Una Fuerza Imparable

por

moodified


Título: Dime que era un sueño

Fandom: LHDP

Pareja: Pepa/Silvia

Disclaimer: La mayoría de los personajes presentes en esta historia pertenecen a Antena 3 y Globomedia, yo sólo los he cogido prestados durante un rato para escribirla.


Capítulo 1 – Dime que era un sueño.

Sangre, muchísima sangre, era lo único que veía. Sangre y los ojos de la mujer que yacía en sus brazos mientras esta le dedicaba una última mirada que le atravesaba el alma. Un dolor angustioso le oprimía el pecho y apenas podía respirar, los ojos que mantenían anclada su cordura empezaron a cerrarse y cuando la cabeza de la mujer cayó rendida, su corazón estalló en mil pedazos. –No... –La primera palabra que salió de sus labios sonaba incrédula –. ¡No! –Volvió a repetir con desesperación mientras apretaba contra su cuerpo el de la mujer sin vida.

–¡NO! –El grito desgarrador inundó la habitación, y Pepa se incorporó bruscamente con el rostro bañado en lágrimas y su corazón latiendo sin control.

–¿Pepa? –La voz adormilada de Silvia la devolvió a la realidad, y Pepa retiró lentamente las manos de su rostro mientras se giraba con miedo hacia el otro lado de la cama.

Silvia la observaba con preocupación tras haberse despertado sobresaltada cuando el pecho sobre el que reposaba placidamente desapareció de repente, el grito de Pepa haciendo que se le encogiera el corazón.

–¿Pepa? –Silvia volvió a llamarla mientras se incorporaba en la cama acercándose a su pareja, depositando su mano en la cintura de la morena. Reposó su barbilla en el hombro de Pepa, que todavía no había abierto los ojos, y su mano no paraba de acariciar su espalda, intentando calmarla. –Pepa, mírame. –Pero Pepa no era capaz de abrir los ojos, el recuerdo borroso de su pesadilla la paralizaba.

Silvia empezó a inquietarse al ver que la morena no paraba de temblar. –Pepa. Pepa, mi vida, mírame. –le susurró al oído mientras con su otra mano acariciaba su mejilla intentando que Pepa abriera los ojos.

El aliento de Silvia en su cuello devolvieron a Pepa un poco más a la realidad, y por fin se atrevió a abrir los ojos. La sonrisa que Silvia le regaló al cruzar sus miradas hizo que perdiera el poco control que tenía sobre sus emociones y Pepa se derrumbó en los brazos de Silvia que no pudo hacer otra cosa más que devolver el abrazo desesperado en el que Pepa la envolvió.

La preocupación se hizo evidente en el rostro de Silvia. Pepa, su Pepa, la mujer invencible que nunca se arredraba ante nada, estaba llorando desconsolada en sus brazos, y la pelirroja no pudo evitar que el miedo la embargase por un momento. Pero el sollozo de Pepa hizo que sus miedos desaparecieran. Esta vez no se trataba de ella, era Pepa la que necesitaba consuelo, Silvia podía esperar.

–Sólo ha sido un mal sueño –le dijo con cariño mientras le atusaba el pelo–. Ya pasó, ¿vale? –Pepa asintió contra su pecho mientras intentaba controlar sus lagrimas, pero no aflojaba el abrazo, no podía, era la única forma que tenía de convencerse de que su pelirroja estaba allí con ella.

Silvia la meció entre sus brazos mientras le repetía entre susurros que lo malo ya había pasado, que estaba a su lado y que todo iba a ir bien. Y las palabras de Silvia por fin penetraron la mente aterrada de Pepa, que se separó lo justo para poder mirar el rostro de Silvia. El dolor que la pelirroja vio en los preciosos ojos verdes de su novia le partieron el alma, y de nuevo acarició su mejilla, intentando disipar ese dolor.

Pepa, al notar la mano en su mejilla cerró los ojos abandonándose a la sensación, y al volver a abrirlos, el amor que vio reflejado en los de Silvia, que no paraban de mirarla, fue suficiente para que el miedo pasase a un segundo plano, y la necesidad de reafirmar que Silvia estaba allí junto a ella se apoderase de Pepa.

El beso cogió a Silvia por sorpresa, pero la mano de Pepa enredándose en su pelo mientras devoraba su boca fue suficiente para que la pelirroja dejase a un lado la sorpresa y devolviera el beso con la misma pasión. Cualquier intención que pudiera quedarle de mantener su promesa de no tocarse la noche antes de su boda abandonó su mente al mismo tiempo que su camisón, despojado por Pepa, abandonó su cuerpo.

