Nunca dice las palabras. Se mueve y habla y permanece con una dulzura que no está segura de poder jamás expresar. Desearía, a momentos, ser más de lo que cree se merece él, pero sabe, a fin de cuentas, que no sabría cómo arreglárselas siendo algo más aparte de ella misma.

(Y si supiera que sus dudas son las mismas; siempre, siempre las mismas)

Pero a su forma, con ojos acostumbrados a verla y a entender, Tanda entiende sin necesitar oír, sin desear forzarla. Sus manos firmes y fragantes y constantes y siempre, siempre queriéndola.

(Y sabe que está entera, y en casa)