Disclamer: Ninguno de los personajes (salvo un par de OC) me pertenecen, todo se lo debemos a nuestra querida y sádica Riyoko Ikeda.

Revisado: 04/03/13

Envidia

I.

Soy tan feliz, que ya ni siquiera me importa no poder echártelo en cara. Con cada metro que avanza la troika estoy más cerca de Finlandia, más cerca de cruzar la frontera e iniciar mi nueva vida. Viviré la vida que he soñado, mientras tú te pudres en una mugrienta prisión en Siberia. No… no es el destino que hubiera querido para ti. Lo único que deseaba era ser más feliz que tú. Ahora sin duda lo soy. No puede ser de otro modo. Estoy segura de ser más feliz, porque tengo todo lo que deseo y tú tienes las manos vacías. Tengo a Mijaíl… (y una discreta fortuna para dilapidar junto a él) ¡Mijaíl me ama! Oh, si tan sólo no fuera tan imprudente para conducir… ¡Ahhhhh!

La troika hizo un giro violento para esquivar el tronco de un árbol caído, Antonina voló por los aires y cayó pesadamente sobre la nieve, donde quedó tendida de bruces. Trató de levantarse, refunfuñando, pero sus manos resbalaron y acabó con la mejilla sobre la superficie helada. Desde ahí pudo ver dos botas que se acercaban cancinamente, y una mano que la ayudaba a ponerse de pie.

- ¡Eres un bruto incorregible! – exclamó. Él le sacudió la nieve del abrigo – por eso te quiero… - añadió Antonina, colgándose de su cuello. Él sonrió con tristeza y desvió la mirada. Antonina pensaba que eran los últimos vestigios de culpa por haberla preferido a ella antes que a sus camaradas. Seguramente para él era una decisión más difícil de tomar de lo que había sido para ella. Al fin y al cabo, Antonina había descubierto cuán frágiles eran sus ataduras y qué poco le había costado dejarlo todo atrás. En cambio Mijaíl había estado completamente volcado a la causa. La causa. Probablemente jamás lograría comprenderlo. Sin embargo, no necesitas entender en un cien por ciento a alguien para amarlo. Y Antonina amaba a Mijaíl por sobre todas las cosas. Ser más importante que la revolución era sin duda la demostración de que él también la quería.

Menuda estupidez, arriesgar el pellejo de esa forma para rescatar a ese salvaje de Aleksei Mijaílov del penal de Akatui. Bien merecido se lo tenía, por alborotador. Y mala suerte la de Anastasia de haber sido descubierta durante su gira por Europa justo cuando Mijaíl logró liberar a esa peste de hombre. Aleksei ni siquiera tuvo oportunidad de agradecer a Anastasia todos sus esfuerzos por ayudar a sacarlo de ese agujero inmundo. Sé que es perverso, pero, como ya he dicho, pese a que no le deseaba este mal, me produce un insano placer que no hayan logrado encontrarse. Y que él nunca la haya amado. Sobre todo cuando pienso que Misha me ama.

Mijaíl detuvo la troika a metros de la frontera y ayudó a Antonina a descender. No había necesidad de detenerse, pero Antonina supuso que, tal como ella, Mijaíl quería pisar suelo ruso por última vez. Inspirar la última bocanada del aire de la madre patria que pronto dejarían atrás.

- ¡Es la frontera! – exclamó Antonina, colgándose del brazo de Mijaíl – Sólo tenemos que cruzarla y estaremos en Finlandia. ¡Por fin hemos llegado! Nos espera un mundo en el que nada ni nadie podrá interponerse entre nosotros. Soy feliz… - añadió, mirándolo a los ojos – Tanto, como nunca hubiera imaginado que una mujer pudiera serlo…

Mijaíl, por toda respuesta la besó con delicadeza en los labios. Antonina suspiró cuando él se apartó, y rió suavemente. En seguida se adelantó unos pasos dejando atrás a Mijaíl, y parpadeó, enceguecida por el brillante resplandor de aquel inacabable manto blanco. El aire gélido que se colaba en sus pulmones salía de sus labios convertido en vaho, que ella expulsaba con coquetería, como si fuera el humo de un cigarrillo.

