V.

"Un artista emergente, un genio de nuestro tiempo, poseedor de una sensibilidad admirable, atrapa nuestras emociones con su atrevido uso del color, la textura y la forma, expresando los claroscuros del alma humana…" ¡Bah! ¡Pamplinas! Otro puerco marxista zarrapastroso e insolente, eso es lo que es. ¡Lo estrangularía!

Antonina dejó sobre una mesita la revista que su amiga Raisa, emocionadísima, le acababa de entregar. El snobismo de Raisa, que la impulsaba a pegarse como ventosa a los artistas "de moda", pese a que no sabía gran cosa de arte en general, se le hizo más insoportable que de costumbre. Sonrió rígidamente a Diatlov, echando chispas por los ojos y apenas conteniendo su indignación, mientras Raisa le alababa utilizando conceptos que comprendía a medias, y que había memorizado de los comentarios de los críticos especializados.

- …y además, ¡es usted tan modesto! – decía Raisa en ese instante, dirigiéndose a Diatlov, quien había sido presentado por su mecenas en la fiesta de esa noche – No nos comentó nada sobre su trabajo la noche que le conocimos en el teatro, ¿verdad, Tonia, que debió habérnoslo dicho?

- Sí, por supuesto – contestó la mujer, cuyos labios estirados y ojos de gélido mirar eran francamente aterradores.

- Si me disculpa un momento, Nikolai Diatlov, creo que me busca la dueña de casa… ¡en seguida vuelvo! Tiene usted que mostrarme el último cuadro que pinta, lo han alabado muchísimo en la última publicación de… este… ya me acordaré… - dijo Raisa, antes de dejar a Antonina a solas con el bolchevique encubierto.

- Veo que sigue corriendo peligro mortal, señor artista emergente… - masculló Antonina entre dientes.

- Oh, no se lo tome a mal… - dijo él, sin inmutarse por la evidente furia de la mujer – Teníamos que asegurarnos de que usted tuviera… ya sabe… "pasta" de espía.

- Espero que al menos hayan quedado satisfechos con el resultado. – le dijo Antonina, bajando la voz - Aquí le traigo lo que me pidieron.

- ¡Perfecto! Acompáñeme un momento a la terraza…

Antonina lo siguió en silencio. Para su sorpresa, Diatlov se desenvolvía con la mayor desfachatez en ese ambiente recargado de lujos y encopetados aristócratas, pese a ser un hombre de origen evidentemente humilde. Su desparpajo le recordaba en algo la actitud de Mijaíl, y también la de Aleksei. Al parecer estos eran rasgos comunes entre los revolucionarios. Bueno, no en todos, Zubovski no era así. Él sí era un hombre agradable, un caballero… además, trataba con exquisita delicadeza a su mujer. Si Mijaíl fuera de ese modo con ella, hasta estaría dispuesta a irse a vivir con él al sucucho miserable que habitaba. Galina también le simpatizaba, tenía un carácter decidido combinado con una dulzura y una timidez casi infantil. Era un poco… como Anastasia. Antonina, sin darse cuenta, había hecho a sus nuevos conocidos partícipes de su vida diaria y dedicaba gran cantidad de tiempo a pensar en ellos, mas sin identificarse en absoluto con su causa.

Una vez que estuvieron a solas, le entregó un sobre al pintor. Diatlov alzó las cejas y le guiñó un ojo, consiguiendo intensificar la expresión de furia en el lindo rostro de Antonina.

- Ahí tiene, maldito bolchevique…

- Muchas gracias, mi encantadora dama – respondió el pintor, haciendo caso omiso a la rudeza de la mujer.

- ¡No me coquetee, descarado!

- ¿Pero por qué no, preciosura? En el teatro no pareció molestarle…

- ¡Estaba disimulando!

Diatlov rió burlonamente.

- ¿Y qué le impide disimular esta vez?

- Usted… realmente… un día me matará del disgusto – se acercó para hablarle en voz baja – Ahora será mejor que me cuente cómo van los preparativos para recibir ese cargamento de armas en la estación de trenes mañana por la noche.

- ¡Shhht! – Diatlov dejó su tono chancero y se puso serio – ni siquiera lo mencione. No me explico cómo pudieron ponerla al tanto de ese asunto.

- Será porque estoy metida hasta el cuello igual que ustedes.

- Bueno, no se preocupe. Han logrado pasarlas como un cargamento de herramientas y máquinas para una fábrica. Si no les interceptan en Moscú, las recibiremos sin problemas.

- ¿Irá Mijaíl?

- Sí, irá. Y ya deje de preguntarme.

- Ese asunto no me da buena espina. ¿Y si es una emboscada?

- Hemos sido cuidadosos. Yakovlev ha permanecido en contacto con…

- No me gusta ese Yakovlev.

- ¡Ni siquiera lo ha visto en persona! No entiendo por qué duda, se pasó un año en prisión…

- Es poco tiempo de condena para un conspirador, ¿no cree?, ¿Qué tal si "lo dieron vuelta"? Además, nadie le conocía antes de eso…

- Uf, Yakovlev compartió celda con Smerdiakov un buen tiempo. Ya chequeamos sus antecedentes, lo hemos tenido vigilado y la información que maneja es muy restringida. Usted tiene una paranoia de principiante…

- Agradezca que estamos en público, sino, le arrancaría los ojos con las uñas… - siseó la mujer, dándole una mirada asesina.

- Ya estoy entendiendo por qué ese torpe de Karnakov está loco por usted. No se preocupe, no la molestaré más. Me doy cuenta que si provoco su enojo, las consecuencias pueden ser fatales. Eso la hace una mujer aún más… interesante – añadió, mirándola de arriba abajo, medio en serio, medio en broma.

- ¿Qué ha dicho usted sobre Mijaíl? – preguntó ella, sobresaltada por el comentario de Diatlov, y sin siquiera fijarse en la atrevida mirada de la que acababa de ser objeto.

- Nada, nada… ahora me marcho… ahí viene otra vez su empalagosa amiga, no tolero otro minuto más de su cháchara. ¡Mon Dieu, estoy seguro de que no sabría distinguir a Goya de Manet! ¡Aur revoir!

Y dicho esto, se alejó disimuladamente. Sólo entonces Antonina recordó que debía hacerle una advertencia.

- Espere, vuelva acá… - le llamó en susurro, pero él ya se había esfumado entre la gente, y Raisa estaba a su lado parloteando ininterrumpidamente.

¡Diantres… espero que se dé cuenta solo…!

~.~.~

Diatlov se retiró discretamente de la reunión y emprendió camino a su casa. Como artista de origen humilde, recién descubierto, no contaba con demasiados ingresos, por lo que hubo de caminar hasta encontrar un coche de alquiler. Esto no le molestaba en sí, pero dadas las circunstancias habría preferido un medio de trasporte más seguro que sus propias piernas.

La caminata se extendió bastante, pues la circulación vehicular era escasa, tanto por lo avanzado de la noche como por el barrio acomodado en que se encontraba. Comenzó a inquietarse, pues iba vestido con un traje que le tenía endeudado hasta el próximo año, indispensable para presentarse en una fiesta en el barrio alto, pero que al mismo tiempo le hacía un atractivo candidato como víctima de un asalto. Había caminado cerca de veinte minutos, cuando se topó con un grupo de tres ebrios con aspecto de mujiks(1) que hacían escándalo en la acera.

- ¡Eh, batiushka(2)! – exclamó uno - ¿tienes un poco de tabaco?

Diatlov se acercó, receloso, pero prefirió acceder a la petición en lugar de negarse, y dar lugar a una pelea, y les ofreció cigarrillos. Los hombres le agradecieron entre risas bobas y reverencias exageradas. Uno perdió el equilibrio y cayó de costado.

- Quédate a beber con nosotros, batiushka… - ofreció el que le había pedido cigarrillos.

- No puedo, lo siento…

- ¡Bah! ¿Y por qué no?

- ¡Tengo prisa! – dijo, impaciente.

- Anda, sólo un rato… - dijo otro de los borrachos, tironeándole una manga.

- ¡He dicho que no! – exclamó el bolchevique.

Lamentablemente para él, empujó al borracho con más fuerza de la que éste podía resistir, y cayó al suelo cual saco de papas, lastimándose la frente. Sus compañeros se enfurecieron al ver la sangre que le goteaba hasta la punta de la nariz, y las emprendieron contra Diatlov a golpes, dando fuertes gritos que alertaron a un grupo de policías. Uno de los ebrios le propinó un formidable derechazo en la mandíbula a Diatlov, quien rodó sobre el pavimento, quedando de bruces ante los recién llegados. El sobre que había salido del bolsillo interior del abrigo en que lo llevaba, y trató de volver a ocultarlo, pero su gesto fue advertido por uno de los policías.

-¿Qué estás ocultado ahí?

- Nada… - dijo Diatlov, con un hilo de voz.

- Déjame ver… - insistió el hombre. Llamó a sus compañeros que en ese momento se ocupaban de los dos borrachos que aún hacían escándalo, y del que estaba medio aturdido y sangrante sobre el suelo.

- ¡Devuélveme eso! – gritó Diarlov, desesperado. Intentó arrebatarle el sobre para destruirlo, pero el uniformado fue más rápido. Lo empujó, lanzándolo al piso, y le apuntó con su pistola al pecho.

- ¿Qué tienes aquí que es tan importante? ¡No serás un comunista! – concluyó otro policía, y dijo a su compañero – ábrelo, Iván…

Mierda…

Diatlov se dejó caer sobre los adoquines y cerró los ojos… Ni siquiera se atrevió a mirar al sujeto que leía el contenido del sobre bajo la pálida luz de una farola. Si lo hubiese hecho, habría notado la cara de estupefacción de éste, y no se habría sobresaltado tanto al escucharlo reír estruendosamente.