Silvia sabía que su novia necesitaba ese contacto, se lo decía la forma en la que la morena se aferraba a su cuerpo desesperadamente, y Silvia ni podía ni quería negárselo. Los labios de Pepa recorrían su cuerpo de arriba abajo, sin dejar un solo trozo de piel sin tocar, y la ropa interior de Silvia se unió a su camisón en el suelo.

Aprovechando el momento en el que los labios de Pepa volvieron a su boca, Silvia le quitó la camiseta y el resto de la ropa, suspirando cuando su piel entró en contacto con la de ella. Nunca dejaba de sorprenderle lo mucho que le afectaba tener el cuerpo desnudo de Pepa moviéndose sobre el suyo.

La mano de Pepa se deslizó frenética sobre su piel hasta alcanzar su centro, y su mirada se clavó en los ojos de Silvia a la vez que sus dedos entraban en su cuerpo imponiendo su ritmo. –Te quiero. –Pepa le susurró, mientras la respiración de la pelirroja se entrecortaba de placer, y aunque este la invitaba a cerrar los ojos y dejarse llevar por las sensaciones, ella se resistió. De ninguna forma quería perderse esa mirada de Pepa que encerraba tanto amor y deseo por ella.

Las manos de Silvia se perdieron entre los cabellos azabache de Pepa, y la besó, tratando de transmitirle con ese beso todo lo que estaba sintiendo mientras sus cuerpos se movían acompasados. La pasión del beso empujó a Silvia a mover su mano rumbo Sur, acariciando su pecho en el camino, y cuando encontró su destino no dudó ni un momento, entrando dentro de Pepa y provocando que esta rompiera el beso para inhalar fuertemente mientras hundía su cabeza en el cuello de Silvia, repitiendo una y otra vez te quieros a los que Silvia respondía con otros tantos, entendiendo que por algún motivo, esta noche Pepa necesitaba que comprendiera lo mucho que significaba para ella.

En medio de palabras entrecortadas y respiraciones aceleradas las dos mujeres alcanzaron el clímax. –¡Silvia! –Fue lo único que escapó de los labios de Pepa, al tiempo que se desplomaba sobre una acalorada Silvia mientras llenaba de besos su cuello y su cara. La pelirroja, aún en una nube tras el breve pero increíblemente intenso momento que habían compartido, no sabía qué había podido llevar a Pepa a un estado tal de necesidad, y se limitó a acariciarle el pelo y la espalda hasta que ésta pareció empezar a calmarse, acomodándose sobre el pecho de Silvia, sin dejar ni un centímetro de aire entre sus cuerpos.

Las manos de Silvia siguieron rozando su espalda lentamente, y eso unido al sonido de los latidos del corazón de su novia bajo su oído, consiguieron por fin templar los nervios de Pepa.

–¿Estás bien? –Silvia le preguntó sin cesar sus caricias, notando como la tensión empezaba a abandonar el cuerpo de su novia que asintió contra su pecho. La pelirroja depositó un beso en su frente mientras su mano recorría el perfil de Pepa para acabar sujetando su barbilla y así conseguir que sus miradas se encontraran. –¿Quieres hablar de ello? –La pregunta provocó que los ojos de Pepa se humedecieran, y no pudiendo contestar volvió a refugiarse en los brazos de Silvia que la apretó con fuerza, arrepintiéndose de haber sacado el tema.

Cuando ya pensaba que no iba a obtener una respuesta, escuchó la voz de la morena. –Ni siquiera recuerdo lo que ocurría… –comenzó Pepa, mientras dibujaba distraídamente con su dedo sobre la clavícula de Silvia–. Sé que desperté con la sensación de que te había perdido, Silvia –Pepa reconoció con la voz rota–. Y me asusté.

La pelirroja se deslizó hacia abajo para ponerse a la altura de los ojos de la que en unas horas iba a convertirse en su mujer, quedándose frente a ella mientras la mantenía entre sus brazos. No podía imaginar lo horrible que debía haber sido el sueño para que Pepa admitiera estar asustada. Sus ojos todavía reflejaban parte de esa angustia mientras contemplaba el rostro de Silvia y lo acariciaba con sus dedos, casi como intentando asegurarse de que realmente estaba allí a su lado.

