Lamento el retraso. Mis musas se han tomado un período sabático porque sospecho que no querían que el fic se acabara, pero me he puesto seria y aquí está el capítulo final. Espero que lo disfrutéis y si puede ser, que esté a la altura de vuestras expectativas.

Gracias por vivir esto conmigo :)

Nota: Este capítulo y la historia entera van dedicadas encarecidamente a Nott Mordred por ayudarme durante todo el proceso de gestación de este fic. Por darme aliento y seguridad para seguir adelante y aguantar todo el coñazo que le he dado pidiéndole que revisara cada parte. Mil gracias, sabes que te te adoro.


Capítulo 6

"Say it for me, say it to me
and I'll leave this life behind me.
Say it if it's worth saving me"

A lo largo de las dos guerras, los Malfoy habían tenido que tomar decisiones. La primera vez que el Señor Oscuro cayó, Lucius declaró que había obrado bajo la maldición Imperius. No pudieron demostrar lo contrario, así que se libró de la cárcel ocultando ciertos objetos controvertidos y manteniendo en secreto sus lealtades.

Cuando Lord Voldemort regresó, cuando convocó a todos sus servidores la noche de la final del Torneo de los tres magos, Lucius acudió en el acto. Y le sirvió fielmente durante un año hasta que debido al incidente en el Ministerio acabó en Azkaban.

El Señor Tenebroso le sacó de la cárcel tras la muerte de Dumbledore y ocupó Malfoy Manor, tal vez como castigo a su ineptitud. Pero cuando la batalla final se libró, Lucius no participó en ella. Decidió que lo más importante era buscar a su hijo, o tal vez Narcissa, con su traición al Lord Oscuro, decidió por él.

Draco siempre había tenido a su padre en un pedestal, había sido su modelo a seguir todos esos años. Había repetido como un loro frases que había pronunciado Lucius, asumiéndolas como verdades absolutas, sin ponerlas nunca en duda. Todo cuanto había hecho había sido con la intención de que se sintiera orgulloso de él: desde insultar a todo sangre sucia y traidor a la sangre que conoció hasta aceptar la misión que le encomendó Voldemort deseoso de saldar la cuenta pendiente de su padre.

Pero durante la guerra, eso cambió. Lucius era ninguneado en su propia casa. Voldemort le quitó la varita y los otros mortífagos, especialmente Bellatrix, se burlaban de él. Su padre se afanaba en mantener las apariencias inútilmente, lo que provocaba las risas de sus compañeros. Y cuando la presión era demasiada, se escurría hasta la biblioteca y se servía una copa de whisky de fuego que rellenaba una y otra vez hasta que las manos dejaban de temblarle.

Fue Narcissa quien mantuvo a todos en pie. Los mortífagos, que tan poco respeto sentían por Lucius, se mordían la lengua ante ella. Bastaba una acerada mirada gris para silenciar una risa y jamás se doblegó ante Bellatrix, recordándole quién era la dueña de la casa. Siempre estaba junto a su esposo en las reuniones, palmeándole la rodilla por debajo de la mesa para instarle a mantenerse impasible. Y tomaba la mano de Draco y la apretaba fuerte, cuando se sentía especialmente horrorizado ante los planes del Señor Oscuro, insuflándole calma y autocontrol.

También ella tuvo que tomar una decisión. La decisión que salvó a su familia y permitió a Harry Potter ganar la guerra. Cuando Lord Voldemort usó con él la maldición mortal, cuando Narcissa tuvo que verificar su muerte y comprendió que aún vivía, tuvo que hacer una elección: decir la verdad, manteniéndose fiel a un Señor que les hacía vivir en el fango, o mentirle, traicionarle encubriendo a Potter y confiando en que acabara con el mago tenebroso.

Narcissa tomó la elección difícil. Dio la espalda a sus antiguas creencias, a sus antiguas amistades, al miedo, y lo arriesgó todo por amor a su hijo confiando en que un chico enclenque y sin ningún talento mágico extraordinario, pudiera vencer al mago oscuro más grande de todos los tiempos.

¿A quién quería parecerse más él? ¿A su padre o a su madre?