- ¿Pero qué diablos es esto? – preguntó, enseñándole el papel a sus compañeros.

- Deben tener propiedades mágicas, por eso hace tanto escándalo… - y todos se largaron a reír.

Diatlov no entendía palabra.

- "Papas con caviar" – leyó uno de ellos mientras los demás se doblaban de la risa – "Ingredientes: papas grandes, salsa smetana, caviar, cebollín… Cocer las papas con cuero hasta que estén tiernas… "

¿Una receta de cocina…? ¿Pero qué mierda me ha dado esa mujer…?

- "Cortar las papas por la mitad, quitar el relleno y mezclar con la smetana y el cebollín picado, e introducir la mezcla en…"

- ¡Ebrio estúpido! – dijo Iván, pateándole las costillas, pero sin intención de hacerle daño - ¡Por la tontería que armas tanto jaleo! Vamos, te quedarás en el cuartel hasta mañana, cuando se te quite un poco la borrachera…

~.~.~

- "…introducir la mezcla en la papa ahuecada. Colocar una cucharadita de smetana sobre la mezcla, y luego, agregar caviar encima…"– leyó Aleksei. Su estupor e incredulidad se manifestaba en la ceja que tenía levantada.

- ¡Esa bruja! – chilló Diatlov - ¡Ahora entiendo por qué quieres deshacerte de ella, Karnakov!

- Bueno… - dijo Mijaíl – si no te hubiese dado esa estúpida receta, haber pasado la noche encerrado con tres borrachos escandalosos habría sido como un paseo por el parque comparado con…

- ¡Como sea! ¡He cambiado de parecer, definitivamente esa arpía no sirve para esto! ¡Porque supongo que se ha equivocado!

- ¿Quieres decir que crees que pudo hacerlo para jugarnos una mala pasada por someterla a prueba? – intervino Zubovski.

- "…calentar cinco minutos a fuego lento y servir enseguida…"– terminó de leer Aleksei. Dejó la hoja sobre la mesa y se quedó mirando hacia la nada, sin saber qué pensar.

- No creo que sea tan estúpida como para entregarme una puta receta de cocina en lugar de la información que le pedimos… - dijo Diatlov.

- Un momento… - Todos se volvieron hacia Julius con extrañeza, pues no solía intervenir en las conversaciones que sostenían los bolcheviques – Esa receta está mala… puede que haya querido decirnos algo.

- ¿A qué te refieres? – le preguntó Aleksei.

Julius le sonrió tímidamente. La forzada distancia que Aleksei mantenía hacia ella le dolía. Tampoco sabía qué hacer para traspasar esa barrera invisible.

- "…calentar cinco minutos a fuego lento y servir enseguida..."– repitió muy bajito – No es necesario calentar esas papas para servirlas, lo sé porque en casa las preparaban seguido, le gustaban mucho a…

Aleksei la fulminó con una mirada que Julius esquivó, sintiendo deseos de llorar. Mijaíl se quedó pensativo. Luego tuvo una idea que le pareció descabellada, pero nada perdía con probar. Mal que mal, él mismo había utilizado esa técnica para comunicarse con sus camaradas presos y preparar la fuga de Akatui. Era posible que se lo hubiese mencionado a Antonina y…

- Nikolai, acércame una vela… gracias… - Pasó el papel por sobre la llama, cuidando de calentarlo sin quemarlo. Al cabo de unos momentos, emergió la letra menuda de Antonina en tonos marrones. Mijaíl luchó por no darle importancia. Por no sentirse orgulloso. Por no reconocerle mérito, pero la verdad es que… - Ocultó la información con tinta invisible… Kolia, ¿por qué no te lo habrá dicho?

- Quizás porque me marché demasiado rápido… - y estaba más ocupado coqueteándole, mirándole el escote y molestándola que prestando atención a lo que me decía…– Diablos, Karnakov, me vuelvo a retractar por segunda vez de mis palabras en menos de cinco minutos… Creo que le debo el pellejo, aunque ella hubiese preferido verme muerto…

- Bueno, bueno… - intervino Zubovski – Podemos concluir que Antonina Ivanenkova es capaz de hacer este tipo de trabajo. Un punto a favor. Ahora, avoquémonos a nuestros planes para esta noche.

~.~.~

Vasiliev sabía que la persona que golpeaba rápidamente tres veces a la puerta de su oficina tenía la costumbre de asomar la cabeza antes de que la invitaran a entrar. Apenas tuvo tiempo de pasarse la manga de la camisa por los ojos antes de que Anastasia abriera la puerta y se inclinara hacia el interior, sujeta del marco.

- ¿No va a cenar con nosotros esta noche…? – preguntó Anastasia y casi en seguida se detuvo, al ver el rostro congestionado del capitán - ¿Qué le sucede? ¿Se siente enfermo? ¿Necesita algo…?

- No – respondió él con rudeza. Luego trató de suavizar su tono, pero la voz le salió ronca a fuerza de evitar que sonara quebrada por el llanto – No se preocupe. Estoy bien.

Ella no le creyó ni una palabra y se le acercó para examinarlo de cerca.

- ¡No me diga mentiras! Si ha cogido una gripe o algo así tiene que ir a la enfermería, ¿o me va a decir que le teme a un pinchacito…? – se interrumpió al advertir que él estrujaba un papel entre sus dedos, y al percibir un olor que no había sentido emanar de él desde la noche de su llegada: vodka – Ha estado bebiendo… - murmuró sombríamente.

Él le escondió el rostro.

- No me regañe. Mi madre ha muerto.

- ¡Por Dios! – ella arrimó una silla para sentarse frente a él – No sabe cuánto lo siento… pero no comprendo que sucedió… la última vez que fue a visitarla estaba bien…

- Fue un ataque cardiaco. Yo tampoco me lo esperaba… pero al menos ha sido rápido… mi viejita ya no sufrirá más.

- ¡Qué desgracia! – Anastasia puso una de sus delicadas manos sobre las de él, y con la otra alejó disimuladamente la botella de vodka y el vaso a medio llenar hasta el otro lado del escritorio – Si hay cualquier cosa que pueda hacer por usted, tan sólo dígamelo.

El hombre alzó el rostro con lentitud. Clavó sus ojos vidriosos y enrojecidos en los de Anastasia, y habló con una gravedad tal, que alarmó a la mujer.

- Hay algo que puede hacer. Escúcheme. Escuche mi historia atentamente, sin decir nada, hasta la última espantosa palabra… - Anastasia se inclinó inconscientemente hacia atrás. En las semanas transcurridas desde su encierro se había acostumbrado a ser algo así como la niña mimada de campamento. Y en especial, la protegida de Vasiliev. Naturalmente optimista, prefería creer en la bondad de las personas. Olvidaba con rapidez las ofensas y resaltaba lo bueno de los demás por sobre lo negativo. Por lo mismo, a estas alturas nada estaba más lejos de sus pensamientos que recordar que él hombre que tenía ante sí había intentado abusar de ella. Y ahora algo en su fisonomía lúgubre se lo traía vivamente a la memoria. Sintió el impulso de huir, pero antes de que alcanzara a moverse, él pareció advertir su temor, y retuvo la mano que tenía sobre el escritorio con la suya – No me tendrá miedo, ¿o sí?

- No… - murmuró ella, negando a la vez con la cabeza.

- Le insisto en que usted es mala mentirosa, mucho peor que yo… – dijo con una sonrisa muy extraña, siniestra, pero dolorosa al mismo tiempo. Llevó su diestra hasta el rostro de la mujer, y deslizó la yema del índice por el contorno de su barbilla, apenas tocando la tersa y blanca piel. Los ojos de la prisionera se abrieron de par en par, transparentando el pavor que aquel gesto le infundió. Temió que el alcohol hubiese despertado en él al monstruo que había conocido esa noche. Las líneas de la garganta se tensaron, su respiración se tornó agitada y superficial. En una fracción de segundo decidió que era mejor permanecer quieta que intentar escapar. Hubo de recurrir a todo el dominio que tenía sobre sí misma para no levantarse y salir huyendo… quizás una reacción de ese tipo podría incitar una respuesta violenta y agresiva de parte del capitán. Apostó por tratar de sortear la situación por medio de la palabra, rogando porque aquello surtiera efecto en un hombre que estaba completamente borracho. Él puso fin a la larga pausa en que la había observando intensamente, como si quisiera memorizar hasta el último detalle de su rostro, y continuó hablando con lentitud – …pero no tiene de qué preocuparse. No voy a propasarme, tal como se lo prometí la noche que la trajeron hasta aquí. ¿No me cree? Bien. Se lo explicaré una vez que concluya mi historia. Por el momento le adelanto que antes de ponerle a usted una mano encima escupiría sobre la imagen de la mismísima Virgen…

- Me está asustando… ¿Por qué me habla de ese modo? – preguntó ella, y se maldijo por la débil y ahogada voz que había salido de sus labios. Él retiró su mano y volvió a posarla sobre el escritorio – Us… usted no es así…

- ¿Que no soy así? – el dio una fuerte carcajada que nada tenía de alegre – Así he sido durante casi toda mi vida. No he sido más que una bestia miserable hasta que el destino la puso en mi camino. Es usted quien no comprende lo que verdaderamente soy, y quiero que lo sepa. Pero antes tiene que saber que no es así como hubiese querido ser.

- Mientras esté vivo, tendrá tiempo para cambiar.

Él negó con la cabeza, tristemente. Anastasia se tranquilizó un poco.