- ¡Seremos tan felices, Mijaíl! – dijo, observando hacia donde la blancura del paisaje se unía al cielo azul. La nieve se hundió bajo el peso de Mijaíl. Ella sonrió cuando sintió la mano del joven tomando su hombro con firmeza. Y se le heló la sangre cuando, a continuación, un objeto metálico, frío, pequeño y circular hacía contacto con la piel de su sien.

Sí, en el fondo siempre lo supe. No podía ser tan sencillo para ti. No era propio de ti perdonar sin más mi torpeza y mi egoísmo, y dar la espalda a tus ideales, a tus camaradas… Aquel día perdiste la cabeza cuando despertaste del sueño inducido por un sedante, y descubriste que fui yo quien te había drogado para impedir que te reunieras con tus camaradas, y que además había entregado las pistas para que los detuvieran en el lugar de la reunión. Sí, admití. Madame Kolv y aquellos con los que tenías esa importante y misteriosa cita fueron apresados gracias a mí. Estabas completamente desencajado. Al principio parecía que no podías creerlo. Y luego me… me golpeaste. Pero no fueron tus bofetadas las que me dolieron, sino la forma enloquecida, completamente desquiciada en que me miraste. Con horror. Como si no hubiese nada más despreciable y espantoso en todo el universo que yo. Supongo que una parte de ti reaccionó, por eso las emprendiste contra el mobiliario de la pieza del hotel donde nos veíamos a escondidas, y me dejaste caer sobre el suelo. Una parte de ti recordó que, por muy vil que fuese, seguía siendo una mujer. Entonces, sordo a mis súplicas, destruiste las sillas, la mesita de centro, los candelabros y todo cuando había a tu paso, como un huracán. Y luego te marchaste. Una vez más, sordo a mis súplicas, a mis lágrimas, a mis gritos desesperados, a mis manos aferrándose a tus botas, a que me arrastrara por ti, y me humillara como un gusano. Te alejaste de mí como si huyeras de Lucifer en persona, y creo que eso era para ti. Eso soy, aún… No pudiste entender que lo hice para protegerte. Ya ves lo que le ha sucedido a mi hermana… tenía miedo de perderte, miedo de que si seguías metido con esa gente tarde o temprano te atraparían, y contigo no tendrían compasión. Tú no ibas a ir a Siberia, ibas derecho al paredón de fusilamiento, Mijaíl. ¡Es tu culpa! Cuando detuvieron a Anastasia en Viena te supliqué que les dejaras. Te dije que me divorciaría, que podíamos huir del país, pero tú respondiste que mientras no apoyara la revolución, no estaríamos verdaderamente juntos. Te dije que debías escoger entre ellos y yo y te marchaste sin decir una sola palabra... Entonces... ¿Qué más podía hacer? Eso significaba que debía tenerte a medias, conformarme con verte a escondidas de cuando en cuando, y vivir con el alma en un hilo temiendo que no volvieras. Compartirte con los bolcheviques era peor que compartirte con otra mujer. Otra mujer, seguramente no habría puesto tu vida en peligro. Yo tenía que evitarlo, a toda costa. Por eso lo hice… ¡Tú me obligaste!

Jamás he bajado la cabeza ante nadie, Mijaíl. Jamás, en toda mi vida. Pero lo he hecho por ti. Por un granuja, un muerto de hambre salido del arroyo, que desde el primer momento no hizo más de provocarme y hacerme perder los estribos. Quizás por eso me enamoré de ti. Tú tampoco te inclinabas ante nadie, pero a diferencia mía, no tenías ni dinero, ni poder, ni respaldo alguno para enfrentarte al mundo. Y sin embargo, lo hacías, con la más cínica de las sonrisas estampada en tu rostro… Por ti me he rebajado. Yo, la hija de una ilustre familia, convertida en algo peor que una ramera… Aceptándote entre mis sábanas a sabiendas de que eras un espía, y no el oficial de la confianza de mi marido que fingías ser… y luego, he entregado a tus compañeros, les he mandado a la muerte o al exilio sólo por retenerte a mi lado… ¿Cómo pude pensar que después de eso, podrías volver al día siguiente, perdonarme sin más, y aceptar huir de San Petersburgo junto a mí? ¿Así de fácil? No, tú no eres así. Y aunque no comparta tus ideas, admiro el tesón con el que luchas por ellas. Pero a la vez las detesto, porque las amas más que a mí. No quería competencia alguna. Ni otra mujer, ni la libertad por la que luchas y que no logro comprender.