Hermione entró tan aprisa al pasillo de Encantamientos Mágicos que casi iba dando saltitos. Guardó su libro de Encantamientos en la mochila para tener las manos libres a la hora de buscar "La enciclopedia Warnock: Encantamientos de la A a la Z", que necesitaba consultar para hacer la tarea que les había puesto Flitwick.

Quería encontrarla y marcharse cuanto antes de allí, porque Malfoy estaba en la biblioteca. No creía que fuera a acercarse a ella: desde lo sucedido en Hogsmeade los dos se evitaban, pero aún así se sentía intranquila teniéndolo tan cerca sin la protección que suponía estar con alguno de sus amigos.

Al mismo tiempo se sentía ligeramente irritada. La biblioteca había sido su feudo y ahora apenas se atrevía a entrar en ella porque se había convertido en territorio de Malfoy. La echaba de menos y estudiar en la Sala Común de Gryffindor era un auténtico suplicio. Si la Sala de los Menesteres no hubiera quedado destruida por el fuego mágico que invocó Crabbe, Hermione se habría escondido allí, pero ya no tenía esa opción.

Quizás podría buscarse algún aula tranquila o estudiar en la orilla del lago o en los jardines, cuando comenzara el buen tiempo. La primavera estaba próxima y los EXTASIS cada vez más cerca.

—Aquí estás —murmuró para sí, reconociendo el grueso lomo de la Enciclopedia de Encantamientos en la tercera balda. El libro era extraordinariamente grueso y estaba tan encajado entre otros tomos que a Hermione le costó bastante esfuerzo sacarlo. Pesaba un montón y echándole un vistazo, descubrió que algunas páginas estaban rotas o directamente arrancadas.

Frunció el ceño, maldiciendo interiormente a los estudiantes descuidados que maltrataban libros de valor incalculable.

—Granger.

La voz la pilló tan de improvisto que Hermione dio un respingo y el libro se le cayó de las manos, entreabierto y con las tapas hacia arriba. No lo recogió, porque se quedó paralizada al vislumbrar la silueta de Malfoy al principio del pasillo, acercándose a ella. Tenía una expresión indescifrable en el rostro de rasgos angulosos. A pesar de haberla llamado, sus labios estaban apretados en una línea, como si no tuviera pensado decir nada más. Eran sus ojos lo que más inquietaba a Hermione: había un brillo de determinación en su tono gris, por lo general tan frío.

Sintió un extraño desanimo atenazándole el cuerpo. ¿Venía a despedirse definitivamente? Fuese cual fuese su intención, Malfoy no parecía tener prisa por hablar. Se había detenido a unos pasos de ella y se limitaba a mirarla, como si ella debiera leerle la mente y ahorrarle el esfuerzo de expresar sus intenciones verbalmente.

Hermione no tenía ese poder y aunque hubiera tenido la posibilidad de sumergirse en la mente de Malfoy como en un recuerdo flotando en un pensadero, no se habría atrevido. Temía lo que encontraría allí.

—¿Qué quieres? —murmuró, pasados unos largos segundos.

Malfoy pareció salir de un trance al escuchar su voz. Se acercó un poco y Hermione no pudo evitar dar un paso atrás. Él no pareció molestarse. Se detuvo junto a la enciclopedia caída y la recogió con gesto elegante.

Después se la tendió a Hermione y ella, tras observarle con desconfianza durante unos instantes, la cogió rápidamente con cuidado de no tocar sus dedos.

Supo que él lo había notado por la manera en que la miró, intensamente, quizás con un toque de orgullo herido. La línea de sus mandíbulas se endureció un instante pero luego soltó aire, como si se hubiera recordado a sí mismo por qué estaba ahí.

—Tenemos que hablar —dijo, con tono perentorio. Hermione temió que sus sospechas se confirmaran: que fuera a decirle que no era necesario que escapara de él. Que el beso en Hogsmeade había sido un error y debían olvidarlo. También todo lo que lo había precedido. Que volverían a ser extraños, como siempre.

No quería tener esa conversación. Ni en ese momento ni nunca. Así que buscó un pretexto para evitarle.

—¿Sabe Greengrass que me has seguido? —preguntó.

Malfoy abrió los ojos un instante, como si aquello le hubiera pillado por sorpresa. Después los entrecerró, hasta que sólo quedó un destello gris de suspicacia entre sus oscuras pestañas.