- Soy natural de la aldea de Andreievskoie en el distrito de Volokolamsk –continuó diciendo.

- Bastante cerca de Moscú.

- Sí. Mi madre provenía de Kazán(3). Era abnegada, trabajadora. Una santa mujer de noble corazón. Como ve, de ella sólo he heredado estos ojos rasgados – sonrió amargamente antes de continuar – y mi padre era un bastardo infame y alcohólico que ojalá esté ardiendo en el infierno.

- No debería referirse a su padre en esos términos – le reprendió Anastasia con suavidad – le ha dado la vida, de no ser por él, usted no estaría aquí…

- ¡Hablaré de él como me venga en gana! – exclamó el capitán golpeando la mesa con ira repentina - ¡Y nada le agradezco, pues de todos sus actos viles el peor, después de martirizar a mi madre, fue darme la vida! El mundo sería un lugar mucho mejor sin mí. No recuerdo que jamás haya tenido un gesto cariño con ella, conmigo, o con el resto de mis hermanos. Como le he dicho, era un borracho. Yo podía soportar sus golpes, pero jamás pude tolerar que levantara la mano a mi madre. Una vez me fracturó este brazo cuando intenté defenderla. Eso fue poco después de cumplir siete años. Me paré delante de mi madre que yacía en el suelo con la frente llena de sangre. "Padre, por favor…" fue todo lo que alcancé a decir antes de que me lanzara al suelo y me pateara hasta que toda mi piel no era más que una masa amoratada… – el relato era un poco inconexo, y lo fue cada vez más, pues alargó el brazo hasta alcanzar el vaso que Anastasia intentó quitar de su vista y dio un sorbo al alcohol. Hacía largas pausas intempestivamente, se quedaba absorto y retomaba las ideas que había dejado en el aire. El miedo de la prisionera remitió casi por completo, cediendo lugar a un amargo sentimiento de lástima - Para la gran hambruna del año noventa y uno murieron tres de mis hermanos, y sólo quedamos Sofía, Artemi y yo. A los demás apenas les recuerdo, pues tenía seis años. Lo único que permanece en mi memoria de aquel tiempo es el calor insoportable de ese verano, mis primeros días trabajando esa tierra estéril, el estómago vacío, y los gritos de mi padre. No bastábamos cuatro personas para hacer producir las parcelas, como le dije, yo era todavía un niño. Sonetchka y Tiomchik, mis hermanos mayores apenas eran adolescentes malnutridos. Al rotar las parcelas los vecinos siempre reclamaban que las nuestras eran las de tierra más empobrecida. (4) Y el borracho aquel comía más que todos nosotros juntos, y se gastaba lo poco que tenía con mujerzuelas, apuestas y vodka. Era un lastre, un zángano, pero habíamos de mantenerlo por ser el cabeza de familia. Y mi madre le soportaba porque lo natural era que un hombre pegara a su mujer. Así pues, crecí queriendo ser todo lo que mi padre no era. En la aldea decían de mí que era un buen chico. No quería replicar en mi vida la violencia de mi padre, por eso era siempre amable con los demás. Pero le odiaba. Con todo el corazón. Le odiaba tanto como amaba a mi madre… Y unos años después de la hambruna, se inició ese asunto de Serguei Semionov con el viejo Maliutin. (5)Semionov se marchó de Andreievskoe siendo adolescente y trabajó en las fábricas de San Petersburgo y Moscú. Sabía leer e incluso escribía. Se decía que sus cuentos habían llegado a conocimiento del mismísimo Tolstoi, quien tenía en alta estima a ese joven mujik. Cuando volvió todos le miraron con recelo. En la aldea no nos gustan los extraños. Semionov nunca se emborrachaba ni pegaba a su mujer. Y comenzó a cultivar con métodos novedosos e incomprensibles para quienes habían trabajado de la misma forma las tierras de la comuna desde que tenían uso de razón, del mismo modo que sus padres y abuelos lo había hecho. Pronto se granjeó la enemistad del viejo Maliutin, el patriarca de la aldea, un viejo déspota y analfabeto que ejercía el terror entre los vecinos. Mi padre estaba de su lado. Semionov, por su parte, poco a poco hizo amistad entre los más jóvenes y pronto se desató una guerra de hostigamientos con que Maliutin intentaba expulsarlo de la aldea una y otra vez, llegando incluso a matarle el ganado, quemar su granero y el de sus amigos más cercanos. Yo sentía curiosidad por Semionov y me acerqué a él a escondidas. Me enseñó a leer. Era su partidario en secreto. Yo tenía la idea de que cuando muriera mi padre, podría convencer a Tiomchik para que siguiéramos los métodos de cultivo de Semionov. Esperaba que aquello sucediera pronto, atendidas las monstruosas cantidades de alcohol que ingería. Pero pese a eso su puño no era más ligero, y sus lamentaciones luego de agredirnos eran cada vez más llorosas y patéticas. Ese endemoniado Maliutin pese a que pasaba de los setenta tampoco parecía tener intención de estirar la pata.

- ¿Semionov, el de la República de Markovo? – preguntó Anastasia, que ahora seguía su relato con vivo interés.

- El mismísimo, mi querida señora. En 1902 Maliutin logró vencerle finalmente cuando puso a la Iglesia de su lado. Tolstoi, el mentor de Semionov había sido excomulgado en 1899 luego de publicar esa última novela, "Resurrección". Semionov, por su parte, era ateo. Le acusaron de brujería y el tribunal eclesiástico le condenó a seis meses de prisión. Aquello no hizo más que incrementar mi odio por esas gentes estúpidas e ignorantes. Pensé que quizás Semionov, pese a sus buenas intensiones, había errado el camino, e hice planes para dejar la aldea atrasada, miserable, violenta, y encontrar un empleo en Moscú. Traer a mamá conmigo… darle la vida de una gran señora… pero entonces ese maligno ser que me engendró encontró mis libros y mis cuadernos de apuntes y me denunció a los aldeanos. Me los quitaron y los quemaron, con suerte no quemaron también la casa y se contentaron con molerme a palos. Fue la gota que rebalsó el vaso, el sólo hecho de su existencia me asqueaba. Le seguí un día que iba camino al burdel. Le empujé por la espalda, cayó de bruces sobre una charca lodosa en el camino… y apreté su cabeza contra el fondo. Una vez logró alzarse. Sus últimas palabras fueron "hijo, por favor…" Yo sólo atiné a repetirle, "padre, por favor…" antes de hundirlo nuevamente en el fango, esta vez hasta que su cuerpo dejó de convulsionarse.

- ¡Oh, por Dios Santo! – dijo Anastasia, horrorizada. Pero él ni siquiera la escuchó, pese a que no apartaba de ella sus ojos febriles y cada vez más extraviados.

- Nadie sospechó. Iba siempre borracho, nada de extraño tenía que hubiese caído, siendo incapaz de ponerse de pie por sus propios medios. Yo no sentí remordimiento alguno. Esa alimaña no merecía vivir. Al fin le había sacado ese peso de encima a mamá… y sin embargo… Ella le lloró, desolada. Pese a todo le quería. Y lo peor es que creo que siempre sospechó de mí, pese a jamás decir una palabra. Me marché a Moscú para no ver el reproche y la duda en sus ojos, pues ya nada quedaba para mí en esa aldea. Al menos podría enviarle algún dinero… Pero el panorama en la ciudad era desolador. Viví en la calle un mes antes de encontrar empleo en una fábrica. Las jornadas eran extenuantes, y ni siquiera tenía un cuarto donde dormir. Como muchos, nos acurrucábamos tapados con unas mantas entre las máquinas, dormíamos unas horas y seguíamos trabajando embrutecidos. Había privado a mi madre del sustento que podía darle viviendo en el campo y tampoco alcanzaba a enviarle nada desde la ciudad. Tiomshik murió de tisis al año siguiente, nunca tuvo buena salud. Y aún así no era capaz de volver y enfrentarla, y dejé que Sonechka y mamá se hundieran aún más en la miseria. Comencé a beber. Comencé a pelearme, a apostar. Mi vida era sombría, y no se veía que pudiese cambiar de modo alguno. Entonces aparecieron los revolucionarios, incitándonos a sumarnos a una ola de huelgas que azotaban al país durante los peores momentos de la guerra contra Japón. Yo creí en ellos, tal como había creído en Semionov… sólo para terminar recibiendo una pateadura peor que todas las de mi padre juntas, y salvándome por milagro de no acabar en prisión. Entonces fue cuando decidí que no estaría nunca más entre los perdedores. Ni los mujik viejos ni los de nuevas ideas ni los intelectuales bolcheviques me entregaron una sola herramienta útil para mejorar mi vida. Decidí que no volvería a ser pisoteado, y eso, para un hombre de mi posición social sólo significaba una cosa: el ejército. Me trasladé a San Petersburgo, y ahí me enrolé, contando con el poder de un arma y de someter a otros, además de un ingreso regular y un sitio donde vivir. Sin embargo, a cambio de eso debíamos soportar las humillaciones de los oficiales que nos despreciaban. Al poco tiempo me casé con una buena muchacha. Yo la quería, de veras que sí. Pero ya llevaba demasiado arraigado el mal de la bebida. Ella también me quería, pero mi vicio la hacía profundamente infeliz. Quizás por tenerla junto a mí, pese a ser un borracho parricida, yo aún conservaba la esperanza de no perderme por completo. Eso fue así hasta el 9 de enero de 1905(6). Ese fue el día en que mi vida dio un vuelco y avancé aquel paso que aún me separaba del abismo.

