Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, la historia es una adaptación del libro de Andrea Kane


Ecos en la Niebla

Capitulo 1

Sussex, Inglaterra. Julio de 1873

Unas enormes alas blancas iluminaron el cielo. Surcando las alturas, la lechuza se remontó majestuosamente sobre sus dominios, tan regia en su esplendor como la cima de una montaña hendiendo la noche. Kagome se inclinó hechizada sobre la barandilla del balcón, apreciando en la gracia de sus movimientos el libre abandono de su vuelo. Ese mismo verano ya había divisado varias aves nocturnas en sus deliciosas exploraciones, pero a sus dieciocho años Kagome nunca había visto una con tal pureza de color. Sus vistosas y suaves plumas, blancas como la nieve, eran bañadas por el tenue resplandor dorado que emitían las dobles farolas de gas que anunciaban su paso.

Un estallido de risas proveniente de atestado salón de baile devolvió a Kagome a la realidad de la fiesta de compromiso. Se lo debía a Naraku, y ella misma había estado divirtiéndose muchísimo durante toda la velada. Después de todo, rara vez tenía la oportunidad de asistir a un baile tan importante, charlar con cientos de personas distinguidas y bailar hasta que sus pies apenas tocaran el suelo. Era una experiencia fantástica, que sin embargo palidecía al lado de aquel impresionante espectáculo. Así pues, cuando la fantasmal llamada del ave atrajo su atención, todos los demás pensamientos ya se habían desvanecido.

El aire quedó apresado en la garganta de Kagome mientras la magnífica ave se posaba en el nogal que había frente a ella, casi al alcance de su mano. El ave dirigió sus llameantes ojos de topacio hacia la pelinegra, cautivándola con su intensidad. La muchacha le devolvió la mirada, rezando para que la niebla de la noche demorara unos minutos más su descenso y no ocultase aquel inestimable tesoro de la naturaleza. Durante unos momentos la niebla obedeció la silenciosa súplica de la joven y permaneció flotando justo por encima del árbol, Kagome se rezagó, jurándose a sí misma que regresaría al salón a través de las puertas de la terraza... al cabo de un minuto.

Finalmente la niebla, impaciente, cubrió la vasta finca como un manto blanquecino. La lechuza parpadeó una vez y luego levantó su espléndida cabeza para contemplar el cielo con solemnidad. Con un grito resonante, extendió las alas y alzó el vuelo.

—¡Espera! —exclamó Kagome, agarrando el aire con la mano como si ese gesto bastara para hacerla volver. Por un instante, la siguió con la vista. Luego se puso en marcha, recogiéndose la larga falda de su vestido de satén malva, bajó apresuradamente por la escalera de caracol que conducía a los jardines y corrió en su busca.

El sinuoso laberinto surgió ante ella con su infinidad de cuidados setos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Llegó a la entrada a tiempo de ver el destello del ave blanca planeando por encima. Kagome, sin vacilar un instante, entró corriendo tras el en la niebla, la lechuza desapareció en escasos segundos, dejando tan sólo un grito como estela. Sin desfallecer, avanzó a través de los tortuosos caminos, decidida a encontrarla.

Un cuarto de hora más tarde, y dejando escapar un suspiro se dio cuenta de dos cosas: el ave se había perdido y ella también.

(…)

Sombrío y amenazador, el hombre miró fijamente a través de la imponente verja de hierro hacia la apenas visible mansión, con los ojos encendidos por el odio y el alma enardecida.

«Seis años.»

Seis años de exilio, de un odio abrasador engendrado por el crimen cometido por otro; seis años para planear la venganza perfecta. Por fin había llegado la hora. Dentro de muy poco tiempo, su señoría Naraku Higurashi, el eminente vizconde de Winsham, se enfrentaría a su destino, que no sería el que el bastardo esperaba.

El hombre se llevó el puro a los labios y lo aspiró muy despacio, observando cómo las espirales de humo se arremolinaban sobre su cabeza y se desvanecían en la niebla.

