(xxxHolic y sus personajes son propiedad de CLAMP)

"Ella será amada" Capítulo 20: Ella es amada

Cinco años después…

La nueva mañana que abruma a la cuidad, la alarma de un despertador que me aturde mientras intento encontrarlo para apagarlo, el rayo de luz solar que traspasa mi ventana y me deja muy en claro que debería levantarme de una buena vez. Busco mis anteojos con las manos alrededor de mi cuerpo, en el borde de mi futón, en todos lados hasta que los encuentro; prosigo a ponérmelos torpemente y somnoliento, logrando también pararme para prepararme un desayuno rápido. Veo qué tengo de comer en la alacena de mi cocina, pero realmente no había nada que fuese tan bueno como para saciar mi hambre; así que improviso, tomo unas galletas de un empaque y agarro una manzana del frutero para desayunar antes de irme al trabajo. De repente me doy cuenta, una vez más, del silencio arrollador que abunda mi morada. En verdad no es algo a lo que no estuviese acostumbrado, y después recuerdo tres figuras que vivieron conmigo durante cierto tiempo; se podría decir que eran fantasmas, espíritus, entes, ilusiones o cualquier otra cosa, pero yo afirmo que ese trío de chicas eran verdaderas: Ame Warashi, la "Niña de la Lluvia"; Zashiki Warashi, "El Duende del Hogar"; y Kohane Tsuyuri, la niña que deseaba entrar al Cielo. Ellas definitivamente estuvieron conmigo y me ayudaron en lo que pudieron, lo sé; aunque no pude ni siquiera darles las gracias de manera apropiada; además de tener siempre el apoyo de mis difuntos padres, que me visitan cada cierto tiempo, aunque sea sólo en sueños. Su ayuda me hizo darme cuenta de lo que realmente pasaba en mi vida. Finalmente pude aprender a ser feliz en verdad, sin tener que complacer deseos demasiado egoístas, ni andar detrás de una persona como perro faldero desorientado; creció dentro de mí una nueva manera de ver la vida, dándome a mí mismo la oportunidad de disfrutar la vida y de agradecerle lo que ha pasado, porque lo que nos sucede, sucede por una razón. Tanto fue así que aprendí la lección, que también supe despedirme de mi primer amor: Himawari Kunogi, pero en eso ayudó que ella se sintiera del mismo modo hacia mí. Desde nuestra despedida siendo novios, nuestra relación se deterioró en una medida notable, ya que nos era difícil vernos a los ojos e intentar no recordar todo lo que pasamos juntos. Desde paseos en un parque hasta unas borracheras tremendas, desde unas simples caricias hasta los más apasionados besos, desde cotilleos hasta secretos de amantes; pensar que todo eso había cambiado por unas sencillas palabras nos hizo más escabroso el camino hacia la "reconciliación", por decirlo así. Todavía me acuerdo de las primeras dos semanas de nuestra ruptura, que fue de las peores torturas que se me han aplicado; varias imágenes, ciertamente borrosas, me muestran la historia que pasó. Durante esos primeros catorce días y quizás durante mucho más tiempo, no soportábamos ni siquiera vernos a los ojos directamente y también era difícil hablar sin quedarnos en algún momento en un incómodo silencio que nos castigaba un largo rato, al menos hasta que la más mínima cosa nos hiciera decirnos adiós; con el tiempo dejamos de mirar al pasado que teníamos en común, y sin discutirlo ni argumentar nada, decidimos encaminarnos a un mejor futuro para los dos, uno donde nada nos detendría y nunca intentar volver a la época cuando estábamos juntos. A partir de esa decisión, nos hicimos grandes amigos. Volvimos a hablarnos como solíamos hacerlo, a salir a pasear a cualquier lado para hacer cualquier cosa, regresamos a los buenos términos; después de un tiempo, Himawari comenzó a decir que yo era su hermano mayor y que ella sería para mí una hermana menor, cosa que me agradó bastante. Unos meses antes de graduarnos del Instituto, me dijo que iría al mismo plantel de la Universidad del idiota de Domeki, pues resultó que se veían regularmente para que él le enseñara a ella lo que no entendía de las clases; sin embargo, pronto esa frialdad que antes tenía Domeki por Himawari se volvió en una amistad sólida, y no tuvo que pasar mucho para que ese sentimiento se transformara en amor. Hoy en día, tres años después de la proposición que le hizo Domeki a Himawari de ser su novia, siguen juntos felizmente, incluso supe que empezaron a vivir juntos cuando ella cumplió los veinte años.

"¡Oh, rayos! Son casi las ocho, debo apurarme. ¡Despierta, Kimihiro!"

Me cambio rápidamente de ropa y salgo disparado por la puerta rumbo a mi trabajo. Hace un par de años buscaba un empleo para poder costearme un mejor apartamento y mejores ropas, a pesar de seguir durmiendo en un simple futón; aunque a final de cuentas, es más por costumbre que por falta de dinero que no compré una cama. Mi nuevo hogar lo encontré en una locación intermedia entre la Universidad a la que asisto y mi trabajo, así no tengo que andarme liando con pasajes ni autobuses ni nada: es cómodo. Además, trabajar como vendedor de antigüedades y curiosidades no me daña en nada; de hecho, me gusta mucho. Siempre es interesante ver lo que la historia tiene para nosotros, en especial con esas reliquias que nadie conoce y que deben valer millones de dólares; hay veces en que los arqueólogos y coleccionistas que llegan a la tienda a vender o comprar objetos, me cuentan sus relatos de dónde los obtuvieron o de donde los conocieron. Me gusta, la paga es buena y mis compañeros y mi jefe son buenos conmigo; ¿por qué no quedarme?

