Prólogo.

Arrojó el cigarro en la acera y lo aplastó con vehemencia con la punta de sus botas, observando, al remover el pie, como se elevaban en el aire las últimas volutas de humo en formas espiralazas e incoherentes, hasta que una brisa violenta de frío terminó por disolverlas. Solo entonces continuó caminando.

Sus pasos eran medidos y lentos. Las calles se estrechaban a su alrededor y la penumbra lo consumía todo. El silencio era casi reverencial. Era como si el mundo pudiera percibir la inminencia de un suceso extraordinario.

El momento se acerca, pensó, mientras sus pies se movían con delicadeza felina sobre el asfalto.

Sus ojos recorrieron con presteza su entorno, escaneando los recovecos y las escaleras de los edificios callados. Sus movimientos eran los de una fiera entre los autos silenciosos y el pavimento apagado, buscando su presa, en actitud defensiva constante, como a punto de atacar.

Caminaba solo para no quedarse en el lugar, eligiendo estar en movimiento en vez de esperando contra la vitrina de un comercio cerrado y muerto. Pero sabía que no había ningún beneficio en avanzar.

Ahora solo restaba aguardar. Y había esperado tanto tiempo que no se dejaría vencer por un par de minutos más.

Llegado el momento sabía que sentiría esa familiar punzada en el pecho, ese hilo infinitesimal jalando su cuerpo hasta el lugar preciso en el momento exacto. El llamado de su destino, de su misión, de su razón de ser.

Solo entonces todo el tiempo dedicado a su cometido tendría sentido.

Continuó deslizándose entre los tachos de basura vencidos y los autos enmudecidos. Nadie caminaba por las calles, pero eso no le pareció extraño. Era como si las personas supieran cuando algo diferente caminaba por las aceras en la noche, como si en su inconciente pudieran reconocer la cercanía del peligro que las acechaba.

Presas, pensó sonriendo. Las presas pueden oler la proximidad del depredador.

Un par de gotas golpearon contra el cuero de su chaqueta, justo sobre su hombro. Y un segundo después la lluvia se abatió sobre el mundo sin clemencia, demandándolo todo, amenazando con ahogar todo los sonidos.

Pero no se inmutó. No había nada en el universo que pudiera constituir una distracción en su objetivo. Años de entrenamiento, de búsqueda y de espera habían llevado a ese instante, en ese lugar y en ese tiempo. Sería necesario mucho más que agua para abatir su determinación.

A medida que su figura avanzaba por la acera, las luces que iluminaban la oscuridad de la calle se iban apagando, una a una, volviendo a encenderse cuando era el turno de la siguiente, asegurándose de mantener en penumbras su progreso. Las sombras y el silencio camuflaban su existencia.

Entonces lo sintió. Su pecho se estrujó, sus ojos se estrecharon, sus fosas nasales se ampliaron a la búsqueda del aroma en la atmósfera, y su cuerpo se irguió felino en una postura de completa tensión. Fue como el grito de guerra de un guerrero en el silencio más absoluto.

Aún si hubiera habido testigos a su alrededor, ningún ojo humano hubiera sido capaz de captar el momento exacto en que sus piernas se lanzaron a la carrera a través de la oscuridad y el frío rumbo a su destino.

Su mente se heló y su cuerpo se focalizó solo en alcanzar su objetivo. Un depredador, voraz y aguzado, a la caza de su presa. Fallar no estaba siquiera contemplado. Había estado preparándose y esperando durante demasiados años como para errar en el último instante.

Fue su figura irguiéndose en la esquina, su perfil delineado contra la luz de la calle a sus espaldas y el modo en que el aire se condensó hasta hacerse irrespirable, lo que hizo que los dos atacantes abandonaran a su víctima.

El cuerpo que sostenían cayó sin piedad sobre el empedrado del callejón estrecho, desparramándose sobre el suelo como una marioneta, sin denostar ningún signo de vida.

Los agresores alzaron los ojos, azorados, hasta toparse con la sombra del intruso, y fue suficiente como para que el temor les helara la sangre y los testículos se les encogieran dentro de su ropa interior.

Sin volver a dar una segunda mirada a la persona desperdigada a sus pies, echaron a correr como perseguidos por el demonio. Y tal vez eso fuera exactamente lo que habían encontrado al mirar a sus ojos.

Sabiéndose triunfante, sin haber requerido más que su mera presencia para hacer que esas escorias huyeran, comenzó a moverse nuevamente sobre el asfalto, con la seguridad de una fiera, pero con renovada urgencia.

Se hincó al lado de la figura que yacía en el piso retorcida en un modo extraño, cubierta de lodo y empapada por la persistente lluvia. Extendió una mano que jamás titubeaba y removió un mechón de cabello para desocultar el rostro de la persona en el suelo. La sangre brotando de su frente y su nariz, y el labio ajado y partido, hacían imposible determinar nada excepto que se trataba de un ser humano. Sus facciones deformadas por la golpiza estaban hinchadas e irreconocibles.

Ubicó sus dedos bajo sus fosas nasales y chequeó su respiración, antes de buscar su pulso en el hueco de su cuello.

Comprendiendo que aún estaba con vida, rebuscó en sus bolsillos y extrajo una billetera que los bandidos no habían tenido tiempo de quitarle. La abrió y, sin prestar atención a su contenido, buscó algo que le indicara su identidad. En el segundo compartimiento encontró su licencia de conducir.

"Edward Cullen" leyó en voz alta, y sintió que el hombre en el suelo se removía inquieto, respirando con dificultad.

"Tranquilo" le dijo, volviendo a quitar el cabello que continuaba cayéndole sobre el rostro. "Estás a salvo"

Chequeó a su alrededor que nadie los estuviera observando, paseando sus ojos por la calle y buscando posibles espectadores en las ventanas de los edificios, aunque sabía de antemano que todo estaría vacío y abandonado.

Asegurándose de que no habría testigos insospechados, lo tomó en sus brazos y lo alzó.

Una figura delgada y menuda, con largo cabello empapado por la lluvia implacable, se movió entre las sombras de la ciudad llevando en sus brazos el cuerpo de un hombre alto y fornido como si no pesara más que el de un niño.

Mi nuevo desafío, aún demasiado fresco en mi mente, pero ya incontrolable. No tengo idea de dónde provino ni hacia dónde va. Sin embargo, por razones fuera de mi control, no puedo sacarlo de mi cabeza. Como siempre, mis propias criaturas me poseen. Ojalá me controlen para siempre…

Cuentenme qué opinan de esta nueva locura y además…¿cuál es tu criatura mágica preferida?