Ese mayordomo, sembrando dudas

La cena en la casa Phantomhive se sirvió con una magnificencia que no se había visto ahí en años.

Siendo el amo renuente a las visitas, los sirvientes no recordaban la última vez que Sebastian se había esmerado tanto en los preparativos. Era incluso más hermoso que en Navidad porque, aún cuando estaba el árbol y las luces, desde hacía tiempo que esa festividad era más bien sombría en una casa vacía y silenciosa.

—El señor Tanaka estaría feliz— dijo Finny mientras miraba con los ojos brillantes la torre de fruta escarchada que Sebastian había dejado en la cocina mientras arreglaba el comedor.

Los otros sirvientes le miraron de soslayo, tan solo asintiendo en silencio.

El viejo mayordomo había muerto hacía cuatro años luego de una enfermedad que duró semanas, poco después de la visita de despedida de Elizabeth Middleford. Los días en que estaba lúcido eran menos, a veces confundía al joven amo Ciel con el difunto conde Vincent Phantomhive, a veces buscaba incluso al padre de este, pidiendo disculpas por no poder cumplir con sus tareas, por no poder proteger a todos. Cuando estaba peor, deliraba con la habitación en llamas y Bard debía de sostenerlo para que no saliera corriendo.

Fueron días muy difíciles para todos, los que marcaron el declive definitivo de toda alegría en la casa.

Se turnaban para cuidarle, y aunque varios médicos le atendieron, ninguno les daba esperanzas, por lo que solo pudieron quedarse ahí, mirándolo sufrir, escuchando los horrores que marcaron su vida y los acercaron como nunca, al dolor de su joven amo.

Así lo decidieron, pondrían toda su voluntad en cuidar de sus acciones, que su torpeza no le causara disgustos al amo, no serían irritantes ni molestos. Decidieron que sus tareas domésticas no serían nunca más inútiles, de ese modo, también ayudarían a Sebastian, que cargaba con todo. Llegaron incluso a pensar que, por su culpa, había roto su compromiso con la enfermera.

Alguna vez Snake les había dicho que Sebastian llevaba mujeres a la casa, pero como ninguno tenía interés en escudriñar los asuntos personales del mayordomo, solo lo habían dejado pasar. Solo cuando los rumores se hicieron presentes fuera de la casa con la palabra "matrimonio" en ellos, el asunto se volvió serio. No lo creían, era extraño. La devoción de Sebastian a su amo era mayor que incluso la de ellos, sin embargo, una mañana, pocos días después del funeral del señor Tanaka, ella apareció frente a la casa.

Finny la vio primero, estaba rastrillando hojas en el jardín frontal cuando vio el vestido blanco sucio y la cabellera roja, pobremente arreglada. Le dio la impresión de ser una chica humilde, de esas que solían pasarse por las casas señoriales para pedir trabajo.

—Tengo que hablar con Sebastian— dijo en un susurro.

El jardinero dudó. Había algo extraño en ella, en la mirada perdida y los gestos neutros de su rostro pálido en el que apenas se marcaban algunas pecas.

—En este momento está ocupado, señorita— respondió, recordando que estaba en el despacho con el amo —, pero le diré que vino.

—¡No!— exclamó transformando su rostro en una máscara de furia—¡Tengo que verlo ahora! — chilló gritando con tal fuerza que Finny se encogió. Pero ya no pudo replicar nada más, completamente enloquecida había empezado a gritar, llamándolo y pidiéndole que saliera.

Bard salió de la cocina y Maylene le dio el encuentro poco después. Los tres se quedaron de pie en el camino de la entrada principal mientras que la mujer se sujetaba de la verja, sacudiéndola y gritando.

—Hay que hacerla callar— dijo Bard.

Sin embargo, antes de que pudieran hacer nada, Sebastian ya estaba en el pórtico, bajando las escalones para dirigirse hacia ella.

—¿Qué haces aquí? Te advertí que no podías venir.

—¡¿Cómo puedes hacerme esto?! ¡¿Cómo puedes abandonarme así nada más?!

—Por favor— replicó el mayordomo abriendo la puerta y sosteniéndola por el brazo para que no pasara —, esto es demasiado inapropiado y no toleraré algo así en esta casa.