—¿Acaso estás celosa? —disparó.

—Por supuesto que no —se apresuró a contestar, ofendida.

No estaba celosa. Al menos no como él creía. No pensaba que Greengrass estuviera interesada en Malfoy de esa manera, la manera en que… bueno, en que ella estaba interesada en él.

Lo que sentía respecto a la Slytherin era distinto. Para Hermione representaba el punto de inflexión: desde que había aparecido, Malfoy y ella se habían distanciado cada vez más.

—Ya —murmuró él. Había un timbre irónico en su voz y un rictus en sus labios, como de sonrisa contenida, delatando que no la creía.

Hermione se habría cruzado de brazos, pero estaba sosteniendo la pesada enciclopedia. Con un suspiro, la depositó en la balda que tenía al lado y se enfrentó a Malfoy.

Si aquella conversación era inevitable, mejor que terminaran cuanto antes.

—¿No querías hablar? —preguntó —Te escucho.

Malfoy ya no parecía divertirse tanto. Adoptó una expresión seria y tomó una larga bocanada de aire, como preparándose para lo que iba a decir.

Hermione estuvo a punto de cerrar los ojos para protegerse del golpe. No lo hizo, recordándose que era una Gryffindor, pero sí apartó la mirada.

—Quiero que seamos amigos —soltó él, como si se hubiera aprendido la frase de memoria. No arrastró las palabras ni uso su tono lacónico habitual, como si ninguna conversación fue lo suficientemente interesante para él. Sonó sincero y casi inesperado.

Cuando Hermione se atrevió a alzar la vista, asombrada, él estaba buscando su mirada con cierta ansiedad, como si quisiese escudriñar todos sus pensamientos.

—¿Amigos? —murmuró ella con incredulidad.

Nunca pensó que él querría seguir siendo su amigo ahora que había recuperado gran parte de su popularidad y tenía amistades adecuadas a su posición. Sintió el corazón latiéndole con viveza de pura expectación pero en su cabeza había dudas y cierto temor. ¿Serían capaces de ser amigos después de todo lo que había pasado?

—Sí —insistió él y dio un paso adelante hasta que estuvo realmente cerca de Hermione.

—No nos aguantaríamos ni cinco minutos —objetó ella, y dio un paso atrás.

—Estoy dispuesto a correr el riesgo —Otro paso hacia delante.

—Tus nuevas amistades se molestarían —Un paso atrás.

Como respuesta, Malfoy se encogió de hombros con indiferencia al tiempo que acortaba las distancias de nuevo. Hermione retrocedió todo lo que pudo hasta que notó algo sólido contra su talón. Había llegado al fondo del pasillo de Encantamientos donde la pared de piedra le imposibilitaba cualquier retirada.

Malfoy siguió avanzando hasta ella y se detuvo tan cerca que Hermione sentía que absorbía todo el oxígeno a su alrededor.

—Soy hija de muggles —le recordó, en un último esfuerzo. No tenía más argumentos que darle pero sabía que ese suponía el peor obstáculo.

Malfoy guardó silencio. Hermione pensó que no podría deshacerse con tanta facilidad de ese impedimento. Por un instante temió que reconociera que ella tenía razón y que olvidara su propuesta. Pero entonces él le rodeó la muñeca izquierda.

Ella separó los labios, sobresaltada.

—Me da igual —aseguró Malfoy, vocalizando con claridad cada una de las palabras. Hermione no fue capaz de decir nada mientras él le subía la manga de la túnica descubriendo su cicatriz.

La miró a los ojos, como si quisiera convencerla de su sinceridad, y después deslizó un dedo sobre las palabras "sangre sucia" suavemente, como si temiera hacerle daño.

Hermione sintió un cosquilleo placentero en la piel que derritió su mente. No era capaz de encontrar razones por las que resistirse a lo evidente.

—Malfoy… —susurró, sin aliento.

—Draco, llámame Draco —la corrigió él en voz baja y ronca, sin soltarla. Sus dedos seguían ciñéndose a su muñeca delicadamente.

—Está bien, Draco —Hermione tomó aire y añadió —Vale, seamos amigos.

