N.A. Se supone que es el último año de colegio, pero no puedo hacerlo –realista– porque estoy nada familiarizada con el programa educativo estadounidense. Podría investigar, pero no me alcanza el tiempo. Toda referencia será muy general y siempre aludiendo al sistema de mi país, si me animo, podría ajustarla a alguna búsqueda que realice sobre las escuelas en USA, pero no prometo nada.

Entre luces

Introducción

Horrísono

Había días, muy particulares, en los que se levantaba menos fastidiada que de costumbre. Días muy, muy, particulares. Pasaba de largo por el pasillo, casi sin prestar atención a la habitación abandonada de Olga, ignorando los gritos apurados de Bob y las respuestas apáticas de Miriam. Se detenía un largo rato frente a la puerta del baño, disfrutando de su estado de semiinconsciencia con los ojos cerrados y tratando de recordar la hora que había marcado su alarma cuando se despertó. Falta poco, se lo ocurría, falta muy poco.

Esos días se demoraba un poco más en estar lista, no porque le dedicara más tiempo a su atuendo casual o a su aseo regular, era por la pereza que se le escurría en la sangre, esa tranquilidad aletargada que parecía volverla inmune al resto. Eran momentos extraños, sin duda.

Miriam le había dejado el dinero de la semana en mesa de la cocina. No era nunca una cantidad exacta y casi siempre era menor a lo que necesitaba, pero estaba bien siempre que le dejaran manejar el auto los fines de semana. El gran Bob siempre se iba antes de que tuviera oportunidad de verlo, ahora que sus sueños de expandir su imperio de localizadores finalmente estaban resultando, estaba más ocupado que nunca. Le parecía bien, excepto los domingos, cuando tenían que comer juntos y él acaparaba la conversación para convertirla en un monólogo aburrido.

Falta poco, volvió a pensar y de pronto le dieron ganas de recordar a Olga. Hacía tanto tiempo que no venía, no la extrañaba exactamente, pero sus visitas periódicas parecían devolver el equilibrio emocional a sus padres y mientras menos disfuncionales, muchísimo mejor. Se había puesto uno de sus suéteres, le quedaba grande.

Sólo cuando cerró la puerta principal de su casa el tiempo pareció recobrar su curso natural, se dio cuenta de que iba tarde por unos minutos y se sumergió en esa vorágine cotidiana que despertaba sus sentidos cuando se ponía a pensar, es el último año.


El curso había cambiado de profesor en el último minuto, así que, en vez del viejo y aburrido señor Johnson, ahora tenían como profesora a una estudiante de literatura muy joven, Ginger. La primera clase había sido amablemente aburrida, dando lugar a presentaciones vagas, gustos subjetivos y aclaraciones evidentes. La segunda había sido un poco más interesante porque a Ginger se le había ocurrido someter a votación el género que iban a estudiar durante los primeros dos meses de clase. El consenso había optado por la poesía así que, ahora, tenía que buscar Hojas de hierba porque los ejemplares que había en la biblioteca ya habían sido prestados y porque, a decir verdad, le había gustado la introducción que le habían dado a Whitman en clase.

Ya había visitado algunas librerías en la ciudad, pero las ediciones que le habían ofrecido no terminaban de convencerlo, especialmente porque iban más allá de su presupuesto. Habría querido poder invertir un poco más, pero todavía estaba ahorrando para su estereotipada vanidad adolescente; le interesaba Whitman sí, pero más le interesaba poder comprar un auto. No necesitaba uno excesivamente caro. Sólo quería que le fuera útil al menos durante su primer año en la universidad. Ah, pero tendría que haber algún lugar que vendiera un Whitman ideal. Le daría una última repasada a esa calle y se iría a casa, siempre podría seguir buscando hasta el fin de semana.

Un susurro entonado se deslizó en la punta de sus orejas, pronto se volvió más cercano y antes de que le diera un minuto a su conciencia, sus pies estaban moviéndose con curiosidad. Las letras se arrastraban en un silbido sensual, se movían graves en la música y de pronto todo se llenaba de significantes.

I got rhythm, I got music, I got my man / Who could ask for anything more? / I've got daisies in green pastures / I've got my man / Who could ask for anything more?

