Doble Filo.

Summary: Aang le dijo a Katara que la venganza es un arma de doble filo, bueno, ella misma lo comprobaría quince años después.

Capitulo 1.

Era una mañana tranquila y muy soleada en la ciudad de Ba Sing Se, donde ahora vivían el Avatar Aang con su esposa, Katara, y sus demás amigos: Sokka que ya estaba casado con Suki, Toph que estaba comprometida y Iroh que ahí tenía su puesto de té, Zuko los visitaba constantemente aunque viviera en el Palacio de la Nación de Fuego.

Habían transcurrido ya quince pacíficos años desde que la guerra acabara. Aang y Katara se habían casado cuando tenían diecisiete y diecinueve años respectivamente. Ahora tenían veintisiete y veintinueve, además de tres hijos.

La primogénita era una encantadora e inteligente niña de ocho años llamada Kya, en honor a la difunta madre de Katara. Kya era una maestra agua por excelencia que aún teniendo esa joven edad controlaba el agua muy bien, impresionando a sus padres. Le seguía un niño intrépido e inquieto llamado Kuzon, la representación exacta de Aang, era un maestro aire de seis años que Aang apenas estaba entrenando, de hecho, el Avatar estaba muy emocionado enseñándole su cultura a su pequeño hijo. La menor, era una niña sencillamente hermosa de cuatro años llamada Minako, esta sonriente criatura con la inocencia pasmada en sus ojos era la niña más bonita que en la vida se hubiera visto en toda la ciudad, el pueblo entero la quería y Sokka como tío consentidor le compraba seguidamente juguetes, Hakoda, como buen abuelo, siempre le regalaba cosas diferentes. Minako era linda y divertida.

Sokka y Suki, que se casaron tres años antes de Aang y Katara, tenían solo dos hijos. Dos varones gemelos de doce años llamados Myoga y Haru. Myoga era inquieto y se metía seguidamente en muchos problemas de todo tipo. Haru por el contrario era más tranquilo y le gustaba leer. Los dos sentían pasión por las artes marciales y aprendían gustosos las técnicas de su madre como guerrera Kyoshi y el dominio de la espada de Sokka.

Toph pronto se casaría con un hombre llamado Lee del que se enamoró profundamente. Era una persona sencilla y amistosa que la quería por lo que era (de haber mentido Toph se hubiera dado cuenta) su boda estaba planeada para dentro de dos meses y la joven maestra tierra ya no podía esperar.

En cambio, Zuko se había casado con Mai y tenían un hijo, un encantador niño de once años llamado Iroh (en honor a su tío) que pintaba para ser un amable y poderoso maestro fuego. La vida de todos era perfecta y la paz se colaba en cada vivienda del mundo, todos esos sufrimientos de guerra valieron la pena si se consideraba la gran alegría que ahora colmaba sus corazones.

Pero el equilibrio dice que no todo puede ser siempre alegre.

Esa noche, Sokka los invitó a todos que cenaran en su casa. Zuko estaba de visita, pero Mai e Iroh no habían podido acompañarlo porque el niño estaba enfermo. De no ser porque el rey tierra necesitaba arreglar urgentemente un asunto político con el Señor de Fuego, se hubiera quedado en casa cuidando de su pequeño.

Pero ahora todos ahí, reunidos, era como revivir los viejos tiempos, solo que con niños ocupando asientos.

-¿Y cómo está el primo Iroh?—preguntó Kya.

-Bien, mejorará pronto—contestó Zuko.

-entonces ¿qué piensas sobre la salida de éste verano?—preguntó Sokka a Aang-¿Estás de acuerdo?

-yo si, pero deberíamos preguntarle a Zuko—contestó el maestro aire.

-preguntarme ¿qué?

-los chicos planean hacer una visita a la Isla Ember en el verano—le dijo Katara.

-¿Vamos a ir a la isla Ember?—inquirió Kuzon.

-¡Si, Quiero ir!—exclamó la pequeña Minako.

-Aún no lo hemos decidido cariño—le dijo Aang a su hija menor.

-¿De verdad podremos ir a esa isla, mamá?—inquirió Haru.

-Depende lo que diga tío Zuko, él es el dueño de la casa ¿No?—contestó Suki.

Cinco ojitos resplandecientes voltearon a ver a Zuko esperanzados,

-¡Por favor tío, di que si!

-queremos ir a la Isla

-¡Es bien divertida la playa!