Una repentina explosión de vítores y aplausos audibles incluso a esa gran distancia rompió el silencio de la noche. «Un brindis, sin duda —dedujo el hombre—. Por la feliz pareja.»

Alzó un vaso imaginario como fingido homenaje. Sí, en ese mismo instante el vizconde celebraba triunfalmente el que se consideraba el enlace de la temporada: su compromiso con la cautivadora Enyu Covington. Higurashi estaba a punto de cumplir su más ansiado sueño; unir el antiguo y respetado apellido Higurashi con la tan solicitada riqueza de los Covington. Un título para un imperio. Esa atroz perspectiva sería insostenible si el matrimonio llegase a realizarse.

Haciendo girar ociosamente su cigarro, el hombre esbozó una sonrisa malévola al imaginar el gran revuelo que se armaría cuando diese su ultimátum a Covington y éste aceptara la única alternativa posible. Existían motivaciones más poderosas que el deseo de afianzar la posición social; como por ejemplo el chantaje. Así pues, la ruptura del compromiso era un hecho consumado. Después de ello, la destrucción del vizconde y su propia venganza no tardarían en producirse.

En el interior de la mansión, la música y el baile se habían reanudado, y los ventanales se abrieron de nuevo para dejar entrar el fragante aire del mes de julio. Los lejanos compases de un alegre vals de Strauss salían al exterior y atravesaban los jardines hasta el otro lado de la verja de hierro. El hombre se puso tenso, pues la imagen de Naraku Higurashi fue reemplazada al instante por otra aún más odiosa. El débil vizconde, un parásito holgazán falto de principios, no tenía nada que envidiar a la embaucadora zorra de su hermana, Kikyo.

Los recuerdos acudieron con violencia a su mente como fuertes y aturdidores golpes. Sólo el cielo sabía a cuántos hombres ricos había manipulado aquella perfecta sonrisa... acuántos había entregado su cuerpo a cambio de la promesa de riquezas. Con un rápido y feroz movimiento de la muñeca, lanzó el puro al suelo y lo aplastó con el zapato. Deslizándose por entre la verja, se encaminó hacia su presa. Por fin había llegado el momento de hacer justicia.

Kagome se retorció las manos en un gesto de impotencia. La niebla, cada vez más densa, había convertido el laberinto en una prisión opaca. A la preocupación se sumaba el sentimiento de culpa. Seguro que en esos momentos Naraku ya habría advertido su ausencia y sin duda estaría furioso. Y era lógico, dado el motivo de la celebración de aquella noche, debia encontrar la salida y cuanto antes. La niebla había descendido, envolviendo los prodigios de la noche en cálidos y nebulosos velos que eclipsaban su anterior regocijo y ponían de manifiesto la terrible realidad. ¿Cuándo aprendería a obedecer a su cabeza y no a su corazón?

Aguzando el oído, trató de escuchar los sonidos del baile, la música y las risas que la habían acompañado en su paseo. Como respuesta, tan sólo oyó el canto de algún que otro grillo y el dulce trino de un ruiseñor. Fue entonces que Kagome reconoció, frunciendo el entrecejo, que ignoraba cuánto se había alejado tanto de la propiedad de los Covington que era enorme; el laberinto en que se encontraba se extendía sin fin.

Al acelerar el paso, tropezó con cada piedra pero aun así caminó presurosa por el sendero, cada seto era igual al siguiente y conducía tan sólo a otra parte del dédalo. Andando a tientas por cada abertura del laberinto, Kagome buscaba el camino que la pondría a salvo. Más no lo encontraba y ni siquiera oía el más leve murmullo que le indicara que la mansión se hallaba cerca.

Los minutos pasaban, y el pánico comenzaba a apoderarse de ella, fue entonces que inició una ciega carrera y ahuecando las manos junto a su boca, se dispuso a gritar, con la esperanza de alertar a alguien de su situación.

El grito no brotó.

