¡Holaaaa! ¡Y gracias, muchííísíímaas graaaciaas por todos sus comentarios!

ICarly no me pertenece (Ojalá así fuera jajaja)... Pero esta historia sí.

Este capítulo tal vez sea algo corto, pero espero que les guste, por supuesto!

Capítulo 5: La segunda cita

Freddie entró al departamento de Carly con la mochila al hombro al abrirle Spencer la puerta. Freddie y Carly habían acordado ir juntos a la escuela en el auto de la mamá de Freddie (algo que él se había negado terriblemente, pero la madre le insistió en que, si no los llevaba ella, lo castigaba por un mes). Entonces, vio a Sam sentada en el sofá viendo la televisión con tranquilidad, con la mochila (a cuadros rojos y negros) del colegio, al lado de ella. Por su parte, Carly no estaba allí porque estaba terminando de prepararse y Spencer corría hacia el baño gritando que iba a darse un baño de burbujas.

—Hola, Sam —saludó Freddie, sentándose en el sillón negro.

—Hola, Freddo —respondió Sam, sin dejar de mirar la pantalla del televisor.

—¿Te quedaste a dormir otra vez? —preguntó Freddie.

—Cállate, Fredduccini.

Freddie rodó los ojos, por la manera extraña por la que Sam lo llamaba siempre. A Freddie se le ocurrió algo para molestarla y sonrió.

—Veo que te quedaste con ganas de besarme... —dijo.

—Uy, sí, no sabés cuánto —dijo Sam, siguiendo con la vista en la televisión.

—Así que, ¿vienes con nosotros a la escuela?

—¿Qué te pasa, tonto? Claro que sí —dijo Sam, esta vez, dirigiéndole la mirada.

—Es que nos iba a llevar mi mamá en auto...

—¿Y? —preguntó Sam sin prestarle demasiada atención, otra vez dirigiéndole la mirada a las "Vaquitas locas".

—Es que ahora te detesta... Y le das miedo.

—Ah, sí, me di cuenta —dijo la chica rubia, recordando cómo lo había alejado la mamá de ella—. Y sobre ello, entiendo que quieras renunciar a la apuesta.

—Oye, oye, oye... No voy a renunciar la apuesta por mi mamá —aclaró Freddie.

—Pues deberías hacerle caso a tu mamá a veces.

—Pues no te voy a dejar ganar...

En aquel momento, bajaba las escaleras Carly, ya lista para ir a la escuela. Vio a Freddie y, de pronto, recordó que había acordado ir con él a la escuela, en el auto de su madre.

—Hola, Freddie.

—Hola.

—Freddie, ya sé que tu mamá detesta a Sam...

—Y me tiene mucho miedo —terminó Sam la frase, levantándose del sofá, agarrando la mochila y colgándosela al hombro.

—Eso mismo —corroboró Carly—. Y con razón.

—¡Carly! —exclamó Sam.

Carly le dirigió la mirada.

—Sabés que te quiero, Sam, ¿cierto?

—Gracias, Carls.

—Pero no dejas de ser salvaje —dijo Freddie.

Enseguida, Sam agarró una de las duras almohadas del sofá y le empezó a dar golpes a Freddie con ella.

—¡Para, Sam! ¡Sam, ya basta! —gritaba él.

Carly le sacó la almohada a Sam.

—¡¿Podrías reprimir tus instintos salvajes por una vez? —le preguntó.

En ese momento tocaron la puerta y Freddie anunció que era su mamá. Sin embargo, la madre empezó a gritar como una salvaje y se negó terminantemente a llevar a Sam a la escuela también, por lo que Freddie se impuso y fueron los tres solos.

—¿A dónde me vas a invitar, Fredalupe, en nuestra próxima cita? —preguntó Sam.

—¿Todavía siguen con esa apuesta? —preguntó Carly.

—Freddie perderá, Carly. Ya falta poco.

—¿No querrás decir que tú perderás, Sam? —preguntó Freddie.