-ahí nos la pasamos bien

-me dan risa los actores

-el mar es refrescante

-Silencio—declaró Zuko. Los niños lo miraron de la misma manera, suplicando con su mirada.

-está bien—fue su única contestación, que de inmediato provocó una serie de gritos por parte de los pequeños.

Una pequeña cabaña frente a la costa, en una de las tantas islas de la Nación de Fuego, una mujer que rondaba los treinta años se veía al espejo. Su rostro contraído por la ira no disminuía la belleza de sus exquisitas facciones y lindos ojos azulados, su expresión autoritaria y resentida intimidaría a cualquiera.

A la cabaña entró un hombre de más o menos la misma edad, con el rostro marcado con una cicatriz extensa en la mejilla derecha.

-Mi señora, ya todo está listo.

-Eso es bueno.

-la flota uno ha partido, la flota dos espera su señal.

-dígales a la flota dos que yo misma iré con ellos, cuando salga de aquí nos iremos.

El hombre hizo una reverencia y se fue respetuosamente.

Esa mujer sonriente y carismática en su infancia ahora era una amenaza latente. Su optimismo y buena voluntad murieron con su padre y ahora lo que ella más anhelaba en todo el mundo era vengar la muerte del mismo. Por ello ya tenía organizado una especie de disciplinado ejército y su Fuego-Control era excelente. No podía dormir tranquila hasta que su venganza quedara consumada, hasta que viera sin vida al cuerpo de la persona que mató a su padre, de la misma forma en la que ella observó a su progenitor, pálido y frío.

Solo esa imagen apagaría la llama que había nacido en su pecho desde ese día y que con cada segundo que pasaba acrecía y consumía lenta, dolorosamente su interior. La venganza era la única manera de detener esa muerte calcinada.

Y la conseguiría a cualquier costo.

-¡Sé que hice mucho mal! Pero entiende, yo solo obedecía órdenes ¡No me mates!—suplicaba.

-Mereces morir por lo que has hecho.

-¡No era mi intención!

-si lo era.

-era mi deber con mi patria.

-¿Y por eso me quitaste lo que amaba?

-lo lamento—sollozó.

Pero ella no tuvo más piedad.

El espantoso grito de pánico y dolor hizo eco, dejando que el aire se lo llevara con sus vientos, pero la evidencia quedaba en el suelo, ahí, tumbado, el inerte cuerpo de un hombre cruelmente asesinado.

-¡Ah!—gritó Katara, sentándose bruscamente en la cama, jadeando y sudando.

Al lado de la cama, un bulto se movió y se sentó, Aang hizo una llamita de fuego en su mano con la cual prendió la veladora al lado de la cama.

-¿Qué pasa Katara? ¿Porqué gritas?—le preguntó a su esposa.

-No… no es nada—contestó la joven titubeante y abrazándose a sí misma.

Aang la estrechó contra su pecho y sobó suavemente su espalda.

-¿Has tenido un mal sueño?

-Si, ha sido eso.

-¿quieres hablar de ello?

-No, ahora no.

El joven Avatar asintió y le besó la frente. Apagó el fuego y se recostaron, aún abrazados. Ese sueño aún atormentaba mucho a Katara ¡Hacia tanto que no pensaba en eso! ¿Por qué precisamente ahora su subconsciente la atormentaba con un pasado tan lejano? Asustada, se abrazó aún más fuerte hacia su marido, y dejó que la tranquilidad que él siempre emanaba la calmara, dejándola dormir.

A la mañana siguiente, Katara se despertó aún en brazos de su marido. No quiso depararse de él, pues estando en esa posición se sentía segura. El sueño de anoche aún le asustaba. Pudo percatarse cuándo se despertó Aang, poco después que ella.

-buenos días—le saludó.

-buenos días.

-¿Ya estás mejor?

Solo asintió.

-¿quieres decirme lo que soñaste?

-solo fue una pesadilla… sobre mi madre.

Aang asintió para sí mismo y la abrazó aún más fuerte. Comprendía que su esposa había sufrido demasiado cuando Kya, su madre, murió. Lo menos que podía hacer era tratar de consolarla.

Katara solo pensaba en que, por primera vez, le estaba mintiendo a Aang. Pero no podía decirle la verdad de su sueño. Tenía fuertes razones para no hacerlo. Recordó vagamente cuando su madre le decía que una mentira llevaba a otra y esa otra a una más y así consecutivamente crecían las mentiras como una bola de nieve, hasta que se hacía tan grande que no podías evitar que cayera colina abajo revelando la verdad. Bueno, en ese momento era precisamente eso lo que ocurría. Le estaba mintiendo a Aang por segunda vez ¡Y no solo a él! Si no a todos sus amigos pero ¿Qué más podía hacer?