Silvia acercó su mano al pecho de Pepa, y sin apartar su vista de la cara de la morena rozó levemente con sus dedos uno de sus pezones, pasándole por encima una de sus uñas, y sonriendo cuando los ojos de ésta se cerraron involuntariamente ante el contacto. Así se la encontró Pepa cuando volvió a abrirlos, y no pudo evitar el gesto de incomprensión que surco su rostro ante la sonrisa pícara de Silvia. –¿Lo has sentido? –Pepa arqueó una ceja ante la pregunta, y la sonrisa de Silvia se hizo aún más evidente ante el gesto característico de su novia que dejaba claro que estaba algo irritada. –Pues claro que lo he sentido, pelirroja. Una no es de piedra, ¿sabes? –Silvia asintió y repitió el movimiento pero esta vez masajeó ligeramente el pecho de Pepa a la vez que se acercaba a su oído. –Bien –susurró cuando escuchó el gemido de placer que se escapó de la boca de la morena–, sólo quería dejarte claro que sigo aquí contigo.

Pepa se apartó ligeramente para volver a mirar la cara de Silvia, que seguía manteniendo esa sonrisa burlona, y esta vez la morena no pudo evitar que una igual se dibujara en su rostro. –Eres un bicho –le dijo, a la vez que le pegaba una palmada en el culo. Y la carcajada de Silvia hizo que el nudo que se había formado en la garganta de Pepa desapareciera por completo. –Sí, pero te he hecho reír –Fue su respuesta mientras le hacía cosquillas a una Pepa que no pudo evitar besar los labios de su pelirroja de nuevo. –Tú siempre me haces reír, princesa.

La única contestación fue otra sonrisa de Silvia, que empezó a negar con la cabeza mientras otra risa se le escapaba sin querer. –¿Qué? –La pelirroja seguía sonriendo pero no contestaba –¿Qué te hace tanta gracia? –Pepa no podía evitar reírse ante la imagen de su novia. –Pues nada, que al cuerno con nuestra genial idea de cumplir con el protocolo pre-boda. No hemos aguantado ni dos horas. –dijo la pelirroja divertida, mirando el reloj que había sobre la mesilla.

Pepa apoyó su cabeza sobre una de sus manos mientras que con la otra dibujaba las delicadas facciones de la cara de su novia. –Yo lo que creo es que deberíamos escribir un nuevo protocolo. –Silvia le siguió el juego. –Eso crees, ¿no?

–Sí –respondió Pepa–, es evidente que el viejo no funciona. No hay más que vernos. –dijo señalando con su mano los dos cuerpos desnudos. Silvia no pudo evitar la nueva carcajada. –Entiendo –dijo, fingiendo seriedad–, y dime, ¿en qué consistiría este nuevo protocolo tuyo?

Pepa deslizó su mano desde la cara de Silvia lentamente hasta su muslo, acariciando cada trozo de piel que se encontró por el camino, mientras le susurraba al oído. –Verás, pelirroja. En mi protocolo, el sexo sería un requisito imprescindible. Antes… –Apartó su boca para besarla en el cuello –durante… –otro beso entre sus pechos –y después de la boda –La última palabra la acompaño de un beso que dejó a Silvia sin aliento–. A ser posible más de una vez.

Silvia se quedó ensimismada, no sabiendo si reír ante las ocurrencias de su novia o si entregarse a la pasión que Pepa había despertado con su último beso. Finalmente respondió, aunque sólo fuera para borrar la sonrisa de satisfacción que adornaba la cara de la morena. –Yo lo que creo es que tiene usted una mente calenturienta, señorita Miranda. –Pero su respuesta no sólo no consiguió borrar la sonrisa de la cara de Pepa, sino que la hizo más pronunciada si cabe. –Cierto –le contestó la morena, a la vez que le daba otro beso–, pero a usted le encanta, señorita Castro. –Silvia se quedó observándola durante un rato, y finalmente le dijo en un tono que no dejaba lugar a la broma mientras acariciaba la nariz de su prometida con su índice. –Tú me encantas, Pepa. –Y en esta ocasión, fue la sonrisa de la morena la que inundó toda la habitación. Ni siquiera se molestó en contestar con palabras, sino que dejó que su cuerpo y sus besos hablaran por ella.

La pareja se entregó a sus deseos hasta la llegada del alba. Todo recuerdo de la pesadilla que las había llevado hasta esa confusión de cuerpos en la que ahora estaban inmersas, completamente olvidado.

Continuará...