Al hacer la plinegra un movimiento impetuoso, la larga falda de su vestido quedó apresada bajo el zapato y la joven perdió el equilibrio y cayó al suelo. Punzadas de dolor atravesaron su tobillo derecho, que se dobló bajo su peso. Mordiéndose los labios para reprimir el llanto, Kagome esperó hasta que la agonía física se redujo a un sordo palpitar. Luego, temblorosa, se recogió la falda y se levantó con resolución, para desplomarse de nuevo sobre la hierba casi con la misma rapidez. Con mucho cuidado se palpó el tobillo, lo que provocó una mueca de dolor en su rostro. En el mejor de los casos, se lo habría torcido gravemente pues le resultaba imposible andar.

Rechinando los dientes, Kagome se reprendió a sí misma en silencio por no haber tenido el buen juicio de decir a alguien adónde iba. Cuando se trataba de abrazar el esplendor de la naturaleza, parecía incapaz de conservar un ápice de sentido común, sucumbiendo continuamente a una voz interior temeraria y caprichosa que dominaba su razón y la impulsaba a ceder, metiéndola inevitablemente en algún lío.

Consideró la idea de avanzar gateando, pero la descartó por ridícula, pues las capas de enaguas que llevaba le impedirían llegar demasiado lejos. Intentó ponerse en pie una vez más, pero se derrumbó con un leve quejido de dolor: era inútil. Miró alrededor, consciente de la oscuridad y su aislamiento. El baile aún estaría en pleno apogeo; ¿cuánto tiempo pasaría antes de que alguien saliese en su busca? Estremecida, decidió realizar un nuevo intento. Alzando el rostro hacia los siniestros setos, exclamó:

—¡Socorro!- Tan sólo se escuchó el eco de su propia voz a través de la niebla.

Él oyó el grito.

Sobresaltado, se detuvo y escudriñó la blanquecina oscuridad, tratando de averiguar de dónde procedía aquel sonido. No vio nada. Ya casi creía que había sido producto de su imaginación cuando oyó un nuevo grito.

—¡Socorro!

No cabía duda de que era real. La voz pertenecía a una mujer, y era evidente que estaba angustiada. Frunciendo el entrecejo, dirigió una breve mirada a la mansión y consideró sus opciones; Después de haber esperado tanto tiempo, unos minutos más carecían de importancia.

Una vez tomada la decisión, avanzó entre la niebla.

(…)

Kagome se apartó un húmedo mechón azabache de la frente, notando cómo sus pesados bucles escapaban de las horquillas que los sujetaban para caer sobre su espalda en una masa lacia y despeinada.

Nadie había respondido a su llamada, lo que significaba que se encontraba más lejos de lo que pensaba, no podía quedarse allí sentada para siempre, rezando para que la rescatasen. Quizá si conseguía levantarse, podría apoyar todo su peso sobre el pie sano y avanzar dando saltitos. Pero ¿en qué dirección? No tenía ni idea de dónde se hallaba y tampoco podía permanecer en pie el tiempo suficiente para descubrirlo. El dolor de su tobillo era cada vez más intenso, al igual que la hinchazón. Se mordió el labio llena de frustración. Aunque fuese en vano, lo intentó una vez más:

—¡Auxilio!

Conteniendo la respiración, esperó. No hubo más que silencio. Había creído que no sería la única que se había alejado de la fiesta para pasear por los jardines, pero era evidente que se había equivocado. Desanimada, bajó la cabeza. De repente crujió una ramita y Kagome alzó la mirada al instante.

—¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme! —exclamó, profundamente aliviada al oír el suave pero claro ruido de unas pisadas.

—Siga hablando —le ordenó una voz—. Me guiaré por el sonido.

—Estoy dentro del laberinto —dijo Kagome, deseando con todas sus fuerzas que la niebla se disipase. No tenía ni idea de quién era su salvador. No reconocía su voz, pero la sentía inquietantemente cerca. Desasosegada, se preguntó qué hacía aquel hombre paseando solo por aquella zona tan aislada de la propiedad. De inmediato se dió cuenta de lo absurdo que era ese pensamiento; ella, que había corrido tras una escurridiza lechuza y se encontraba ahora desesperadamente perdida en un laberinto, se preocupaba por los motivos que un extraño podía tener para vagar por los jardines de Covington.

