¡Hola! Siento mucho tardar tanto en actualizar, pero creo que les pido perdón por gusto porque lo vuelvo a hacer, jeje.

Espero que no estén muy molestas y me dejen saber su opinión de este nuevo capítulo. Ojalá les guste.

CUMPLEAÑOS

Dos semanas en el Hospital sumamente agotadoras. Desde que ponía el primer píe en él, ya tenía una fila de pacientes esperando. A media semana, mientras me dirigía a traer el resultado de unos exámenes para apresurar las cosas, pude observar a los demás doctores en la cafetería, tomando café relajadamente. Ya eran las cinco de la tarde y yo ni siquiera había tenido tiempo de almorzar; en realidad, no había probado bocado en todo el día. Un grupo de ellos, que se encontraban formando un círculo alrededor de la mesa más cercana, me voltearon a ver – yo permanecía en el pacillo, justamente frente a la entrada de la cafetería, observando a todos esos despreocupados doctores, horrorizado –, murmuraron entre sí y rieron.

Eso me hizo despertar y continúe mi camino.

Todo esto me recordó un poco a las novatadas de la universidad, cuando a los recién llegados les hacen pasar malos ratos en disfrute de los más antiguos. Pero estos no eran un grupo de universitarios jugando bromas. Deseché esa posibilidad. Doctores, profesionales de la medicina, diez o veinte años mayores que yo, no podían compararse con jóvenes de diecinueve o veinte años, locos por sentirse poderosos. Quizá la experiencia de ellos aceleraba las cosas con sus pacientes.

El siguiente martes, regresé a mi departamento pasado de las diez de la noche, sumamente agotado. No podía quejarme, el doctor Graham, director del hospital, ya me lo había advertido y yo había aceptado el reto.

Pero el trabajo duro no me importaba, al contrario, era reconfortante ayudar a tantas personas. Ni durante mi práctica había visto tantas personas tan agradecidas.

Lo único que lamentaba de esta situación era que no había podido hablar ni pasar tiempo con Serena.

Entré a mi departamento y revisé mis mensajes en la contestadora, como hacía a diario.

Sonó el pitido del primero.

Darien, ¿Qué tal el trabajo en el hospital? Pásate un día de estos por el Crown para que podamos platicar.

Andrew también había estado ocupado con la remodelación del Centro de Juegos, así que sospechaba que su repentino interés en una visita provenía del deseo de oír opiniones sobre el resultado de su trabajo, más que saber del mío. Él había venido a visitarme la semana pasada, durante la noche – mi único tiempo libre en estos días –, así que no había mucho que pudiera causarle curiosidad.

El pitido volvió a sonar.

¡Hola, Darien! No estás en casa ¿verdad? – la voz de Serena había cambiado de alegre a triste en un segundo – ¡Qué tonta! Por supuesto que no estás, sino ya habrías contestado, jajaja. Bueno… – presté más atención cuando su voz cesó. Deje de observar los sobres del correo para fijar mi vista en la contestadora, como si eso la hiciera hablar más pronto – Ya sé que estás trabajando muy duro, ¡y debe ser muy emocionante hacer lo que te gusta! Pero… te extraño mucho. Quisiera escuchar tu voz… y no la de la contestadora. Por favor, llámame cuando llegues, ¿sí? No importa la hora.

El siguiente mensaje también era de ella. Me extrañó, por lo general dejaba sólo uno por día. Lo había dejado tres horas después del primero.

Darien, soy yo, Serena. Creí que tal vez ya habías regresado… Veo que no. Llámame en cuanto puedas, ¿sí? Estaré esperando tu llamada.

Quizá había sido mala idea no llamarla, pero siempre había regresado muy tarde y me preocupaba despertarla. En mi oficina aún no tenía línea telefónica, así que me era prácticamente imposible, no sólo por la falta de tiempo sino porque el usar alguno de los teléfonos del área de información habría significado tener varios pares de orejas curiosas. Las enfermeras chismosas no son ciencia ficción de las películas.

Me debatí entre llamarla ahora o esperar a tener tiempo más temprano, pero lo último lo había hecho todos estos días y hasta ahora nunca había podido llegar más temprano.

Decidí llamarla y si al tercer timbrazo nadie contestaba, lo intentaría otro día.

– Bueno – reconocí la voz de inmediato. Contestó al primer llamado.

– Serena, creí que ya estarías dormida.

– ¡Oh, Darien! ¡Qué bueno que llamaste! ¡¿Cómo has estado?

– Pensé que ya estarías dormida – insistí –, por eso no había llamado antes. A esta hora he regresado a diario.

– No te preocupes. Cuéntame: ¿Qué tal el trabajo en el hospital? ¿Has curado a mucha gente? ¿Tienes muchos amigos ya? ¿Hay muchas enfermeras bonitas? – pude escuchar su tono de celos en la última pregunta. Sofoqué una risa.

– Todo ha estado muy bien, gracias. Ha habido bastante trabajo, como para mantenerme entretenido. Y tú, ¿la has pasado bien?

Me acomodé en el sofá y subí los pies.

Me contó animadamente todo lo que había pasado durante las dos semanas que no nos habíamos visto, con detalle. Me reí cuando me contó el lío en que se metieron Mina y ella por pelearse por el último trozo de pastel de chocolate en la casa de Amy, y éste fue a parar en la cabeza de Rei. Conociendo el carácter de Rei, debió ser un problema muy grande, pero Serena lo contó sin ninguna aprensión.

Ya habían salido de exámenes, así que el sábado pasado habían ido a una feria callejera a la que Molly las invitó. Lita se ganó un oso de felpa enorme por hacer sonar la campana al golpear la base del poste con un martillo. Ella ni siquiera pudo levantar el martillo. Amy saco más peces del agua que las demás, y con la misma red de papel. Rei no tuvo ningún fallo con el arco y la flecha. Hasta Kelvin, un compañero de Serena desde la primaria que los acompañaba, ganó un premio para Molly.

