según las memorias de otros horrores que ha ido recopilando, ellos son los depredadores naturales de los humanos, y los Caballeros Makai son muy pocos.

Le lleva tiempo ver su paciencia y su espera premiadas. Con íntimo gozo contempla la roja sangre que mancha su mano, y no resiste la tentación de llevarse, de un lametazo, buena parte de la carne arrancada a su víctima. En seguida decide que los humanos son poco menos que insípidos para los puros paladares Bariri. Contempla el portal al otro lado del cual debía haber un humano con una fuerte hemorragia, pero se centra en sí mismo.

Sus largas antenas descienden hasta que sus extremos se mueven entre los restos de su mano, copiando su ADN. Creyó que su transformación estaría completa en unos diez segundos, como de costumbre, pero no contó con que las enormes diferencias entre ese ADN y el suyo requieren más tiempo, e incluso dolor.

A penas un minuto después Filo Envenenado se adentra, entusiasta, en el mundo de los humanos.


– Zaruba, ¿quedan más posibles portales oscuros?

– Ése era el último. Has trabajado mucho hoy y te convendría descansar un rato, Koga. Imagínate que esta noche tuvieses que salir de cacería.

El joven piensa que la diminuta cabeza parlante de su anillo tiene razón, y emprende la marcha hacia casa, con el aliciente de volver a contemplar el rostro de su amada y de perderse entre la calidez de sus brazos.

Un rato después su desarrollada percepción le advierte que alguien le sigue.

– Zaruba, ¿hay algún horror por aquí cerca?

– En absoluto. ¿Por qué?

– Olvídalo.

Koga sabe por experiencia que un humano decidido y con odio suficiente puede ser más peligroso que un horror hambriento, y que no puede levantar su espada contra él. Bien, ya está llegando a casa y no ha sucedido nada. Si lo vuelve a sentir siguiéndole lo interceptará.

Su paso se apresura y su semblante se suaviza cuando ve en el jardín, dándole la espalda, la figura de ella.

– ¡Kaoru!

– ¡Cuidado con el seto! –exclama ella.

Koga vuelve la cabeza automáticamente a derecha y a izquierda hasta comprender que el aviso no es para él. ¿Por qué no se ha girado para recibirlo? No lo habrá oído. Entonces oye otras voces. ¿Qué sucede aquí?

Lo primero que ve cuando llega donde está ella, doblando la esquina de la casa, es un enorme camión. Y luego un par de hombres cogiendo los extremos de unas largas placas de madera clara, tratando de hacerlas entrar por la puerta. ¿Otra vez? Desconcertado, contempla a la muchacha.

– Kaoru...

– Hola, Koga –dice ella, aún sin volverse hacia él.– ¡Vigilen con la mesita que hay al otro lado de la entrada!

¿Dónde está su abrazo, ese que le hace volver feliz a casa? ¿Dónde está esa mirada que siempre celebra su regreso? De pronto desea echar a fuera a los forasteros que le arrebatan el afectuoso saludo al que tiene derecho.

– Kaoru, ¿para que es éso?

– Estoy harta de la deprimente decoración del comedor, ¡es tan oscuro!

Koga no se imagina qué quiere decir ella con "oscuro", pero ella lo toma por el antebrazo y lo arrastra al interior de la casa, y entonces comprende. Sus ojos no esperaban encontrar tanta luminosidad en el comedor y tienen que parpadear.

– ¿Dónde están las cortinas? –protesta a su entusiasta novia.

– Las vamos a cambiar. Son casi opacas, y mantienen simpre el comedor en una terrible penumbra.

Además, las oscuras (y nobles) maderas de mesa, sillas, sillones y armarios han sido sustituídas por otras más sencillas y claras; sólo las maderas que tapizan parte de la pared permanecen intactas, creando un extraño contraste.

Una súbita ansiedad se apodera del joven. Sin previo aviso, los muebles con los ha convivido casi toda su vida desaparecen. Conocer a Kaoru le ha permitido mantenerse firme en su humanidad, pero ya no. No le importó (o al menos no tanto) cuando ella cambió la decoración de su habitación, pero ahora ha invadido su terreno. Quizá no tendría que haberle dicho "mi casa es tuya" cuando se reencontraron tras su regreso de Europa, pero entonces sintió que quería hacerlo. ¿Está siendo posesivo con sus cosas, o egoísta con su terreno? ¿Está flaqueando su confianza en ella?

– ¿Qué te parece? –pregunta la chica, rebosante de esperanza.

Él, confundido, no puede abrir la boca. Abandona el comedor a grandes zancadas dejando tras de sí a una Kaoru desilusionada y entristecida.


– Perdone, señorita, ¿puede ayudarme con un herido, por favor?

Llegar tarde al trabajo: lo que le faltaba para completar el día. Kaoru sigue resignada al hombre de la camisa de rayas, consolándose en que puede que así dejará de pensar en el mudo desplante de Koga.

– Quizá baste con llamar a una ambulancia –dice el desconocido, deteniéndose en una pequeña calle desierta.– Me he olvidado el móvil en otro pantalón.

Cuando la muchacha empieza a buscar el pequeño aparato en las pobladas profundidades de su bolso, detecta que algo va mal. Apenas su cerebro registra un rápido movimiento del desconocido y unas uñas inusualmente largas en un hombre, antes de sentir un lacerante dolor en el brazo izquierdo. Sonrisa malvada del desconocido; sangre en su mano. Gotas coloradas en el suelo. Su propio brazo, ensangrentado. ¿Es que le ha arrancado la carne? ¿Éso blanco es el hueso?

Impresionada por la visión, Kaoru pierde el sentido.