Ella Fitzgerald. I've Got Rhythm.

La había pasado de largo, era pequeña, antigua y pintada de blanco. Sólo tenía un pequeño letrero que indicaba que estaba abierta en la puerta de vidrio de la entrada. Las ventanas eran grandes y cristalinas mientras exponían pequeñas torres de libros que se mezclaban entre papeles desordenados. Había una radio vieja apoyada en el mostrador y se sugería tan particular, que no podía ser ignorada.

Se quedó parado un rato en la acera mientras decidía qué se suponía que tenía que hacer. No podía ver a nadie atendiendo y, sin embargo, el anuncio era demasiado obvio para dejarlo pasar. La canción ya había terminado y no la había reconocido en lo absoluto, pero se conformaba con pensar que le gustaba. Tenía la extraña sensación de que quería entrar nada más para asegurarse de que todo estuviera bien y para, de paso, preguntar quién era la autora de ese ritmo pegajoso que preguntaba retórica en los coros.

Al final entró por vergüenza, cuando se dio cuenta de que la gente que pasaba se le quedaba viendo con algo más que curiosidad. Creerían que estaba loco, no del tipo peligroso, pero loco como las lluvias de verano. Se conformó con aclarar su garganta en un carraspeo tímido y tiró de perilla sintiéndose un poco torpe. Una campanilla sonó melodiosa, anunciándolo.

Se podía escuchar la conversación de los dos conductores del programa de radio que pasaban en ese momento. Discutían su canción favorita de los Beatles y sonaban divertidos mientras recordaban anécdotas que contaban en risillas entrecortadas. El lugar era pequeño y hacía eco en los cuatro estantes que llenaban el espacio más grande, frente al mostrador. No había divisiones visibles, pero estaban acomodados alfabéticamente y por temas. Se acercó con cuidado de hacer más ruido del necesario y lo primero que encontró fue Moby Dick.

—¿Arnold? —Escucha que le llaman y no puede evitar dar un respingo mientras aleja la mano bruscamente del lomo. No está seguro si ha trasgredido alguna indicación, pero se siente culpable y, cuando voltea, le cuesta un poco articularse—. ¿Eres tú?

—¿Helga? —Pregunta, desconcertado, cuando la reconoce.

—La misma Helga G. Pataki de tus pesadillas, cabeza de balón. —Parece que intenta sonreír, pero la mueca se torna maliciosa en el camino y, de pronto, no sólo hay espacio separándoles—. ¿En qué puedo ayudarte?

—¿Trabajas aquí? —Arruga el ceño cuando se escucha y mueve la mano rápidamente para evitar la respuesta sarcástica que, probablemente, su rubia interlocutora pudiera haberle dado—. ¿Desde cuándo?

—Desde el año pasado. —Avanza con cuidado de tocarlo y empieza a ordenar los libros que lleva en los brazos. Pone otro ejemplar de Moby Dick al lado del que había estado a punto de revisar y parece que lo ignora mientras busca en los estantes—. Puedes revisar los libros que quieras mientras no los ensucies. Si tienes alguna pregunta o estás listo para llevarte alguno, bastará que me llames. Pataki a tu servicio. —Lo dice con sarcasmo y parece que se divierte.

—¿Estás bien, Helga? —Responde irónico—. Estás siendo amable, ¿es que voy a morir?

—Soy amable para un cliente en potencia, Arnoldo. Sí, podrías morir en cualquier momento, pero eso no depende de mí.

—Supongo que siempre recordaré tu actitud. Aunque me hubiera gustado seguir viviendo sin los sobrenombres. —Se acerca y le quita los libros que tiene en las manos—. ¿Por qué no te ayudo con esto?

—¿Es resignación o decepción eso que oigo? —Le señala el final del pasillo y lo empuja un poco para que avance—. ¿Me estás ayudando porque no piensas comprar nada o porque es lo que crees que hay que hacer?

—Resignación, Pataki, pura resignación. —Pone los ojos en blanco, pero no se siente irritado—. Quizá te esté ayudando porque es lo que hay que hacer cuando quieres un descuento en el libro que piensas comprar.

—Dependiendo de la edición, te daré un descuento.

—¿En serio? —Le sonríe con todos los dientes—. Gracias.

