CAPÍTULO LIX

Albert estaba completamente aturdido, veía todo pero no identificaba nada. Los sonidos le llegaban apagados y lejanos. Lo único que lograba sentir claramente, era como la sangre manaba a borbotones de su cuerpo y dolor, un dolor punzante e intenso. Había logrado salvar la vida por instinto, pero no podía siquiera ponerse en pie para proclamar su victoria.

El aroma de su propia sangre comenzaba a causarle nauseas. La adrenalina aún recorría su cuerpo y sus sentidos estaban todavía en guardia. La armadura no lo dejaba respirar bien, el escudo le pesaba demasiado y el yelmo le parecía ahora innecesario. Sin pensarlo dos veces, soltó el escudo y se quitó el yelmo, dejando al descubierto su identidad. No hubo uno solo de los que habían presenciado el combate que pudiera evitar una exclamación de sorpresa al identificar su rostro.

¡Es el Rey Andrew! – gritaban.

¡El Rey está herido! – pero él no escuchaba nada.

Como pudo se puso en pie y comenzó a caminar, trastrabillando, hasta donde estaba su, ahora inconsciente, oponente. Había reconocido su rostro en un segundo y estaba aterrado. Tenía que asegurarse de que estaba bien, de que no le había causado daño.

Sin embargo, antes de que lograra alcanzar su objetivo un par de manos fuertes lo detuvieron e intentaron alejarlo de ahí.

¡No! – chilló – debo verlo – suplicaba intentando soltarse, pero estaba demasiado agotado. Su herida era delicada. La estocada que el caballero negro había acertado atravesó completamente su cuerpo, entrando en su pecho, por debajo de la clavícula y saliendo en su espalda. Comenzaba a sentirse desmayar, pero necesitaba saber que no lo había matado – por favor, debo verlo…

Majestad, alguien más lo atenderá a él, ahora debemos sacarlo a usted de aquí. Está perdiendo mucha sangre.

¡He dicho que no! – exclamó con determinación, haciendo acopio de la poca energía que le quedaba.

Déjeme a mí – dijo de pronto una voz conocida – yo me encargo del Rey – Albert miró con detenimiento al hombre que se había acercado a él y con mucha dificultad lo reconoció.

Sir George – exclamó – ¿pero cómo?

Eso no importa ahora Majestad. Debe venir conmigo.

¿Lo maté? – preguntó asustado.

No muchacho, no lo hiciste – respondió el caballero paternalmente – pero le propinaste un golpe muy fuerte… mira – dijo señalando hacia donde algunos hombres se encargaban ya del caballero – el joven Leegan y el resto de la compañía del Príncipe se están haciendo cargo de él…

Gareth… – fue lo único que pudo decir Albert antes de desvanecerse en brazos de Sir George.

Candy había llegado corriendo hasta ellos en el momento justo en que Albert perdía la conciencia. Estaba muy asustada. Nunca lo había visto tan pálido, ni siquiera cuando cuidó de él en el refugio del bosque. Sir George la miró preocupado mientras levantaba en brazos al rubio. Ella entonces le indicó el camino que debía seguir hasta su cámara.

Una vez que hubieron llegado, el caballero posó a Albert con muchísimo cuidado en la cama y comenzó a quitarle la armadura.

Necesito agua y vendajes para limpiar la herida – ordenó. Candy salió corriendo de la habitación en busca de lo que le habían pedido, pero en el camino se encontró a Tanis que ya se dirigía con todo lo necesario para curar a Albert.

¿Dónde está Amir? - preguntóel druida, inquieto, Candy lo vio interrogante – el hombre que luchó contra el Príncipe Gareth, ¿dónde está?

Sígame – respondió ella y lo guió tan rápido como pudo.

Cuando llegaron Sir George había logrado ya parar la hemorragia. Entonces Tanis le pidió autorización para terminar de encargarse de él. Ambos hombres estuvieron trabajando hombro a hombro por largo tiempo. Candy los veía desde un rincón de la cámara, incapaz de moverse. Finalmente Sir George volteó hacía ella y con el rostro un poco menos tenso le dijo:

Todo ha pasado ya. Ahora sólo falta esperar a que él reaccione.

Vivirá, ¿verdad? – preguntó ella angustiada.

Sí – respondió el caballero, sonriente – él estará bien.

¡Gracias Diosa Madre! – dijo Candy de corazón – Tanis – dirigió su atención al druida – ¿cómo está Gareth?

Bien, Majestad. Estará inconsciente por un tiempo pero afortunadamente el golpe que le dio Amir… quiero decir – se corrigió – el Rey William, no le causó más que una fuerte contusión. Despertará con un gran dolor de cabeza, eso es seguro, pero se recuperará.