Los labios de Draco se plegaron en una breve sonrisa. Hermione pensó que, conseguido su propósito, la soltaría y se apartaría, pero no lo hizo. Se inclinó sobre ella hasta que estuvo tan cerca que notó su respiración chocándole contra los labios.

Entonces sintió su mano en la mejilla, exactamente igual a cómo había hecho en Hogsmeade: rodeándole la muñeca con una (como para asegurarse de que no iba a escapar) y acariciándole el rostro con otra (como anunciando la llegada de su boca).

Pero esta vez, ella no se quedó paralizada de pura sorpresa. Dejó que se acercara, sí, y que le atrapara los labios con los suyos, despacio, como quien tiende la mano para sellar un pacto. Y entonces Hermione apretó su mano con firmeza, a través del beso, firmando el acuerdo.

Al cabo de unos segundos se separaron y se miraron, como quienes cometen una locura y después se paran, jubilosos, incapaces de creer que se hayan atrevido a hacerlo.

—Dijiste amigos —puntualizó Hermione, fingiéndose airada.

En respuesta, Draco puso una mueca burlona y satisfecha.

Grandes amigos —matizó.


Daphne no le mintió: su decisión tuvo consecuencias. Cuando tu apellido es Malfoy, no puedes limpiarlo y luego desenvolverte de él. Te convierte en su esclavo y si no lo cuidas, en lugar de ser una llave, se torna un candado.

Así, cuando sus compañeros de casa fueron conscientes de su elección, las puertas que se le habían abierto en las últimas semanas, se cerraron en sus narices con un sonido que reverberó por todo Hogwarts. Los tibios gestos de aceptación se convirtieron en miradas despectivas y murmullos ofendidos, y las falsas amistades desaparecieron, sustituidas por el vacío social.

Draco sabía lo que sacrificaba cuando antepuso su corazón a su apellido, así que no miró atrás. Con cada nuevo insulto, con cada expresión de desdén, comprendió que no necesitaba la aprobación de personas que despreciaba.

Se dio cuenta del modo en que la guerra lo había convertido en un superviviente. Si había sobrevivido a Lord Voldemort, podría aguantar el rechazo de un grupo de Slytherins desdeñosos.

Sobre todo porque esta vez, no estaba solo. Hermione estaba con él, como había estado desde el día en que se ofreció para ser su pareja en el trabajo que les encargó Sylvanus. Como estuvo en la enfermería, después de que Macnab le lesionara, o en Navidades cuando le besó en el Callejón Diagon sin importarle que Potter mirara.

Volvieron las largas tardes en la biblioteca, en aquella mesa apartada donde habían pasado tantos ratos. Y con el buen tiempo, llegaron las horas a la sombra de algún roble, fingiendo estudiar, robándose besos, hablando del futuro.

Pero no estaba solamente ella, también Daphne Greengrass. Cuando la dejó aquella tarde para irse a buscar a Hermione, pensó que esas serían las últimas palabras que cruzarían. Daphne le había advertido que ya no podría ayudarle si elegía a una hija de muggles, dando entender que si se iba, el pacto entre sus familias se escindiría.

Sin embargo, al día siguiente, en clase de Historia de la Magia, Daphne entró en el aula y le buscó con la mirada. Le observó fijamente durante unos instantes, con esos ojos oscuros que nunca revelaban en lo que estaba pensando. Después dio un suspiro y se sentó en el pupitre que había junto al de Draco, como había hecho las últimas semanas.

Él la miró sin comprender.

—Has demostrado agallas —respondió ella, encogiéndose de hombros —No significa que apruebe lo que haces pero me caes bien.

Nunca más volvieron a tocar el tema. Daphne siguió sentándose a su lado en todas las clases hasta final de curso. Y cuando coincidía con Draco en el Gran Comedor, tomaba asiento a su lado y se dirigía a él con normalidad, como si no fuera la persona más impopular de toda su casa.

Sus amigos no se mostraron tan comprensivos y por su amistad con él Daphne se ganó muchas miradas airadas, pero nunca pareció importarle.

Macnab en cambio, no perdió la oportunidad de insultarle, llamarle amante de impuros o amenazar con echarle del equipo aunque nunca llegó a hacerlo porque sabía que Draco era su mejor jugador. Gran parte de Slytherin siguió su política, regresando a los cuchicheos y los malos gestos de los primeros meses.