– Yo no pude ganar en nada – confesó un tanto decepcionada.

– No todos tienen habilidades para esos juegos.

– Sí, pero yo no tengo para ninguno.

– Tienes muchas otras cualidades – le ofrecí para confortarla.

– Si tú hubieras ido, ¿habrías ganado muchos premios para mí, verdad?

No me imaginaba participando en alguno de los juegos que ella mencionó, pero de haber ido, seguro me habría tocado.

– Claro – afirmé.

– ¡Lo sabía! – entonó, repentinamente emocionada – La próxima vez vendrás con nosotros y así Rei no se burlará de mí por ser la única que regresa con las manos vacías.

Sonreí para mí y sacudí la cabeza por sus preocupaciones. Serena, en el fondo, seguía siendo una niña. Pero eso era parte de su personalidad y esperaba que nunca cambiara. Algunas veces me hacía pasar ratos negros por sus ocurrencias, pero esos momentos eran eclipsados con los divertidos que obtenía a cambio.

– ¿Tendrás este fin de semana libre?

Suspiré.

– No lo sé. Ha habido mucho trabajo.

– No nos hemos visto en días – pronunció las palabras muy bajitas, pero aún así sumamente claras.

– Lo sé, amor, pero no depende de mí. Si fuera por mí, iría ahora mismo a verte. Yo también te extraño… muchísimo.

– ¡De verdad! ¿Hablas en serio?

¿Cómo podía dudarlo? Debía imaginarse cuán importante era ella para mí. En todo este tiempo sin verla, no había noche en que mi último pensamiento consciente no fuera ella. Incluso la mayor parte de los inconscientes eran sobre ella.

– Por supuesto – le afirmé.

– Jajaja – su risa era feliz. Suspiró – Te extraño mucho. Quisiera verte justo ahora.

– Yo tam…

– ¡Con quien estás hablando a estas horas!

Tuve que alejar el auricular de la oreja por el ímpetu de la voz de Kenji; y eso que no era yo quien estaba en esa habitación con él.

– Con Darien – le contestó mi novia sin alterarse por el tono de su padre.

– Debí de imaginarlo. ¡Quién más iba a ser tan desconsiderado para mantenerte despierta después de media noche!

Volví mi vista al reloj a mi espalda. Él tenía razón, ya pasaban veinte minutos de la media noche. No había sentido cuando se había hecho tan tarde, ni siquiera por el cansancio de día.

– ¡Y para hablar tontería como "si fuera por mí, iría ahora mismo a verte" – hizo una burlona imitación de mi voz –, estas no son horas…

– ¡Nos estabas escuchando! – lo acusó Serena.

– Eh… fue un accidente, tomé el teléfono y… bueno, no quise… ¡Pero eso no cambia que estas no son horas para hablar por teléfono!

– Entonces, ¿para qué tomaste el teléfono?

– Este… yo solo… eh… Bueno, ¡está bien! Te escuché hablando a través de la puerta y quería saber con quién. ¡Soy tu padre y es mi deber cuidarte! – el tono del señor Tsukino en su última frase era a la defensiva, seguramente provocado por la mirada de Serena.

– Despídete de una vez y duérmete.

– Pero…

– A menos que quieras que quite la extensión del teléfono de tu habitación – la amenazó. Inmediatamente escuché el ruido de una puerta cerrada con fuerza.

– Mi papá es un exagerado – escuché que decía, pero no en el auricular.

– Darien, ¿sigues allí?

– Si. Lamento mantenerte despierta tan tarde – me disculpé.

– ¡No me importa! Hablar contigo me hace sentir feliz.

– Te prometo que en cuanto tenga un descanso te llevaré a un lugar bonito.

– ¡Yo quiero ir a nuestra casa! – el escucharla pronunciar "nuestra casa" me hizo sentir algo agradable por dentro.

– ¡Serena, te mandé que te durmieras de una vez! – esta vez la voz del señor Tsukino provenía del teléfono – ¡Y ésta todavía es tu casa! – me dolió el oído del golpe que dio al colgar.

– Ese mi papá – dijo Serena, con enojo contenido – ¡No vuelvas a escuchar mis conversaciones! – escuché que gritó desde su habitación.

– Lo siento, Darien.

– No tienes por qué disculparte. Bueno, creo que ambos debemos dormir.

– Sí – el desanimo de su voz era un eco del que yo sentía –. ¿Me hablaras mañana?

– Quizá, si no regreso tan tarde.

– ¡No me importa la hora!

– Quizás a ti no, pero a tu padre parece que sí.

– Compraré un celular si es necesario, así no tendrá por qué enojarse.

– No creo que su problema sea que ocupes la línea… ¿Pero qué pasó con tu último celular? ¿no apareció?

A Serena nunca le duraban los celulares. En cuestión de días los extraviaba, ahogaba o simplemente, como por arte de magia, desaparecían del lugar donde, estaba segura, los había dejado.

– No. Pero el que compre ahora si lo voy a cuidar. Me reí.

– Por supuesto. Está bien, te llamaré por la noche – accedí.

– ¿No importa la hora?

– Sin importar la hora. Que descanses – me despedí.

– ¡Espera! – espetó antes de que colgara.

– ¿Sí?

– Dime que me amas.

– ¿Qué?

– Por favor, dime que me amas – pidió.

– Te amo, princesa. Por supuesto que te amo.

– ¡Ahora si voy a poder dormir bien! – pude intuir su sonrisa.

– Te amo – le repetí –. Y espero que tengas dulces sueños.

– Los tendré. ¿Y, Darien?

– ¿Sí?

– Yo también te amo – sonreí.

– Creo que ambos vamos a dormir muy bien hoy.

– Sí. Hasta mañana.

Tal y como le afirmé a Serena, esa noche dormí muy bien. Ya sea por el desvelo y el cansancio; o ya sea por haber escuchado su voz, o por volver a escuchar un "te amo" de su parte, esa noche dormí como un bebé. A la mañana siguiente desperté con más energía que de costumbre.