¿Me arrepiento de haberles entregado? Ahora que conozco las consecuencias, sí. Yo también quería ver a Anastasia sana y salva. Tú sabes que no le deseaba mal, tú sabes lo desesperada que estuve el día que supe de su detención en Viena… ¡Mi hermana, una espía, contactando bolcheviques diseminados por Europa, usando de pantalla su primera gira como concertista de violín! Mi hermana amaba tanto a Aleksei Mijaíllov que a cambio de vuestra ayuda para liberarlo se involucró en este verdadero complot contra el zar… ¡Diablos! ¿Cómo pudo, tan tímida, tan suave, tan frágil? ¿De dónde sacó tanto valor? Y yo… yo sigo envidiándola… envidio su audacia, su sacrificio… Jamás imaginé que tenían un plan para rescatarla esa misma noche, cuando la trasladaran a Siberia. De haberlo sabido… no lo habría hecho, lo juro. Tan sólo quería tenerte a mi lado para siempre. Que esa pandilla de bolcheviques dejara de interponerse entre nosotros. Que fueras sólo mío, tal como yo me sentía sólo tuya. He dejado todo por ti. Posición social, dinero, familia, amigos, marido… y sin embargo tú…

-¿Vas a matarme, Mijaíl?

~.~.~

El destartalado tren avanzaba ruidosamente, iluminado por la luna llena. En su interior iban varias decenas de prisioneros políticos con destino a distintos penales siberianos. Echada en un rincón, tratando de mirar hacia afuera por entre las tablas apolilladas del vagón, iba la violinista Anastasia Strájova. O Anastasia Kulikovskaia, pues prefería ser llamada por su apellido de soltera. No deseaba nada que le recordara a Aleksandr Strájov, su difunto marido. Él, su maestro, con quien se casó sin amor, resultó ser el causante de la ruina de la familia de Aleksei. Ironía del destino. Se lo reveló cruelmente, después de la boda. Le habló sobre el marqués Dmitri Mijaílov, hermano mayor de Aleksei, quien era un violinista excepcional. Y un revolucionario, además. Dmitri tenía una doble vida, y Strájov le delató. Dmitri había sido elegido primer violinista de la orquesta de San Petersburgo, y esa era una humillación que Strájov no estaba dispuesto a tolerar. De algún modo supo de las actividades de Dmitri, quien fue descubierto por la policía militar y fusilado en 1900, gracias a la información que Strájov les proporcionó. Y a ese acto vil, Strájov debía su título y su fortuna. El zar paga bien a sus lacayos. La orden iba dirigida contra ambos hermanos, pese a que Aleksei apenas tenía catorce años. Se salvó por milagro de ser capturado, y tuvo que huir de Rusia. Desapareció junto a la prometida de Dmitri, que también estaba involucrada en actividades políticas, aquella hermosa mujer alemana llamada Alraune, dejando sola a su único pariente, la abuela Vasilisa Mijaílova. La pobre anciana se encerró aún más de lo que estaba en su viejo palacete aristocrático, repudiando a sus adorados nietos. Y pese al paso del tiempo, el corazón de Anastasia jamás dejó de sufrir por la ausencia de Aleksei. Antes de dormir, su último pensamiento siempre era para él. ¿Dónde estaría? La respuesta llegaría cinco años después, cuando conoció a Julius, una extraña muchacha -alemana, como Alraune- que había viajado desde Regensburg hasta San Petersburgo siguiendo la pista de Aleksei. Por ella supo que Aleksei había vuelto a Rusia, dispuesto a seguir el camino trazado por su hermano. Julius estaba alojada en casa de su amiga Vera Yusúpova. O más bien dicho, secuestrada por el hermano mayor de su amiga, el marqués Leonid Yusúpov... Le daban escalofríos de tan sólo recordar a ese hombre. Había algo siniestro que le rodeaba, algo que Vera no tenía, pese a que eran, en todo aspecto, muy similares. Esa era una extraña historia de la cual Anastasia sólo conocía fragmentos. A partir de entonces, Anastasia sólo soñaba con volver a ver a Aleksei. Y jamás imaginó que su anhelo se cumpliría pocos meses más tarde, pero en las circunstancias más terribles: había sido capturado junto con otros cientos de bolcheviques luego de la fallida revuelta de diciembre de 1905 en Moscú. Anastasia pasaba por aquella plaza justo en el momento en que le hicieron subir a una tarima, y se anunció su condena: presidio perpetuo en Siberia, donde debería pasar el resto de su existencia, de la cual sólo había vivido escasos diecinueve años. Vio sus ojos secos, su rostro pétreo y orgulloso. Aleksei, finalmente, había vuelto a Rusia, siguiendo los pasos de su hermano Dmitri. Pese a su dolor, se sintió tan orgullosa de ver la altivez con que aceptaba su destino… ¡Por eso es que le amaba tanto! Pese a que él nunca la correspondió.