Para la siguiente cita, Sam le pidió a Freddie encontrarse afuera del edificio de departamentos. Y ahí estaba ella, con una remera de mangas largas roja, jeans y deportivas y su cabello largo y ondulado rubio, suelto. Freddie llevaba una remera de mangas cortas, celeste, con pequeñas rayas horizontales de un color azul más oscuro y unos jeans.

—Hola.

—¿Qué tal?... ¿A dónde vas? —preguntó Sam precipitadamente y confundida, al ver que Freddie avanzaba por la calle con decisión.

—A nuestra cita —contestó Freddie sonriendo.

Sam se puso enseguida al lado de él.

—¿Qué estás ocultando? —preguntó Sam.

—Ya verás —contestó él.

—¿Por qué te haces el misterioso?

Freddie detuvo un autobús y subió a él, con Sam subiendo tras él bastante confundida. Sam hizo que Freddie pagara su boleto y fue a sentarse en uno de los asientos dobles, se recostó en él y cerró los ojos. Cuando Freddie se sentó al lado de ella, Sam ya estaba completamente dormida.

Pero unos veinte minutos después bajaron del autobús y se encaminaron hacia la entrada de un parque de diversiones. Había dos ventanillas para comprar las entradas al lado del acceso, que estaba vigilado por dos grandotes que veían las entradas antes de hacer pasar a las personas.

—¡Oh, por Dios! ¡Me trajiste a un Parque de Diversiones! —exclamó Sam entusiasmada, casi saltando, y Freddie la miraba sonriendo. Sam se había adelantado a él, pero después volteó a mirarlo con una enorme sonrisa y le preguntó—: ¿Y pagarás tú?

Freddie rodó los ojos, dejando de sonreír.

—¡Sí! ¡Pagaré yo!

—¡Ya estás aprendiendo! —exclamó Sam, dándole un pequeño golpe en el hombro.

—Genial —dijo Freddie sin ánimos.

—¡Vamos! ¡Apúrate! ¡Esto es genial!

Sam agarró a Freddie de la mano y tiró de él, pero Freddie se quedó en el lugar, algo pasmado, con el entrecejo fruncido, por el simple hecho de parecerle extraño que Sam lo tomara de la mano por segunda vez y esta vez sin haberle costado esfuerzo. Entonces, Sam desistió de seguir tirando y volteó a mirarlo. Él miró hacia las manos y ella también, dándose cuenta en aquel instante de lo que había hecho. Enseguida, la chica, con expresión inmutable, acercó la palma de Freddie a su cara y escupió en ella. Freddie miró boquiabierto y con mirada de asco su mano y Sam se adelantó hasta una de las filas de la ventanilla donde vendían las entradas. Mientras sacaba una servilleta de papel de uno de los bolsillos de su pantalón y se limpiaba la mano, Freddie miraba a Sam. Su largo cabello hasta la mitad de la espalda, ondulado y rubio estaba moviéndose por la brisa y ella tenía una sonrisa de entusiasmo por la idea que había tenido de llevarla al parque de diversiones (y porque, además, iría a pagar él); Sam era una chica que le hacía la vida miserable, pero que sin ella su vida no sería su vida; y sin hacerle la vida miserable, Samantha Puckett no sería Samantha Puckett, y nada sería igual. "¿En qué estoy pensando?", se preguntó entonces Freddie, extrañado.

La fila de entradas iba reduciéndose, Sam avanzando y Freddie seguía allí de pie.

—¡Vamos, Freduccini! —lo llamó Sam, impaciente.

Apenas los chicos entraron al Parque, Freddie y Sam empezaron a caminar y Freddie a hablar.

—Hace ocho años que no venía a este lugar.

—¿Cómo se te ocurrió?

—Pues estaba con mi mamá viendo la televisión y pasaron la publicidad, y entonces, mi madre me ordenó terminantemente: "Te prohíbo que regreses a un parque de atracciones. Son muy peligrosos esos juegos", y entonces, me dije: "Tengo que volver allí".

Sam se rió.

—Vaya, Freddie, eres un chico malo.

Freddie sonrió con su sonrisa al costado.

—Tené cuidado a ver si te castiga tu mamá.