—¿Me oye? —preguntó la voz, esta vez más cerca.

—¡Sí! —Kagome se sentó más erguida—. ¡Sí, le oigo!

Un instante después los setos se separaron, y entre ellos apareció una figura muy alta.

—¿Y ahora? —Una voz de barítono con un timbre profundo retumbó en la noche y tragó saliva.

—Le oigo, y también lo veo. Estoy sentada a unos diez pasos a su izquierda.

La oscura silueta vaciló y luego se dirigió hacia Kagome con largas y fuertes zancadas. El hombre se detuvo tan cerca de ella que los fuertes músculos de sus piernas casi rozaban el rostro de la joven. Kagome se movió, lo que causó un fuerte dolor en su tobillo y formo una mueca en su rostro y de repente el miedo se mezcló con la angustia física al darse cuenta de su precaria situación. Estaba sola, herida, incapaz de defenderse en un aislado laberinto privado, con un enorme e inquietante desconocido. Por el amor de Dios, ¿en qué lío se había metido esta vez? La niebla impedía ver más allá de las robustas piernas de su salvador, sin embargo, percibía la fuerza imponente de su mirada. Instintivamente, Kagome remetió la falda alrededor, deseando que aquel hombre se identificase o manifestase sus intenciones. Se sentía vulnerable, indefensa y desconcertada. Sin duda ya la había observado lo suficiente. Entonces ¿por qué no decía algo?

—Gracias por acudir a mi llamada —consiguió articular Kagome con voz engañosamente tranquila. Los músculos de aquellas piernas se tensaron, luego se flexionaron, y ella se encontró mirando unos ardientes ojos dorados y el rostro más severo y asombrosamente atractivo que había visto en su vida.

—¿Está herida? -Muda, Kagome asintió con la cabeza.

—¿Qué ha ocurrido?

Kagome se humedeció los labios, nerviosa. Agachado tan cerca de ella, con una expresión dura como una roca, su salvador parecía aún más extraordinario.

—Ví la lechuza más impresionante del mundo —explicó la muchacha—. Sus plumas eran de un blanco tan puro como la nieve, y se movía con tanta elegancia como un purasangre. - Animada con el tema, los ojos de ella centelleaban de alegría—Entonces me llamó y por supuesto, no pude evitar seguirla. Me trajo hasta este laberinto, me perdí y me caí. Mi tobillo... — De repente se interrumpió, consciente de que había estado divagando. Alzó la mirada a través del velo de la noche para examinar los enigmáticos rasgos de aquel hombre, que durante unos largos minutos permaneció en silencio, atravesándola con la mirada.

—¿Acaso no sabe lo peligroso que es para una mujer hermosa pasear a media noche, sola, por un lugar tan aislado como éste? —preguntó por fin—. La niebla podría engullir a una criatura como usted... y no liberarla jamás.-

Kagome sintió que se le erizaba el vello de los brazos, pero el extraño no dijo nada más y su descarada mirada la abrasó desde la cabeza hasta los pies, como si estuviese memorizando cada centímetro de su cuerpo. Luego, sin previo aviso, él cogió el borde de su vestido y lo levantó.

La pelinegra se quedó helada y retrocedió al instante, gritando a causa del dolor que ella misma había provocado al moverse. La mano del desconocido se detuvo de inmediato, y devolvió a Kagome una pensativa mirada.

—No temas, ángel de la niebla —murmuró—. No pretendo hacerte daño. —Bajó la vista hasta la inflamación—. Te has torcido el tobillo y hay que curarlo. Kagome asintió, sintiéndose estúpida. Eso era lo que ella quería, ¿no?, que la encontraran y le ofreciesen ayuda. El hombre inclinó la cabeza sobre la pierna de la joven con la frente arrugada por la concentración.