Era tal su obsesión con Aleksei desde que le conoció siendo ambos niños pequeños, que sus propios padres llegaron a proponerle un compromiso a la abuela Mijaílova, cuando tenían apenas catorce años. Aleksei quedó de pensárselo, pero antes de que hubiese respondido, tuvo que huir del país. Sin embargo, Anastasia sabía que no la habría aceptado, porque Aleksei amaba a Alraune. Les veía deambular por todo San Petersburgo, charlando y riendo alegremente. Ella era tan osada, que conducía por sí misma su carruaje, sorda a los murmullos escandalizados de la gente. No se podía competir con Alraune, con sus ojos vivaces y su cabello de ébano. Era bella, tenía una personalidad avasalladora y además, ya era toda una mujer de casi dieciocho años, mientras que Anastasia sólo era una cría… Anastasia no pudo hacer nada más que llorar, resignada. Incluso cuando Alraune se prometió con Dmitri, poco antes de la muerte de éste, no hubo oportunidad para ella en el corazón de Aleksei. Supuso que tal como ella, Aleksei se limitó a sufrir en silencio, incapaz a aspirar al amor de la mujer de su hermano. Una mujer que además, seguramente lo consideraba un niño.

Volvió a pensar en Julius. La había vuelto a ver en el teatro hacía un tiempo. La detuvo, le habló de Aleksei y de sus planes para liberarlo, pero ella no la reconoció. Dijo no saber de quién le hablaba. Anastasia insistió y Julius había reaccionado histéricamente. Justo entonces apareció el hermano de Vera y las interrumpió. Julius se le colgó del brazo - buscando refugio, inexplicablemente, en ese pedazo de hielo con forma humana - y le dirigió a Anastasia una mirada llena de temor y confusión. Yusúpov también la miró, transmitiéndole una muda advertencia con sus ojos de serpiente. Pocos instantes después hubo un atentado afuera del teatro. Eran cada día más frecuentes, y según supo más tarde, se trataba de una bomba puesta en el carruaje del marqués Yusúpov. Vera le dijo que Julius había resultado con heridas menores, pero Anastasia no se atrevió a indagar más, pues su amiga respondía evasivamente. Ella tampoco se aventuró a visitarla en su casa, pues no quería volver a toparse con ese hombre aterrador, cuya mirada helaba la sangre. Se tuvo que conformar con los rumores que corrían sobre Julius, quien sería una muchacha perturbada mentalmente que había sido acogida en aquella casa. Pero eso no podía ser. Cuando la había visto por primera vez, Julius estaba absolutamente lúcida y cuerda. Y había venido a Rusia por Aleksei. Quizás Aleksei amaba ahora a Julius…

