NADA DE ESTO ME PERTENECE, TODO ES DE NICKELODEON, SOLAMENTE ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS DE SUS PERSONAJES.

¡último capítulo! Gracias a las personas que me han dejado comentarios, sé que me pasé porque es una historia triste y muy dramática, pero el final es algo más feliz, creo yo. Terminé esta historia completa en pocos días, fue una idea que me pasó por la cabeza tan pronto vi el capítulo "Los Invasores del Sur" y espero que les haya gustado leerla.


Epílogo.

-Aang ¿Podemos hablar?—le preguntó Sokka al Avatar.

-claro.

Sokka se sentó al lado de su amigo, Aang estaba debajo de la sombra de un árbol, no uno cualquiera, si no el árbol donde comúnmente Minako cortaba flores para regalárselas a él o a Katara.

-Aang ¿Sigues enojado con Katara?

-No, nunca lo he estado—contestó algo extrañado.

-Katara está muy deprimida y piensa que la culpas por la muerte de Minako.

-eso no es verdad, no culpo de ello a nadie.

-entonces ¿Porqué no le has hablado en más de una semana?

-simple. Aún no puedo. La muerte de… ya sabes, me duele todavía. Sé que Katara sufre, y no puedo hacer nada, ni consolarla ni animarla, porque estoy igual o peor que ella.

-Katara cree que la culpas por la muerte de mi sobrina y que la odias.

-¡Eso jamás!

-bueno, en mi opinión deberías aclarar ese asunto.

-¿Sabes qué? Tienes razón.

El avatar se paró, miró las flores debajo de la sombra del árbol una vez más, mientras sentía una brisa especial, más cálida que las otras. Entró a la casa, decidido a hablar de una buena vez con su esposa.


Katara estaba en su habitación, pensando en una solución que le había llegado esporádicamente. ¿Sería lo correcto? Tal vez, al menos, la liberaría a ella de todo su dolor. Pero podría ocasionar más dolores ¿O no? ¿La extrañarían? ¡Por Dios! Ni sus hijos ni su marido le habían dirigido palabra alguna desde la muerte de su más pequeña hija. No la querían.

Agarró esa daga, la misma que le arrebató la vida a Minako, se la arrebataría a ella misma. Empuñando con firmeza la filosa hoja de metal, puso su muñeca frente a ella y apuntó con la punta de la cuchilla a la vena principal… ya pronto todo acabaría.

Apenas el filo iba a tocarla cuando…

-¡Katara!

Un fuerte golpe en la mano hizo que la daga cayera al suelo, rebotando en la alfombra justo antes de que derramara una sola gota de sangre. Alzando su mirada, la maestra agua contempló al Avatar, su marido, mirándola con una furia que le costaba mucho controlar.

-¿Acaso estás loca? ¡Dímelo! ¿Has enloquecido?

Le gritó, fuera de sí.

-tal vez—susurró—de dolor…

-Katara, dime ya abiertamente ¿Te sientes culpable por la muerte de Minako?

¡Era tan doloroso mencionar ese nombre!

-no me siento culpable ¡Soy culpable! Asesiné a mi propia hija por mis tontos arranques de cuando era adolescente. Y eso nunca me lo voy a perdonar—dijo, después, más fríamente—como tú tampoco me perdonas.

-en ningún momento te he culpado por la muerte de nuestras hija, si el destino se la llevó, fue por algo.

-¡Eso no me has demostrado! Solo me has ignorado

-¿Y qué querías que hiciera? ¿Qué nos encerráramos juntos llorando por la muerte de nuestra hija menor toda la vida? Precisamente eso quiero evitar, si me he alejado de ti, es porque en estos momentos en nada te puedo ayudar.

-¡No necesito ayuda, necesito consuelo!

-ni yo puedo darme a mí mismo consuelo ¿cómo te lo daré a ti?

-solo di que me perdonas, por matarla.

Las manos de Aang agarraron las muñecas de Katara con firmeza y rudeza, mirándola a los ojos.

-Nunca, y escúchame bien, Katara…

-… te perdonaré por matarla. Lo sé—terminó la frase.

-no me interrumpas—exigió el avatar. A lo que ella solo lo miró.

-nunca te culpes por su muerte ¡Porqué no fue tu culpa! Nunca lo fue ni lo será ¿Oíste?

-necesitaba… oír esas palabras.