Pero hubo gente que no les siguió. Hubo Slytherins que comenzaron a observar a Draco con curiosidad, como si le vieran por primera vez. Algunos incluso le saludaban cuando entraba en la Sala Común y no se apartaban como si tuviese fiebre de dragón cuando se sentaba a la mesa.

Se dio cuenta de que no eran los únicos. La gente de las restantes casas empezó a observarle de manera diferente. La gran mayoría extrañados o sorprendidos, pero ya no hostiles.

Draco comprendió que él y Hermione habían cruzado una línea que nadie se había atrevido a superar todavía. Un exmortífago y una hija de muggles juntos, tan sólo unos meses después de la guerra.

Draco se había desmarcado de la facción de Slytherin a la que todos le asociaban, de los puristas, de quienes se aferraban a una jerarquía social decadente y vivían en el pasado. Y si Hermione Granger, heroína de la guerra y amiga del gran Harry Potter, le había perdonado, quizás deberían replantearse su opinión sobre él.

Por supuesto hubo quienes siguieron considerándolo un traidor, desde ambos bandos. Seamus Finnigan se cuidó de dejarle claro lo que pensaba de él cada vez que tuvo ocasión. Pero otros Gryffindor se mostraron más dispuestos a tolerarle.

La chica Weasley y Longbottom se le acercaron un día, cuando él estaba esperando a que Hermione saliera del Invernadero 6. La pelirroja lucía una expresión mortalmente seria en contraste con el gesto sereno del chico. Draco estaba convencido de que iban a sermonearle o amenazarle haciendo de Potter y Weasel postizos, así que cuadró los hombros y se preparó para el enfrentamiento.

Ginny Weasley se detuvo a unos pasos de él, fulminándole con una mirada dura.

—Nunca creí que te atreverías —dijo con tono cortante.

Draco estaba meditando sobre qué responder a eso cuando vio la mano blanca y estilizada de la pelirroja, tendida hacia él. La misma mano que lanzaba quaffles con suficiente potencia para derribar a un guardián de su escoba.

La observó con desconfianza durante unos instantes, pero entonces vio como una sonrisa burlona se dibujaba involuntariamente en el fingido gesto seco de la joven. Draco alzó una ceja con arrogancia y sin embargo le estrechó mano sellando un pacto silencioso.

Sabía que mientras tratara bien a Hermione, ni ella ni Longbottom le molestarían.

—Pero no esperes que mi hermano y Harry se lo tomen igual de bien que nosotros —apuntilló la pelirroja, ampliando su sonrisa con un toque malicioso.

—Si alguna vez vas a Sortilegios Weasley, yo que tú no cogería nada que Ron te ofrezca —aconsejó Neville con elocuencia. Ginny se echó a reír y se alejó con su amigo, dejando a Draco clavado en su sitio.

Hermione salió en ese momento del invernadero, charlando con Ernie McMillan. Al ver a Draco, se despidió del Hufflepuff y se aproximó con una sonrisa.

—¿Sucede algo? —le preguntó al ver su rostro.

—¿Potter y Weasley ya lo saben?

Hermione rehuyó su mirada un instante y se estiró las mangas de la túnica para ganar tiempo.

—Sí, les escribí una carta.

—¿Y no te han mandado un howler? —se burló él.

—Creo que Harry logró disuadir a Ron. Están sorprendidos pero lo superarán —aseguró Hermione y le miró con cierta inquietud.

—Por si acaso, evitaré Sortilegios Weasley durante los próximos años —concluyó Draco pasándole un brazo por los hombros —No me apetece repetir el numerito de nuestros padres en Flourish & Blotts.

Hermione rompió a reír.


Los EXTASIS llegaron con sorprendente rapidez, como si alguien hubiera acelerado un giratiempo durante el último trimestre. Hermione se pasó la semana de los exámenes envuelta en una nube de histeria permanente, incapaz de dormir o dar un bocado. Tenía la sensación de que no había estudiado lo suficiente y le molestaba ver a sus compañeros tan (aparentemente) tranquilos, como si no estuvieran jugándose su futuro. Especialmente a Draco, él permanecía impertérrito mientras ella se desesperaba entre montañas de apuntes.