El día transcurrió con normalidad, con la misma cantidad de trabajo, pero sentí que todo se me estaba facilitando. Atender a varios pacientes, cambiando de consultorio en consultorio, de los cuatro que tenía asignados en la clínica, ya no me resultó tan confuso.

Al medio día ya había atendido a mis pacientes, pero como de costumbre, los demás doctores habían acabado mucho tiempo antes.

Me dirigí a la cafetería a comer algo. No sabía que me esperaba por la tarde, así que tenía que aprovechar el tiempo.

– Buenas tardes, doctor Chiba – me saludó el doctor Graham.

– Buenas tardes.

– ¿Qué tal…?

– ¡Doctor Chiba! ¡Qué bueno que lo encuentro! – la enfermera Sora, quien había estado asistiéndome en la clínica, llegó muy apresurada. A pesar de que ya habría pasado los cuarenta años era un poco tímida e insegura, pero algo en sus facciones y su amabilidad la hacía lucir muy confiable –. Tiene pacientes esperándolo – me informó casi sin aliento.

– Pensé qué habíamos acabado – afirmé confundido –. El siguiente paciente lo esperábamos hasta dentro de veinte minutos.

– Si, lo sé. Pero me entregaron más expedientes y allí están los pacientes esperando ser atendidos.

– Entiendo. Ahora llego.

Asintió y regresó casi tan apresurada como había llegado.

Suspiré y deje la charola en su lugar. Ni siquiera había alcanzado a comprar algo.

– Veo que tiene mucho trabajo.

Me había olvidado del doctor Graham.

– Sí. Perdone que lo deje.

– No se preocupe. Eh… ¿Doctor Chiba?

Me regresé los dos pasos que había avanzado.

– Llámeme Darien – le pedí.

– Claro – sonrió –. Solo me preguntaba… ¿Todos los días ha sido así?

– ¿A qué se refiere? – inquirí.

– No lo he visto por aquí – dijo, refiriéndose a la cafetería –. Y si no estoy mal, en lo que va de la semana lo he visto retirarse bastante tarde.

– Sí – me avergonzaba admitir mi lentitud, puesto que era más que obvio que los demás doctores no tenían ningún problema en salir a tiempo –. Aún no he logrado el ritmo. Lo veo más tarde – me despedí.

Me molestaba tener que dejar a la gente esperando y parecía que entre más gente atendía, aumentaba la gente en espera. Me alegraba haber despertado con más energía que otros días porque la había necesitado toda.

Ya eran las siete treinta de la tarde cuando atendí a la última.

– Lamento la tardanza. Ahora sólo tiene que tomar estas pastillas a la hora que le indiqué y se sentirá mucho mejor.

– Muchas gracias, doctor. Y no me molesta la tardanza si me va a atender un doctor tan guapo y amable como usted.

La ancianita guiñó un ojo antes de retirarse.

Me recargué en el mostrador y suspiré de agotamiento. Parecía que cada día aumentaba el número de pacientes.

– ¡Qué día! – expresó la pobre de Sora.

– Sí – me mostré de acuerdo –. Creo que es mejor que se vaya a descansar. Yo me encargo del resto.

– ¡Ay, no! Usted trabajó muy duro y no es justo que…

– Pero yo no tengo un esposo e hijos que me espera en casa – la interrumpí –. No se preocupe, yo acabo aquí.

Me envió una mirada de disculpa.

– Muchas gracias, doctor Chiba.

Me dirigí a mi motocicleta al acabar de archivar los expedientes. Me sorprendí encontrarme nuevamente con el director del hospital.

– Doctor Chiba – me saludó –. Lo estaba esperando. Necesito que se presente mañana a primera hora en mi oficina – concluyó sin siquiera darme tiempo a corresponder a su saludo. Terminando de hablar, se alejó sin ninguna vacilación.

Me preocupó lo que pudiera significar eso. Y pensándolo bien ¿para qué me necesitaba? Aún estaba en periodo de prueba… Durante este periodo únicamente me dedicaría a la clínica, así me había indicado él personalmente.

Tiempo en la clínica era parte de la labor de todo doctor en el Hospital de la Universidad de Tokio, no importaba si trabajan en área administrativa, de investigación – como sería en mi caso –, análisis, psiquiatría, laboratorio, etc. Todos tienen que cumplir con un mínimo de horas en la clínica. Era una obligación que el actual director había incluido dentro de la política del hospital.

¿Tendría esto que ver con lo poco que habíamos conversado por la mañana? ¿Estaría disconforme con mi labor?

Entre al departamento y coloqué las llaves en su lugar. Hoy no deseaba otra cosa que meterme en la cama, pero debía cumplir una promesa. Sin importar la hora le había dicho, aunque nunca imaginé regresar tan tarde.

Tomé el teléfono y marqué el número. Uno, dos, tres, cuatro timbrazos y nada. ¿Habría marcado mal? Lo intenté una vez más. Al tercer timbrazo contestó.

– Hola – contestó mi novia, somnolienta.

– Te desperté. Lo siento – me sentí muy mal. ¿Cómo se me había ocurrido llamarla tan tarde? Era obvio que no era hora de que estuviera despierta.

– ¡Darien! Sí llamaste. Lo sabía. ¿Qué tal tu día?

– Muy largo – le contesté sin ánimo.

– Te escuchas cansado.

– Y tú con sueño. ¿Estabas durmiendo, verdad?

– No… exactamente – contestó dudando de sus palabras –. Ni siquiera estoy en mi habitación. Sólo me quedé dormida un momento.

– ¿Qué estabas haciendo? – pregunté curioso.

– Bueno… estaba esperando a que llamaras.

Me sentí molesto de que sus razones fueran tan bobas y, más que todo, de que yo fuera el motivo de esas razones.

– ¡Y por eso te quedaste despierta! – le reproché – Mañana te va a costar levantarte, Serena. Debiste dormirte, yo te hubiera llamado otro día…

– Sí, lo sé. Pero yo no quería esperar otro día. Además, no sé cuando nos vamos a ver, así que esta es la única forma de sentirte cerca. A mí no me importa acostarme un poquito tarde si puedo escucharte.