- El Domingo Sangriento… - murmuró Anastasia ante el largo silencio en que Vasiliev se sumió en sus recuerdos – Fue horrible, jamás podría olvidarlo… grupos de manifestantes huyendo por las calles… algunos entraron a nuestra casa. Los soldados los remataron en los jardines como si fueran perros frente a nuestros propios ojos…

- Yo no quería disparar. Veía a esos hombres con sus mujeres y sus niños, vestidos con sus mejores ropas, llevando imágenes del zar, íconos religiosos y cruces, pidiendo humildemente que se mejoraran sus condiciones de vida. Es lo mismo que yo he querido siguiendo a Semionov y participando en las huelgas, me dije. Esa gente era como yo. Pero yo montaba un caballo y portaba un fusil. Alguien… alguien inició el fuego de pronto, cerca de donde yo estaba. Se produjo una estampida, mis compañeros, desorientados, sólo atinaron a seguir disparando contra los manifestantes. Yo no reaccioné de inmediato, sólo veía aquella masacre con horror, aferrándome lo mejor que podía a mi caballo encabritado. Vi caer al cura Gapón, quien los había convocado. Pensé que estaba muerto, pero se levantó, con la faz desencajada de espanto, y dijo aquellas palabras… aquellas palabras que tuvieron un efecto monstruoso en mí: "Ya no hay Dios. No hay zar…" De milagro no le mataron. Y lo repetía, una y otra vez como si estuviera en trance… "Ya no hay Dios… no hay zar…" Aquella pobre gente diezmada a balazos era mi gente. Pero yo no estaba dispuesto a compartir su destino. El cura ese tenía toda la razón. El mundo se volvía de cabeza ante nuestros ojos y nada servía para cambiarlo. El zar no protegía a su pueblo. Semionov era denunciado por su propia gente y encarcelado por tratar de mejorar la producción de la tierra y la calidad de vida de los campesinos, Tolstoi excomulgado por denunciar la corrupción de la Iglesia, a los bolcheviques no les pesaban esas muertes, es más, les beneficiaban si así lograban fomentar el odio que nos llevara a la insurrección. La ambición, la crueldad y la estupidez son nuestros verdaderos gobernantes, y eso no lo iba a cambiar Semionov, ni Tolstoi con su resistencia pacífica, ni Lenin y sus bolcheviques. Mi decepción y mi asco por el género humano, por mí mismo, se volvieron infinitos. Algo se quebró dentro de mi alma. Y entonces… entonces disparé contra la muchedumbre. No sé cuanta gente maté ese día, sin hacer distinciones por sexo ni edad. A partir de ese momento comencé a beber más que antes. Fui a los burdeles. Levanté la mano a mi mujer por primera vez. En sus ojos sólo vi ese temor resignado que tan bien recordaba en mi madre, pero no me detuve, lo hice más veces, cada vez que me embriagaba y cada vez imploraba su perdón entre lágrimas sólo para volverlo a hacer la noche siguiente. Ella permanecía a mi lado, muda espectadora de mi decadencia como ser humano. El verano del año siguiente me enviaron a Andreievskoe. Mi antiguo amigo Semionov había logrado crear la República de Markovo aprovechando los días del alzamiento. Cuando llegué allí, había un sindicato de mujiks, un gobierno local. Había escuelas, avances en la agricultura, en la medicina, y las gentes gozaban de una libertad que jamás podría haber imaginado. Era un pequeño y milagroso mundo funcionando de forma autónoma dentro de Rusia. Y yo estaba allí para destruir lo que había sido mi sueño. Comprendí que la Rusia rural no estaba preparada para las ideas de Semionov. Una vez más me negué a estar dentro de los perdedores. Preferí estar entre los que apresaron a Semionov, que se pasó los dos años siguientes en la cárcel. Aún no olvido su mirada de decepción y tristeza cuando le escolté con las manos atadas. Ah, ya era demasiada la gente que me miraba de esa forma, y también hubo reproche en los ojos de mi madre. Preferí enterrar estas imágenes en mi memoria. Abandoné Andreievskoe transformado en una bestia mucho peor de lo que mi padre había sido. Las redadas para capturar a los revolucionarios ahora me dejaban indiferente. Ya no me cuestionaba al disparar contra los trabajadores en huelga. Poco a poco incluso comencé a disfrutarlo. Pegué a mi mujer cuando estaba encinta, y fue de las últimas bajas acciones de las que me arrepentí, pues la pobre murió en un mal parto, llevándose a la criatura con ella. Después de eso, desolado, decidí cambiarme al cuerpo de prisiones donde podría tener un cargo como oficial que me habían ofrecido hacía un tiempo. Total, estaba solo. No podía seguir viviendo en el lugar donde ella murió, sintiendo que en el fondo, yo la había matado más de tristeza que con los golpes que le di. Antes de partir viajé una vez más a la aldea para ver a mi madre, encontrándome con la triste noticia de que mi hermana Sonetchka también había muerto al dar a luz, y mi viejita estaba a merced de la familia de su yerno. Estaba flaca y consumida. No me lo dijo, pero supe que la golpeaban. La aldea había vuelto a su antigua decadencia. Decidí llevármela conmigo a Siberia, pero antes tuve una partuza con mi cuñado, que acabó con él convenientemente borracho, flotando boca abajo en el río. Cometí el error de confesarlo a mi madre. Ella, por primera vez alzó la voz, acusándome de dejar a mis sobrinos sin sustento. Yo me enceguecí. Ya estaba acostumbrado a no hacer esfuerzos por controlar la ira. "¡Lo hice por ti, vieja endemoniada y malagradecida! ¡Lo hice por ti, tal como por ti he matado a mi padre!"Y le di una bofetada. En menos de un segundo estaba besando sus pies llenos de lodo, implorándole perdón. Ella me abrazó en silencio. Accedió a irse conmigo del pueblo. Y yo no sé si lo hizo acostumbrada a no tener alternativa y obedecer lo que le mandaban o porque realmente me perdonaba, a pesar de todo… El hecho es que desde que estoy asignado a este penal, la he podido tener viviendo cómodamente en una casita del pueblo más cercano. Voy a verla al menos dos veces al mes, como usted ya sabe, y durante los permisos también me alojo en su casa. Me alegraba saber que al menos estos últimos años de su vida los había podido pasar en relativa paz. Sin embargo, la bajeza de mis instintos ya estaba fuera de control. Podía canalizar lo que me quedaba de humano en mi madre, pero mi crueldad no tenía límites dentro de este recinto. Usted ni se imagina las cosas que han ocurrido en este lugar…

Vasiliev había continuado bebiendo y se hallaba ahora tan ebrio que le costaba modular con claridad, y estaba tan exaltado que Anastasia temía que de un momento a otro comenzara a gritar, a llorar, o a romper lo que se le cruzara por delante. Si hasta este punto las acciones del capitán eran terribles, Anastasia pensó que debía inventarse una nueva palabra para describir la crueldad y la indolencia a que había llegado como encargado de este recinto penal. Historias de muerte, de torturas, de vejaciones espantosas hacían eco en su mente. Historias de hombres que habían sucumbido, desechos física y moralmente, de mujeres que habían tenido un trágico destino del que ella se salvó de milagro. Incluso le contó detalles de las miserias sufridas por sus actuales compañeros de presidio, antes su llegada. Vasiliev no se guardó nada, narrando hasta el detalle más escabroso. Anastasia tenía el rostro bañado en lágrimas, pero no se atrevía a interrumpirlo siquiera con un sollozo.

- Ella fingía no saber lo que pasaba aquí. Pero era de público conocimiento en el pueblo. Yo creo… creo que me tenía miedo. Creo que si alguna vez tuvo la esperanza de verme convertido en un hombre de bien, la perdió al darse cuenta de que era una versión corregida y aumentada de mi padre. Sin embargo, en la primera visita que le hice luego de que usted fuese trasladada hasta aquí, me dijo que me encontraba diferente. Yo le conté sobre usted y pareció muy complacida. "Tienes que cuidar de esa mujer", me dijo. Y enseguida añadió "Aunque sé que no es necesario que te lo diga". Luego siempre me preguntaba cómo estaba usted. Le interesó especialmente que tocara el violín. Cuando le conté sobre sus maravillosos dotes, se quedó pensativa y me dijo algo muy extraño: "¿Sabías que por tu padre me hice cristiana?" Yo no supe que responderle. Luego continuó hablándome de usted. "La pobrecilla no ha de tener ni un sarafán(7) decente que ponerse. Le coseré uno, se lo llevarás la próxima vez que vengas a visitarme." Yo le dije que no podía pretender que una señora tan fina usara una prenda como esa. "Pero qué tonterías dices, Petiusha. Si es rusa ha de tener un sarafán. Uno bonito, con bordados y encajes. No porque esté en ese cuchitril se va a vestir con harapos, no señor." Y no hubo quién le sacara de la cabeza la idea, así que le dejé dinero para que comprara las telas que necesitaba…

Vasiliev abrió un cajón de su escritorio y sacó un paquete envuelto en papel. Se lo entregó a Anastasia.

- ¿Qué es esto…?

- Es suyo. Ábralo.

Anastasia desenvolvió un sarafán de un hermoso color rojo italiano, alegre y vivaz, que llevaba un cinturón de la misma tela. Al centro tenía un bordado en hilo dorado que bajaba desde el pecho y daba la vuelta al ruedo.