—¿Es que no te importa aprobar o suspender? —le cuestionaba ella, con esa voz chillona que no podía evitar usar cuando estaba particularmente nerviosa.

—Vamos a aprobar —sentenciaba él, atrapando las manos temblorosas con las que Hermione gesticulaba en el aire entre las suyas —Y tú vas a sacar todo Excelentes. Eres Hermione Granger.

—No he estudiado lo suficiente, ¡ni tú tampoco, Draco Malfoy!

Lo sabía bien, porque él era el principal responsable de que hubiera perdido tanto el tiempo los últimos meses. A pesar de que Draco se quejaba de que siempre estaban estudiando, Hermione se había saltado su estricto horario en muchas ocasiones para estar con él.

—Hermione —murmuraba Draco en tono bajo.

—Qué.

Entonces la besaba, hasta que cada musculo del cuerpo de Hermione se relajaba y quedaba laxo y destensado. Incluso su voz recuperaba su timbre habitual por un tiempo –un breve período de tiempo–. Ella le regañaba, por supuesto, diciéndole que se centrara y que no podían perder ni un segundo de estudio, pero nunca se resistía.

Y de alguna manera, gracias a sus frases tranquilizadoras y su terapia de choque, Hermione logró sobrevivir a sus EXTASIS. Ni Draco ni Ginny le permitieron repasar sus apuntes después de cada examen, pero Hermione salió relativamente satisfecha de la mayoría de ellos. Se había presentado a todos los EXTASIS, incluso aquellos que no necesitaba para entrar en el Ministerio. Porque sí, a lo largo del curso, había decidido que no sería aurora, ni medimaga, ni historiadora mágica. Quería trabajar en el Ministerio y ayudar en todos los cambios que allí se estaban produciendo.

Algunos de los privilegios que los sangre pura habían mantenido durante tantos siglos se estaban esfumando bajo el mandato de Kingsley pero aún quedaba mucho trabajo por hacer, y Hermione tampoco se había olvidado de los elfos domésticos. El Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas le parecía un buen lugar por el que empezar, y si lograba unas notas lo suficientemente altas, podría acceder a una de las plazas de becaria que se ofertaban.

Y así, algo para lo que había estado preparándose tanto tiempo pasó de largo dejándole una sensación mezcla de vacío y alivio, y el curso terminó como había empezado.

Para Hermione fue muy triste despedirse de Hogwarts después de tantos años. Incluso cuando renunció a su último año por acompañar a Harry en su misión, en el fondo siempre conservó la esperanza de volver a su amado colegio. Y lo había hecho, había regresado para encontrarse con recuerdos agridulces y pasillos reconstruidos, para reencontrarse con Draco Malfoy.

Lo que para ella era una tristeza, para él era un alivio. No lo había expresado con esas palabras, pero Hermione sabía que Draco no iba a echar de menos el colegio. Había pasado más momentos malos que buenos en los últimos tres años y no se llevaba grandes amigos de allí, como hacía ella.

La última noche en Hogwarts, cuando le preguntó si no había nada que fuera a echar de menos, él no necesitó meditar la respuesta.

—Lo único que me interesa de Hogwarts lo conservaré cuando esté fuera —aseguró con frialdad. Hermione sabía que se refería a ella de la misma manera que sabía que a pesar de su aparente indiferencia, terminar el curso le preocupaba.

Nunca habían hablado de ello pero era algo en lo que los dos pensaban, especialmente en su trayecto de vuelta a Londres en el Expresso. Ginny, Neville y Luna, que habían empezado el viaje con ellos, habían desaparecido para ir a despedirse de otros de sus compañeros. Les dejaron a solas con sus pensamientos. Los dos pasaron un buen en tiempo en silencio, Hermione apoyada en el pecho de Draco, él rodeándola con un brazo, las miradas fijas en el paisaje en movimiento que se vislumbraba a través de la ventanilla.

Cuando la campiña comenzó a desaparecer, dando paso a zonas más urbanas y menos aisladas, Hermione se atrevió a formular la pregunta a la que llevaba dándole vueltas todo el viaje.