—Sólo me castigará si se entera... Y yo no lo mencionaré —replicó Freddie.

—Eso no quita que yo lo mencione —dijo Sam.

Freddie la miró ofendido.

—Ni se te ocurra...

Sam rodó los ojos y luego dijo:

—Tranquilo, mantendré mi boca cerrada.

—¿Y tú? ¿Cuándo has venido por última vez?

—Bueno, en realidad...

Freddie la miró con una ceja levantada.

—Nunca vine hasta ahora.

—¡No! ¡Enserio! ¡No me digas!

En ese punto, se habían acercado demasiado a uno de los juegos, Sam se dio cuenta y corrió hacia él. Se trataba de la Montaña Rusa de agua. Era una especie de maqueta de montañas que rodeaban un gran río que serpenteaba (el agua era de verdad), en el que corría un riel por el que, un carrito, iba recorriendo el juego. Freddie sonreía pensando en que su madre sufriría un infarto si se enteraba que estaba en un parque de diversiones y, además, con Sam. Los chicos mostraron las entradas y se ubicaron en el carrito en forma de tronco. Uno atrás del otro.

—¿Tienes miedo, Fredward? —preguntó Sam, sentada detrás de él.

Freddie volteó todo lo que pudo para mirarla.

—¡Por supuesto que no!

—¡Ah! Te preguntaba por la cara que tenías... Pero me equivoqué, esa cara de tonto la tienes siempre, ¿no?

—¡Hey!

—¿Qué? ¡Yo no tengo la culpa de que no hayas nacido con una cara mejor!

—Me amas —insinuó Freddie nuevamente, incapaz de contenerse, sonriendo.

Sam se levantó del carrito, se abalanzó hacia Freddie e intentó con todas sus fuerzas tirar al chico al agua.

—¡AAAH! ¡NOOO! ¡¿QUÉ HACES, SAM? ¡NO! ¡NO!

—¡Señorita! ¡Señorita! ¡Por favor, contrólese! —gritó el encargado del juego, alejándola de Freddie y haciéndola sentar—. ¡Quédese quieta, por favor, que ya empezará el juego!

Luego se los quedó mirando con los ojos muy abiertos, a Sam y a Freddie, sucesivamente.

—¡Un segundo! ¿Ustedes son de ICarly? —preguntó el hombre, emocionándose.

—¡Sí! —contestó Sam—. Bueno, yo soy de ICarly; él sólo es el tecni-tonto.

Freddie la miró con mala cara.

—¡Díos, son grandiosos! ¡Me hermana pequeña los ama!

—Genial —expresó Freddie sonriendo.

—¡Gracias! —exclamó Sam, contenta por el reconocimiento.

—¡Bueno, ya empezará el juego! —anunció el hombre, alejándose, y así fue.

El carrito empezó a moverse por el riel y todos los que estaban subidos se sostuvieron de los costados con fuerza. El carrito iba a una velocidad considerable y los chicos encontraban maravillosa la sensación del movimiento. En varios momentos subían una curva y bajaban, lo que daba la sensación de que sus corazones iría a salírseles por la boca.

—¡Wow! ¡Aah! —gritaba Freddie en esos momentos, encantado.

Sam sólo se reía.

Al terminar el juego, que pareció que había durado muy poco:

—Wow, fue sensacional —dijo Freddie, mientras caminaban.

—¡Sí, lo sé!

—Ahora podríamos ir al Zamba —propuso Freddie.

—¿Sabes dónde?

—Creo que sí.

—¡Vamos! —aceptó Sam.

Mientras seguían caminando en silencio, escucharon unos gritos de chicas enloquecidas y, luego, distinguieron que por delante de ellos corría un grupo de chicas directamente hacia Freddie. Los dos se detuvieron. Las chicas rodearon a Freddie, saltando entusiasmadas, hablando demasiado alto, como cotorras, diciendo lo lindo que era y pidiéndole autógrafos.

Sam no soportó la situación:

—¡CHICAS, CHICAS! ¡No se ha bañado en una semana! —exclamó.