—¡Hola, loco!

Una chica de cabello negro, peinado solamente por una diadema que se confunde entre su rizado cabello, con cautivadores ojos verdes se acerca al mostrador justo donde yo estoy; me ve de espaldas a ella, acomodando unas cosas en una repisa. La voz tan dulce que tiene me llama con esas palabras. Me volteo para asegurarme que es ella; su visita me deja perplejo por unos segundos, me callo y reacciono abrazándola y con un beso en la mejilla. Es ella. Mi hermana menor. Himawari.

—¡Hola! Milagro que te dejas ver, ¿eh? —respondo sarcásticamente para hacerla reír.

—No exageres tanto, Watanuki. Nos vimos la semana pasada —afirma divertida.

—Pero casi no vienes a mi trabajo, a eso me refiero.

—Ay, bueno, ¿sabes? También tengo una vida social, un trabajo y una carrera por terminar —recalca burlándose de mí—. Pero no vine a discutir de eso contigo; como hoy es domingo, vine a pedirte de favor si me acompañabas a tomarnos un café al acabar tu turno de trabajo.

—Sí, por supuesto, nos vemos a las 6 aquí mismo.

—Bien. Entonces, ¡nos vemos al rato!

Me alzó la mano mientras se marchaba del local para despedirse; va corriendo, dejando ondear la falda color caqui que lleva puesta, combinada con una blusa verde oliva. La observo yéndose, con montones de gracia y alegría desbordando de su ser. Para ser honesto, nunca pensé que volvería sonreír así, al menos no para mí; siempre me imaginé que seguiría desviando las miradas que me dirigía ocasionalmente, que las palabras nos harían falta en una conversación y que jamás me volvería a ver como un amigo para ella otra vez. A decir verdad, le agradezco más que nada a Domeki, pues fue quien levantó a Himawari cuando más duro había caído; pero él también tuvo que aguantar un duro golpe de mi parte, casi una traición de su mejor amigo. En una ocasión que nos vimos, reuní todo el valor que tenía para confesarle que yo estaba enamorado de la profesora Ichihara a sabiendas de sus sentimientos; él simplemente me observó unos segundos, dijo "gracias"; me extrañó más que no se fuera, sino que siguió hablando, diciéndome que tal vez le había pasado lo mismo con Himawari: que quizá ella le gustaba desde antes, pero se contuvo cuando vio que nos hicimos novios en pleno inicio de clases del Instituto, y que nunca mostró sus verdaderos sentimientos hasta que ella le diera una señal de que le gustase; que aunque estuvo enamorado de Yuuko, no era tan fuerte como lo que sentía por Himawari, y que ese amor se hizo pasajero; que si ella no buscaba, él no haría más que acompañarla un paso detrás de donde ella estaba. En su momento me sentí mal por eso. Sin embargo, y para consuelo suyo, Himawari pudo corresponderle sin que él le mencionara algo de lo que me dijo a mí; así que en ese momento, caminé hacia él y lo tomé del hombro, lo golpeteé un par de veces y le di las gracias también. Ambos fuimos sinceros. Después de eso, no hubieron ni resentimientos ni secretos guardados, ya no más. Me he atrevido a pensar que recuerda la advertencia que le hice hace unos años, cuando terminamos Himawari y yo, de permanecer al lado de ella siempre que lo necesitara y cuando yo no pudiese estar allí para ella. Mis recuerdos me absorben en el transcurso de la tarde y despierto de ellos cuando mi jefe me da luz verde para marcharme, me paga, voy a la puerta principal para encontrarme con mi hermana menor, nos vamos platicando en el camino varias cosas que nos sucedieron en la semana que no nos vimos; entre bromas y risas, podemos llegar a un sencillo local donde escogemos una mesa cercana a una ventana y seguimos riendo a carcajadas, hasta que llegamos a un punto donde acabamos casi muertos. Unas pequeñas risas aún salen de la temblorosa boca de mi acompañante, dolorida por tantas risotadas que dimos.

—¿Sabes, Watanuki? He estado pensando mucho últimamente… —me dice, dirigiendo la mirada a la ventana.

—¿En qué, Himawari?

—En los tres. No sé, ha pasado tanto desde que nos conocimos, ¿recuerdas? Éramos unos niños —continúa, mientras unas imágenes borrosas de mi infancia cruzan mi mente en aquellos momentos donde estábamos nosotros tres en el esplendor de nuestra inocencia—. No sabíamos que nos volveríamos a encontrar en el Instituto y lo que vendría después, especialmente en el tema romántico, ¿cierto?

—Sí… y pensar que todo acabaría así.

—Tienes razón. Hemos pasado por muchas cosas, pero por lo menos no dejamos cabos sueltos entre nosotros.