No debí dejarlos luchar – se recriminó la rubia.

Mi Lady, ninguno de los dos sabía contra quien pelearía…

Pero yo sí lo sabía – dijo Candy abatida.

Candy, usted conoce a Albert… él estaba decidido a luchar y no pensaba cambiar de opinión – dijo Sir George.

Lo sé pero…

Majestad, hay que agradecer a los dioses que nada malo sucedió. Ambos caballeros estarán bien pronto y seguramente se reirán de todo esto cuando puedan charlar entre ellos.

Candy pasó el resto del día y la noche entera al lado de Albert, tomando su mano con fuerza y constantemente pidiéndole que despertara, que regresara a ella y que no rompiera su promesa de no morir. Las horas le parecieron eternas. Sir George se quedó también y Tanis llegaba constantemente a verlos y a traerles noticias del Príncipe.

Dos días tuvieron que pasar para que Albert reaccionara y en cuanto lo hizo preguntó por Gareth.

Aquí estoy – dijo el joven con aprensión. Llevaba una cortada profunda en la barbilla y una gran variedad de cardenales en cuello y rostro – nos tenías muy preocupados.

Creí que te había matado – dijo Albert con rostro compungido.

Casi lo haces, pero no te va a ser tan fácil deshacerte de mí – sonrió – lamento haberte lastimado así Amir.

No sabías que era yo – repuso el rubio.

Tú tampoco.

No me habría perdonado jamás si te pasaba algo.

Lo sé… pero mírame – dijo Gareth girando frente a su amigo – estoy bien, y gracias a los dioses, tú te repondrás pronto.

Candy – dijo Albert – supongo que ahora sí tengo permiso para desposarte.

¡Tonto! – dijo ella – ya no sé si quiero casarme contigo – todos la vieron extrañados – no sé si voy a soportar cuidar de ti cada vez que decidas poner en riesgo tu vida… eso pasa muy a menudo – una sonora carcajada inundo la cámara.

Te amo – dijo él, con una gran sonrisa, atrayéndola a sí para besarla.

Ejem… Señores – dijo Sir George a los demás caballeros que habían en la habitación – creo que aquí sobramos.

Espere Sir George – pidió Albert – ¿cómo llegó aquí? Se suponía que estaba en Lakewood.

No pude estar tranquilo sin saber que pasaba contigo muchacho, así que dejé a otros encargados de las cosas y vine aquí. En el camino me encontré a Tanis y algunos de los caballeros del Príncipe Gareth. Veníamos dispuestos a frenar el combate… por fortuna llegamos a tiempo al menos para atenderlos.

¿Nunca dejarás de cuidarme verdad?

No mientras viva muchacho – respondió el caballero.

Los días pasaron rápido y ambos caballeros estaban ya casi restablecidos. Sir George se encargó de informar a Lady Elroy de lo sucedido y de comentarle que la Reina White y el Rey Andrew habían sido prometidos. La presentación de Candy estaba a la vuelta de la esquina y ese día se anunciaría su compromiso con Albert.

Durante el período que los separaba del evento, él pasó mucho tiempo con Gareth y sus caballeros.

No entiendo cómo llegaste aquí Gareth. Nunca me imaginé que el caballero negro fueras tú – el muchacho sonrió.

Estaba un poco cansado de la vida del bosque…

Eso no te lo puedo creer – dijo Albert con incredulidad.

La vida es demasiado tranquila ahí, necesitaba un poco de emoción, quería sentirme vivo. Quizá te suene estúpido Amir, pero quería tener el corazón roto. Quería sentir qué era la humillación, cómo se siente luchar por llegar a ser alguien… en pocas palabras… quería dejar de ser el hijo de mi madre por un tiempo.

¿De dónde sacaste esas ideas? – preguntó Candy, que no se separaba de ellos, Gareth sonrió.

En los últimos años dos caballeros llegaron al bosque buscando cobijo para sus problemas…

Yo fui uno de ellos ¿no es así? – dijo Albert con un gesto cómico – tu madre no me lo va a perdonar – Gareth esbozó una hermosa sonrisa.

Sí Amir. Cuando llegaste al bosque estabas destrozado, pero veía que habías vivido muchas cosas con las que yo no soñaba siquiera. Después llegó este otro caballero – dijo mirando a Neil – lo alojamos con nosotros, le enseñamos a luchar… y de nuevo me quedé con esa sensación de no haber vivido nada que me hiciera forjar un carácter como el tuyo ni como el de él, así que hablé con mi madre y ella me autorizó salir del bosque. El camino y los dioses me trajeron a este reino y pues el resto ya lo sabes.

Eres increíble – dijo Albert.

Gracias, supongo – rieron gustosos.

Neil – dijo Albert – ¿eres feliz en el bosque?

