Epílogo

Hércules se sorprendió al oír el ruido de unas llaves. La búsqueda de Ares había resultado infructuosa, con lo que la pareja decidió volver a casa mientras pensaba un plan B.

- ¡Hola Lys! – exclamó un jovial Evan, entrando.

- ¿Evan? ¿Qué haces aquí?

- Vivo aquí, ¿recuerdas?

- Sí… claro… - titubeó el hombre sin comprender.

- Hoy ha sido un día muy largo. Ha llegado al museo un chaleco púrpura, y no tienen ni idea de a quién puede pertenecer, sólo se sabe que es de hace miles de años.

- Seguro que perteneció a un gran héroe – dijo Hércules tristemente.

- ¿Tú crees? – Evan se encogió de hombros - ¿Qué os pasa? ¿A qué vienen esas caras tan largas? ¿Habéis perdido algo en el terremoto?

- Tal vez a un amigo. – susurró Hércules dándose por vencido, estaba visto que Iolaus no iba a volver. - ¿Dónde has estado?

- Trabajando… bueno, y luego fui a pasear, como siempre.

Hércules dirigió una mirada interrogante a Xena, quien se encogió de hombros.

- ¿Sabes, Lysander? He vuelto a encontrarme a los americanos, una de las chicas se perdió y, al llevarla al hotel encontré a las profesoras. Claire estuvo más agradable, hasta pensé en invitarla a cenar. – Xena miró a Hércules, esperanzada -, pero luego pasó todo eso del terremoto y decidí dejarlo pasar.

Nueva mirada de decepción en la pareja.

- ¿Por qué tienes este libro aquí? – Evan se había sentado en el sofá y vio uno de los libros de mitología de su compañero de piso sobre la mesa de café. Comenzó a ojearlo. –Veamos… Perséfone… Odiseo… Midas…Heracles… - de pronto, Evan miró a su amigo con una chispa en sus ojos que Hércules no veía en miles de años.- ¿Cómo crees que le sentaría a Iphicles que la gente le tome por mi padre?

- ¿Perdona?

Iolaus rió ante la cara de estupefacción de sus amigos.

- Créeme, de verdad me está divirtiendo mucho tomaros el pelo, pero empiezo a sentirme un poco cruel y tengo que contaros lo que nos ha ocurrido… además, Afrodita y Gabrielle están esperando fuera y puede que se aburran.

No hizo falta que acabase la frase, Xena ya había volado hacia la puerta y hacía pasar a su amiga. Hércules suspiró alegre, por fin todo volvía a ser como antes, pero sin monstruos, claro.