—¿Qué puedo decir, Himawari? Nunca hubo otra opción para los tres —digo con tono melancólico y colocando mi cabeza sobre la palma de mi mano—. Aun así, ¿por qué de repente sale esto a tema? ¿Qué acaso Domeki te hizo o dijo algo malo?

—No, no es eso, soy feliz con él; de verdad —responde alarmada.

—¿Fui yo?

—¡Te estoy diciendo que no es así, tonto! —argumenta con una voz infantil y agitando ligeramente las manos en el aire con los puños cerrados, desesperada por mis especulaciones—. Es que… es algo complicado, tal vez tú no lo entiendas.

—Está bien, puedes decirme lo que sea.

—¿Seguro que está bien, Watanuki? —pregunta ingenuamente, a lo que yo asiento—. Bien, aquí va… ¡Quiero casarme con Domeki!

Hicimos una pausa en lo que Himawari esperaba una repercusión de sus palabras en mí que no fuera quedarme con una sonrisa de idiota pegada en el rostro, significando que yo siguiera sin procesar la información recién recibida; sin embargo, no hago caso a mis pensamientos y mi instinto me ordena hacer exactamente lo opuesto. Ella se me quedó viendo como si yo fuese un loco extraño y esperó nerviosamente mi verdadera expresión facial ante tal revelación, pues sabía mejor que nadie que esa cara es la que pongo cuando no logro controlarme por dentro y estoy a punto de explotar en millones de pedazos en el lugar donde esté. Con la sonrisa aún puesta en el rostro injustificadamente, mi hermana se alarma poco a poco al ver que sigo sin decir ni hacer nada; su yema del dedo índice toca mi mano con un ligero picoteo constante, esto se convierte en un par de delicadas manos que sacuden mi brazo para tratar de obtener una respuesta. Al darse ella por vencida para hacerme despertar, yo pude tragarme esas palabras con más facilidad. Casarse. Matrimonio. Himawari. Domeki. Esto me tomó mucho más tiempo de digerir que la noticia que estaban viviendo juntos, mis primeras palabras después del shock fueron no precisamente las más amables de todas.

—¡¿Es en serio, Himawari?!

—¡Ah, deja que te explique! —me dice aterrorizada por mi renuencia a entender sus razones, ella toma aire lentamente y se da su tiempo para tranquilizarse—. Mira, él y yo estamos por cumplir tres años de novios, vivimos juntos y como te acabo de decir, nos conocemos prácticamente desde que éramos niños. Pero no quiero hacer nada apresurado ni presionarlo a que me proponga matrimonio aquí y ahora, por eso no se lo he comentado jamás… ¡y tú no debes decirle nada sobre esto! ¿Entiendes?

—Sí, sí, entiendo; pero, Himawari —respondo empujándola hacia atrás, ya que me ha acorralado contra mi propia silla para hacerme aceptar su petición—, ¿no crees que es mejor hablarlo con él o por lo menos insinuárselo?

—No, interpretará eso como una obligación a hacerlo, y aunque lo desee con todo mi ser, sé que no es el momento para eso.

—¿Quieres que le haga una indirecta o…?

—¡Diablos, Watanuki Kimihiro! ¡Escúchame o empieza a buscar un manual para comprender a las mujeres! —replica revolviendo su cabello con sus manos en círculos delatantes de la desesperación—. Lo que quiero es que tú sepas lo que ha estado rondando mi cabeza, además que quiero que me aconsejes y me digas si estoy haciendo mal o bien al andar pensando en esto.

De nuevo hacemos una pausa para que pueda analizar lo que me platicó. Pienso muy poco antes de comenzar a sermonearla.

—Bueno, tú sabes que no soy el mejor en el tema del amor —menciono con un suspiro intercalado en mis palabras—. Y tampoco creo que sea lo más recomendable que se casen ahora mismo, a pesar que Domeki esté a punto de acabar la carrera; no obstante, te digo que tampoco está mal que esa clase de pensamientos anden vagando en esa cabeza tuya. No apresures lo que es incierto aún. Si lo haces, te juro y perjuro que seré el padrino de tu boda, ¿trato?

Le estrecho la mano como señal de negociante, brindándole también un ambiente de burla a mi promesa para relajar un poco a mi acompañante. Ella responde con una ligera risa y en un apretón recíproco a modo de acuerdo legal.

—Bien, tú pagarás por mi vestido.

—Lo veremos.

—Gracias, Watanuki. ¡Ah, ya me siento mucho mejor! —mencionó estirando sus brazos hacia arriba y a los lados, como si se acabara de levantar—. De verdad, muchas gracias por escucharme.

—Por supuesto, después de todo, soy tu hermano mayor.

—¡Claro! Pues, toma —me dice mientras saca unos billetes de su billetera y me los entrega—. Es mi parte de la cuenta; me tengo que ir, y gracias por haber venido conmigo, Watanuki. Nos vemos.

—Nos vemos luego —digo mientras ella se va alejando con una mano en alto.