Anastasia cristalizó en su mente la imagen de Aleksei, expuesto al escarnio público por seguir sus ideales. Ocho años habían pasado desde ese día, ocho años de sufrimientos inimaginables que Aleksei había pasado en Akatui. Casi no le importó irse al exilio, pensando en que él al fin era libre. A continuación, fijó en su mente lo que había sucedido el día en que llegó, prisionera, a San Petersburgo, con toda esa gente exigiendo su liberación…. Y entre medio de ellos, de pronto, apareció Aleksei. Estaba demasiado lejos como para hablarle. Tampoco se podía arriesgar a más. Pero la miró, emocionado, con inmensa gratitud, con tristeza. Anastasia tenía miedo, pero esa visión de Aleksei le infundió valor. Probablemente jamás le volvería a ver. Lamentó no haber podido informarle sobre el paradero de Julius (suponiendo que él quisiera encontrarla) y tampoco poder devolverle el violín que ahora portaba. Había pertenecido a Dmitri, y de alguna forma había llegado a manos de su marido. Él se lo había obsequiado, y la había acompañado en sus primeros conciertos, y en su frustrada gira por Europa. Se abrazó al violín. Hacía mucho frío.

Se había dormido hacía poco, cuando el tren se detuvo y los guardias del penal hicieron bajar a los prisioneros. Les formaron en una fila y les hicieron entrar uno a uno a la caseta de vigilancia, para revisar su documentación. Anastasia observó con pavor que era la única mujer. Rezó, para no ser víctima de ningún ultraje, pero rezó con pocas esperanzas.

- Pero qué tenemos aquí… - dijo el oficial a cargo, mirándola maliciosamente – Una señorita de alcurnia en este lugar olvidado de la mano de Dios… veamos… señora… Anastasia Strájova…

- Kulikovskaia… - le corrigió ella involuntariamente. Se arrepintió tan pronto hubo dicho su apellido.

- Da igual cómo te llames, perra – contestó el hombre groseramente – sólo importa para lo que sirves…

El resto de los guardias rió brutalmente. Anastasia cerró los ojos.

- Mi capitán, ¿Puedo tomarla después de usted? – oyó que preguntaba uno de los hombres. – No quiero ir al final, estos brutos la dejarán hecha una piltrafa.

- Sorteen el turno entre ustedes – ahora decía el capitán – y traten de dejarla en condiciones de que nos sirva otra vez, idiotas…

Luego sintió que alguien, probablemente el capitán, la tomaba por los hombros.

- Abre los ojos, muñeca…

Anastasia los apretó con más fuerza y se mordió los labios. El hombre la sacudió.

- ¡Que los abras, he dicho! – le gritó. Ella obedeció, aterrorizada. El capitán la miró con sorpresa – Vaya, vaya, nunca había estado tan cerca de una mujer tan bella y tan fina, en toda mi miserable vida. Chicos, lo lamento… pero creo que me quedaré en forma exclusiva con la señora…

Anastasia oyó al resto de la tropa protestar. El capitán le rasgó el cuello subido de su vestido, la estrechó contra su cuerpo y comenzó a besarla en el hombro que quedó al descubierto.

Por favor, que sea rápido… por favor, que me maten en seguida…

- ¿Qué pasa, preciosa? – le dijo el capitán, sin dejar de besarla - ¿No tienes miedo? Todas chillan pidiendo auxilio, sabes…

- Si grito, será peor… - respondió Anastasia, con un hilo de voz.

Todos los guardias volvieron a reír.

- Tienes toda la razón, eres una chica lista… - La empujó contra una de las paredes del cuartucho, pero le estorbó el violín que Anastasia aún no soltaba, y que colgaba de su mano - ¿Pero qué coño es esto? – exclamó, quitándole de las manos la caja que contenía su instrumento. Hizo ademán de lanzarlo al suelo, pero Anastasia se lo impidió, colgándose de su brazo.

- ¡No, se lo ruego!

- ¿Cómo te atreves, puta? – le gritó él, abofeteándola.

- Es… es un Stradivarius… - dijo Anastasia, limpiándose la sangre de la boca – ¡Vale mucho dinero! Por favor, no lo destruyan… quítenmelo, véndanlo, pero por lo que más quieran, no lo destrocen… Podrán sacarle una buena cantidad…

El capitán abrió la caja y sacó el violín. Hasta para un hombre tosco como él era evidente que se trataba de una pieza de colección.

- ¿Cuánto crees que le podemos sacar?

- Por lo menos… diez mil rublos… (1)

- ¡Diez mil rublos! – coreó una decena de voces.

