Va por sus veinticinco y ella por sus veintiséis, la sexta alma que anota en su cuenta montando de regreso al hogar, sana y entera y viva y un millón de otras cosas que él no está seguro de poder decir de ella ahora, no realmente, no aunque quisiera.

(y quiere tanto, tanto, tanto, la-)

Quiere decirse 'va a estar, va a estar bien' y saludarla en la mañana y pensar 'no estás muerta, no estás muerta' pero hay tanta sangre, tanta, tanta, tanta sangre, sangre en sus manos y en ella y en el suelo y las paredes, sangre, sangre, sangre en todas partes.

Vagamente se pregunta porqué sus manos no están temblando o porqué sus ojos no se han nublado o porqué, porqué, porqué la voz aún le acompaña cuando toda su cabeza está gritando.

¿Por qué? Es lo que sus manos y su firmeza y su lucidez reclaman y reclaman y reclaman a la mujer moribunda y a la suerte abandonándoles, lo que su histeria y la claridad que le otorga cuestionan resentida, acusatoria.

Detiene la sangre, satura las heridas, rescata los órganos. Detiene la sangre, satura las heridas, rescata los órganos. Detiene la sangre, satura las heridas, res-repetir, repetir. El día pasa, la noche pasa.

La angustia pasa. A veces.

Y está vida. Apenas.

Su casa está bañada en rojo, sus ropas, sus manos, sus muebles, su rostro. Le tiemblan las manos. Se le nublan los ojos. Y es gracioso, realmente, cuando se da cuenta que es así como siempre ha esperado que terminen dándose las cosas. Justo así.

(ella en su casa, sus ropas, sus manos, sus muebles, su rostro, su-)

Sólo que no realmente. No realmente.

Cuando despiertes, comienza, voz ausente y oscura y quebrada, vas a escucharme decir un par de cosas, promete, a la mujer pálida y quieta y por un milagro viva en su cama.


Despierta al cuarto día y él está ahí, a su lado, esperando, esperando, esperando decirle esas cosas que prometió, esperando recordar cuales eran, esperando, esperando.

Bienvenida, susurra a cambio.

Balsa sonríe.


Cálido y bienvenido y real y esperando.