Mis dedos van jugando con la taza de café caliente aún sin terminar. La figura regateadora de Himawari ronda en mi cabeza tan felizmente, como la pequeña flor que es ella para mí, hasta que llega a mi mente la corrompida imagen de ella en un vestido de novia caminando hacia el altar. El altar. ¿Y quién estará esperándola allí? ¡Rayos, rayos, rayos, rayos! ¡¿Por qué tuvo que ser él entre todos los hombres del mundo?! Ese idiota de Domeki… Honestamente: ¡¿Cómo pudo funcionar en un principio?! La pureza y amabilidad de Himawari es total y absolutamente incompatible con la ineptitud y terquedad de él; no pudieron haber funcionado tan bien para que duraran hasta… hasta… ¡hasta…! Sin embargo, lo único que se me viene a la mente junto con esa imagen, son las palabras que me dijo Himawari el día que le pregunté por qué estaba feliz con Domeki si eran tan distantemente opuestos; su respuesta fue:

Es un misterio, lo sé; yo creo que tal vez es porque los polos puestos se atraen, ¿no crees?

Su sonrisa en ese instante denotó cuan feliz era a su lado y cómo disfrutaba su compañía, así que sólo le di una ligera palmada en la cabeza, la abracé y le dije que estaba bien si ella lo quería así. Ella también me abrazó y me dijo que así ella lo deseaba. De todos modos, ella tenía razón en sus palabras; Yuuko era totalmente diferente a como era yo. Sí, Ichihara Yuuko era, es y será siempre el más grande amor de mi vida entera. Ella se fue hace casi seis años a vivir a Inglaterra, pues tuvimos un amorío mientras yo seguía saliendo con Himawari, lo que la lastimó mucho al convertirse en lo que más odiaba: una amante; su ex marido la había engañado con varias mujeres y por eso creía que se había hecho una más de esas. Sin embargo, yo mantengo que mi relación con Himawari estaba destinada al fracaso desde el principio. Estoy seguro que era así. Pero aún, Yuuko debía darse tiempo para perdonarse por lo que había hecho; irse de mi lado fue la única solución para evitar tener regresiones ante tantos recuerdos, tanto tristes como alegres conmigo y con la gente que conoció aquí. Ella no me lo confesó, sino Domeki. Un día, hace mucho tiempo, él la besó en la biblioteca del que era nuestro Instituto; debo decir que me dolió saberlo y también el hecho que Yuuko nunca me lo había dicho, pero creo que no quería lastimarme diciéndome que mi mejor amigo la había besado, por lo que la comprendí en ese momento, fuere cual fuere el día que había sucedido. Hay veces en las que veo por una ventana y me pregunto qué hubiera pasado si no la hubiera encontrado en el día tan lluvioso de mi cumpleaños, seguramente no le hubiera confesado mis sentimientos; ¿y luego qué? ¿Domeki estaría con ella en este preciso segundo? ¿Estaríamos Himawari y yo juntos? Si así fuera, ¿estaríamos peleándonos a cada rato o estaríamos en paz? Quizá nunca descubra la respuesta, pero valió la pena quedarme con la duda de ese pasado para poder vivir éste futuro, donde ahora me aferro a un sueño de terminar una carrera y de trabajar duro para tener un buen hogar algún día. Se lo prometí a ella, a Yuuko. Estoy seguro que me diría que lo he hecho bien y que quiere que siga por este camino hasta el día que ella regrese a mi lado y así no quedarme en este recorrido para hacerlo aún mejor de lo que ya es; realmente deseo hacerla feliz y verla así por siempre, porque ese es mi objetivo para toda la vida: mantenerla feliz. Un día, ella regresará a Japón y verá mi nueva vida, entonces podré cumplir mi juramento. La noche carcome a la bella tarde que abrumó hoy a la ciudad, así que dejo la paga y propina en la bandeja de la cuenta y me marcho del lugar a mi departamento; cuando llego ahí, lo primero que hago es atravesar la sala y aventarme al futón de mi cuarto para relajarme al fin, ¡y mañana me espera un larga, larga jornada en el campus de la Universidad! Debo resistir unos semestres más y terminaré mis estudios para arquitectura.

—Buenas noches —murmuro mirando a la luna que se asoma en mi ventana.