—Avísame si te hago daño.- Kagome asintió de nuevo, inspeccionándole con candidez mientras él examinaba la hinchazón. Era asombroso y temiblemente salvaje; alto y de anchas espaldas. Su cabello negro enmarcaba su expresión adusta y arrogante. Sus rasgos eran severamente masculinos: la nariz recta, la mandíbula cuadrada y los labios gruesos. Sus cejas y pestañas, espesas y oscuras, resaltaban el resplandeciente dorado de su mirada. Kagome supuso que eran las ásperas arrugas junto a sus ojos las que le hacían parecer peligroso, como si fuese capaz de una crueldad extrema si se sentía amenazado. Eso, indudablemente la hizo estremeserse.

—¿Te duele? —Su tono era brusco, pero su tacto delicado.

—No —susurró perpleja por haberse olvidado completamente de su herida, que él había estado examinando durante los últimos minutos—. No me duele.

Una lenta sonrisa de complicidad se dibujó en los labios del hombre, y Kagome se sorprendió ante la transformación que produjo en él; cuando sonreía, resultaba encantador.

—¿Qué ocurre, ángel de la niebla? —inquirió, tendiendo la mano para levantarle la barbilla—. ¿Aún me temes? —Con extrema suavidad, buscó el pulso de su cuello con el dedo pulgar. Haciendola estremeserse y aun así negó con la cabeza.

—No. No le temo.

—Entonces eres la primera.

La muchacha retrocedió ante la severidad de su tono, una aspereza que rebatía la gentileza de sus manos. Kagome se sentía confusa y era consciente de la patente sensualidad de la caricia del hombre, que dejó un hormigueo de placer a su paso. Pero al fin y al cabo, fue la ternura, tan evidente como no intencionada, la que tocó la fibra sensible en su interior y le infundió el valor para continuar.

—Si otras le tienen miedo, se debe tan sólo a que no les ha obsequiado con su sonrisa — dijo de repente. El hombre pareció sorprendido.

—¿Estamos lejos de la mansión? —preguntó Kagome, ansiosa, recordando, en el inquietante silencio, el tiempo que hacía que se había perdido y cuán enfadado estaría Naraku. La crueldad apareció de nuevo en el rostro de su salvador, endureciendo su expresión.

—Sí, te has alejado bastante. Nos llevará algún tiempo regresar.

—Creo que no puedo andar.

—Ni lo intentes. —Era una orden, no una sugerencia.

—Entonces ¿cómo...?

Kagome nunca terminó aquella pregunta. Él deslizó sus manos por debajo de ella y se levantó, cogiendola en sus brazos sin ningún esfuerzo. La muchacha jadeó, agarrándose a sus hombros y sintiendo el fuerte muro de su pecho contra su cuerpo. Una vez más, estaba frente a aquellos increíbles y penetrantes ojos dorados capaces de sumergirse en lo más profundo de su ser.

—¿Sigues sin estar asustada? —se burló suavemente; su cálido aliento contra la piel de Kagome. Las manos de la muchacha se relajaron, y posó sus palmas sobre los hombros del desconocido.

—Sigo sin tener miedo —replicó, asombrada al comprender que era verdad. Por alguna razón, sabía que aquel hombre no utilizaría su enorme fuerza contra ella. Él parpadeó, saciándose de aquel perfecto rostro tan cercano al suyo; la nariz insolente y respingona y la brillante piel de alabastro; la suave y sensual boca, los inmensos e inocentes ojos de un chocolate sumamete profundo, ella confiaba en él.

Era un error, pero en ese caso carecía de importancia, pues ella no era el motivo por el que había regresado aquella noche, de modo que nada malo le ocurriría. El daño que tenía intención de causar iba dirigido a Naraku Higurashi. Kagome sintió la imperceptible presión de sus brazos escasos segundos antes de que el hombre girase sobre sus talones y se adentrase en la niebla, apretándola contra su pecho.