Me sentí poco menos que nada. Yo era un novio terrible. Ella también tenía ocupaciones y sin embargo hacía lo posible por tener tiempo para mí, aunque eso significara dormir poco. Y yo sabía que con lo dormilona que es, sería un gran sacrificio.

Era muy injusto que la tuviera tan abandonada, a ella que es tan dulce y considerada. Yo tendría que ser el que debería estar pendiente de ella, el que tendría que hacer sacrificios por ella, no al revés. Ella era mi prioridad. No podía permitir que el trabajo absorbiera todo mi tiempo. Tendría que hablar con el doctor Graham sobre esto y tendría que hablarlo mañana mismo, aprovechando la reunión que íbamos a tener. Aunque él no estuviera conforme con mi trabajo, tendría que darme un día libre ¿no? De cualquier manera, tenía que intentarlo, porque no podía dejar que mi vocación me apartara de lo mejor de mi vida. Debía haber equilibrio.

– Sabes, mañana temprano tengo una reunión con mi jefe y voy a aprovechar para pedirle el sábado libre.

– ¿De verdad? ¿tendrás el sábado libre?

– Eso espero. Supongo que todo depende de lo que tenga que decirme – dije más para mí.

– ¿Por qué depende de lo que te tenga que decir?

– Porque esta noche me dijo que necesitaba hablar conmigo mañana temprano pero no mencionó para qué.

No quise comentarle mis sospechas y menos mencionarle en que se basaban. Ella me tenía en un concepto muy alto con respecto a mi profesión. No quería arruinar eso.

– ¡Seguro que es para felicitarte por tu excelente trabajo! ¡A lo mejor hasta quiere ascenderte!

– Serena, no llevo en el hospital ni un mes.

– Pero no hace falta mucho tiempo para que se den cuenta del grandioso doctor que eres. Sí, estoy segura que es para felicitarte. ¡Y así no podrá negarte lo que le pidas! – ella sonaba muy segura y animada. Yo no era tan positivo.

– Pero lo importante es que si me da el día libre lo pasaremos juntos, ¿qué te parece? – Mi intensión era distraerla de sus optimistas ideas, no quería que siguiera alentándolas por si se equivocaba, como era probable.

– ¡Claro que sí! Ya quiero que sea sábado.

– Serena, aún no sé si me va a dar el día libre.

– Ya verás que sí.

Era imposible disminuir su ánimo.

– Te hablo mañana para confirmar – le aseguré.

– De acuerdo. Entonces tenemos una cita el sábado.

– Todo depende de lo que me conteste el doctor Graham.

– Estoy segura que te dirá que sí. No va a poder negarle nada a su mejor doctor.

Su tenacidad era increíble.

– Confía en mí, Darien, mañana tendrás un día grandioso. Descansa mucho – se despidió.

– ¿Serena? – me reí para mí.

– ¿Qué pasa?

– ¿No se te olvida algo?

– ¿Qué cosa?

– Creí que tal vez te gustaría escucharlo: Te amo. Duerme bien.

Ya me encontraba en la oficina principal. El doctor Graham me tenía esperando mientras atendía una llamada. Mentalmente hacía planes para el día. Ya había visto la fila de pacientes que me esperaban.

– Supongo que le sorprendió que lo citara – mencionó al colgar el teléfono.

– Un poco – admití.

– ¿Tiene idea de por qué lo llamé?

– Lo siento, señor.

Me sentía abrumado, como un niño que espera ser regañado.

Se levantó de su escritorio y se dirigió a un archivo de donde sacó un folder, para luego regresar a su escritorio y examinar el contenido.

– Ayer pedí un informe de su labor y me sorprendió mucho el resultado – la seriedad de su rostro no eran buena señal –. ¿Qué me puede decir al respecto?

– He hecho todo lo que está en mis manos – contesté con la misma seriedad que él. No importaba lo que dijera el dichoso informe, yo no me avergonzaba de mi trabajo. Quizá no era de los mejores doctores, pero me preocupaba la gente y me había esforzado. Lo demás no lo podía controlar.

El director me observó fijamente sin cambiar de expresión y asintió.

– También me sorprendió que ordenara una tomografía a una niña que venía por una pequeña lesión en la rodilla – se levantó de la silla sosteniendo la lámina que contenía resultado del examen de la niña y dio la vuelta para sentarse en una esquina del escritorio –, ¿tiene idea de cuánto cuesta una tomografía al hospital? – enfatizó sus palabras ondeando levemente la lámina – ¿y desde cuando una lesión en la rodilla amerita escanear el cerebro de una niña?

Por la posición del Doctor Graham ahora lo tenía que ver hacía arriba.

Si sus intensiones eran intimidarme sus planes se iban a ir abajo. Sabía exactamente de qué caso estaba hablando y aunque él era el director del hospital, mientras yo atendía a esa niña era su doctor, así que era mi decisión los exámenes. Suspiré.

– Cuando tuve el expediente de la niña en mis manos noté que visitaba frecuentemente la clínica quejándose de dolores de cabeza. Tres de los doctores que la atendieron con anterioridad mencionaron que ella se quejaba que era más fuerte del lado derecho, por lo que creyeron que se debía a tensión e incluso sugirieron que la evaluara un psicólogo ya que a los nueve eso no es común, pero la psicóloga del hospital determinó que estaba bien y que no observó durante su evaluación que estuviera afectada por alguna situación familiar, por lo que no le tomaron importancia; y yo no lo hubiera hecho sino es porque al preguntarle sobre su herida me señaló que fue un mareo y al indagar un poco más admitió que no era la primera vez que le ocurría y la mayoría de las veces resultaba herida en su pierna o brazo izquierdo. Esto sumado a que sus reflejos de ese lado eran un poco más lentos que los del derecho, me llevó a pensar que algo en el hemisferio derecho de su cerebro andaba mal, por eso mandé la tomografía, para descartar posibilidades.