Cierro los ojos y despierto un poco aturdido por el sonido del despertador a las siete y media de la mañana. Es lunes. Debo ir a la Universidad para presentar el examen parcial del semestre y terminar la planeación del proyecto para el siguiente curso, debo apurarme para no quedarme con tantos pendientes y acabar atareado y estresado. Le doy dos vueltas al apartamento buscando apuntes, ropa limpia, desayuno y cosas necesarias para éste día. Al final, me da igual si algo se queda atrás en el departamento, solamente me interesa llegar a tiempo a mis clases y acabar con la evaluación de hoy para evitarme el martirio de la desesperación, habrá tiempo de sobra para eso en la entrega de resultados. Corro hasta llegar al campus, agitado y sin aire, entro al edificio que me corresponde; la campana suena justo cuando abro la puerta del salón, aún no he visto ni rastro del profesor, así que me apresuro a alcanzar mi asiento. A los pocos minutos, el tiempo del examen empieza y nos marcan 90 minutos para contestar todas las preguntas que vienen; en cuanto vi el examen postrado en mi escritorio, supe que no saldría de la misma forma en la que entré, que saldría hecho una plasta semi humana descarriada y sin poder pensar ni en lo más sencillo. Pero bueno, ¡todo sea por ese título que me está esperando! Y sin temores a reprobar, empecé a contestar rápidamente lo que me sabía; después, lo que tenía una idea a medias; para el gran final, las preguntas a las que, de plano, no les entendí. Para mi pura suerte, en la mayoría tengo al menos una vaga pista de lo que son o de lo que tratan, dándome una pequeña ventaja: oigo varios murmuros de parte de mis compañeros de clase que van desde teoría hasta práctica; sin embargo, soy yo el centro de atención de los rumores, pues todos saben bien que soy de los pocos que se tomaron en serio la carrera y se quedaron a asesorías o estudiaron arduamente en todo el año y obtuvieron las mejores calificaciones en los exámenes parciales. El único problema de estar entre los mejores de la clase, es que llegan momentos como éste, donde eres el más buscado entre tus compañeros, pidiéndote respuestas en medio del examen. A veces es una tortura. Ya pasó al menos una hora, el salón está en silencio, excepto por los murmuros de algunas personas; mi prueba está contestada en un 80% y estoy bastante seguro de mí mismo y de las cosas que respondo en cada pregunta, así que sigo sin ningún problema por cada reactivo; no me concentro en nada más que en la hoja de papel que está sobre mi escritorio, mi prioridad es ésta. ¡Noventa minutos! El timbre sonó y fue el aviso final para quienes no habían terminado y marcó la salida de aquellos que habíamos acabado a tiempo, por lo que salgo disparado hacia afuera para estar libre un segundo y comprar algo de beber. Estoy cansado física y mentalmente, además que hoy no tengo ganas de hacer nada más importante que hacer en el campus; mejor me retiro y me tomo el resto del día como recompensa por mi arduo trabajo en el salón. Voy a comprarme un agua en una tienda dentro de la escuela y me marcho sin más, dejando detrás todo lo que hoy debería estar haciendo; lo único que quiero es relajarme el resto de la mañana y ya después iré a mi trabajo en la tarde, pero por ahora descansaré a gusto en mi cuarto. A cada uno de mis pasos, caen pétalos de cerezo al compás del viento bajo mis pies, y me da una sensación de tranquilidad.

—Buenos días, Watanuki —me saluda la vieja casera de mi edificio departamental—. ¿No tenías que ir a la Universidad hoy?

—Buenos días, y sí tenía que ir, pero era nada más para un examen.

—Ya veo, bueno, te deseo la mejor de las suertes del mundo —responde amablemente mientras yo le sonrío un poco—. Antes de que se me olvide: una muchacha te vino a buscar.

—¿Muchacha? —pregunto sorprendido—. ¿Qué… qué dijo?

—Obviamente, preguntó por ti, mencionó que te había buscado en tu apartamento anterior y los nuevos inquilinos la enviaron aquí para encontrarte; luego le dije que no estabas y que volverías más tarde. Ella me dio las gracias y se fue.

—¿Cómo era ella?

—Bueno, era como de tu altura, su cabello era negro y se veía bastante joven —me responde un poco alterada la casera, tal vez porque estoy un tanto desesperado—; a mí hasta me pareció que era como de tu edad.

¿Himawari? No, acabo de verla ayer y ella no me busca tan seguido. ¿Una compañera de la clase de Arquitectura? Lo dudo, pues no le he dado a nadie mi dirección y mucho menos la anterior. Tuvo que ser alguien que no me viera desde hace tiempo, que conociera lo suficiente como para que supiera donde solía vivir y que desconociera mi nuevo domicilio, y solamente existía una persona que encajaba a la perfección con esa descripción.

—Disculpe, ¿puedo encargarle aquí mis cosas un rato?

—S-sí, pero… —responde algo desconcertada la vieja casera al verme quitarme una mochila sencilla del hombro, sacar una caja de ella y correr a la entrada del edificio—, ¿qué va a hacer, Watanuki?

—Voy a buscar a esa mujer.