- Mi madre era analfabeta. Me preguntó cómo se dibujaban sus iniciales. Mire, las puso aquí – y le indicó el borde superior de uno de los dos cómodos bolsillos que la anciana había añadido al traje, donde podían apreciarse las iniciales de Anastasia bordadas en hilo dorado. Ella no podía contener sus lágrimas de emoción. Sin embargo, cuando iba a agradecer al capitán, este había recostado la cabeza sobre la mesa y no reaccionaba. Anastasia pidió ayuda a Oleg para llevarlo hasta su habitación. Allí se quedó a solas con él por unos momentos. Él abrió de pronto los ojos, y al verla a su lado la sujetó por una muñeca.

- Hay algo que aún no le he dicho. Es por qué… por qué no debe temerme – su voz se hizo cada vez más tenue, por lo que la mujer hubo de inclinarse acercando su oído para escuchar sus palabras – Es porque usted es un ángel. Por usted quiero ser mejor, aunque mi alma ya no tenga salvación, aunque sé que nunca seré digno de usted. Porque yo la amo…

En seguida cayó en un profundo sueño. Anastasia lo miró largo rato, sin saber qué sentir ni que pensar, pese a que hacía ya bastante tiempo que había leído en sus ojos rasgados las palabras que acababa de oír. Finalmente le besó en la frente antes de volver a su habitación. Una vez a solas se cambió su vestido raído por el sarafán. Ató en cinturón de tela por arriba de la cintura, sobre sus costillas inferiores, y se miró en un espejo de cuerpo entero, algo manchado, que le habían conseguido los guardias. El sarafán se ajustaba como un guante a su figura delgada. Giró haciendo ondear el ruedo. Se pintó los labios con un carmín barato, uno de los tantos pequeños obsequios que recibía cada semana y que reposaban sobre su improvisado tocador.

He llevado prendas mucho más finas, pero ninguna tan hermosa como esta– pensó, mientras acariciaba los bordados que bajaban desde el pecho, como hubiera hecho con las arrugadas manos de esa santa mujer. Se asomó a la ventana e inspiró con fuerza el aire nocturno. Era luna nueva, las estrellas brillaban en todo su esplendor. Solamente con el fresco logró calmarse y asimilar todo lo que Piotr Vasiliev le había narrado. Eran los costos de ser demasiado empática y sensible. Lograba identificarse a tal punto con otras personas que hacía suyo el sufrimiento ajeno… pero esta vez había notado algo especial: lograba transformar el dolor en paz. Paz, eso reflejaba el capitán cuando, después de decir todo lo que le pesaba en el corazón, logró conciliar el sueño. Entonces, este era su don. Y tenía muchísimo que hacer. Cada uno de los hombres que habitaba ese sitio debía tener heridas similares, ya fuesen presos o carceleros. Se dispuso a ayudarlos cuanto pudiera. Y allí, cautiva, lejos de su hogar, de sus padres, de su hermana, de Aleksei, encontró un camino por el cual encausar su vida.

Muchas gracias, señora Vasilieva. Me pregunto cuál de todas estas estrellas será usted… Y no se preocupe, ¿eh? Él está cuidando bien de mí. Y asimismo, yo cuido de él…

~.~.~

¡Qué tontería! Me siento como una ladrona en mi propia casa. Es verdad eso que me dijo Zubovski, que es más difícil actuar con las personas más cercanas… ¡Tranquila! Boris llegará tarde esta noche… Sólo tengo que usar la copia que hemos sacado de la llave de su cajonera, buscar esos papeles, copiarlos y listo. Pero no es sólo por eso que estoy alterada… Ni siquiera es la primera vez que lo hago. Es ese asunto de las armas, no acaba por cuadrarme. Si algo llega a pasarle a Misha yo… ¡Ay! ¿Es que todas las puertas crujen así en esta casa? ¡Diablos! ¿Cuándo se ha apolillado así la madera del piso? Por cómo ha sonado, he tenido la impresión que caería a la planta baja con escritorio y todo… ¡Entra, maldita llave! ¡Hm! Pero, ¿cómo va a entrar si las manos no dejan de temblarme…? ¡Alguien viene! ¿Dónde me escondo? ¡Piensa, rápido! ¡Ahí! Tras esa cortina…

Antonina recogió las piernas, ovillándose sobre la alfombra y ocultándose entre los pliegues de grueso terciopelo. Apagó la lámpara de gas que llevaba consigo. La puerta del despacho crujió nuevamente, según su apreciación, con gran estruendo. Reconoció en seguida los pasos lentos y pesados de su marido. Le vio marcar el teléfono.

- ¿Shalikov?... Sí, soy yo. Entonces, el tren salió de Moscú sin novedad y ellos ya están enterados. Perfecto… ¿A qué hora está confirmada la llegada? Doce de la noche… Sí, sí, yo avisaré a Yakovlev, le aseguro que capturaremos a unos cuantos cuando vayan a recibir ese supuesto cargamento de armas… No, Yakovlev no me ha dado aún el listado de los revolucionarios con los que ha entrado en contacto, pero no importa, les capturaremos en la estación. Caerán peces gordos… Muy bien, adiós.

¡Lo sabía, es una trampa!

Ivanenkov marcaba nuevamente el teléfono.

- ¿Yakovlev? Habla Ivanenkov… Confirmado para las doce. ¿Cuántos revolucionarios le acompañarán?... ¡Quince! ¿Y cuántos ha identificado?... ¿Sólo seis, incluido Smerdiakov?... Sí, sí ya sé cómo se cuidan las espaldas. Pero con que capturemos a la mitad de los que vayan esta noche, habremos logrado un gran avance en desarticular esta rama del comité… Sí, sí, mis hombres les interceptarán ahí. Te dejaremos escapar junto con algunos otros, me interesa que no sospechen de ti, espera un par de días antes de presentarte al cuartel a dar tu informe completo… Tu coartada será que se revisó el cargamento en el camino entre Moscú y San Petersburgo, algo totalmente imprevisible. Adiós – Cortó y marcó otra vez – Habla Ivanenkov… Confirmado para las doce. Lleve treinta hombres, yo voy en seguida al cuartel.

Colgó por tercera y última vez, y se retiró.

Antonina miró la hora en un reloj de péndulo. Eran las diez de la noche. Los hombres habían quedado de reunirse a las once. A penas tenía tiempo de alertarlos. Los quince minutos que esperó sin atreverse a moverse, hasta que sintió a su esposo salir de casa, se le hicieron eternos. Se abrigó y salió con sumo cuidado. Sacó su yegua favorita de la cuadra. Katiusha corrió la cortina cuando la perdió de vista e hizo un gesto de desaprobación. Era escandaloso que esa mujer no tuviera ni el más mínimo respeto por su marido. Nada más salir de casa, se escabullía como la zorra que era a juntarse con su amante. Porque estaba segura de que algo había entre ella y ese tal Pavel Lázarev.

- ¡Descarada! – gruñó la vieja criada.

Antonina tardó media hora en llegar a casa de Zubovski, la que le quedaba más cerca. Allí encontró solo a Julius y a Galina.

- Ya se marcharon – le dijo Galina al verla llegar toda alborotada.

- ¡No puede ser! ¡Van directo a una trampa! ¡Yakovlev es un traidor!

- Tenemos que alcanzarlos cuanto antes… - dijo Julius – yo voy contigo, sabemos dónde se reunirán.

- Yo también voy – dijo Galina, haciendo ademán de salir.

- No querida Galia, tú no vas a ninguna parte – replicó Julius, empujándola de los hombros y obligándola a sentarse, con un gesto cariñoso, pero firme.

- ¡Mi esposo también está ahí!

- No puedes ir – insistió Julius. Y luego dijo a Antonina – nada más hoy hemos sabido que está encinta.

Galina bajó la mirada al piso, derrotada.

- Tengan cuidado – les dijo al despedirse.

Antonina montó a la grupa de Julius, quién sabía llegar al lugar donde se reunirían los revolucionarios. Una plazoleta a la que Antonina no habría podido llegar sola. Pero ellos ya se habían marchado, de modo que siguieron directo camino a la estación. Les vieron a apenas cinco cuadras del lugar. Algunos iban a caballo, y llevaban dos carretas en que supuso que iba el resto, y que les serviría para transportar las armas.

- ¡Alto! ¡Alto! – les gritó Antonina. Ambas mujeres desmontaron a toda prisa y corrieron hacia ellos - ¡Es una emboscada!

- ¿¡Qué! ? – exclamaron varios.

Antonina distinguió rápidamente a Mijaíl, que la miraba pasmado.

- ¡Misha! ¡Ese Yakovlev es un espía!

Yakovlev, que iba a la cabecera del grupo, vaciló apenas un instante, y se largó a galopar al encuentro de los suyos, que los esperaban a un par de cuadras de distancia. Aleksei, que estaba a su lado, reaccionó en seguida y fue tras él. Zubovski le siguió. Alcanzaron a verlos desenfundar sus armas y disparar antes de perderlos de vista, sin ver si habían acertado.

- ¡NO! ¡Aliosha! – gritó Julius. Antonina la sujetó como pudo, impidiendo que corriera tras él.

- ¡Dispérsense! ¡Dispérsense y traten de llegar a la imprenta! – ordenó Mijaíl a los demás. Los hombres se diseminaron rápidamente por las calles aledañas. Sólo quedaron las dos mujeres forcejeando en la mitad de la acera, luego de que las carretas pasaran raudamente en sentido contrario, aprovechando la ventaja de las cuadras que los separaban de la estación. Mijaíl se volvió a mirar hacia atrás y las vio. Decidió dejar que Aleksei y Zubovski se hicieran cargo de Yakovlev y proteger a las mujeres. Ayudó a Antonina a arrastrar a Julius hacia un callejón poco iluminado. Al cabo de un par de minutos, Aleksei y Fiodor volvían a su encuentro.

- Lo despachamos – dijo Aleksei – Ahora, rápido, hay que salir de aquí antes de que acordonen la zona.