—No le conozco —dijo ella bruscamente tras unos instantes, desesperada por aliviar la tensión que crecía a cada paso en su interior. No estaba preparada para una situación tan difícil como ésa; ella, que nunca había estado sola en compañía de un hombre, y mucho menos en sus brazos. La sombra de una sonrisa fue la única señal de que su salvador era consciente de su incomodidad y su causa.

—No, no me conoces —confirmó.

—¿Vive en Sussex?

—Ya no —respondió, lacónico, y apretó su mandíbula tan levemente que Kagome nunca lo habría notado de no estar a escasos centímetros de él.

—Pero ¿vivió aquí?

—Sí. Hace mucho tiempo. —Rodeó una hilera de setos, dirigiendo brevemente su penetrante mirada hacia el rostro curioso de la pelinegra—. Sospecho que no eras más que una niña cuando me marché. La muchacha inclinó la cabeza.

—¿Tan mayor es usted?- Oscuros recuerdos desfilaron ante los ojos del hombre.

—Anciano.

—Es curioso —murmuró Kagome—. Hubiese jurado que no tenía más de treinta años.

—Tengo dos más —corrigió él—. Y toda una vida.

De repente a Kagome se le ocurrió que tan solo era un año mayor que Naraku. ¿Era posible que fuese un viejo amigo a quien ella nunca había conocido?

—¿Ha venido por lo del compromiso? ¿Para asistir a la fiesta? –

Tras una áspera carcajada, contestó:

—Sí, desde luego. —Salió del laberinto y se encaminó hacia la casa con grandes y decididos pasos. Kagome parpadeó cuando la puerta principal se abrió, pues las brillantes luces de la entrada hirieron sus ojos después de tanto tiempo en la oscuridad.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —El viejo y ojeroso mayordomo de los Covington pasó ansiosamente la mirada de Kagome al imponente hombre que la sostenía.

—Estoy bien —aseguró al sirviente, esperando a que su salvador la depositase en la silla más cercana—. Gracias a... —Se ruborizó al darse cuenta de que había olvidado preguntarle su nombre. Dispuesta a rectificar su descuido, volvió la cara hacia él, advirtiendo al instante por su resuelta expresión que no tenía intención de soltarla. Por el contrario, el hombre empezó a avanzar de nuevo, conduciéndola con determinación hacia el atestado salón de baile.

—¿Qué está haciendo? —inquirió, forcejeando para liberarse de él.

—Te devuelvo a la fiesta, querida —respondió. Sus ojos brillaban con una emoción tan amenazadora que Kagome sintió un escalofrío—. Yo también voy a hacer mi aparición.

—No puede llevarme ahí dentro tan alegremente como si...- Un agudo grito atravesó el aire, y enseguida se vio acosada por una multitud de caras pálidas y boquiabiertas.

—¡Dios mío! —exclamó James Covington, sumándose al chillido que su mujer había dejado escapar. Los invitados murmuraron, conmocionados. Y Kagome cerró los ojos, deseando que la tragase la tierra. El extraño parecía más divertido que preocupado.

—¿Dónde está tu familia, ángel de la niebla? —susurró, estrechándola—. Te depositaré en sus brazos.

Kagome le ignoró, abrió los ojos y se dirigió al señor y la señora Covington con tanta dignidad como fue capaz de emanar:

—Les pido disculpas —empezó a decir con voz trémula—. No tenía intención de hacer una escena, pero me torcí el tobillo y este amable caballero...

Un aullido de rabia estalló en la estancia mientras Naraku Higurashi se abría paso violentamente desde atrás con los ojos sedientos de sangre.

—¡Taisho! ¡Miserable hijo de perra! ¡Deja a mi hermana en el suelo!-


Espero que les haya gustado este primer capítulo, hace algunos años me compré el libro y me gustó mucho y siempre que lo leo me imagino a Kagome e Inuyasha como protagonistas.

No olviden dejarme Review, para saber si les gusto la historia y quieren que siga actualizando

Saludos

CL