Capítulo 12: Claroscuro

Koga observa el improvisado campo de batalla cuando sale a ayudar a sus compañeros. Quedan siete horrores, de los cuales tres estan heridos, y otro ataca a enemigos y congéneres indistintamente. Tsubasa y Rei ya luchan sin armadura. Jabi, entorpecida por el bulto y el peso del lanzallamas, ha dejado el suyo en el suelo y, sin alejarse de él, lucha con sus banderas mágicas. Akane se limita a manener alejados a sus atacantes hasta que los caballeros han dejado a algún horror lo suficientemente vulnerable para ser volatilizado con el Fuego.

Por lo magullados que parecen sus cuatro compañeros, Koga supone que la inferioridad numérica les ha pesado mucho. Ésto, que en cualquier otro momento le habría dañado en el alma, ahora lo ve como necesario para haberse curado. Si hubiese sido tan estúpido como para desafiar a sus compañeros y salir a luchar con ellos, probablemente habría caído.

El Bariri loco se precipita hacia Akane y apenas puede evitar que, antes que ésta pueda encender su máquina, de un súbito salto aterrice sobre ella. Pero el pesado lanzallamas escapa de sus manos. A pesar que ella está ahora libre para luchar y que su descontrolado adversario no hace mucho para rechazar sus golpes ni para esquivar sus hechizos, acaba siendo agarrada por el cuello. Y le habría clavado los colmillos en el hombro si Koga no le hubiese distraído asestándole un duro estoque.

El caballero había visto un poderoso corte de espada en el vientre del ser. Su centro de la saciedad había sido destruido y ahora sólo tiene hambre, por lo que su instinto de conservación está notablemente disminuído. Tiene que ponerse la armadura para poder detenerlo.

La carne de su adversario ofrece mucha resistencia al metal del alma, y se puede regenerar. Su violencia ciega no da ni un respiro a Garo, e incluso logra agarrarlo y lanzarlo lejos, pero Akane recupera su lanzallamas y lo utiliza. El enloquecido horror se revuelve contra ella y está a punto de arrancarle el aparato de las manos. Así, Koga tiene oportunidad de invocar el Fuego, y el Bariri se encuentra entre dos frentes ígneos. Su hambre, superior a cualquier otra consideración, lo hace precipitarse contra el adversario más fácil de devorar, la sacerdotisa, qué no lleva armadura. Acometida con tanta dureza, el poco manejable lanzallamas se le escapa una vez más. Dejado de lado por el desquiciado ser, Koga aprovecha para clavarle en la espalda su espada ardiente, y logra mantenerla ahí a pesar de que las fuertes sacudidas de su adversario están a punto de lanzarlo lejos. No tarda en ser consumido enmedio de una hoguera verde.

– Un Bariri hambriento no es ninguna broma –comenta Akane, jadeando y sangrando.

El caballero pretende aprovechar sus últimos segundos para ayudar con los otros Bariri, pero poco puede hacer. Jabi ha retomado su lanzallamas y se está concentrando en dos enemigos heridos. Rei i Tsubasa se enfrentan a tres horrores. Koga decide unirse a ellos, y tras él llega Akane.

Por primera vez en inferioridad, la rabia los vuelve algo imprudentes. Uno de ellos cae. Akane da cuenta de él y Jabi se une al grupo.

Los dos horrores restantes detienen su ataque en seco. Se miran mutuamente, mientras los cinco humanos los rodean. Luego, uno de ellos arremete contra Jabi y Tsubasa y el otro da de improviso un enorme salto por encima del revoltijo formado por los tres contendientes, y vuela un trecho hasta que desaparece de vista entre los árboles. La bestia que permanece peleando se encarga temerariamente de que ninguno de los humanos pueda seguirlo. Un verdadero suicidio.

Silver, la joya guía de Rei, anuncia que se dirige hacia un portal recién aparecido, y verifica que se mete por él.

Al acabar, cuatro rostros serios rodean a Garo. Él despide a su armadura.


Llaman a la puerta.

– ¡Adelante!

Koga asoma la cabeza. Ella le sonríe. Por fin ha logrado acostumbrarlo a solicitar entrada.

– Pasa.

Mientras él se acerca, Kaoru se incorpora en la cama para sentarse y se arregla la toalla que le hace de turbante. Su cabello no ha sobrevivido al Fuego Guía y no tiene intención de quitársela hasta que le haya crecido lo suficiente.

A él le cuesta hablar.

– ¿Cómo te encuentras hoy?

– Todavía me siento muy rara, pero diría que mejor.

– Jabi me ha dicho que dentro de una semana estarás casi bien.

– ¿Ya se ha ido?

– Todos se han ido. – Pausa. Incómoda. – Gonza quiere que te diga que dentro de media hora te traerá la comida.

– ¿Qué tal está él?

– Los horrores no lo trataron muy bien, pero fue una suerte que llegáramos a tiempo de aplicarle el Fuego antes que la infección se extendiera más allá de su brazo.

– ¡Estupendo! –Otra pausa–. Así que ahora hay que contar con otro tipo de horror...

– Dudo que se queden donde están. Uno se escapó e informará a los otros.

– Me querían a mí.

Pero él no dice nada. ¿Cuándo aprenderà? Koga no hace comentarios ni retóricos ni inútiles.

– ¿Por qué no te sientas?

Él parece sorprenderse. Toma asiento en la silla junto a la cabecera de la cama. Tercera pausa. Kaoru empieza a ponerse nerviosa. Él no la mira cuando vuelve a hablar.

– He visto que guardaste los muebles antiguos desmontados en el almacén.

¿Acaso creyó que los había tirado?

– Son maderas de calidad, ¿cómo no iba a hacerlo? Quizá algún día, cuando sea una abuelita de cabello blanco, me apetezca sacarlos otra vez. –Risita tonta.– O quizá te apetezca a ti.

Un silencio, más largo. Kaoru se pregunta cómo podría romperlo de nuevo, cuando él le fija los ojos y habla.

– Cásate conmigo.

No és que a ella no le apeteciera, que sí, o que temiera que él le estuviese gastando una broma, ya que Koga tiene el sentido del humor subdesarrollado. Quiere gritar su asentimiento, pero necesita ser prudente. Se pregunta si ha recibido ayuda externa para hacer esta petición, pues durante tiempo ha tenido la impresión que a él le importan muy poco las formalidades sociales. Hasta había pensado que un día la agarría por la muñeca y la arrastraría hacia la cama, y se había preparado para hacer frente a esa contingencia.

– ¿De verdad lo quieres?

Koga se remueve inquieto en la silla, y se levanta.

– Yo... creí que era lo que se hacía en éstos casos.

Se dirige veloz hacia la puerta. ¿Vergüenza? ¿Dolor?

– ¡Espera!

Kaoru extiende una mano hacia él para hacerlo volver. Sí, no hay duda de que se le ha ocurrido a él solo. Las lágrimas de sus ojos y la amplia sonrisa de sus labios le dan la bienvenida.

FIN