Y tan pronto toco el pomo de la puerta, lo giro y empujo mi cuerpo contra la madera e inmediatamente abre. Creo que la casera me gritó algo, pero no logro a identificar sus palabras por culpa de la adrenalina que recorre mi cuerpo en este preciso momento; lo único de lo que estoy realmente consciente y que ronda en mi cabeza es que no se me caiga la cajita de la mano, aparte del hecho de saber que Yuuko ha vuelto de Inglaterra, ¡ha vuelto! Cinco años, casi seis insoportables años sin ella; finalmente la volveré a ver, ¡oh, Dios! Para ser honesto, he soñado con este día desde hace mucho tiempo, ahora lo veo materializarse poco a poco; no dejo de correr a través de la ciudad buscando entre las caras de la gente a la persona en la que estoy pensando y de mirar atrás, revisando si no me ha fallado la vista en personas que se parecen a ella. Los ojos nunca me fallan: aún no puedo encontrarla. Mi primera parada fue mi última residencia, pero se me hizo absurdo que siguiera esperando allí; prosigo a ir a su casa. Su casa. Cuando tengo tiempo, paso por ahí a recordar las idioteces que me hicieron volver tantas veces, convencido de que ella me seguía amando; en esos días, Yuuko estaba planeando su partida y me dijo en varias ocasiones que ya no me amaba, para que así estuviese al margen del dolor que le provocaba irse; pero como fiel terco que soy, insistí en que me diera la verdadera razón para que se marchase de mi lado. Al final, no hubo de otra más que dejarla ir con la condición de que volvería un día. La fachada de su hogar está igual que siempre, desde la primera vez que vine se encuentra sin cambio alguno; lo único que noto es que las cortinas están abiertas, lo que permite que vea desde la reja del jardín sus maletas intactas subidas en algunos muebles, ¿llegó apenas? Atravieso el camino hasta su puerta y toco el timbre repetidas veces hasta que me doy por vencido, me recargo en el marco de la puerta, compruebo que la caja azul marino sigue en mi mano y la guardo en un bolsillo de mi pantalón para no perderla, sigo pensando detenidamente en cuáles lugares puede estar en este momento; no conocí mucho sobre ese tema, pues ni tuvimos citas formales. Citas… ¿citas? Siempre nos veíamos en el salón de música del Instituto, ¿será qué…? ¡Maldita sea! La respuesta la tuve en mis narices corriendo por todos lados: ella está en la escuela o cerca de ella o, ¡no sé! Pero es el único lugar en el que no he estado y que tenemos en común. Agoto cualquier otra posibilidad y simplemente me voy con lo que me queda de fuerzas hacia el Instituto. Honestamente, no me puedo contener otro segundo. Quiero verla, desesperadamente; me aguanté mucho tiempo esperándola y acepté su decisión de irse a costa de mis sentimientos, ahora no debo perder ni un segundo que pueda pasar junto a ella o seguiré pensando en lo que pudo ser si hubiese perdido todavía más tiempo parado frente a su puerta. En cuestión de minutos estoy viendo a lo lejos el Instituto y reconozco que las paredes del frente han sido remodeladas y la reja se pintó recientemente; puedo ver todos esos detalles, pero no logro encontrar mi verdadero objetivo. No está frente a la escuela. Mis fuerzas me permiten llegar a la puerta de entrada, pero hasta ahí llegué; juro que si abuso de la resistencia de mis piernas, caeré en cualquier lugar; mi vista se nubla un poco y siento mareos leves. Recuerdo que tengo agua en la botella que me compré hoy en el campus de la Universidad, tomo unas grandes bocanadas de aire para recuperarme de la agitación con la cabeza hacia abajo, no aguanto el impulso y cierro los ojos mientras voy levantando mi cuerpo, recobrando mi postura original. Diviso una silueta que me es familiar, mi mente la procesa aunque la mente me esté dando vueltas en este momento e intento parpadear con fuerza para ver mejor; esto me resulta útil, mis ojos no me engañan y siento una nueva energía, pero mi cuerpo me impide moverme otra vez con tanta rapidez. Mis pulmones contienen el aire suficiente y acumulo la voz en mi garganta para ser capaz de gritar su nombre con lo que me queda de vida.

—¡YUUKO!

Con ese aullido, me hubiese sido fácil morir. Hubiese podido suicidarme con el coraje que tuve que acumular para gritar así.

Una vez más, mi cuerpo pide reposo y le hago caso y vuelvo a bajar la cabeza por unos segundos; sin embargo, la alzo para respirar un poco y en ese preciso instante, mi ex profesora giró su cuerpo mirando en dirección mía y solamente logra enamorarme como la primera vez que la vi. Una perfecta coleta baila con el viento que sopla para refrescarme y calmarme, noto que sus ojos se clavaron en los míos. Las rodillas me fallan y tengo que reposar mis piernas en el suelo por la fatiga de andar corriendo como loco buscándola sin si quiera tener la noción del tiempo de mi parte. Apoyo mis manos en el piso también, tomando una posición en cuatro patas y me siento en el concreto para no parecer tan idiota; identifico unos pasos dirigiéndose a donde yo estoy, sé que es ella quien está corriendo para socorrerme, y yo esbozo una sonrisa al verla atónita por encontrarme en tales condiciones. Quisiera que no me viera en este estado y lo primero que hiciera, fuese abrazarme; en cambio, la primera vista que tiene de mí es que estoy cansado y a punto de fallecer ante ella. De repente, por mis mejillas se derraman un par de lágrimas mientras persiste mi estúpida mueca de felicidad al verla; cuando Yuuko lo ve, se apresura a nuestro encuentro y lo primero que hace es calmar mi pequeño llanto tocando suavemente mi mejilla con su mano derecha, tan cálida como siempre ha sido y siempre deberá ser.

—¿Estás bien? ¡Te ves terrible! —pregunta alarmada.

—Gracias, ha sido lo más bello que me han dicho hasta ahora —respondo en tono sarcástico.

—¡No seas así! De verdad, ¿qué hiciste? —me reclama Yuuko desesperada.

—Durante al menos una media hora he estado buscándote en toda la ciudad como el gran idiota que soy —menciono. Ella acurruca su mano todavía más pegada a mi rostro, yo la tomo con mi propia mano y se sienta en frente de mí—. Supe que fuiste a visitar el complejo donde ahora vivo.

—Sí, fui a eso de las nueve; el avión llegó temprano, pero me tomó tiempo regresar del aeropuerto.