—¿Qué va a pasar ahora, Draco?

Sabía que él entendía perfectamente a lo que se refería.

—No va a pasar nada —aseguró, categóricamente.

No volvieron a hablar del tema el resto del viaje y las constantes visitas e interrupciones en su compartimento tampoco lo permitieron. La última media hora hasta llegar a Hogwarts se convirtió en un barullo de gente excitada que iba de compartimento en compartimento despidiéndose y felicitándose. Draco se fue a buscar a Daphne y un montón de gente vino a saludar a Hermione. No volvieron a verse hasta que el Expresso comenzó a aminorar el ritmo, certificando la llegada a la estación de King Cross. Entonces los dos se reunieron en el compartimento y alistaron sus baúles y bolsas de viaje, pero decidieron esperar a que los atestados pasillos del Expresso se vaciaran un poco antes de bajar.

Cuando estuvieron transitables, se dirigieron a las puertas y se bajaron del tren. La estación estaba abarrotada de familiares y amigos aguardando a los estudiantes de Hogwarts. Hermione distinguió a los Malfoy en un rincón apartado, igual que en Navidades. Parecían disgustados y le dio la impresión de que miraban a su alrededor ansiosamente, pero no podía estar segura porque nunca les había visto felices y relajados.

Miró a Draco y se dio cuenta de que él ya los había localizado, porque apretó la mano de Hermione con fuerza.

—Te escribiré pronto —le aseguró él. Hermione le devolvió al apretón un instante y entonces Draco la soltó y se dirigió con la cabeza alta hacia sus padres.

Le hubiera gustado poder espiar la reacción de los Malfoy, pero en ese momento Susan Bones y Hannah Abbot se acercaron para desearle un feliz verano y cuando Hermione quiso darse cuenta, habían desaparecido junto con su hijo.

Con un suspiro de preocupación, Hermione fue a reencontrarse con Harry y Ron.


En esa ocasión, la conversación no tuvo lugar en la pequeña e informal salita donde su madre solía tomar el té. Al entrar en Malfoy Manor, sus padres se dirigieron al salón de dibujo donde Bellatrix había torturado a Hermione.

Ese detalle, unido al hecho de que no habían pronunciado palabra desde que Draco se acercó a ellos en la estación, le dejó claro que sabían el tipo de relación que mantenía con Hermione Granger. Era cuestión de tiempo. Él no había considerado necesario informarles y tampoco creía que ningún alumno de Hogwarts fuera a molestarse en contarle a sus relativos padres la noticia, así que existía la posibilidad de que aún no estuvieran al tanto. Sin embargo, era obvio que de alguna manera había llegado a los oídos de Lucius y Narcissa.

De cualquier modo, ahora que la escuela había terminado, su relación con Hermione no era nada que pudiera o pensara ocultar, así que Draco decidió afrontarlo directamente.

—¿Hay algo que quieras contarnos, Draco? —preguntó su madre con tono inexpresivo. Lucius se había sentado en el sofá tapizado de terciopelo verde, si soltar su bastón con cabeza de plata. Narcissa estaba de pie, detrás de él, con las manos cerradas sobre del respaldo del sofá. Su rostro no expresaba nada para ojos inexpertos, pero Draco notaba el rictus de disgusto en el gesto de su boca.

—Veo que no es necesario —apuntó, con calma.

Su padre apretó la empuñadura de su bastón hasta que los dedos se le quedaron blancos.

—¿Qué es lo que has hecho, Draco? —masculló, alterado —¡Una sangre sucia! Lo has conseguido, has hundido definitivamente nuestro apellido.

Narcissa le puso una mano en el hombro, instándole a calmarse como había hecho tantas veces en el Comedor, con mortífagos sentados a la mesa y Lord Voldemort presidiéndola. Draco se dio cuenta de que la mano de su padre temblaba ligeramente sobre el bastón, como durante todo el año anterior. Narcissa también lo notó, así que decidió tomar la palabra.

—Hicimos un acuerdo con los Greengrass, Draco, pero ni siquiera ellos podrán ayudarnos si tú te empeñas en echar a perder lo que intentamos conseguir —señaló con un tono mucho más calmado que el de Lucius, pero también más amargo.