Sin decirles nada, caminó hacia afuera llevando consigo a la mujer que ya no gritaba, pero sí continuaba con sus reclamos sobre el compromiso cancelado.

Así se enteraron de que era verdad.

Sebastian iba a casarse.

Con el tiempo surgieron los detalles, con los gritos y la escena montada, más de un transeúnte se enteró y pronto corrieron las noticias por todo el condado. Supieron que se trataba de una enfermera profesional, que su padre era un destacado médico español, que había abandonado su trabajo cuando Sebastian había cancelado el compromiso y, de alguna manera, eso la había vuelto loca.

Se sintieron avergonzados.

¿Cómo iba a pensar siquiera en casarse si ellos no eran capaces de hacer absolutamente nada bien?

—No debemos ser una carga— dijo Bard.

Desde entonces dejo de experimentar, de siquiera intentar hacer algo más que la comida para el resto de los sirvientes que nunca se quejaban porque fuera salado, pegajoso o quemado.

Maylene solo usaba las gafas en público y frente a su amo, pero el resto del tiempo las evitaba para no tropezarse con nada, cuidaba con la misma dedicación que sus rifles las vajillas de la casa, dedicando más tiempo al limpiarlas para que Sebastian no tuviera que hacerlo de nuevo.

Finny se esforzó más que todos, porque a veces, sin proponérselo siquiera, rompía las cosas con solo acercarse por accidente. Pero al cabo de un tiempo lo logró, ya era capaz de recortar el césped sin destrozar los árboles ni los arbustos, y jamás volvió a intentar un arreglo floral.

Snake empezó a tomar más tareas que solo las de mensajero, lo que ya tomaba bastante tiempo por el ímpetu del joven Conde para expandir sus negocios, llevaba y traía documentos, títulos e incluso dinero en efectivo. Hacía las compras, y le había encontrado cierto gusto al planchado, por lo que ayudaba a Maylene con la mantelería cada que le quedaba un rato libre, y a los demás con sus uniformes.

Hubo un momento en que todos se quedaron mirando la fruta escarchada. No la iban a tocar, no hasta que les dieran permiso que quedarse las sobras. Pero no era en eso en lo que estaban pensando, la nostalgia de un pasado cada vez más distante los había embriagado.

—Con lady Elizabeth de nuevo aquí, quizás…— susurró Maylene.

Y con eso vino otro problema. Uno al que cada quien le había dado mil vueltas en sus pensamientos, pero nadie lo decía en voz alta.

—Van a colgar a la perra— respondió Bard encendiendo un cigarrillo —, no debemos preocuparnos de eso.

—Además, no es más que una mentira— repuso Finny, como lo había sostenido desde que alguien dijera en voz alta que Sebastian había roto su compromiso con Letizia por lady Elizabeth.

—Está loca— agregó Maylene sacudiendo la cabeza —. Dos hombres la rechazaron a poco de casarse, es obvio que busca desquitarse con cualquiera.

Bard dio una calada, y se guardó para si sus comentarios.

Estaba seguro de que, la última noche que Elizabeth estuvo en la casa, en la que él tenía la guardia por aquello de los misteriosos ataques de ratas, había visto a Sebastian salir de su habitación por la madrugada. Sin embargo, no tenía caso insistirles, no necesitaban que la lealtad del equipo flaqueara, además, era obvio que el joven amo lo sabía, por eso tenía esa conducta recelosa con él.

Y si no planeaba tomar más medidas que el silencio para tratarlo, significaba que, de alguna manera estaba bien.

Ante eso ¿qué podía hacer un simple cocinero?

.

—Cámbiate el vestido, por favor— dijo la Marquesa con suavidad a su hija —. Ya sabes para qué es la cena.

Elizabeth la miró, sonrió de medio lado y dejó el salón en el que habían estado charlando. No recordaba haber tenido jamás una conversación así con ella. Tan íntima, tan real, que cualquier duda que hubiese sobre el espíritu cálido de su madre, estaba despejada.