Mucho…

Es uno de los mejores caballeros que hemos tenido – intervino Gareth – Gilthas se encargó de enseñarle muchas cosas y él las ha aprendido bien.

Tuviste un buen maestro Neil… ahora entiendo porque derrotaste tan fácilmente a Terry.

No fue fácil – respondió Neil.

Si lo deseas, puedes unirte a mis caballeros. Me sentiré muy honrado de tenerte entre mis hombres.

Se lo agradezco mucho Majestad…

Albert, Neil… llámame Albert.

Albert, te lo agradezco mucho, pero aún no sé lo qué quiero hacer… le dije a mi madre que mi nombre perduraría en la historia, pero aún no lo he logrado…

¿No regresarás con nosotros al bosque? – preguntó Gareth

Aún no lo sé…

Te echaremos de menos si no lo haces.

Pensé que te quedarías en este reino Gareth – interrumpió Candy.

Ya viví lo que quería mi Lady, así que es tiempo de regresar con los míos.

Entonces quizás tenga una idea que nos pueda servir a todos – dijo Albert que de inmediato les contó lo que pensaba a sus escuchas.

Finalmente el día en que Candy sería presentada ante su pueblo y los reinos vecinos llegó. Mucha gente había arribado para presenciar el evento. Entre ellos Lady Elroy, el Rey Cornwell y su familia, la familia Grandchester y Lord Wessex. Nadie sabía que la Reina White era Candy, y sólo Lady Elroy sabía del compromiso de los Reyes, sin embargo esas no serían las únicas sorpresas que se llevarían.

Candy estaba muy nerviosa, pero Albert estaba a su lado, como siempre, apoyándola y asegurándole que todo estaría bien.

El momento llegó. Todos estaban en la capilla del reino, esperando ansiosos para conocer a la heredera de la Reina Blanca. El arzobispo se situaba a un lado y Tanis al otro. Candy sería coronada ante los ojos de los dioses antiguos y del dios cristiano. Los ministriles sonaron anunciando su arribo y todos se pusieron de pie, haciendo reverencias al paso de una radiante y hermosa rubia.

El rostro de aquellos que la conocían reflejaba su sorpresa. Lady Elroy no daba crédito a lo que sus ojos le mostraban, pero ahora comprendía por qué Albert había luchado por la mano de la Reina de esas tierra. Los hermanos Cornwell y Terry sonreían de corazón viendo que su amiga, la plebeya revoltosa, había descubierto su pasado y encontrado su futuro. Sir George, Gareth y Neil, estaban al frente, mostrando pleitesía a su Reina.

El arzobispo se encargó de ungirla y bendecirla en nombre de su dios y Tanis hizo lo mismo honrando a la gran diosa. Ambos pusieron la corona sobre la cabeza de Candy y ella juró proteger a su pueblo como lo había hecho su madre.

La coronación había sido todo un éxito, pero antes de que alguien se acercara a la nueva Reina a jurarle lealtad y apoyo, el arzobispo anunció que había una ceremonia más que oficiar. Los presentes se miraban, unos a otros, extrañados… ¿qué otra ceremonia podría oficiarse?

Entonces los ministriles sonaron de nuevo anunciando a un galante caballero, que lucía sus mejores galas y, portaba orgulloso, la corona de su reino. Candy volteó a verlo con la mejor de sus sonrisas y Albert le respondió con la misma pureza reflejada en los ojos. Cualquiera podría notar que esos dos se amaban con locura.

El Rey William Albert Andrew ha pedido en matrimonio a la Reina y estamos aquí para celebrar su unión – dijeron al unísono Tanis y el arzobispo.

Lady Elroy casi se desmaya de la impresión pero todos los demás prorrumpieron en ovaciones y vivas para los Reyes.

La ceremonia fue hermosa. Digna del amor que los novios se profesaban. Los rituales paganos se unían a los cristianos. Albert y Candy eran completamente felices. Ambos habían tenido vidas tormentosas… felicidades a medias… pero estaban juntos y eso era todo lo que importaba. Sus caminos los habían unido y separado en incontables ocasiones. Los habían llevado a ser lo que en ese momento eran y lo mejor de todo… les habían demostrado que eran uno solo, y que a partir de entonces no volvería a separarse jamás.

Con la realización de estos nudos están atados sus deseos, sus sueños y su amor… – dijo Tanis – mientras dure el amor.

¡Mientras dure el amor! – respondieron ambos.

Que lo que Dios ha unido jamás lo separe el hombre – completó el Arzobispo

Fue entonces cuando la vida pareció comenzar de verdad para ellos. Ella era finalmente suya, ante los dioses y los hombres, y él, él nunca había sido ni sería jamás de nadie más.