Las chicas la escucharon e inmediatamente se alejaron corriendo. Freddie miró ofendido a Sam, quien sonreía ahora. Los chicos siguieron caminando, pero, de pronto, se escucharon unas corridas detrás de ellos, y una voz de chica dijo:

—Pero quisiera...

Sam se volteó a mirarla y le gruñó bien fuerte. La chica salió corriendo y Freddie sostuvo a Sam de los brazos, por atrás, porque parecía que iría a lanzarse contra la chica.

—¡SAM! ¿Puedes controlar tu salvajidad? —le pidió Freddie.

—¿Cómo quieres que salve a las chicas de ti, entonces?

Carly estaba en la mesa de la cocina, haciendo tarea, algo que había aprovechado a hacer, ya que sus amigos no estaban con ella. Spencer llegaba de su habitación para comer algo y la vio allí sola.

—¿Y Sam y Freddie? —le preguntó abriendo la heladera.

Carly suspiró.

—Están en una cita juntos —contó.

—¡¿Qué? —gritó Spencer, dejando de buscar comida. Cerró la heladera, se acercó a la mesa y pidió—: ¡Dame todos los detalles!

—Sólo salen porque apostaron a que no irían a soportarse... —espetó la chica.

—¡Cuéntame todos los detalles! —seguía pidiendo Spencer.

Carly rodó los ojos, riendo.

—Lo único que sé es que Freddie cerca de Sam... Es algo malo —dijo Carly.

—Puede que empiecen a llevarse mejor, ¿no lo pensaste?

Carly se quedó pensando unos segundos.

—No creo que aquello pase... Ha podido pasar en años y todavía siguen matándose.

Sam y Freddie ya habían subido al zamba, a la enorme montaña rusa y a las tazas y seguían caminando en busca de un juego que Freddie había propuesto, cuando Sam corrió hacia un puesto de Hot-dogs que había por el camino y pidió uno con mucho ketchup.

Freddie se acercó a Sam:

—Estás loca... ¡No puedes comer ahora! —exclamó Freddie—. Los juegos te harán vomitar.

Sam no le prestó atención y tomó el hot-dog que le estaban entregando.

—Cinco dólares —le cobró el vendedor.

—Sí, el chico le paga —dijo entonces Sam, alejándose y dejando a Freddie solo frente al puesto, mientras el hombre esperaba que él le pagara.

Freddie rodó los ojos mientras sacaba su billetera de uno de los bolsillos de sus vaqueros y sacaba cinco dólares. Le entregó el billete al hombre y, luego, salió corriendo hacia Sam, que ya se había acabado el hot-dog.

—Quiero ir a ese juego —dijo entonces Sam, señalando una especie de rueda con asientos.

—Íbamos a ir al Laberinto del Terror —recordó Freddie.

—Que sea después —dijo Sam y corrió hasta la fila que se iba acortando hacia los asientos.

Ya estaban casi todos ocupados y faltaba sólo uno. Cada uno tenía espacio sólo para dos personas y cuando llegó Freddie no hubo espacio para él y Sam se subió con una desconocida.

Freddie se cruzó de brazos disgustado y mirando a Sam. Ella se dio cuenta de que la estaba mirando, sonrió y agitó la mano en señal de saludo, y el juego comenzó. Freddie no tuvo nada que hacer más que sentarse en uno de los bancos que estaban cerca, cruzarse de brazos y esperar algo impaciente. Miraba de aquí para allá, mientras Sam se divertía en el juego.

Pero luego hubo gritos y Freddie supo que algo iba mal.

Se puso inmediatamente de pie, mirando hacia el juego, a donde todas las personas se estaban dirigiendo, aterradas. La rueda estaba inclinada, el soporte se había roto... El carrito donde estaba Sam, que estaba en lo alto de la rueda, estaba inclinado también y Sam se sostenía con fuerza.

—¡SAM! —gritó Freddie corriendo desesperado hacia el juego.

—¡HAGAN ALGO! —gritaba Sam.

Había gritos, llantos, pedidos de auxilio...

Enseguida, bajaron del juego los que no estaban en una altura importante y entonces quedaron cuatro carritos, ocho personas...

