Gracias a YeseniaRocio por leer el fic. Besos y a leer se ha dicho!.

La niebla les envolvió por completo en cuanto hubieron avanzado un par de pasos; en cuestión de segundos, solo alcanzaban a verse las siluetas unos a otros. De pronto, Caspian que caminaba el primero cayó de bruces y Lucy sobre él, Galea consiguió pararse a tiempo, pero Edmund chocó contra ella consiguiendo que acabaran los cuatro en el suelo.

En ese momento, la niebla se abrió, dejándoles ver una vista maravillosa. Ante ellos un hermoso palacio, transparente y etereo. Los cuatro se quedaron con la boca abierta, bajando la guardia durante unos instantes. Se habían tropezado con los escalones marmóreos que subían hacia la entrada de ese espectacular edificio, y ahora sentados en el suelo lo observaban sin habla.

A los pocos segundos, Edmund reaccionó:

"Vamos, deberíamos ver si encontramos parte de la Daga Maldita".

Se puso en pie y tendió una mano a Galea, mientras Caspian hacia lo mismo con su hermana. La joven le sonrió y comenzaron a subir las escaleras. Poco a poco se dieron cuenta de que el Palacio era transparente porque sus paredes estaban hechas de viento. Rayos de luna y sol se entrelazaban para formar inmensas pero gráciles columnas, y titilantes estrellas formaban las ventanas.

Llegaron hasta la puerta y se detuvieron inseguros. Una cálida brisa les envolvió, agitando los cabellos de todos y embargándoles en una sensación de placer y familiaridad. La puerta estaba cerrada, o al menos eso parecía.
"¿Cómo...?" preguntó Galea mientras Lucy extendía una mano. Los dedos de la joven reina atravesaron limpiamente el muro de aire, y a continuación, todo su cuerpo, seguido de cerca por los otros tres miembros de la expedición.

En el momento en que se encontraron al otro lado de la puerta, el panorama cambió por completo. Un viento gélido soplaba, congelando el lugar. Edmund se estremeció recordando la guarida de la Bruja Blanca, ya que el lugar le recordaba a la guarida de la traidora de Narnia, pero con una diferencia, esta en vez de ser alba, era de un tétrico color grisáceo, como si la nieve hubiese sido pisoteada por mil personas, como si se hubiera mezclado con cenizas... El ambiente era desolador; mil objetos llenaban la estancia, amontonándose sin orden ni concierto alguno.

"Bien" dijo Caspian tomando el control de la situación. "Vamos a separarnos para intentar encontrar cuanto antes el trozo de la Daga Maldita". Los otros tres asintieron, pero en el momento en que dieron un paso al frente, fue como si hubieran tocado un resorte y una tremenda tormenta estalló en el interior de la habitación. El frió gélido se intensificó y los cuatro comenzaron a castañetear los dientes. Pero lo peor fue cuando intentaron seguir avanzando ya que una increíble ráfaga de aire los levantó del suelo, levantándoles por los aires. Se agarraron a lo que buenamente pudieron, Caspian en un lado de la habitación se aferraba a una estatua de un joven fauno, Lucy abrazaba con fueza la escalera de mano de las estantería y Galea y Edmund se agarraban a la libreria. Todos desde distintos puntos, de pronto cayeron en la cuenta de algo. Desde esa altura, en el centro de la habitación se distinguía algo. Algo extraño y rojizo, que llamaba la atención por su brillo.

"¡Está ahí!" Exclamó Lucy alborazada. "Es parte de la daga". En el momento en que la muchacha pronunció la palabra "daga" el resplandor de se hizo más y más grande, hasta casi cegarlos.

"Pero, ¿cómo vamos a llegar hasta allí?" gritó Edmund hacia el otro lado, intentando que los demás le oyeran. Antes de que Edmund contestara, Lucy se soltó de la estantería y estirando los brazos y las piernas todo cuanto pudo, se dejó llevar por el viento hasta el centro de la habitación. Durante unos segundos, flotó en el centro de la estancia, sobre el resplandor, casi inmediatamente el viento se concentró alrededor de la joven. Un extraordinario tornado comenzó a formarse a su alrededor, mientras los demás lo miraban con ojos aterrorizados. Se soltaron de los lugares a los que antes se aferraban con fuerza y fueron directamente absorvidos por el remolino. Un caos de frío, viento, lluvia, extremidades y gritos les envolvió durante un rato, hasta que de pronto, tal y como había empezado, con la misma rapidez, todo se detuvo, y los cuatro se encontraron de pie, a su alrededor la misma habitación antes grisácea y desordenada, era rojiza, de tono rojo alegre y tranquilizador, y todo lo que antes había estado tirado y derramado por el suelo, estaba perfectamente ordenado en su lugar.

"Pero ¿y la daga?" preguntó Galea. El momento en que sonó la palabra Daga, Lucy notó como un peso muerto llenaba su bolsillo. Metió la mano y sacó de él una hermosa piedra, engastada en plata.

"Es el pomo (lo redondo que llevan las espadas detrás)" dijo Caspian sonriente. "Faltan la hoja y el engaste".

"Bien, pues volvamos a por ello". Atravesaron la puerta, y de nuevo el viento cálido y dulce les envolvió. Cerraron los ojos durante un instante, absorviendo ese aroma tan familiar, y cuando volvieron a abrirlos se encontraban en la cubierta del barco. Se miraron perplejos, hasta que se echaron a reír.

"Y ¿hacia donde deberíamos ir ahora?". Preguntó Lucy.

"Repasemos lo que dice la carta de Aslan".

Seguid las señales que os dará el viento, el fuego y el agua .

El fuego que los marineros tenían encendido en cubierta crepitó ligeramente, y de pronto, un elemental del fuego se apareció.

"Habéis invocado al fuego, viajeros, ¿qué es lo qué queréis saber?". La cara del elemental reflejaba seriedad y sabiduría, pero también amabilidad.

"Desearíamos saber dónde podemos encontrar el trozo de la Daga Maldita de Dorian, siguiendo al fuego, elemental". Contestó Caspian.

"Seguíd a vuestro guía, él os llevará dónde deseáis". El fuego tembló y la cara del elemental desapareció de nuevo.

"A nuestro guía, pues vaya aclaración". Murmuró Edmund algo disgustado. De pronto, un rugido en el cielo les hizo alzar la cabeza. Un dragón rojo y dorado volaba haciendo círculos sobre el barco.

"Ahí tienes a nuestro guía, Edmund" rió Galea divertida.

El animal agitó las alas y el navío zarpó inmediatamente siguiendo su estela rojiza, hacia el lugar del fuego.