" Aunque estuviera equivocado valía la pena asegurarse, ¿no cree? Es un alivio que todo estuviera normal pero…

– La niña presenta un tumor, Darien. Su examen fue acertado.

– ¿Qué?

Extendió la lámina para que pudiera ver el punto blanco en la tomografía. Me levanté y agarré yo mismo la tomografía para verla a la luz.

– ¿Ya le avisaron a los padres? Hay que establecer qué clase de tumor es…

– No se preocupe – dijo serio, pero sus ojos parecían divertidos por algo –, el tumor es operable. Tienen cita mañana con el neurocirujano para aclarar detalles.

Me senté nuevamente, un tanto aliviado.

– ¿Ahora si tiene idea de por qué lo llamé?

– No, señor – en realidad, ahora estaba más confundido.

– Primero aclaremos algo. Si yo lo voy a llamar Darien, usted tiene que llamarme Paul. Eso de señor me hace sentir viejo – dijo sonriendo – y doctor Graham es muy formal, ¿entiende? – asentí –. De acuerdo. La razón por la que lo cité es para informarle que el lunes empieza en el departamento de investigación. Su periodo de prueba terminó.

Me hizo señas de que ya me podía retirar.

Mi mente no logró comprender todo. Se suponía que el periodo de prueba mínimo era de tres meses, no de tres semanas. Y no entendía como me iba a incorporar a su equipo tan pronto si había iniciado con lo del informe de labor… o quizá lo de la acertada tomografía había influido, pero eso podía ser una casualidad. De todas formas…

– Veo que está confundido – me dijo cuando mi mano giraba la perilla de la puerta. Debía de ser muy claro en mi rostro –. Escúcheme doctor Chiba… Darien, quise decir. Durante el periodo de prueba permito que los doctores asignados a la clínica transfieran pacientes al nuevo miembro del hospital, eso me permite probar su disposición a trabajar con los pacientes y principalmente si tienen madera para este trabajo. No me gustan los quejosos – explicó con una sonrisa –, por eso es que el trabajo arduo es la mejor prueba.

" La mayoría de doctores en prueba me hacen comentarios sobre lo injusto de la distribución del trabajo al ser ellos nuevos y que tendría que darles tiempo para adaptarse; esto dentro de la primera semana. Cuando ocurría esto observaba el informe de trabajo y eso me servía para formarme una idea. En algunos casos era justa su petición, pero en otros… –sacudió la cabeza.

" Lo cierto es que eso me ayuda a saber cuando ya están listos para pasar a sus respectivos departamentos y tengo especialmente cuidado con los de investigación, no porque yo esté a cargo de ese departamento, sino porque en este departamento la labor no se puede cuantificar en tiempo ni cualificar por resultados. A veces los resultados negativos orientan al camino correcto. Pero por eso es que en el equipo necesito gente que trabaje porque quiere y no porque debe. No puedo estar vigilando que cumplan su trabajo y si no lo hacen, tampoco puedo darme cuenta fácilmente, así que la presión en la clínica, que es fácil ver en los informes, me permiten saber cuál es el nivel de los doctores; y Darien, déjeme decirle que a la mayoría de novatos les trasfieren tres o cuatro pacientes, pero al leer su informe – silbó por lo bajo, sacudiendo la cabeza con incredulidad –. Bienvenido al equipo, Darien.

– Gracias, doctor Graham.

– Paul – me corrigió con amabilidad.

– Sí – le sonreí. Cuando me iba a retirar recordé lo que hablé con Serena –. ¡Ah! Paul – me sentí un poco incomodo por la familiaridad –, quisiera aprovechar para pedirle el sábado libre.

– ¿Le doy una buena noticia y ya me sale con eso? – preguntó alzando una ceja.

– No era mi intensión – le aclaré mientras me acercaba a su escritorio –, pero voy a cumplir tres semanas sin un día libre y necesito tiempo para dedicarle a mi novia.

Me miró con ojos divertidos y se sonrío.

– Creo que se merece el fin de semana libre. ¿Así que tiene novia? – se inclinó hacia el frente con interés.

– En realidad es mi prometida – sonreí abiertamente –. Nos vamos a casar en noviembre.

El doctor Graham se rió entre dientes.

– Por su sonrisa, puedo deducir que es una mujer asombrosa. ¿Ella también es doctora? ¿La conozco?

– No, no. Ella apenas está en su primer año de la universidad.

– Así que de primer ingreso – caviló por un momento – ¿Cuántos años tiene? – preguntó de repente en un tono un tanto acusador.

– Va a cumplir diecinueve el treinta de junio – respondí evitando su mirada y aclarándome la garganta.

– Conque cumple diecinueve la próxima semana.

– Sí, ella… ¡La próxima semana! – exclamé sorprendido.

El director Graham señaló el calendario colgado en la pared a su espalda. ¡No podía creerlo! Era cierto. El cumpleaños de Serena era en menos de una semana. Inconscientemente me acaricié la mejilla izquierda al recordar lo que sucedió en su cumpleaños quince, cuando creyó que lo había olvidado. ¡Este año ella me hubiera matado! o peor, quizá hubiera roto nuestro compromiso.

No es que lo hubiera olvidado, jamás podría olvidarlo. ¿Cómo olvidar la fecha en que se celebra el nacimiento de la persona que es la luz en mi vida? Imposible. Era solo que últimamente me había abstraído en mis nuevas ocupaciones y ni siquiera me había tomado la molestia de ver la fecha.

El resto del día una parte de mi mente estuvo ocupada pensando cual sería el mejor regalo para Serena.

Al menos tenía el fin de semana libre, gracias a mi jefe, y tendría tiempo para buscar su regalo.