El encargado del juego llegó y dijo que ya había pedido ayuda y estaba en camino.

Freddie, enojado, salió corriendo como una bestia hacia el hombre y lo agarró del cuello del uniforme:

—¡TE VOY A MATAR! —gritó Freddie, preocupadísimo por Sam, viéndola allí arriba, sin poder hacer nada, apunto de caerse y asustada. Todos lo miraron sorprendidos, más Sam—. ¡Que no le pase nada a mi amiga! —decía Freddie. Luego notó los músculos del hombre y se alejó de él deliberadamente, con cautela.

En ese momento se escucharon dos helicópteros que sobrevolaban y se acercaban al juego. El viento que hacían era impresionante y los cabellos se volaban. Tiraron una pequeña escalera de hilo, y así, uno a uno, fueron subiendo.

Hicieron lugar y los helicópteros se fueron acercando al suelo y todos bajaron. Freddie corrió hacia Sam, que tenía el espeso cabello rubio y enrulado despeinado por el viento de las hélices del helicóptero... También tenía los ojos llorosos. Se abrazaron muy fuerte y Freddie supo que Sam lloraba.

—¡No llorés, Sam! ¡Ya pasó todo!

—¡No estoy llorando! ¡No lloro nunca! —exclamó la chica, al tiempo que dejaban de abrazarse y se alejaban de los helicópteros, que pronto tomaron vuelo otra vez.

—De acuerdo, no estás llorando.

—¡No, no lo estoy!

—Está bien, de acuerdo —Freddie le siguió la corriente.

Mientras seguían caminando, ninguno sabiendo por dónde ni adónde estaban yendo, Sam rememoraba el accidente que había tenido y a Freddie no se le ocurría mucho que decir, y, además, se estaba cansando un poco de ese silencio, como si faltara algo...

—Sam, ¿no quieres gritar, golpearme, romperme la pierna o algo así? —le preguntó a la chica, viéndola tan tranquila.

—Oh, claro que sí —respondió Sam sonriendo.

—Claro, no sé por qué pregunté. ¡Y vamos! ¡Hazlo!

—Bueno —dijo Sam, encogiéndose de hombros, y le dio una cachetada a Freddie.

—¡Au! —dijo Freddie, poniéndose una mano en la mejilla—. No recordaba que golpeabas tan fuerte. Pero yo te traje hasta aquí... Seguro me lo merecía.

Sam sonrió, pero no dijo nada.

—¡Los de ICARLY! —gritaron un grupo de chicos y chicas.

Freddie y Sam voltearon a mirar a sus alrededores y notaron que todos se los habían quedado mirando.

—¡Corramos! —dijo Freddie y él y Sam corrieron con todas sus capacidades.

Al darse cuenta de que se escapaban, todos los chicos corriendo tras ellos. Pero ellos siguieron corriendo hasta salir del Parque de Diversiones. Unos se quedaron quietos pensando que no valía la pena irse del parque, pero la otra mitad corrieron tras Sam y Freddie, quienes, a los cinco minutos, ya no podían correr más rápido, y trotaban más que correr, y luego, caminaban rápido, hasta que finalmente relantizaron sus pasos y llegaron a una plaza cuando estaba a punto de oscurecer.

—Creo que los perdimos —dijo Freddie, respirando agitadamente, sin ver a nadie a la vista.

—Sentémonos —pidió Sam, también agitada, y fue a sentarse en uno de los bancos de la plaza, y Freddie la siguió.

—Qué día.

—Creo que ICarly es un éxito —dijo Sam.

—Seguro ya estarán escribiendo en Internet que nos vieron —mencionó Freddie, tomando su Perapod—. ¡Lo sabía! —leyó en silencio y luego—: ¡Uh...!

—¿Qué? —preguntó Sam, mirando a Freddie, confundida.

Freddie leyó en voz alta:

"Freddie y Sam están saliendo juntos" "Yo vi que se besaban cuando él la fue a buscar al bajar del helicóptero".

—Esas personas deberían internarse en un manicomio —sugirió Sam.