Si les decía la verdad ya se podía imaginar dos cosas:

1.-El sermón que Aang y Sokka se lucirían en crear para enseñarle una "lección" y a reflexionar de manera correcta.

2.-La decepción de todos sus conocidos al saber mentira uno de los mayores orgullos que ellos tenían hacia ella.

¡No! No podía decir la verdad. Al menos… no ahora.

Decidió que ya era hora de levantarse, deshizo el abrazo de su marido y sonriéndole se retiro al cuarto de baño donde se aseó y cambió de ropa, poniéndose un lindo vestido color verde. Cuando salió, encontró a Aang ya vestido con un atuendo del Reino Tierra; con su mirada le preguntó a Aang porqué ahora se ponía esas prendas, pero él solo se encogió en hombros, usualmente siempre usaba ropas de monje de los Nómadas del Aire.

Salieron de su recámara y fueron a ver a los niños. Solamente Kya estaba despierta y desayunando en el comedor.

-¡Papi, mami, ya despertaron!

La niña se paró de su asiento, abrazó fuertemente a su madre y le dio un beso en la mejilla de su padre. Era ese el saludo habitual. Aang y Katara se sentaron para también desayunar algo, las sirvientas trajeron un delicioso platillo a base de fruta. Pocos minutos después se levantaron Kuzon y Minako, que los saludaron y tomaron sus lugares en la mesa para comer.

Eran momentos muy agradables en familia, estar en compañía de sus hijos siempre reconfortaba mucho a Katara. Amaba mucho a sus pequeños, eran inteligentes y nobles, además de poderosos. Minako era la única que parecía no tener poder alguno, o al menos, no lo había manifestado, pero eso no preocupaba a nadie porque aún así podían enseñarle artes marciales para que se defendiera.

Terminaron todos de comer, Minako de inmediato se fue al jardín, le encantaba correr y caminar viendo las flores y los árboles. En el jardín había un lago, como era enorme, solían entrenar ahí a sus hijos. Al lado del lago, Katara le enseñaba a Kya Agua-control. Del otro lado, Aang le enseñaba a Kuzon el aire-control. A veces, para entretener a los niños, los dos les hacían demostraciones de cómo se dominaba el elemento por completo.

Aang le enseñaba esa mañana a Kuzon cómo atacar a un oponente con aire-control. Aunque este elemento no fuera agresivo, el aire bien podía lastimar a una persona, Aang le explicaba que controlando el aire de cierta forma e imponiéndole cierta presión, alcanzaba cierto grado de fuerza que no solo empujaba con violencia, si no que podía aturdir, cortar o hasta desmayar. Aang le mostraba la forma más sencilla de hacer ese ataque, una brisa rápida y precisa que empujaría lejos a tu oponente.

En un principio, Kuzon no podía controlar la cantidad de aire adecuada. Pero cuando finalmente lanzó una brisa de gran magnitud, la pequeña Minako llegó de colada.

-¡Papá, mira esto!—decía la pequeña sosteniendo un ramo de flores.

-¡Minako cuidado!

La niña alzó la mirada y pudo ver la azulada forma de esa enorme ráfaga de viento que amenazaba con golpearla. La pequeña solo pudo gritar, cosa que llamó la atención de Katara y de Kya, que miraron al más pequeño miembro de la familia.

Aang estaba a punto de usar su propio para desviar el ataque, cuando vio como Minako ponía sus manos frente a ella, el movimiento involuntariamente hizo que lanzara otra brisa que chocó con la de Kuzón, ambas ráfagas se movieron una hacia la otra como si quisieran formar un tornado, pero Aang con sus poderes rápidamente reestableció la dirección original del viento.

-Minako, lo siento mucho ¿Estás bien?—le preguntó Kuzon a su hermana, ayudando a levantarla, pues la niña estaba en el suelo.

-Si.

-¡Minako! Aang ¿Qué ha pasado?—preguntó Katara al llegar con su marido.

-bueno… nada malo—dijo el avatar aún impresionado.

-¿Y porqué tienes esa cara?

-papá ¿Qué pasa?—inquirió Minako.

Aang se inclinó, poniéndose a la altura de su hijita y con una sonrisa, le explicó brevemente.

-cariño, eres una maestra aire.