No había conocido a los abuelos Phantomhive, y cualquier retrato se había perdido en el incendio de hacía años. Normalmente su madre no hablaba de ellos, más allá de que el tío Vincent se parecía al abuelo, pero tampoco hablaba de su hermano con regularidad, no más de lo estrictamente necesario, pero esa tarde se abrió a ella, le contó sobre su infancia en esa casa, los celos porque su padre nombrara a Vincent el nuevo perro de la reina, el día en que se marchó al casarse con el Marqués con la promesa de jamás abandonar a su hermano.

Caminaba despacio, con las palabras honestas aún presentes.

Ese matrimonio era parte de la promesa, de no abandonarse, de no dejarse solos, porque peor que la muerte, era el abandono.

"Es de eso de lo que queremos salvar a Ciel, hija mía, del abandono", había dicho su madre.

El abandono, el olvido, la soledad.

Se detuvo frente a su habitación, la que tenia asignada en sus visitas a la casa, la misma en la que había traicionado la promesa de proteger a Ciel.

Entró, miró a su alrededor, intentando reconstruir la realidad.

El vestido estaba ahí, no el de la fiesta de compromiso, uno nuevo, aunque su color marfil le pareció sumamente inadecuado, sus flores y lazos excesivos. Una belleza inapropiada para recibir su aún menos merecido anillo de compromiso.

Debía de cambiarse, pronto anunciarían la cena, apenas su padre llegara desde la casa Middleford tras seguramente rendirse en su intento de convencer a Edward de ir.

—¿Lady Elizabeth?— preguntó tímidamente Maylene al otro lado de la puerta tras dar un par de golpeteos.

—Pasa— respondió.

—Se… se supone que debo ayudarla— dijo tartamudeando un poco —, solo que no estoy segura de hacerlo bien. Nunca he ayudado a una dama.

Elizabeth sonrió.

—Descuida, entra.

La doncella entró cerrando la puerta a su espalda y empezó ayudándole a quitarse la ropa. Los vestidos que ella usaba eran más elaborados que sus uniformes, pero no resultó tan difícil una vez que le explicó cómo hacerlo.

La joven dama quedó semidesnuda, solo con la ropa interior.

—Permítame— dijo arrodillándose para ajustarle las ligas de las medias nuevas. Pero al hacerlo, notó enseguida los moretones en sus piernas, contrastando terriblemente con su blanca piel.

Elizabeth emitió una risita.

—Mi madre retomó mi entrenamiento esta mañana— dijo mostrándole los antebrazos, que estaban igualmente marcados por líneas púrpuras.

Maylene la miró, absorta. Lady Elizabeth era tan hermosa, amable y dedicada también ¿cómo no creer que cualquiera podría amarla? Tan solo con su presencia desataría los celos de una pobre sensibilidad como la de Letizia.

Ella estaba dedicada al joven amo tanto o más que ellos y esas marcas eran la prueba.

Le ajustó las ligas de las medias tratando de ser lo suficientemente cuidadosa como para no lastimarla más de lo que ya estaba, y siguiendo la misma lógica que al desvestirla, pero en sentido inverso, consiguió ponerle el vestido adecuadamente.

Cerró los botones con esmero, una vez que estuviesen casados, esa sería su tarea y quería empezar bien.

—Gracias, puedo maquillarme sola. Por cierto— dijo señalando sus brazos —, que sea nuestro secreto ¿está bien?

La doncella asintió y dejó la habitación.

Elizabeth se quedó sola, sacó su polvera para retocar el maquillaje que usaba para disimular el reguero de pálidas pecas, y se puso el lápiz labial, cuidando de delinear bien, como le había enseñado su madre. Luego se puso el perfume.

Solo le faltaba arreglarse el pelo, deshizo el peinado que llevaba y empezó a cepillarlo cuando escuchó que la puerta se abría.

—Por favor— el susurro de Sebastian la sobresaltó—, no tengo mucho tiempo.

Entreabrió los labios. Había imaginado muchas veces ese momento desde su llegada, pero en todos sus escenarios jamás había sabido qué hacer. Se puso de pie, él se quedó junto a la puerta, mirándola con una expresión que no supo descifrar que le encogió el estómago.