- Si es cierto lo que dices, te daremos un trato más amable en agradecimiento… - dijo el capitán, aproximándose nuevamente a ella.

- Oiga capitán… - dijo el chico que había pedido el turno después del superior para ultrajarla, un muchacho de pelo rubio ensortijado y la nariz cubierta de pecas – si vamos a vender este violín… y esta señora es la concertista famosa que detuvieron en Austria… antes me gustaría escuchar un poco de música, ¿qué opina? Acá sólo tenemos al viejo Ivanov que cada día toca peor la armónica.

- Sí, la señora tocaba en Europa – añadió otro – Jamás tendremos otra oportunidad de oír a un músico de fama internacional en este basurero…

El capitán se detuvo a pensarlo, con mala cara. La belleza de la mujer había despertado sus más bajos deseos, sin embargo, tampoco estaba mal complacer un poco a sus hombres, sobre todo considerando que les privaría del cuerpo de la prisionera. Además, sólo serían unos minutos y luego la tendría por completo a su disposición.

- Está bien, muñeca, toca algo para nosotros.

Anastasia tomó el violín y el arco con manos temblorosas. Se lo puso bajo la barbilla, apoyó el arco en las cuerdas… y el viejo instrumento emitió un sonido agónico, estridente y horrible.

- ¿A eso le llamas música?

- ¡Eres un fiasco!

- Mejor traigamos al viejo Ivanov…

- ¡Esperen! – gritó el chico pecoso – La están poniendo nerviosa. Dejen que se calme para que pueda tocar…

- Gra… gracias… - dijo Anastasia tímidamente. Tomó aire. Cerró los ojos. Piensa en algo hermoso. Trae un recuerdo bonito a la mente… eso es… Un día de vacaciones en la campiña, un día de primavera. Papá, mamá, Antonina y yo…

Posó el arco sobre las cuerdas una vez más. No pensó en una pieza en especial. Improvisó. Al principio las notas salieron algo temblorosas, pero fueron cobrando seguridad con rapidez.

Somos pequeñas, muy pequeñas… Antonina me ha quitado el postre. Ahora corremos junto a un arroyuelo. Me ha lanzado al barro de una patada porque iba a ganarle la carrera…Sonrió, sin rencor. Antonina era egoísta, pero ella la quería así, tal cual. Sentía lástima al ver como ella misma buscaba su infelicidad. Ahora sus recuerdos se dirigieron como un imán al día en que les habían presentado a Aleksei… debía tener unos siete años… Antonina ha insultado a su abuela… Aleksei jala el cabello de Antonina… Antonina le muerde una mano, chillando como una condenada… yo estoy ahí de pie, y no sé qué hacer. Mi hermana llora y le grita "salvaje", "bestia", "pequeño bastardo", pero yo veo que él no ha hecho más que defender a su abuela. Creo que tiene razón, aunque yo no me habría atrevido a hacer lo mismo en su lugar. Probablemente no habría dicho nada… La abuela le ha culpado a él y cuando intento defenderle, nadie me escucha. La abuela le ha dado una paliza frente a mis propios ojos, él está rojo de rabia y de vergüenza, pero aprieta los dientes y no suelta ni una lágrima. Es muy terco, pero me gusta… Volvió a sonreír. Entonces pensó en el dueño del violín. Dmitri… una vida tan joven, segada por la envidia y la ambición… un muchacho tan bueno, con todo por delante, muerto a traición. La melodía se tornó melancólica. Anastasia repasó mentalmente pequeños y grandes eventos de su joven vida, transformando sus emociones en notas sutiles, suaves…

Eso suena… como olía el pan en el horno, cuando mi madre estaba a punto de sacarlo…

Suena… como sabía un vaso de leche tibia, al pie de la vaca, en la granja, cuando era niño…

Se escucha como la risa de mi hijita, oh Dios, ¿por qué te la llevaste tan pronto…?

Recuerdo ese verano que pasé en San Petersburgo… se oye como si esa noche clara se hubiera largado a cantar…

Anastasia dedicó los últimos compases a la felicidad indescriptible que le producía la liberación de Aleksei. Bajó el instrumento y el arco, dejándolos colgar a su costado, y abrió los ojos. Lo primero que le sorprendió fue el silencio sepulcral en el cuarto. Y lo segundo, diez pares de ojos húmedos de lágrimas, que la miraban con devoción absoluta. Diez ojos que no se le habían despegado en los últimos quince minutos.