Serena se mostró muy entusiasmada cuando la llame esa noche para confirmar nuestra cita del sábado, pero un segundo después se mostró muy seria y segura cuando afirmó que sabía que no me iban a negar lo que pidiera. Procure no extenderme en la conversación para no disgustar – aún más – al señor Tsukino. La noticia de la confirmación en mi puesto se la daría personalmente. Quería ver su emoción y recibir el abrazo que sabía que me daría. Amaba la forma desinhibida de ella de mostrar sus sentimientos y quería recibir más que una felicitación vía telefónica.

Mientras caminábamos por el parque le conté a Serena la buena noticia. Tal y como lo esperaba se lanzó a abrasarme.

– ¡Es grandioso, Darien! – dijo emocionada. La sentía brincar entre mis brazos sin dejar de abrazarme – ¡Es genial!

Unos segundos después dejó de abrazarme el cuello, pero se apoderó de mi brazo, y bien abrazada a él alzó el rostro para decirme:

– ¡Yo sabía que todos en el hospital notarían rápidamente el maravilloso doctor que eres!

Sonreí por la dulzura de sus palabras y su hermosa sonrisa.

Caminamos por todo el parque y dimos un paseo en bote. Serena había preparado el almuerzo, así que volvimos al auto a traer las cosas y nos dispusimos a almorzar debajo de un arce. Cerca de allí un grupo de niños jugaban a la pelota con sus familias.

Observé a Serena mientras sacaba las cosas de la canasta. Sin intensión, en lo único que pude concentrarme fue en sus labios. Dulces y suaves, tentándome a besarlos a cada segundo. No podía creer que hubiera resistido todo este tiempo la tentación de besarlos, pero parecía que en el parque no había ni un rincón para estar solos. Hasta en el lago había familias enteras navegando y disfrutando de su día.

– ¿Qué estas mirando? – me preguntó mi novia mientras me ofrecía un plato.

Me encontraba perdido en mis pensamientos, recordando la agradable sensación de sus labios sobre los míos y su delicioso sabor. Su tierna y curiosa voz hizo que mi mirada viajara inmediatamente de sus labios a sus ojos. La ingenuidad en su mirada – lejos de adivinar mis pensamientos – hizo que mis mejillas se encendieran.

Rápidamente tomé el plato que me ofrecía y sin ver que había en él, me llevé algo de su contenido a la boca.

– ¡Está delicioso! – mascullé mientras empezaba a masticar. Ni siquiera había sentido el sabor; sólo intentaba distraerla y funcionó.

Con una sonrisa juntó sus manos, como gesto de emoción, y preguntó: – ¿De verdad?

Podía ver el brillo en su mirada mientras esperaba mi respuesta y confirmación a su éxito culinario.

La cocina era un gran reto para Serena. Creía que eso de tener "talento" para la cocina era una tontería y que si alguien cocinaba mejor que otras personas era porque el que les gustara hacía que se esforzaran y practicarán constantemente; pero Serena me había hecho cambiar de opinión. A mí me constaba cuanto se esforzaba, el empeño que le ponía y que practicaba sin desanimarse por el resultado. Aún así, pocas veces lo que cocinaba resultaba comestible y de buen sabor, por eso es que para ella era tan importante un platillo exitoso.

Asentí enérgicamente al ver su sonriente rostro, pero me detuve cuando sentí como iniciaba en mi lengua una sensación de hormigueo que comenzaba a extenderse e intensificarse. Tragué rápidamente, pero eso solo lo hizo peor. ¡En solo segundos mi lengua ardía como si estuviera en llamas!

– ¡Agua, agua! – demandé.

Gateé hasta la canasta, saqué una botella y bebí su contenido sin detenerme. Suspiré de alivio cuando la sensación disminuyó.

– ¿Se me pasó el picante?

– Parece que sí. Pero solo un poco – añadí rápidamente cuando su mirada se ensombreció.

– Lo volví a hacer – dijo apesadumbrada. Comenzó a regresar las cosas a la canasta –. Vamos a buscar donde comer. Cerca de aquí debe haber algún lugar donde...

La tomé de las manos para detenerla.

– A mí me gusta lo picante – mentí.

Me sonrió, pero sin alegría. Era la sonrisa que usaba cuando trataba de ocultar sus sentimientos.

– No tienes por qué hacerlo – bajó la mirada.

Le quité de las manos el plato que había estado a punto de meter a la canasta.

– Bueno, si tú no quieres… más para mí.

Dudé por un momento mientras sostenía un bocado con los dos palillos a pocos centímetros de mi boca, pero el ver a mi novia con la boca abierta pero sonriente, observando atentamente lo que iba a hacer, me dio el valor.

Medio mastiqué y trague lo antes posible. Sin perder tiempo bebí media botella de agua.

– ¡Rico! – dije lo más convincente que pude. Aún sentía los ojos llorosos.

– ¡Sí te gusta! – exclamó sorprendida y sonriente.

Le sonreí. Di tres nuevos largos tragos de agua. ¡Sí que picaba!

Sonriente volvió a abrir la canasta.

– También tengo bolas de arroz, tallarines…

Comenzó a nombrar al momento de sacarlos. Se había esforzado muchísimo.

Ella también inició a comer, pero cuando iba a tomar de su comida picante le alejé el plato.

Me miró extrañada.

– Tú no querías – le reclamé –, así que esto es solo para mí.

No quería que lo probara y se diera cuenta de su terrible sabor; y menos quería que sintiera este ardor de lengua.

Comí de eso lo menos que me fue posible. Cada vez que creía que Serena no me veía tiraba un poco en los arbustos a mi espalda. Así logré deshacerme de buena parte. Al menos con el resto de platillos no tuve ningún problema. El primero me impidió sentir el sabor del resto.

Después del almuerzo – y muchas botellas de agua – nos recostamos a observar el cielo. Aún no comíamos el postre, pero ambos estábamos demasiado satisfechos. Después de un rato en que Serena me decía la forma que le encontraba a las nubes, ambos nos quedamos en un tranquilo silencio. Solo se escuchaba la risa de los niños y el sonido de una pelota al ser pateada.