—Sam, estamos saliendo —dijo Freddie.

—No te basaría...

—Sam, ya nos besamos. Nos dimos nuestro primer beso. Puedo entender que no te acordaras.

Que no quería acordarse, diría Sam.

—¿Qué quieres decir?

—Dicen que el primer beso se da con una persona especial... Si hubiera sido así, no te olvidarías jamás.

Sam lo estaba mirando, pero al decir aquello, volteó a mirar a otro lado, como si Freddie se fuera a dar cuenta de que en realidad nunca se había olvidado de ese beso.

—Sí, dicen que el primer beso se da con una persona especial... Creo que tú te arrepentiste de nuestro primer beso —dijo Sam, volviéndolo a mirar.

—Yo nunca me arrepentí de aquel beso —se sinceró Freddie, mirando a Sam, quien se quedó detenida mirando a los ojos a Freddie.

—Claro, saliste del hoyo —concluyó Sam que Freddie decía que no se había arrepentido por aquello.

Freddie pensó que no sólo había salido del hoyo... Le había gustado el beso, pero prefería que nadie lo supiera... Sería tan extraño. Hasta a él le parecía extraño.

—¿Tú te arrepentiste?

Sam no contestó enseguida.

—Quise salir del hoyo, ¿recuerdas?

—Supongo que quisiste tener tu primer beso con Pete... Él sí era especial para ti.

En aquel punto, al decirlo y al pensarlo, Freddie sintió algo raro, un sentimiento de molestia.

—Para ti Carly es especial... Y tuviste tu primer beso conmigo.

En aquel instante, Freddie se quedó pensando. No se había acordado de Carly en todo el día, hasta ese momento (la cita con Sam la había borrado de su mente), cuando Sam la nombró.

—Sí —contestó entonces, con voz rara, como forzándola... Intentando comprender por qué le pasaba todo aquello.

—Y Pete no fue especial para mí... No estuve enamorada de él.

—¡Quisiste cambiar por él!... Algo que creo que no debiste hacer.

—Sí, un poco quise cambiar por él... Pero fue más porque todos me creían demasiado abrasiva.

—¡Pero así eres tú!

—De acuerdo, NUNCA dejaré de molestarte.

Freddie se rio.

—Lo sé. Y hacer mi vida miserable es tu especialidad... Y no tiene caso preguntar que si pudieras contenerte... Sé que no lo harás.

—Exacto, Fredalupe.

—Y eso es lo que te hacer ser Sam —mencionó entonces Freddie.

Se quedaron mirando a los ojos en silencio. O no tenían nada más que decir, o los ojos del otro los había hipnotizado, hasta paralizar el cerebro por un rato y acelerar el corazón. Freddie no lo pudo evitar... Se acercó despacio hacia ella, mirándole los labios, para recordar lo que había sentido aquella noche de su primer beso. Sam también se empezó a acercar a él segundos después, aunque había intentado contenerse. Sabía que tendría que estar alejándose en ese instante, pero se acercaba más y más a él... Sus labios estaban apunto de rozarse cuando escucharon un: "¡Ahí están!". Luego hubo gritos y los dos se apartaron uno del otro asustados y vieron que el grupo al que creyeron haber dejado muy atrás, se acercaba corriendo a ellos.

Se pusieron de pie los dos al mismo tiempo y empezaron a correr. Y se dijeron, nunca más hacer lo que habían estado a punto de hacer.

¡Espero sus comentarios! Si me quieren matar, también me lo pueden comunicar... jaja

El capítulo 6 ya lo tengo escrito y tal vez no tengan que esperar demasiado, pero después de aquel...! Tengo las ideas, pero los capítulos están por la mitad! Salvo que me llegue la inspiración, me demoraré con los siguientes capítulos. Personalmente, espero no tardar.

El capítulo 6 se llama "Gane una salida" y tiene un cierto parecido con el capítulo 4, pero se me ocurrió, me gustó y lo escribí. Además, tiene algo de SEDDIE. A medida que va avanzando el fic, el SEDDIE se hace más evidente. ¡Y no digo nada más!

¡Adiós!