Sus amigos llegaron a ellos para felicitarlos y antes de pasar al salón para iniciar el banquete Albert y Candy anunciaron al pueblo que durante su ausencia Neil sería reconocido como senescal del reino. Así, finalmente los bardos podrían cantar sus historias.

Sir George le comentó a Albert que Tom y Elisa se encontraban bien, juntos. Y que el Rey Cornwell había expulsado de su corte a Lady Leegan sometiéndola al peor de los castigos que ella podía esperar, la deshonra. Si vivió o murió nadie podía decirlo, porque desde que salió de las tierras Cornwell nadie supo más de ella.

Candy y Albert nunca habían sido más felices. Se amaban y estaban juntos. Mientras bailaban ante su pueblo por primera vez como esposos Candy sacó la banda que Albert le había dado antes del combate.

Te la devuelvo ahora – le dijo sonriente.

Es tuya – respondió él – será siempre la promesa de que no te dejaré – besó su frente – pequeña, mientras la tengas sabrás que yo siempre regresaré a ti.

Los años pasaron, y los Reyes tuvieron una vida plena. Aún cuando ya era mucho el tiempo que habían pasado juntos, seguían viviendo como siempre. Ahora se encontraban en el bosque, a orillas del lago, tumbados sobre la hierba viendo las estrellas. Ya no eran jóvenes, pero nunca habían dejado de escaparse de sus responsabilidades para ser simplemente ellos, al cobijo de la naturaleza. Candy descansaba su cabeza sobre el hombro de Albert. Él acercó sus labios a los de ella y con la más profunda de las dulzuras dijo:

Candy, he sido siempre tu caballero y te amo, tú me has hecho lo que ahora soy… y soy todo tuyo – ella era feliz en sus brazos – pequeña, han sido tantas las formas en las que te he dicho lo mucho que te amo… pero sabes, creo que la mejor que he encontrado, en todo este tiempo, ha sido abrazarte. Me encantaría abrazarte de aquí en adelante – ella sonrió y se abrazó a él con fuerza – cuando te alejaste de mí, me sentí extraviado. Sin ti nunca fui nada. Estábamos destinados a estar juntos, desde el principio de los tiempos – la besó con dulzura – por muchos años te busqué y pensé que no te encontraría. Siempre supe que habías entrado a mi vida para completarme… lo único que le he pedido a los dioses, desde que te conocí, ha sido que me permitan despertar todas las mañanas a tu lado y darte los buenos días con un susurro a tu oído.

No hay nada que ame más que a ti – respondió ella – no creo que en algún lugar haya un amor como el nuestro. Te esperé por mucho tiempo y ahora míranos… Albert, estamos juntos, hemos estado juntos por muchos años y seguramente estaremos juntos, tomados de la mano, en la vida que sigue a la muerte – dijo Candy sonriente.

Pequeña, tú eres todo lo que he necesitado en esta vida. Te quiero siempre a mi lado… porque, amor mío – dijo haciéndola verlo directamente a los ojos – eres el amor de mi vida, eres mi dama, eres y siempre serás mi único y más profundo amor – entonces sus labios se unieron en un cálido beso. Un beso en el que repitieron todas y cada una de las promesas de amor eterno que se había hecho en vidas pasadas, en su vida actual y que seguramente, se harían en todas sus vidas futuras.

Y así termina esta historia. Una historia que todos los bardos, druidas y tejedores de sueños contarán por siempre. La historia del Rey William y su Reina. La leyenda del caballero y su dama. La historia de la princesa que nunca notó como los cabellos grises cubrían la atractiva cabeza del hombre que amaba. La historia del Príncipe que jamás vio las hebras de plata que surcaban la melena de la señora que era toda oro para él. La leyenda de Lady Candy y Sir Andrew. Los Reyes que tuvieron una vida intensa juntos. Para muchos con el ansiado final feliz, lleno de experiencias nuevas, alegrías y tristezas compartidas. Con pérdidas y victorias... pero siempre.., siempre, con el apoyo del otro. Para ellos, la vida que siempre estuvieron destinados a vivir… porque desde el momento en que finalmente se unieron, sus almas fueron una sola y jamás volvieron a separarse.

**FIN**

Y así termina el Sir… muchísimas gracias por seguir cada paso que dio nuestro caballero hasta hoy. Gracias por su emoción, por sus palabras y su cariño.

Sin ustedes, creo que esta historia nunca habría empezado, pero mírenos después de 59 capítulos y casi un año, finalmente pudimos decir "FIN"… agradezco especialmente a Pao y Esther por su apoyo, valen oro niñas… para ustedes este capítulo y para todas mis más sinceros agradecimientos.

Alethia.

P.D. la última canción del Sir fue "Lady" de Kenny Rogers… ahora sí ciao.