—Me lo imagino —digo de manera juguetona; mi expresión cambia para hacerse seria y mi boca pronuncia las palabras que no quería decir, pero tengo curiosidad—. ¿Y cómo estuvo tu estancia en Inglaterra, my lady? ¿Algún buen hombre?

Se ríe un poco y me provoca satisfacción que esté divertida por mi broma, aun así, me intriga saber si halló a alguien mejor que yo. Mi amada ve mi expresión casi muerta y ve la seriedad que tiene mi pregunta respecto a mi inseguridad; pero ella vuelve a reír.

—¿La estancia? No estuvo mal, pero me sentía sola. ¿Un buen hombre? Veamos… —hace una cruel pausa para mí y hace crecer mi intriga ante su respuesta—. Ninguno.

—¿N-ninguno?

—Ninguno, absolutamente nada —mi cara de incrédulo me delata y ella prosigue con su oración—. Watanuki, no hay nadie a quien ame más en este mundo que a ti; de verdad, no hay. Te amo.

Antes de dejarme contestar con cualquier cosa, sube su otra mano, la posa en mi otra mejilla y me acerca a ella para besarme; es el primer beso que nos hemos dado en un lapso de cinco años, su sabor es exactamente el que recordaba del primer beso que nos dimos. Imposible creer que sigo tan enamorado de ella desde antes de ese beso. No llevo bien la cuenta, pero creo que eso si fue hace seis años más o menos. Cuando Yuuko se separa de mí, sus ojos me miran con una amabilidad impresionante y puedo ver que tiene nostalgia por este tipo de momentos que teníamos en la época en que ella era mi tutora de clase; es impresionante para mí volver a esos recuerdos tan lejanos ahora.

—También te amo… Nunca dejé de hacerlo. Pensé en ti todos los días desde que te fuiste…

—Yo estaba igual —responde suavemente.

Nos quedamos en silencio durante unos minutos, sentados en el asfalto todavía; juntamos nuestras frentes con cuidado, cerramos nuestros ojos y disfrutamos el simple hecho de estar juntos de nuevo. Nada me haría más feliz… creo.

—Yuuko, ¿no crees que hace falta algo?

—¿De qué hablas? —pregunta, despegándose de mi cuerpo lentamente. Me limito a verla y desesperarla al no darle una respuesta ante su interrogante—. Watanuki, ¿de qué hablas?

—Yuuko, levántate, por favor.

Un poco molesta, me hace caso y se para mirándome fijamente y cruzando los brazos; yo sonrío y ella vuelve a hablar.

—¿Y bien? ¿Cuál es la cosa que falta? —me pregunta.

Antes de enfrentarla, respiro profundamente para darme valor y busco sus manos con las mías, quitando la posición de sus brazos; atrapo su mirada y la tranquilizo haciéndolo. Mi corazón se altera bastante con solo mirarla de este modo. El coraje se apodera de mí y mi boca se abre para iniciar otra vez la plática.

—Yuuko, el día que te vi por primera vez, me cautivaste con tu entera belleza; conforme pasaron los días siendo tu estudiante, tu carisma se apoderó de mí. Siempre ansié el día en que te dijera todo lo que siento, ahora que estás junto a mí, estoy incrédulo — hago una pausa para retomar el curso de mis ideas y ordenarlas en mi cabeza—. Cuando te fuiste, tenía un miedo inmenso de perderte para siempre y nunca verte de nuevo, pero gracias a que me dijiste tus razones de irte, sentí que me acerque más a ti.

—Watanuki, tú…

—Y ese día —sigo, interrumpiendo su oración, colocando mi índice sobre sus labios con delicadeza—, también te hice una promesa.

—No puede ser…

En su expresión se recalcó incertidumbre, miedo, sorpresa y felicidad, todo al mismo tiempo; gracias a eso, se quedó muda y me permitió sacar la caja azul marino del bolsillo de mi pantalón, que por suerte no se cayó en el trayecto. Su respiración se agitó e intentó disimularlo poniendo su mano sobre su boca, mirando la caja un segundo y volviendo sus ojos hacia mí en el siguiente segundo; mis latidos se aceleraron en cuanto ambos supimos qué seguiría. Yuuko se hizo un paso para atrás, dándome espacio suficiente como para ponerme en una rodilla frente a su cuerpo, aun con viéndome perpleja y desorientada; con la caja entre mis manos, empecé a hablar.

—Yuuko, antes de subirte al avión, te presenté un anillo que no pudiste aceptar porque te recordaría a mí y no cumplirías tus objetivos; entonces, te hice una promesa —recapitulo rápidamente el juramento y se lo digo como si me lo hubiese aprendido de memoria—: Entregarte el anillo con la condición que, al dártelo, fuera bajo la circunstancia de comprometernos en matrimonio. Yuuko Ichihara, ¿te casarías conmigo?

Ahora es ella quien rompe en llanto sin apartar la vista de mis facciones. No puede articular palabra y balbucea incoherencias; sin embargo, esto no dura mucho y cuando se oye algo entendible, me responde nítidamente.