—Solo quería saber que estaba bien— le dijo apenas en un susurró y sonriendo —. Pensé que la había perdido para siempre, mi lady.

Elizabeth se estremeció cuando le vio acercarse, pero la mesa la detuvo.

—Espera, por favor— le dijo notando que se le había quebrado la voz—. Por favor, Sebastian, no deberíamos estar solos.

—¿Por qué?

Con la pregunta y el ademán de moverse, volvió a hacerse para atrás, pero solo hizo tambalear la mesa mientras que él llegaba hasta quedar frente a ella.

—Dije que no me arrepentía de nada, y lo sostengo. Aún ahora, con todo lo que pasa.

Elizabeth levantó las manos, dejando la punta de sus dedos sobre sus labios, no podía dejarlo hablar porque entonces su voluntad se quebraría. Le miró detenidamente, apenas había cambiado en todo ese tiempo, era la imagen fiel de sus recuerdos, de sus imaginaciones indecorosas. Tan bello, tan galante y terriblemente tentador.

—Te quiero—le dijo—. Te quiero tanto que me ha devorado el corazón saber que usé tus sentimientos para sanar mi despecho.

Sebastian cerró los ojos sin decir palabra, pero ese simple acto le rompió el corazón a la joven. Estaba tan avergonzada por haberlo comparado con un demonio, cuando era ella la bruja que le había dado entrada libre a su cama sin amarlo.

—Lo siento— continuó —, pero no podremos vernos a solas nunca más.

—¿Es definitivo?— preguntó con esa voz ronca que tenía grabada a fuego en la memoria.

—Sí, lo siento.

—¿Aún cuando a él no le importa?

La pregunta apartó de un solo golpe todos los sentimientos de calidez que, hasta el momento, le habían devuelto la cordura a Elizabeth, la sensatez para remediar lo que era posible y continuar adelante, sosteniendo el alma apesadumbrada de Ciel por el resto de su vida.

"Yo tengo mis secretos, cosas que jamás compartiré contigo, tú tienes derecho a los tuyos".

¿Qué había querido decir Ciel con eso? ¿Qué no le importaba?

Bajó las manos. Ciel la había perdonado y le pedía que se convirtiera en su esposa, sin condiciones ni reclamos, ni siquiera el reproche o la súplica de olvidarlo.

"Tienes derecho a los tuyos".

¿Derecho a sus secretos?

Sacudió la cabeza alejando esa inquietud.

—Conceda entonces, mi lady, un último deseo a este iluso sirviente, que no he de quejarme porque ya he recibido más de lo que merezco.

—Sebastian…

—Selle mis labios con un beso, el último, el que me quedará de recuerdo hasta que el infierno me reclame en su noveno círculo, por traicionar a mi benefactor, que será mi consuelo y perdición.

Elizabeth le miró fijamente a los ojos y levantó el rostro lo suficiente como para hacer lo que le pedía, se lo debía, por haber tomado algo que no le correspondía. Su corazón debía de estar con alguien más, alguien que fuera solo para él en cuerpo y alma.

Sus labios se tocaron, un primer contacto tibio y suave, tan sutil como la brisa de verano al abrir la ventana, y con la misma intensidad del sol al acercarse a su cenit, se volvió abrazador, tan ardiente que apenas podía respirar.

Acabó con un suspiro y la botella del perfume rota en el piso, con la sensación de que solo había empeorado todo al recibir un beso en el cuello.

—Adiós, mi lady— respondió cerca de su oído haciéndole temblar —, vaya sin culpa ni dolor que no hay pecado tan grande que pueda mancillar su belleza.

Volvió a besarla, en la comisura de los labios. Luego se marchó.

Solo se marchó.


Comentarios y aclaraciones:

¿Alguien quería a Sebastian de vuelta al ataque?

Olvidé comentarles en el capítulo pasado, hice un corto de Frances, Tanaka y Sebastian, es una escena eliminada del capítulo anterior que, tras revisarlo, ya no encajaba en la línea de la trama (como notarán aquí Tanaka ya falleció), así que lo edité un poco para volverlo one shot.

Se llama "La hora del té", espero le puedan dar una visita.

¡Gracias por leer!