– Darien – me llamó. Yo tenía los ojos cerrados.

– ¿Sí?

– ¿Podemos ir después?

No necesitaba aclararme a donde se refería. A lo largo de nuestra cita Serena había insistido varias veces que fuéramos a nuestra casa, pero yo no había avanzado absolutamente nada desde la primera y última vez que la llevé, así que no tenía caso.

Me senté antes de contestarle. Ella también lo hizo.

– Hoy no, Serena.

Asintió, resignada.

– Entonces, ¿cuándo?

Me regaló esa sonrisa a la que me era tan difícil resistirme.

– Por favor – insistió.

– Está bien – accedí –, ¿qué te parece la próxima semana? – pregunté pensativo – pero tendría que ser después de tu cumpleaños.

Eso me daría tiempo para arreglar por lo menos el exterior.

– ¿Después de… mi cumpleaños?

– Sí. Tú cumpleaños es el viernes, así que podemos…

No pude terminar la frase. Caí de espaldas, desconcertado. Los brazos de Serena me rodeaban el cuello y ella estaba sobre mí.

– ¡Lo recordaste! – pronunció, casi gritó, en mi oído.

– ¿Recordar qué? – pregunté.

Alejó el rostro de mi cuello, quedando frente a mi rostro, con sus brazos flexionados a los lados de mi cabeza.

– Recordaste mi cumpleaños.

– ¿Creíste que lo olvidaría?

– Bueno – se ruborizó –, últimamente has estado muy ocupado… y yo no sabía si… ¡pero no lo olvidaste! ¿y vendrás a mi fiesta sorpresa el viernes?

– ¿Fiesta sorpresa? – pregunté divertido, alzando una ceja.

Se rió descubierta. El sonido de su risa iluminó mi corazón.

– Bueno, solo mi mamá sabe que yo sé, las chicas no. ¿Pero vendrás? – insistió.

Esto era extraño. Las chicas lo habían planificado y no me habían incluido. Normalmente ya me hubieran pedido, por lo menos, que me encargara de distraer a Serena mientras preparaban todo o que cediera mi departamento para la fiesta.

– Las chicas no me han dicho nada – le comenté.

– Eso es porque yo se los pedí – confesó. Eso dolió –, o más bien mi mamá se los pidió por mí – corrigió.

– ¿Por qué?

No pude evitar que la pregunta saliera de mis labios. Me arrepentí inmediatamente de haberla hecho. No quería escuchar la respuesta, no después de que estos últimos días apenas si había…

– No quería ser una carga para ti – contestó desviando su mirada –. Apenas si has tenido tiempo para dormir, no quería preocuparte por no tener tiempo para cosas sin importancia.

Acaricié suavemente el contorno de su rostro, desde la frente, pasando por sus sonrosadas mejillas, hasta su barbilla y con delicadeza la elevé para que me viera a los ojos.

– Nunca podrías ser una carga para mí, Serena – le aseguré sin dudar. Todo lo contrario, eres mi razón para esforzarme en todo, añadí en mi interior.

Su sonrisa, su voz, su mirada de un celeste tan hermoso que opacaba hasta el color del despejado cielo de un día soleado que tenía como fondo su precioso rostro. Esos ojos que en este momento adquirieron un brillo especial que me dejaron atrapado en ellos, entregándome silenciosas promesas.

– Te amo – soltó tan bajito, como si no hubiera sido consciente de que sus labios habían pronunciado tan hermosas palabras.

Mi corazón sufrió un suave y dulce apretón. Sonreí orgulloso de ser el objeto de amor de tan adorable criatura.

– Serena – susurré, mientras nuestros rostros se iban acercando lenta y tortuosamente. Mis ojos se cerraron inconscientemente al sentir su embriagador aliento en mis labios. Ya casi los sentía sobre los míos…

Al fin llegó la mañana del viernes. Una muy hermosa mañana, debo admitir. El sol brillaba y una brisa fresca me dio sensación de tranquilidad. Era como si el clima estuviera consiente esta fecha tan especial y se mostrara de acuerdo con mi estado de ánimo.

La noche anterior hubo una lluvia de estrellas que fascinó a muchos y, como era claro, había provocado que a la mayoría de esas personas se les pegaran las chamarras. Eso había jugado a mi favor, porque el poco tráfico me permitió llegar temprano al hospital; un buen augurio para cumplir con llegar temprano a la fiesta de Serena.

Cuando llegué a la residencia Tsukino, por la tarde, ya se estaba desarrollando la fiesta. La música, aunque no era estridente, se escuchaba desde afuera. Sammy iba saliendo – lo habían mandado a comprar algunas cosas – y me permitió entrar. Me evitó arruinar la atmosfera con el sonido del timbre de la puerta.

Mina, Andrew y Haruka se encontraban conversando. Nicolas trataba de llamar la atención de Rei, quien tenía cara de molestia y lo ignoraba a pesar de sus torpes intentos de entretenerla. Ella es muy ruda con él. Había muchos rostros que no los conocía del todo, compañeros de Serena en la universidad de los que no recordaba el nombre. Lita salió de la cocina llevando consigo una charola con algo que hizo que la mayoría se acercaran a probarlo. No veía por ningún lugar a mi novia y cumpleañera.

– Está en la cocina – me indicó una voz femenina. No había notado que Michiru se había acercado a mi lado.

– ¿Quién? – pregunté distraído.

– Serena. ¿No es a ella a quien buscabas con la mirada?

Su voz era divertida y compresiva. Sonreí un poco.

– Debe estarte esperando. El mejor regalo para una chica enamorada es un beso de cumpleaños.

Haruka se acercó y se colocó al lado de Michiru.

– Darien, ¿cómo estás?

– Le decía a Darien que Serena está en la cocina, y es de mala educación que la dejes esperando – terminó la frase dirigiéndose a mí.

– Creo que iré a saludar a la cumpleañera – anuncié.

– ¿Darien? – Haruka me detuvo del brazo cuando iba a retirarme.

– ¿Sí?