Julius dejó de forcejear sólo una vez que comprobó que él estaba sano y salvo. Antonina aprovechó la ocasión para empujarla hacia el caballo de Aleksei, e incluso la ayudó a subir a la montura. Luego montó su yegua, y los cinco salieron tan pronto como pudieron del lugar. Todo indicaba que las tropas confiaban en prenderles al interior de la estación hasta donde llegarían guiados por Yakovlev, pues no habían cerrado el perímetro y en su mayoría se encontraban dispuestos cerca de los andenes. Esto les permitió perder a sus persecutores, y llegar a un galpón en que funcionaba la imprenta que les servía de pantalla, y que se ubicaba en el barrio industrial. A esa hora ya prácticamente nadie circulaba por el sector. Aún así desmontaron tan silenciosamente como pudieron y se acercaron con sigilo.

- Supongo que Yakovlev no sabía de este lugar – le dijo Antonina a Zubovski, ya que Mijaíl fingía no prestarle atención y Aleksei ayudaba a Julius a descender del caballo.

- Por supuesto que no. Sólo nos hemos reunido con él en sitios públicos, tampoco manejaba aún nombres reales salvo el de Smerdiakov. Pero podría haber dado las señas suficientes para identificar a varios. El problema es que no sabemos a cuantos de los nuestros logró delatar, por lo que debemos afinar un plan de escape de emergencia.

- A ninguno – respondió Anastasia – antes de venir escuché a mi marido darle instrucciones, y él le informó que tenía seis identificados, pero no le dio nombres ni señas de ningún tipo en ese momento. Esperarían a después de la redada para recabar esos antecedentes.

Zubovski se mostró gratamente sorprendido.

- ¡Vaya! Esa es la mejor noticia que podríamos tener en estas circunstancias.

Mientras ambos conversaban, Mijaíl abrió la cerradura de la puerta del recinto. Aleksei dio una palmadita en el hombro a Antonina, a modo de felicitación. Ella se sintió extrañamente satisfecha de sí misma.

Una vez adentro, Antonina advirtió que la fachada del local estaba bastante bien hecha. Lucía como un negocio cualquiera, con su mostrador y sus toscas estanterías y cajas atiborradas de impresos de autores clásicos y variados temas sin implicancias políticas. Una luz se encendió tras la sala de recepción.

- Entren, rápido – dijo un hombre que se asomó a la puerta. Antonina lo reconoció como uno de los camaradas que iba a caballo.

La trastienda era un galponcito con dos hileras de máquinas de impresión, y más estantes y cajas repletas de documentos. Otros cinco hombres habían logrado llegar antes que ellos, sin novedad. Saludaron nerviosamente a los recién llegados, y todos se sentaron donde pudieron, en silencio.

- ¿Quién… quién le disparó? – preguntó Julius de pronto, mirando con preocupación a Aleksei. Todos tuvieron la impresión de que había hablado a gritos luego de que pasaran largo rato sin decir palabra.

- Fui yo – contestó Zubovski con sequedad – No teníamos alternativa, no es que me guste la idea de disparar a un hombre por la espalda… – añadió en seguida, como disculpándose.

- Fiodor – intervino Aleksei – Si Galina pregunta le diremos que lo hice yo. En su condición no creo que sea buena idea que sepa…

- Gracias – le interrumpió Zubovski tratando de encubrir su inquietud con una sonrisa.

- Vienen varios más – dijo uno que se asomaba disimuladamente a una ventana que daba a la calle.

Oyeron como quitaban el candado, y en seguida aparecieron cinco hombres más. Entonces comenzaron a conversar con un poco de calma. Tal como Zubovski, el resto de los bolcheviques estaba muy impresionado por la acción de Antonina. Todos, salvo Mijaíl, que estaba sentado en un rincón abrazándose las rodillas y mirando el piso.

El último en llegar, alrededor de un cuarto de hora más tarde, fue Diatlov. Zubovski se marchó tan pronto comprobó que no tenían bajas, pues le apremiaba regresar pronto a casa para tranquilizar a Galina. Le acompañó Smerdiakov, quien debía abandonar de inmediato la ciudad con un pasaporte falso. Luego de los comentarios de rigor sobre el traidor y la trampa de la que se habían librado por los pelos, sus rostros asustados dieron paso a risas nerviosas.

- Creo que ya es hora de que vuelva a casa – dijo Antonina, al ver que sus "camaradas" no tenían intención de desalojar el local aún.

- Si me escuchan un momento – dijo Diatlov, alzando la voz – Quisiera proponerles un brindis por la camarada Ivanenkova, aquí presente, sin cuya valiosa colaboración en estos momentos seríamos hombres muertos. Por favor, quédese unos minutos más, camarada – y le guiñó un ojo coquetamente.

Antonina se sonrojó y no pudo evitar reír, tal como hacía el resto. Se sintió halagada y muy ridícula a la vez. Diatlov era un payaso, pero no le tenía inquina desde que supo del chasco de su noche en prisión. Con eso consideró que estaban a mano.

- ¿Y con qué pretendes que brindemos? – le dijo Mijaíl, con algo de hosquedad - ¿con agua?

- Misha, Misha… - dijo Diatlov, moviendo la cabeza de un lado a otro- ¿Con quién crees que estás hablando?

Se desabrochó el abrigo y dejó al descubierto dos botellas de vodka que llevaba atadas en el forro. Sus camaradas estallaron en carcajadas. Mijaíl meneó la cabeza esta vez.

- Kolia, definitivamente no tienes remedio.

- Tú eres un amargado. La ocasión amerita al menos un trago, no puedes negarlo.

- Yo no bebo.

Varios más se excusaron por la misma razón. Nikolai los miró uno a uno, defraudado.

- Vamos, no me hagan este desplante, ¿me dejarán con dos botellas llenas en la mano? Denle un sorbito que sea, para pasar los nervios…

Se miraron unos a otros como preguntándose qué hacer. La mayoría de los revolucionarios estaban completamente volcados a la causa, y no dejaban tiempo para diversiones de ningún tipo, por considerar que nada debía desviarlos de su objetivo final, y que debían sacrificarse por completo en aras de un bien mayor. Muchos se habían alejado incluso de sus familias.

- Yo te acompaño – dijo Aleksei de pronto.

- Ah, al fin alguien aprecia mi gesto, no como vosotros, tropa de malagradecidos.

- Trae acá esa botella – dijo Aleksei. Abrió una y bebió un sorbo directamente del gollete.

- ¡Hay que celebrar, hay que celebrar! – gritó Diatlov – Ya sabía yo que soy demasiado guapo y demasiado joven como para vérmelas con las parcas tan pronto.

- Yo… yo beberé, excepcionalmente – dijo entonces uno de los camaradas.

- Entonces ve a buscar alguna taza o algo – le contestó Diatlov. En seguida varios más se animaron a lo mismo. Finalmente todos tenían una taza o un vaso en la mano, salvo Mijaíl. Incluso Julius y Antonina compartían un jarro de aluminio - ¡Ahora brindemos por la camarada Ivanenkova!

Cada cual alzó su recipiente.

- ¡Salud!

Julius humedeció los labios y luego entregó la jarra a Antonina. Ella bebió un sorbito.

- Un momento, están olvidando a Julius – dijo – De no ser por ella no podría haber llegado a advertirles. Aleksei, ven a felicitarla como corresponde.

Aleksei se acercó algo cortado. Hizo ademán de sentarse junto a Antonina, pero ella le dejó un espacio junto a Julius.

- Lo han hecho muy bien las dos – dijo rápidamente, y se dispuso a ponerse de pie. Pero Antonina lo tomó por la manga.

- Hombre, pero que desabrido ha sido eso – dijo Antonina luego de beber otro sorbito de vodka. Tomó sorpresivamente a Julius de la mano, y la posó sobre la de Aleksei – un poco más de efusividad, que te acabamos de salvar el pellejo.

Antonina advirtió con claridad la mezcla de sentimientos en Aleksei. Seguía siendo tan predecible, obvio y transparente como cuando tenía siete años. Era evidente su atracción por la muchacha, pero sus prejuicios (estúpidos, en opinión de Antonina) sobre dedicarse por completo a la revolución y renunciar a todo le hacían mantenerse alejado de ella. Sin embargo no se decidía a enviarla a su país, y menos aún a devolverla a manos del marqués Yusúpov, pese a saber que Julius estaría más segura junto a él que con los bolcheviques. Antonina supuso que antes de eso Aleksei preferiría dispararse en un pie, pues sus celos infundados habían quedado de manifiesto desde un principio. Si conseguía ayudar a Julius, si lograba que Aleksei advirtiera las bondades de tener una mujer, probablemente él podría también ayudarla a ella con Mijaíl más tarde. Se quedó un rato junto a ellos, logrando con su intervención hacer que hablaran con más confianza y fluidez. Miraba a hurtadillas a Mijaíl, pero él le daba la espalda, y no le prestó las más mínima atención. Frustrada, dejó a Julius y Aleksei y se acercó a Diatlov. Este, ni corto ni perezoso y ya bastante bebido, comenzó a galantearla y piropearla descaradamente. Ella le siguió el juego, y esta vez Mijaíl se mostró ciertamente molesto, aunque no intervino ni les dirigió una sola palabra. Y mientras más despecho sentía Antonina al ser ignorada, más bebía y más hacía caso a Diatlov.