—No le alegres mucho, todavía no te he dicho de cuánto será. —Pone varios libros de la pila en uno de los estantes más bajos—. ¿Qué libro estás buscando?

—Hojas de hierba. —Anticipa y se agacha para pasarle los demás libros—. ¿Lo conoces?

Hay algo distinto en esa Helga que lo mira con perplejidad y, si adivina correctamente, algo de indignación. Sus ojos azules parecen más grandes ahora que ha alzado ambas cejas y sus labios se han cerrado, firmes, en una línea de censura. No parece enfadada como la recuerda, pero la molestia le ha enrojecido las mejillas. Siente que debe disculparse por algo, pero no logra articular nada antes de que ella se retire un mechón invisible del rostro y le responda como siempre, con amargura contenida.

—Debería preguntarte lo mismo, ¿estás seguro de que sabes quién es Whitman, Arnoldo?

Parpadea, pero lo deja pasar porque sabe que lo merece aunque no está totalmente seguro. Ya está acostumbrado a la incertidumbre, siempre había sido así con Helga, era como caminar por la ciudad en la noche, nunca podías distinguir con detalle las construcciones y, sin embargo, sabías que estaban ahí. Ahora que no tiene nada en las manos se siente un poco desprotegido, gira y va a apoyarse en el mostrador, esperando por ella.

—En todo caso. Tienes muy mala suerte, acabo de vender la última copia que teníamos de Whitman. —Está malhumorada y no lo mira ni una vez cuando va hacia la radio y comienza a buscar una estación—. ¿Necesitas algo más?

Está dispuesto a decirle que no, que no necesita nada y que le agradece la oportunidad de poder marcharse en un momento tan incómodo. Avanza un poco y su torpeza encuentra la excusa perfecta para demorarse. Alza el brazo con curiosidad y voltea el libro que Helga tiene abierto en el mostrador, lee la primera línea y se da cuenta de que ha cometido un error.

—La canción de amor de J. Alfred Prufrock.

Ya habrá tiempo. Ya lo habrá. —Susurra y parece que el gesto se le llena de tristeza. Se decide a mirarlo y su apariencia es tan inofensiva, que se sorprende cuando sus manos se alzan para arrebatarle el libro con rapidez—. Todavía no estás listo para Eliot, Arnold.

—¿Debería quedarme con Whitman?

—Vuelve el sábado si no encuentras nada. Creo que tendremos más ejemplares para entonces.

Se anima, le sonríe, alza la mano y se olvida de todo porque se siente más optimista de lo que se ha sentido en algún tiempo. No termina de importarle que Helga no le haya hecho mucho caso, pero se guarda la promesa como un compromiso importante. Le han dado ganas de leer a Eliot.


Lila Sawyer es estéticamente bella, tiene encanto y un poco de carisma. Sonríe con sinceridad aún cuando parece que su aura es demasiado perfecta, junta los brazos para enmarcarse y la nariz parece más respingona cuando se le arrugan las pecas. Su cabello está largo y brilla rojísimo alrededor de su rostro, se lo acomoda con la mano derecha y un mechón descuidado se desparrama sobre su frente y, de pronto, es el centro de las miradas. No se puede evitar, porque a su alrededor todo es dulzura, amabilidad y delicadeza femenina.

Helga la observa un poco antes de pasar de largo y abrir con fuerza las puertas dobles de la entrada. Sabe que no debería, pero no puede dejar de pensar en objeciones cada vez que la gracilidad pelirroja le saluda en las mañanas. No se compara directamente, como antaño, pero no puede evitar desviar la vista cada vez que su reflejo le mira con seriedad. Le gustaría pensar que falta poco para que pueda retornar el saludo con normalidad.

Ya habrá tiempo. Ya lo habrá.
Para preguntarnos: ¿Me atreveré yo acaso? ¿Me atreveré?

T.S. Eliot. La canción de amor de Alfred Prufrock.

And indeed there will be time

To wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?"

Continuará.

Bueno, había pensado que publicar un Arnold/Helga se escapaba de mis manos. Pero estoy tan obsesionada con tener más de ellos, que aunque leo no encuentro lo que estoy buscando. Así que esta es mi versión. Espero les guste.