De repente su rostro se tornó serio.

– Cuídala. Todo el día he tenido un mal presentimiento – supe que lo decía no solo en nombre propio, lo hacía también como Sailor –. Recuerda lo importante que la princesa es para el futuro.

Retiré el brazo molesto. Entendía su preocupación, pero me molestaron sus razones.

– ¡Jamás permitiría que algo dañara a Serena! – mascullé por debajo de la música – pero el futuro o el papel que Serena juega en él no tiene nada que ver.

– Haruka, lo hiciste enfadar – intervino Michiru en tono conciliador –. Lamento la forma de expresarse de Haruka, pero su preocupación es sincera.

Era verdad. No podía dudar de eso. Relajé mi postura y le hice un gesto de disculpa. Haruka, que se encontraba de brazos cruzados, suspiro y aceptó mis disculpas. Las facciones de su rostro se relajaron, pero su seriedad no desapareció.

– He intentado ver el peligro al que se refiere Haruka con mi espejo, pero no he visto nada, así que por ahora únicamente tenemos que permanecer alertas. No hay de qué preocuparse. Asentí.

A Haruka le molestó la poca importancia que Michiru le dio a su presentimiento.

– No lo olvides, debes protegerla – reafirmó Haruka.

– Lo haré – juré.

Entré a la cocina y allí la vi. Serena se encontraba como ida, observando su pastel. Aún no lo habían partido. Ikuko también se encontraba allí, me vio, me sonrió y salió discretamente.

– Ahora regreso – le avisó a su hija.

Serena asintió distraída, sin apartar su mirada del pastel. A mi novia le fascinan los dulces.

– Feliz cumpleaños – le susurré a pocos centímetros de su oído. La atrapé a punto de robarle el merengue al pastel.

– ¡Darien! – se giró y me abrazó. Recibí su pequeño cuerpo entre mis brazos gustosamente – ¡Pudiste venir!

Se separó un poco. Aproveché para acomodar los mechones de su fleco.

– La cumpleañera me invitó personalmente – apenas fui consciente del sonido del timbre de la puerta. Ni mi novia ni yo le dimos importancia –. Sería muy desconsiderado no asistir – sonreí.

– Me alegra que seas todo un caballero. Mi caballero – añadió sonriendo.

Vi a los lados y estábamos completamente solos. Aproveché para perderme en esos preciosos ojos celestes que tenía al frente y me incliné para probar esos adictivos labios.

– ¡Serena! – la imperiosa voz de Lita me sobresaltó y golpeé mi frente contra la de Serena.

– ¡Auch! – gimió.

Bien hecho, Darien – me regañé mentalmente –. En vez de beso, un chinchón de cumpleaños.

– ¡Serena! – ahora la llamó Mina, con el mismo tono de voz apremiante de Lita.

Con delicadeza retiré las manos de Serena, que cubrían su frente, para revisar el daño. Justo en la parte superior de su frente tenía un círculo levemente enrojecido. Se lo acaricié levemente.

– Lo lamento – me disculpé. A mi aún me dolía, seguramente a ella más.

– ¿Qué estaban haciendo? Eh, pillines.

El comentario de Mina hizo que me sonrojara y me apartara un paso de Serena.

Tenía una sonrisa picara en el rostro.

– ¡Serena! – Rei también llegó a llamar a Serena – ¿Qué sucede? Ven – la urgió.

Entró, tomó su mano y la haló fuera de la cocina. Las seguí, al igual que Lita y Mina.

No entendía que estaba pasando. Habían apagado la música – debí darme cuenta de eso antes pero estaba muy concentrado en la agasajada – y todos estaban reunidos a la entrada. Algo había allí que había llamado la atención de todos. Algunas chicas gritaban emocionadas.

Ni Serena, ni Rei, lograban acercarse a lo que fuera que quería mostrarle.

– ¡Oigan, ya! – gritó Rei cuando comprendió que sus intentos de pasar eran inútiles. Serena me dirigió una mirada inquisitiva. Me encogí de hombros, no tenía ni la menor idea de lo que estaba pasando – ¡Dejen pasar a la cumpleañera!

Los invitados comenzaron a apartarse uno a uno abriendo un espacio al medio, justo al frete de Serena. Cuando descubrieron lo que había al centro y que había llamado tanto la atención, una sensación amarga se colocó en mi estomago.

Contrario a mi malestar, el rostro de mi prometida se iluminó con una enorme y sincera sonrisa.

– ¡Seiya!

() ()

(=°.°=)

(") (")

¿Qué les pareció? Por favor, denme su opinión del capítulo!

Saben, lo que escribí que le pasó a Darien, sobre saber la fecha de un cumpleaños pero no ser conciente de lo cerca que está ya me ha pasado, jaja. Tengo una amiga que tanto ella como yo tenemos mala suerte porque nuestros cumpleaños caen en medio de época de examenes, y hubo un año en que otra amiga le preguntó cuando era su cumpleaños y yo contesté por ella, y ¿qué creen? ése era el día de su cumpleaños y yo ni en cuenta. Cuando nuestra amiga dijo "¿es hoy?" me sentí re mal. Al menos mi amiga no es rencorosa y se dio cuenta que fue por taradez mía por no saber en que fecha vivo, jajaja. Es el efecto adormecedor de los examenes, jajaja.

A ver que piensan del capítulo, porque ahora va sin que lo revisara mi editora. Me hubiera gustado para que fuera mejor, pero la intenté contactar con tan poco tiempo que no es de extrañarse que no la haya localizado :(

Así que Usako, espero saber de ti con tu comentario! Y me disculpo por el nombre del capítulo, pero creo que tengo muchos problemas con eso, porque los que elijo no les va muy bien que digamos, jeje.

También quiero darle muchas gracias a Danykagomesan por hacerme saber que me lee desde el principio! Me agradó mucho saberlo y espero que sigas dejando tu comentario, para saber que continúas allí!

Nos leemos en el próximo capítulo! Besos y cuidense!