- Eh, Tonia – la llamo Aleksei de pronto, al ver que el alcohol se le estaba yendo a la sangre, y que Diatlov la tenía abrazada por la cintura y la besaba en la mejilla – ya deberías volver a tu casa. Tu marido podría regresar…

- ¡Qué va! – respondió ella con la lengua estropajosa – Con la que se ha armado esta noche ese vejestorio se quedará en el cuartel hasta bien entrada la mañana… además, nos la estamos pasando muy bien aquí, ¿verdad, Kolia?

- Cierto, preciosura… - respondió el pintor, riendo estúpidamente. Ella le echó los brazos al cuello.

- Esto se está poniendo feo – le susurró Julius a Aleksei – Es mejor que hagas algo, mira, Misha parece que echa humo por las orejas. Ese otro par está como cuba…

Aleksei se levantó de un brinco y se acercó a la pareja.

- Paren de una vez este espectáculo – les dijo – No podemos quedarnos aquí más tiempo, ya comprobamos que estamos todos y debemos dispersarnos. Mijaíl, ¿puedes llevar a Antonina hasta su casa?

Mijaíl alzó su amoscado rostro con desprecio.

- Que la lleve Nikolai.

- Kolia está ebrio – le dijo Aleksei – vamos, alguien debe acompañarla de vuelta, es muy tarde para que ande por allí sola y… en estas condiciones.

- Llévala tú, entonces.

- Tengo que dejar a Julius en casa de Zubovski.

- ¡Ah, déjame en paz, Aleksei! Yo llevaré a Julius. Si tanto te interesa, hazte cargo tú de lo que pase con esa furcia… ¡Yo no quiero tener nada que ver con ella!

Todas las voces se silenciaron bruscamente. Ni el mismo Mijaíl se creía capaz de haber dicho aquello, pero aun así, ni se retractó ni pidió disculpas. Antonina no daba crédito a lo que acababa de oír, se quedó helada. Aleksei la tomó del brazo y la hizo caminar hacia la salida.

- Ven conmigo – le dijo suavemente.

Ella lo siguió cabizbaja. Antes de cruzar la puerta apuntó a Mijaíl con el dedo.

- ¡Eres un imbécil! ¡Te odio! – le gritó enfurecida - ¡Todo esto lo estoy haciendo por ti! ¡Vas a arrepentirte de haberme tratado de esta forma! – y dio un portazo que quedó retumbando en los oídos de los bolcheviques.

Pero una vez fuera del recinto un puchero anunció que el llanto estaba próximo.

- ¿Puedes montar? – le preguntó Aleksei, haciéndose el ánimo de que lloriquearía el resto del camino.

Ella asintió y él la ayudó a encaramarse sobre su yegua. Aleksei apenas había alcanzado a acomodarse sobre su propia montura, cuando Antonina rompió a llorar entre hipidos.

- Toma – dijo, ofreciéndole su pañuelo.

La mujer se lo quitó de las manos con brusquedad y se limpió la cara y la nariz. A ratos se calmaba, pero pronto comenzaba a hipar nuevamente. Aleksei empezó a evaluar seriamente la posibilidad de que ella les traicionara. Antonina era una mujer pasional, impulsiva, y por sobre todo, irreflexiva cuando estaba dominada por una emoción intensa.

Antonina tiene razón en una cosa… ¡Karnakov es un completo imbécil! Si no quiere hacerle caso, al menos podría no tratarla como si fuera una ramera. Ahora por su culpa dependemos de que alguien la convenza de no hacer nada. ¿Y quién será ese alguien?... Bingo, su seguro servidor… AGH…

- No deberías hacer caso a Mijaíl… - le dijo intentado sonar conciliador – No creo que realmente piense eso.

- ¡Por mí que se pudra en el infierno! Ojalá nunca lo hubiera conocido. No me ha traído más que problemas – y comenzó a hipar otra vez. Se sonó la nariz y le acercó el pañuelo al bolchevique.

- Eh… no te preocupes, tengo otro… - dijo él – Sobre Karnakov… se comporta así porque está celoso. No quiero justificar que haya sido tan grosero, pero no fue buena idea provocarlo así.

- Celoso… como tú…

- ¿Yo…?

- Julius es una buena chica. Se ve que te quiere muchísimo…

Alkesei se mordió el labio inferior y se apartó el cabello de la frente.

- Ella… - dijo despacio – Ella ni siquiera debería estar en este país.

- ¿Entonces por qué no la envías a Regensburg? Podrías conseguirle un pasaporte y hacerla salir de Rusia si quisieras.

- ¿Por qué te interesa tanto lo que pase entre Julius y yo?

- Hacen bonita pareja.

- No te creo nada. Tú no das puntada sin hilo… Ea, abajo, ya hemos llegado – Aleksei se apeó y la ayudó a bajar - ¿Crees que puedas llegar sola hasta tu habita…?

No alcanzó a terminar lo que decía, pues ella se afirmó de su brazo y se le doblaron las rodillas.

- ¡Lo que faltaba!

Amarró su caballo a una reja y entró la yegua de Antonina, llevando a la mujer casi a la rastra. La sentó apoyada en un árbol en el jardín y llevó al animal hasta la cuadra. Afortunadamente aún no habían repuesto las luminarias quebradas en la última protesta y la visibilidad era mala. Consiguió llegar hasta la puerta cargando a Antonina, y abrir usando la llave que ella, medio dormida, le entregó. Caminar hasta su alcoba fue un suplicio, pues ella tropezaba a cada instante y un par de veces hizo amago de largarse a llorar nuevamente. Suspiró con alivio una vez que la hubo dejado caer sobre el lecho. Pero ella se incorporó de improviso.

- Dime, Aliosha… ¿Por qué nadie me quiere? – y esta vez sí rompió a llorar – No soy tan mala… ¿o sí?

Él corrió a su lado y trató de calmarla como pudo.

- No, no eres tan mala…

- Pero sí soy algo mala…

- No he querido decir eso…

- ¡Si has querido decirlo! – chilló ella - ¡Todos piensan lo mismo de mí!

- No, de veras no lo pienso – murmuró él con nerviosismo.

- No te creo… tú también piensas que ella es mejor que yo...

- ¿Ella?

- Anastasia...

Aleksei miró en silencio su silueta borrosa. Casi no distinguía su rostro, pero de seguro tenía los ojos enrojecidos e hinchados. Y de pronto la recordó como era de pequeña. Malcriada, caprichosa, insoportable. Y rió suavemente.

- ¿Sabes algo, Tonia? Es curioso, tú y Misha son las únicas personas que me vinculan a mi infancia. A todos los demás los he perdido. Creo que sólo por eso, aunque seas una verdadera bruja, un alacrán ponzoñoso, me agradas.

- ¿Eso ha sido un halago? – contestó ella mordazmente – Porque si es así, espero que nunca me insultes.

- Tómalo como una… propuesta de tregua.

- Está bien. Tú tampoco estás tan mal, pese a ser un engreído, petulante y maleducado…

- Me alegra que al fin nos estemos entendiendo. Ahora me voy. No sería divertido que me encontraran en tu cuarto. Me ofendería profundamente que alguien pensara que soy tu amante.

- Idiota…

Aleksei volvió a reír en un murmullo.

- ¿Por qué me has llamado alacrán?

- Porque si no controlas un poco ese genio, acabarás pinchando tu propia espalda, Tonia – dijo él – tómalo como un consejo de alguien que siente… un vago aprecio hacia tu persona. Buenas noches.

- Eres un tonto… - dijo ella, sonriendo.

Él la besó en la frente y se escabulló hacia la calle tan sigilosamente como le fue posible.

Katiusha corrió la cortina de uno de los salones.

¡Pero qué zorra! ¡Ha llegado ebria y tiene dos amantes a falta de uno!

~.~.~

Cuando abrió los ojos por la mañana, dos gotas de agua tibia se le colaron, y volvió a cerrarlos, sacudiendo la cabeza. Una mano presionó el paño que tenía sobre la frente.

- ¡Quieto!

Cogió con su mano la que se posaba sobre el paño, reconociendo de inmediato tanto la voz como esos dedos largos y delgados.

- ¿Qué sucede?

- Tiene fiebre. Hoy guardará reposo.

- ¿Quién ha decidido eso?

Anastasia le quitó el paño de la cara, permitiéndole ver su faz risueña.

- ¡Yo! Descansará hasta el almuerzo... y luego irá al pueblo. Podrá llegar entrada la noche y por la mañana asistir al funeral.

- Ah, ya sabe usted que me es imposible discutirle nada, me quedaré aquí… - se interrumpió violentamente al fijarse que Anastasia llevaba puesto el hermoso sarafán que le había regalado su madre, y recordó de golpe todo lo que había sucedido la noche anterior. Bueno, casi todo. Luego de que le entregara el vestido las imágenes se volvían confusas - ¡Por todos los diablos! ¡Perdóneme, por lo que más quiera! No debí contarle todas esas cosas horribles…

- No se preocupe por eso.

- ¿Cómo no voy a preocuparme si la hice llorar? Lo recuerdo muy bien, estuvo usted llorando ahí, calladita, casi todo el tiempo. No vaya a pensar que me arrepiento por querer parecer mejor persona a sus ojos, nada de eso… sé muy bien lo que soy. Pero le dije que nunca le haría daño, y sin embargo su corazón se ha llenado de pesar…

- No tiene por qué sentirse culpable. Yo agradezco su voto de confianza. Y no le juzgo. Tampoco le justifico, pero sé que en el fondo de su corazón siempre quiso ser un hombre bueno… y le digo otra cosa más, usted se equivoca al decir que su alma está perdida…

- ¿Cuá… cuándo le dije aquello?

- Antes de dormirse.

- ¿Le dije algo más?