—Y-yo… estoy… halagada por… todo esto… y n-no… —dice entre sollozos que se hacen fuertes y no le permiten hablar más; se toma su tiempo para calmarse un poco y reanuda su frase—. Watanuki, gracias por acordarte de lo que me prometiste, y yo… no sé qué decirte, es… tan repentino…

—Ah, entiendo —menciono con un poco de decepción, mientras cierro la caja. Quizá me hice muchas ilusiones…

—¡Acepto! ¡Acepto, acepto, acepto! ¡Mil veces: acepto!

Con más lágrimas formándose en sus ojos carmesí, logra decirme lo que deseaba escuchar desde hace tanto. Me quedo sin aliento, me siento más confundido que si hubiera dicho que no; un fuego se enciende en mis interiores y me obliga a volver a sonreír. Por puro impulso, me levanto del suelo con la caja estorbando entre mis manos y la miro con melancolía mientras la ayudo a levantarse de la calle; luego, sus brazos me rodean por el cuello y yo hago lo mismo con su cintura. Supongo que el suspenso valió la pena para ambos.

—¿Esto… es real? —le pregunto mientras me aferro a ella.

—Sí, lo es; lo repetiré hasta que te lo creas —me responde sin verme, pero sabe por mi movimiento de cabeza que asentí—. Kimihiro Watanuki, acepto, me casaré contigo. Nos casaremos.

Sus labios se atraen a los míos y me besa; solo que en esta ocasión, el beso en que me sumerjo con ella, sabe a pura dulzura y me dejo disfrutar del momento. La abrazo fuertemente sin importarme nada más que tenerla a mi lado. Ella hace lo mismo y quedamos atrapados en el otro; lo único que me hace separarme es recordar que todavía no le he puesto ni el anillo, entonces la aparto lo suficiente como para tomar su mano izquierda y ponerle la pequeña argolla en el dedo anular, simbolizando que a partir de este momento estaremos juntos. Pronto estaré casado con la persona que más he amado en mi vida entera. El abrazo se reanuda y ella me toma con más fuerza aún y siento que la felicidad que experimento en este segundo, no se compara a nada de lo que he vivido o viviré en lo que queda de vida; no quiero que se separe de mí por nada, nada en el mundo; quiero que se quede conmigo, así, como siempre debimos habernos quedado desde un principio.

—Te amo —afirma Yuuko apretándome hacia su cuerpo.

—Lo sé, también te amo.

—No te vayas de mi lado, jamás.

—Nunca en mi vida —prometo, acariciando su cabello y apretando su cabeza contra mi hombro.

Y de nuevo, me acerco lentamente a su boca, dándonos el beso que lo confirma todo. Nuestras manos se entrelazan y yo dejo caer a nuestros pies la caja azul que antes contenía el anillo que ahora estaba en el anular de mi prometida. Mi promesa se ha cumplido: mi vida ahora le pertenece a Yuuko Ichihara, y su vida de ahora en adelante me pertenece a mí. De ahora en más no recordaremos nada que no sean nuestros recuerdos, los que formamos juntos, a pesar de los obstáculos que se interpusieron en nuestro camino, incluyendo aquellos a los que nos enfrentamos antes de conocernos; pero desde éste punto, estoy seguro que no la haré regresar a esas memorias que construyó su ex marido en los cimientos de su mente. Estoy seguro que borraré esa mala experiencia de su vida y seguirá adelante conmigo, de la mano, sin soltarme, sin importar que tan escabroso sea el camino a nuestro nuevo destino. Estando Yuuko conmigo, caminando a mi mismo paso, estaré más que contento. Sé que estuve para ella en más de una ocasión y que ella estuvo para mí siempre que lo necesité; recordar eso, solamente me hace pensar en lo afortunado que soy al haberla encontrado y aferrarme a lo que pudo haber sido una ilusión.

Ella es la primera y única mujer que realmente amaré hasta el final de mis días. Ella es quien me sacó de la oscuridad en la que estaba mientras ella se liberaba de sus propias cadenas. Ella es la mejor persona con la que he estado. Ella es la primera que me ha recibido con los brazos abiertos para conocerla. Ella es quien más me ama.

Ella… ella es amada.

Beauty queen of only eighteen

She had some trouble with herself

He was always there to help her

She always belonged to someone else

I drove for miles and miles

And wound up at your door

I've had you so many timesbut somehow

I want more

I don't mind spending everyday

Out on your corner in the pourin' rain

Look for the girl with the broken smile

Ask her if she wants to stay awhile

And she will be loved, and she will be loved

Tap on my window, knock on my door

I want to make you feel beautiful

I know, I tend to get so insecure

It doesn't matter anymore

It's not always rainbows and butterflies

It's compromise that moves us along, yeah

My heart is full and my door's always open

You come anytime you want

I don't mind spending everyday

Out on your corner in the pourin' rain

Look for the girl with the broken smile

Ask her if she wants to stay awhile

And she will be loved, and she will be loved

And she will be loved, and she will be loved

I know where you hide alone in your car

Know all of the things that make you who you are

I know that goodbye means nothin' at all

Comes back and begs me to catch her every time she falls

Yeah, tap on my window, knock on my door

I want to make you feel beautiful

I don't mind spending everyday

Out on your corner in the pourin' rain

Look for the girl with the broken smile

Ask her if she wants to stay awhile

And she will be loved, and she will be loved

And she will be loved, and she will be loved