Llevaban un rato esperando, comiendo y riendo ante una mesa. Tanto Caspian como Edmund se encontraban recostados en dos enormes almohadones, descalzos y relajados, mientras esperaban que las ninfas les obsequiaran con uno de sus maravillosos bailes.

Lo que no sabían era que entre las bailarinas, iba a haber una invitada. Los tambores empezaron a sonar, las voces se afinaron y las jóvenes salieron al escenario. En el centro de ellas, con un hermoso y escueto vestido dorado se encontraba Lucy. Sus rizos sueltos caían sobre sus hombros, mientras se movía de una manera sensual y cadencial. Sus piernas largas y níveas se entreveían a través de la tela.

Caspian tenía la boca abierta y Edmund no podía apartar la mirada de sus caderas. De pronto, todas las bailarinas rodearon a los monarcas, y Lucy tiró de su hermano hasta levantarlo y llevarlo al centro de la habitación. Entonces bailó a su alrededor, sin dejar de fijar la mirada en sus pupilas castañas. Se acercó a su labios y después se alejó, haciendo que el joven rey moviera la cabeza para intentar atrapar sus labios casi sin quererlo. De pronto, Edmund notó como varias manos femeninas acariciaban su torso y antes de que pudiera dar se cuenta, su casaca y su cinto desaparecían, y las cintas de su camisa era desanudadas con rapidez; en ese momento reaccionó, deteniendo a la joven con suavidad pero firmeza.

El baile llegaba a su momento álgido, y las jovenes giraban en círculo alrededor de él, volviéndole loco, ya que cada vez que creía haber atrapado a Lucy, o bien era otra hermosa muchacha o bien esta se escurría con facilidad y gracilidad entre sus dedos. Le empujaron suavemente por la espalda y dio pasos, sin saber muy bien a donde se dirigía. Y sin más, unas puertas se cerraron.

Las bailarinas habían quedado fuera, y solo Lucy y Edmund se encontraban en una pequeña estancia, no más grande que un armario, con una cómoda cama, al menos a primera vista, que ocupaba casi toda la habitación y era del mismo color que el color del vestido de Lucy; que con mano firme sentó de un solo golpe a su hermano sobre la cama, y se sentó a horcajadas sobre él.

"Lucy... ¿y esto?" preguntó él algo confuso.

"No quiero fingir más Edmund, estoy harta de hacer como si no sintiera nada". Se inclinó y besó a su hermano en los labios. Primero un roce, como si solo se probara a sí misma que esos labios eran reales; y después, dejó todas las inseguridades a un lado y apretó su boca contra la de él, tomándole de la nuca y enredando sus dedos entre mechones de pelo negro. El alivio que sintió cuando Edmund la correspondió y abrió la boca para aumentar la profundidad del beso, fue indescriptible. Probó su sabor, a menta y a vino, y entrelazaron sus lenguas, como si estuvieran desafiando al otro para ver quién era más fuerte. Lucy abandonó su boca y se dirigió hacia su cuello, blanco y dulce, para lanzarse a mordisquearlo, besarlo y lamerlo con un ansia que dejó perplejo a Edmund, que al sentir el contacto de la boca de su hermana con su piel cerró los ojos y suspiró su nombre.

"Lucy" susurró.

"Mmm" contestó ella, demasiado emocionada con su nueva presa como para detenerse.

"Lucy, para". La joven le ignoró. "Lucy, por favor, esto no es está bien". Un mordisco de la joven hizo que el final de la frase sonara más como un gemido que como una coherente. "LUCY". Acabó gritando más bruscamente de lo que pretendía. Ella se sobresaltó y se alejó de la piel tan apetecible de su hermano.

"¿Qué ocurre Edmund?" dijo mirándole a los ojos. No pudo resistirse y se inclinó de nuevo hacia él, capturando su boca en un beso pasional, volvió a probar levemente el sabor de su hermano y se separó de él atrapando su labio de inferior entre los dientes. Él suspiró lentamente.

"Lucy, no podemos hacer esto".

"¿El qué?" susurró ella acercándose a su oreja y mordiendo el lóbulo consiguiendo que un gruñido placentero surgiera de la garganta de su acompañante y que cerrara los ojos. Pero de pronto, sin previo aviso, Edmund se levantó, alzándola en volandas con él, y dándose la vuelta, la sentó en la cama, a ella sola.

"Lucy, no" dijo mirándola a los ojos. Ella puso carita de perrito abandonado. "No" repitió Edmund como si hablara más con un niño pequeño que con su arrebatadora hermana. Lucy tiró de los cuellos de su camisa hasta dejarlo a un par de milímetros de su cara.

"¿No?" preguntó únicamente. Edmund hizo un esfuerzo sobrehumano de voluntad, y negó con la cabeza, rozando así la nariz de su hermana. "Está bien". Y para sorpresa del joven rey, se levantó y con la misma sensualidad que antes, abrió las puertas del armario. "Sé de alguien que quizá sí que quiera" dijo guiñandole un ojo y señalando a Caspián, entonces, Edmund se adelantó y de un solo golpe, cerró las puertas.