- No, eso fue lo último. – respondió ella - En cuanto a su alma, pues, si hay verdadero arrepentimiento, si hay una real voluntad de cambiar, pienso que algo podemos hacer… - sonrió de esa tierna forma que dejaba al capitán totalmente embobado. Su madre tenía razón, Anastasia se veía resplandeciente vestida de ese color rojo intenso y alegre, y se notaba que estaba feliz de usar aquel traje. Tomó dos grandes libros que había dejado sobre la mesa de noche. Él los reconoció como dos de los volúmenes con que últimamente había contribuido a la biblioteca de la prisionera – Mire, yo no creo en un Dios castigador y espero que usted tampoco.

- ¿Pero usted no es bolchevique y atea?

Ella movió la cabeza negativamente.

- Yo no creo en el odio ni en la violencia. Yo creo en un Dios compasivo… al igual que estos dos caballeros que nos van a ayudar. Porque ellos le dirán mucho mejor que yo lo que ahora estoy pensando.

Y dejó los libros sobre el lecho de Vasiliev. "Crimen y Castigo". "Resurrección". Sin duda la señora Kulikovskaia era otra chiflada seguidora del conde Tolstoi, ese viejo de larga barba blanca, aristócrata renegado, vegetariano, "anarco-cristiano", excomulgado y muerto hacía tres años atrás.

- "Resurrección"… había empezado a leerlo poco antes de… de lo de mi padre. Nunca lo terminé. "Crimen y castigo", no lo he leído aún.

- ¿Por cuál desea partir?

Vasiliev puso su mano sobre la obra de Dostoievski. El sólo título sonaba más acorde a su situación que lo que recordaba de la vacua e indolente vida del príncipe Nejlúdov que Tolstoi narraba en "Resurrección". Claro que no alcanzó a avanzar demasiado.

- ¿Podría leer usted el principio? Me duele un poco la cabeza, no podré fijar bien la vista.

Anastasia acomodó el libro sobre sus piernas.

- "Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la callejuela de S… y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K…"

Vasiliev puso real empeño en prestar atención, pero pronto dejó entender lo que Anastasia leía, y su voz pasó a transformarse en dulce música que le arrullaba mientras contemplaba su angelical belleza. Mucho, muchísimo tiempo más tarde despertó de su ensueño y escuchó sus palabras. A través de la ventana vio como Ilia llevaba a un caballo de pelaje castaño hacia la cuadra. El animal balanceaba la cola juguetonamente, y le seguía manso y perezoso.

- "…Si uno la matase y se apoderara de su dinero para destinarlo al bien de la humanidad, ¿no crees que el crimen, el pequeño crimen quedaría ampliamente compensado por los millares de buenas acciones del criminal? A cambio de una sola vida, miles de seres salvados de la corrupción. Por una sola muerte, cien vidas. Es una cuestión puramente aritmética. Además, ¿qué puede pesar en la balanza social una anciana esmirriada, estúpida y cruel? No más que la vida de un piojo o de una cucaracha. Y yo diría que menos, pues esa vieja es un ser nocivo, lleno de maldad, que mina la vida de otros seres…"

- El caballo… - balbuceó – yo jugaba entre sus patas… él estaba ahí, mi padre…

- ¿Ah? No entiendo de qué me habla… - dijo Anastasia.

"… es un ser nocivo, lleno de maldad, que mina la vida de otros seres…"

- Fue durante la hambruna, hasta entonces él trabajaba con nosotros – continuó Vasiliev – tras la muerte de mis hermanos se volvió así…

Y de pronto rompió a llorar angustiosamente. Anastasia, si bien no comprendió por completo el motivo de su llanto, supo enseguida que eran lágrimas que debieron haberse vertido muchos años atrás. Se sentó en el borde del lecho y acomodó la cabeza del capitán sobre su hombro.

~.~.~

Fue a finales del otoño. Sí, aún era otoño. Se acercaba el peor momento de la hambruna. Iosíf, Riorik y Aliona aún vivían, pero estaban gravemente enfermos. La mayor de mis hermanas, Aliona, era la favorita de mi padre. Estoy… corriendo tras algo… es… ¡Es el perro! ¿Cuál era su nombre…? Ya no lo recuerdo. Era negro y motudo, ágil y pequeñito. Las tripas me suenan, y trato de distraerlas jugando con él. Le lanzo unos trapos amarrados y él me los trae de vuelta. El gato, sentado sobre un barril vacío, mueve la cola como diciendo "¡pero qué idiotas…!" El gato también me agrada. Me gusta ver como sus pupilas rasgadas se transforman en una línea a la luz del sol y pasan a ser casi un círculo a la sombra. Me gustan sus ojos, son como los míos, pero al revés. Los trapos han ido a parar debajo del caballo, y el perro y yo nos metemos en medio. El caballo no se inquieta, no se mueve, ni siquiera cuando en afirmo de sus patas. Miro su barriga castaña sobre mi cabeza. Es como estar dentro de una casa aún más chiquita, se le notan las costillas bajo la piel, como las vigas que sostienen el techo de nuestra choza. Chapoteamos en una charca. Estoy lleno de barro. Mis manos están heladas, y me muevo para conservar el calor, aunque eso aumenta mi hambre. En este momento la prefiero a tiritar de frío. Más rato me echaré sobre la paja, llevaré al perro y al gato y podré dormir mucho mejor cuando me haya cansado de correr, pegado a sus cuerpos tibiecitos.

No presto atención a la puerta de la choza, que se abre. La sombra de papá se proyecta sobre mí. Se inclina. Su rostro aún joven está arrugado y sus ojos enrojecidos. ¿Ha llorado? ¿Ha bebido? Me toma de las manos. No me había dado cuenta, están moradas. Como las tenía tan heladas llegó un momento en que dejé de sentirlas. Me saca de entre medio de las patas del caballo, y luego espanta al gato del barril, que salta a la tierra de mala gana dando un bufido, y se marcha moviendo la cabeza y la cola con aire de desprecio. Se sienta y me pone sobre sus piernas. Mis manos desaparecen entre las suyas, y las frota hasta que mi piel vuelve a ser sonrosada. Yo me siento… me siento muy feliz. Papá es muy grande y muy fuerte, yo creo que mientras esté aquí para protegernos las cosas no pueden ir tan mal. Él lo va a solucionar de alguna forma. Saca un mendrugo de pan de su bolsillo y me lo ofrece. Está un poco duro, ¡pero sabe delicioso! Coge el viejo violín que se apoya contra las tablas apolilladas del cuartucho en que vivimos. Yo me recuesto sobre su pecho, mordisqueando el pan. ¡Toca tan bonito! Pero esta vez es una canción muy triste. Mi corazón se oprime. Me falta el aire. Él se detiene al rato, se tapa la cara con las manos y llora. "Alionushka es una niña muy valiente. Sabe que se irá pronto, así que prefiere que te sirvas su comida. Ella te quiere… te quiere mucho…"

Estiro los brazos tratando de rodear su ancho pecho. Él apoya su mentón sobre mi coronilla y también me abraza. No quiero que Aliona se vaya, es buena, nunca me grita. No entiendo a dónde tiene que irse hasta que me dicen que ha muerto, tres días después. Iosíf y Riorik partieron dentro de esa misma semana. Papá jamás volvió a tocar su violín…

Víctor Jara - Luchín

www[punto]youtube[punto]com/watch?v=lZPxPs1vX0w&feature=player_embedded

Frágil como un volantín

en los techos de Barrancas
jugaba el niño Luchín
con sus manitos moradas
con la pelota de trapo
con el gato y con el perro
el caballo lo miraba.

En el agua de sus ojos
se bañaba el verde claro
gateaba a su corta edad
con el potito embarrado
con la pelota de trapo
con el gato y con el perro
el caballo lo miraba.

El caballo era otro juego
en aquel pequeño espacio
y al animal parecía
le gustaba ese trabajo
con la pelota de trapo
con el gato y con el perro
y con Luchito mojado.

Si hay niños como Luchín
que comen tierra y gusanos
abramos todas las jaulas
pa' que vuelen como pájaros
con la pelota de trapo
con el gato y con el perro
y también con el caballo.

(1)Campesinos.

(2)"Padrecito", forma de trato habitual entre los campesinos rusos.

(3)Kazán, capital de la actual República de Tartaristán, es una zona donde coexisten diversas etnias, la mayoría de origen tártaro y de religión musulmana.

(4)En las zonas rurales de Rusia existían tierras comunales, que se repartían entre las familias campesinas para su explotación e iban alternándose año a año.

(5)Serguei Terentievich Semionov fue un campesino y escritor proveniente de la aldea de Andreievskoe, quien logró instaurar la República de Markovo en el distrito de Volokolamsk entre 1905 y 1906, formando un gobierno local campesino. Se encontraba fuertemente influenciado por Tolstoi, con quien había entablado amistad en su juventud.

(6)Rusia utilizó el calendario juliano hasta 1918, cuando fue reemplazado por el gregoriano. Ambos tenían una diferencia de 13 días, por lo que esta fecha corresponde al 22 de enero de 1905. Aquel día una multitud de cerca de 200.000 manifestantes se reunió pacíficamente frente al Palacio de Invierno para pedir al zar mejoras sociales, liderados por un cura llamado Gapón. Fueron masacradas cerca de mil personas por el ejército, en lo que se conoció como Domingo Sangriento.

(7)Sarafán: vestido típico ruso, usualmente de color rojo. No lleva mangas y se usa con una blusa debajo.


Notas:La próxima vez actualizo los fics de la Rosa de Versalles, lo promeeeeetoooooo! Es que no puedo evitar que este manga me guste infinitamente más. Deberían leerlo!

Saludines a los pocos que se pasan por aquí :)