Dijo la maestra agua comenzando a entrar en razón, recuperando lentamente la cordura que había muerto con su hija. ¡Que doloroso era perder a un hijo! Creyó experimentar el peor de los dolores al perder a su madre, pero perder a Minako…

-Katara, te amo, eso nunca cambiará. Y juntos, te aseguro, que superaremos esta dura prueba.

Katara se inclinó y agarró el cuchillo.

-que bueno que llegaste o hubiera cometido el peor error de todos.

-acabar con dos vidas debe serlo.

Verdad… su bebito, el que crecía en sus entrañas. ¡De haberse suicido hubiera matado también a su bebé! Instintivamente llevó una de sus manos a su aún plano abdomen, sabía que ahí se estaba desarrollando una nueva vida. Ser madre no dejaba de maravillarla, lo había experimentado tres veces y las tres veces quedaba convencida de que era un milagro.

-Aang, quiero hacer algo ¿Me acompañas?

-claro.

Katara y Aang salieron de la habitación, ella aún sostenía la daga en sus manos. Fueron a la parte más alta del muro de Ba Sing Se, donde se podía contemplar, de un lado, le hermosa ciudad, del otro, el mar. Agarrando con decisión esa cuchilla, Katara la lanzó lo mas lejos que pudo, cayendo la daga al mar, perdiéndose en las olas, hundiéndose en el océano.

Simbólicamente, había roto la cadena de la venganza, perdonando internamente a Yura.


-Yo no sabía que mi hermana había muerto así—dijo Kya. Ya no era una niña, si no toda una jovencita.

-La venganza nunca es la forma de solucionar nuestros problemas, hija—le dijo Katara—ya ves cómo uno paga esos ruines actos. Como me dijo tu padre, la venganza es un arma de doble filo.

Y ella si que lo sabía. Pasó mucho tiempo para que en Katara sanara la herida que dejó la muerte de Minako, el nacimiento de Ginzo, ayudó mucho. El niño era fuerte, sano y un maestro aire prodigio, con mucha bondad en su corazón. Y aunque nunca podrá olvidar a su pequeña consentida con hoyuelos en sus mejillas, no le duele ahora su recuerdo. Sabe que está en un lugar mejor.

Pero el recuerdo de ese dolor y el peso de la culpabilidad eran algo horrible, a pesar de ser una lejana memoria. Cuando se entero de que su primogénita, Kya, planeaba buscar al asesino de Minako para vengar a su hermana, inmediatamente le contó la historia completa, para que viera que la muerte de su hermana, había sido simplemente una consecuencia a un error estrepitoso, del que nadie tenía la culpa. La venganza no era nada bueno.

-Mamá ¿Le dijiste a papá lo que quería hacer?—inquirió Kya.

-No.

-que bueno, de seguro se hubiera decepcionado.

-No lo creo. Pero ahora que sabes todo, me imagino ya no buscarás venganza ¿Verdad?

-Jamás.

-eso es lo bueno.

-iré al jardín.

Kya salió de la sala y caminó por el lago en el que su madre tanto le había enseñado. Katara vio a su hija reunirse con su nieto, un bebe de apenas unos meses de nacido, increíblemente parecido a su querida y difunta Minako.

-¿Recordando el pasado?

Katara no pudo evitar exaltarse cuando escuchó la voz de su esposo.

-Si ¡Parece que fue ayer cuando nació Kya!

-y ahora, ella es madre.

-Así es la vida ¿No?

-pasa rápidamente.

La muerte de Minako no destruyó el matrimonio de Aang y Katara, todo lo contrario, lo reforzó, pues tuvieron los dos que sobreponerse a ellos mismos para ayudarse mutuamente. Ser uno el sostén del otro y balancearse para evitar caerse. Katara sabía que, de no haberse vengado, las cosas pudieron haber sido diferentes. La venganza era y siempre sería un arma de Doble Filo. Pero también entendió, cuando nació Ginzo, que todo pasa por alguna razón. Razones que, en su momento, nadie entiende, pero que, con el tiempo o después de la muerte, entendemos y respetamos.

Si Minako murió, no fue culpa de nadie, más que del destino ¿Se podía juzgar al destino? ¡La propia pregunta era boba! El amor de Aang le ayudó a salir de ese pozo profundo que era la culpa.

Doble filo…

Eso era la venganza:

Doble muerte.


¡Bien, ya terminé! Creo que puedo actualizar mañana alguna otra de mis historias, pero no estoy segura. Pero eso sí, terminaré de escribirlas todas.

CHAO!