note. the chronicles of narnia © c. s. lewis.


— secrets behind the skin
by breakable bird

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Hubo una vez una reina.

(Claro que ella también es una reina pero no es de la que estamos hablando ahora. No, en absoluto. Así que escúchame con atención.)

¿Te decía? Una reina. Una reina tan asombrosamente hermosa, tan divina en sus ojos lánguidos y su sedoso cabello negro, que sus súbditos caían de rodillas al verla pasar y los hombres se enamoraban a mares de ellas, y todos pedían su mano, y ninguno podía superarla y ella rechazó a cada uno de sus pretendientes. La reina, junto a sus hermanos, mandó durante muchos años en una época feliz en Narnia, y luego repentinamente todos desaparecieron.

Pero volvió.

Y hubo un príncipe, esta vez.

(Que no rey.)

Hubo un príncipe que, como a todos, sintió que le fallaban las piernas y algo le saltó en el estómago y le reptó un lento rubor por su cuello al mirarla. Ella se mantuvo altanera y neutral, como los animales salvajes, y él se maravilló de su fuerza y luchó a su lado y ni una vez intentó ganar. Y ella lo amó por eso.

Las historias no dicen esta parte, por supuesto. Pero ella (la reina de la que no hablamos) lo sabe. Lo sabe con toda certeza sin que nadie se lo haya dicho, como que el fuego quema y el cielo es azul y no hay nada más delicioso que una tarde de sol donde el té se diluye en una taza con demasiada azúcar.

La bella reina, sin embargo, no era del mundo de Narnia y tuvo que regresar a aquél del que venía, y el príncipe (que se volvió rey, claro) hizo su vida sin ella, con menos palabras y más silencios. Viajó mucho y conoció a una estrella y conoció a su hija, y se casó con ella y la volvió reina.

(Ella es. La reina de la que no hablamos.)

Ella tenía una apariencia fuera de este mundo, con largos mechones del color del brillo del cielo y una piel tan pálida que lucía inhumana. Y él la amó por su belleza peculiar, como la de aquella reina, pero el tiempo pasó y pensaba y pensaba en arcos, y flechas, y vestidos y una mirada furiosa que lo acribillaba, y en un cuerno listo para ser usado por si la necesitaba.

Y siempre la necesitó. Y por eso no pudo amarla. Y la reina de la que no hablamos, la hija de Ramandú, la estrella, lo esperó por toda la eternidad para que volviera a mirarla y a oír su voz, y que dejara las memorias atrás, pero eso nunca sucedió. El rey peleó en batallas y comió en banquetes y la acarició entre sábanas, y nació un hijo de sonrisa encantadora al que ella adoró más que a nada.

(O casi.

Ella no creen en aquello que no tiene vuelta. Es como un círculo abierto. Sólo que no hay de esos. ¿O sí?)

Se acuestan en la misma cama, se toman de la mano, pero ya no la busca porque no encuentra lo que quiere. Cierra los ojos y se apoya en su hombro y a veces entreabre los labios para murmurar un nombre que ella conoce demasiado bien (porque es quien desearía ser), pero se equivoca y ella ladea la cara y las estrellas no lloran, pero ya quisiera. Ya quisiera.

(En ocasiones Caspian susurra un par de frases que son todo lo que le queda en esa vida, en ese mundo donde ella, la reina de la que hablamos, no está.)

—Todos los muertos van al mismo lugar.

Ella volverá al cielo. Se traga las lágrimas con el té. Se escabulle a la habitación donde el rey guarda una espada y un cuerno y lo toca, y la odia y la envidia tanto y después no, porque no tiene la culpa de nada. Llegó primero y, esa reina increíblemente humana y sensata, ganó.

Hubo una reina, una vez. Y hubo una reina cuyo nombre nadie recordó porque nadie lo sabía, ni siquiera su rey. Porque sólo se recuerda a los enamorados (y ella ama pero nadie la ama).

Él ya no dice su nombre. Y ella va a desaparecer.

(Ella no sabe que a la reina, la otra reina, se le rompió el corazón de puro dolor y desdicha y decidió olvidarlo todo y retrasó su vuelta aún más.

Aunque eso no importa. Porque hay un muchos caminos pero existe un solo final.)

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the end.