- Se… señora Kulikovskaia… - dijo el muchacho pecoso, al fin –dis… disculpe, debe tener frío, ¿se le ofrece una taza de té?

- Si me permite – añadió el capitán – la acompañaré a su habitación… - (una forma muy eufemística de decir "celda") – debe estar cansada luego de un viaje tan largo…

- ¡Yo llevaré el violín de la señora! – intervino un tercero, arrebatándole el violín de las manos y guardándolo con sumo cuidado en su funda.

- Si tiene hambre, puede servirse lo que queda de mi cena, señora Kulikovskaia.

- Espere un momento, señora, limpiaré su cel… alcoba en seguida – dijo otro, adelantándose con una escoba y un balde.

- ¿Nos deleitará con otra pieza por la mañana, señora Kulikovskaia? – preguntó el pecoso – No venderemos su violín, ¿verdad, capitán?

- Por supuesto que no, chico… - respondió el hombre – Señora Kulikovskaia… le ruego que me perdone… Jamás volverá a repetirse algo así mientras yo esté a cargo de este penal. Se lo suplico, encarecidamente.

- Yo… - musitó Anastasia – no sé qué decir…

- Sólo diga que me perdona. Es usted un ángel, jamás dejaré de arrepentirme de haberle faltado así el respeto.

- Está bien – dijo ella, con una luminosa sonrisa – le perdono, capitán.

El hombre humedeció un paño en vodka, y le limpió la sangre que se había secado en la comisura de los labios, tan delicadamente como le fue posible.

Muse – Bliss

www.youtube.com/watch?v=eMqsWc8muj8&ob=av2e

www.youtube.com/watch?v=Jp6vI7Uwgps

Everything about you is how I wanna be
Your freedom comes naturally
Everything about you resonates happiness
Now I won't settle for less

Give me all the peace and joy in your mind

Everything about you pains my envying
Your soul can't hate anything
Everything about you is so easy to love
They're watching you from above

Give me all the peace and joy in your mind
I want the peace and joy in your mind
Give me the peace and joy in your mind

Everything about you resonates happiness
Now I won't settle for less

Give me all the peace and joy in your mind
I want the peace and joy in your mind
Give me the peace and joy in your mind


(1)Me estoy carrileando, no tengo idea cuánto sería mucho dinero ruso en 1913 :p


Notas:

Esta historia va a ser corta, no más de 5 capítulos. No estoy segura de cuánto tiempo pasó Aleksei en Siberia, pero en distintas partes del manga hablan de 6, 7 u 8 años. Opté por 8, para hacerlo más dramático, jeje. He catalogado el fic como Family/Romance, aunque la trama se refiere más que nada a los sentimientos de Antonina por su hermana Anastasia que a su absorbente amor por Mijaíl. Son tres personajes que me han gustado muchísimo, aunque tienen una intervención más bien corta (narré brevemente algunos hechos relevantes tal cual como aparecen en el manga, porque de otro modo la historia sería incomprensible para quien no la conozca). Se me ocurrió mientras releía el manga, en la parte en que Antonina ve cómo se llevan a su hermana a Siberia, y justo mi reproductor de MP3 lanzó esta maravillosa canción de Muse. Dejé dos links con videos, uno del sitio oficial, otro con la letra en castellano (aunque sospecho que nunca nadie ve los videos que cuelgo…) Ahh… podría ver eternamente a Matt Bellamy caer por ese tubo copia de la Estrella de la Muerte, cual Luke Skywalker, jejeje… ¿No se ve adorable con ese cabello rojo? Ya sé que es un flacuchento narigón poco agraciado, pero yo le amo locamente… ehh… ya estoy divagando, perdón :p

Si alguien quiere dejar su comentario, lo agradeceré especialmente, considerando la escasa popularidad de este manga por estos lados hispanoparlantes… en todo caso, si no lo han leído y pueden adquirirlo, lo recomiendo absolutamente. (No por nada de ahí he sacado mi nick y avatar)