—Yo no hice ningún acuerdo, lo hicisteis vosotros —matizó Draco.

—¿Es que no lo entiendes? —Lucius golpeó el suelo con el bastón, exaltado —Te dejamos muy claro que es crucial para nosotros estar bien conectados, que debíamos escoger cuidadosamente con quién nos relacionábamos…

—Eso he hecho. He escogido cuidadosamente relacionarme con Hermione Granger.

—No seas insolente, Draco —le amonestó su madre con frialdad.

—Hablábamos de gente influyente, ¡de gente poderosa! —continuó Lucius, gesticulando coléricamente con sus temblorosas manos. Draco casi sintió compasión por él —Y tú lo has interpretado como una carta blanca para enredarte con una… ¡con una sangre sucia! —escupió, con todo el desprecio del que fue capaz —Nosotros no te educamos para eso. ¿Tienes idea de cómo estás manchando el apellido familiar?

La compasión desapareció la mente de Draco. Lucius tenía razón, no le habían educado para eso. Le habían educado para hacer siempre lo que esperaban de él, lo que le imponían. Para cargar con sus culpas cuando ellos fallaban. La responsabilidad de limpiar el apellido familiar había recaído en Draco, pero no había sido él quien lo ensució.

Y a pesar de ello, se convirtió en mortífago con sólo dieciséis años, se vio en la tesitura de matar a su director para salvarles, tuvo que convivir con Lord Voldemort, torturar y ser torturado y en última instancia arriesgar la vida intentando atrapar a Potter, todo para que sus padres recuperaran su lugar. Podrían acusarle de muchas cosas, pero no de no haberse sacrificado por ellos.

—¿Más que tú cuando acabaste en Azkaban acusado de colaborar con el Señor Oscuro? —contratacó con el mismo tono con que su padre se había dirigido a él—¿O cuando el Lord se hizo con nuestra casa, te quitó la varita y nos trató como esclavos?

Lucius abrió la boca como si Draco le hubiera golpeado. Narcissa soltó el sofá y dio un paso adelante.

—No le hables así a tu padre —le exigió —Él lo ha dado todo por su familia.

—Yo también —de un tirón, Draco se subió la manga de la túnica, mostrando el antebrazo izquierdo atravesado por la Marca Tenebrosa. Una marca que día a día se volvía más borrosa, pero que nunca desaparecería del todo. Un recordatorio vitalicio de lo que había sido y lo que había hecho ya antes de ser mayor de edad —Hice lo que pude por salvarnos. Pero la guerra ha terminado.

—Eso no cambia quienes somos —aseveró Lucius en voz baja. No miró a Draco directamente, como si la visión de la desdibujada marca de Lord Voldemort en el antebrazo de su hijo le doliera.

—¿Y quiénes somos, papá? —cuestionó Draco —¿Qué significa ser un Malfoy ahora? ¿Comprar a la gente para que nos acepte? ¿Eso nos devolverá la antigua gloria?

—No hemos comprado a los Greengrass, hemos llegado a un acuerdo para…

—A Daphne no le importa con quien salga. Los viejos principios se han quedado obsoletos, mamá. Ya no nos abrirán ninguna puerta y yo no pienso sacrificar mi vida por ellos nunca más.

—Draco…

—¿Sabes quién ha sido nombrada nueva jefa de seguridad mágica?¿Y el jefe del Departamento de Cooperación Mágica internacional? ¿Las nuevas incorporaciones al Wizengamot? Todo hijos de muggles y "amantes de impuros". No hay ningún Rowle, ni Yaxley, ni siquiera un Rookwood, y desde luego ningún Greengrass.

Sus padres guardaron silencio durante unos minutos, valorando sus palabras. Draco sabía que los tiempos estaban cambiando, y que quienes se mantuvieran anclados en sus antiguas glorias elitistas, se hundirían sin remedio. Renovarse o morir. Quería que sus padres lo entenderían.

Su madre fue la primera en reponerse.

—¿Insinúas que tu relación con esa muchacha podría beneficiarnos? —preguntó con cierto brillo calculador en la mirada.

Draco dejó caer los hombros, frustrado. No lo comprenderían, al menos no tan pronto. O quizás no todo el mundo podía cambiar. Tal vez él nunca lo habría hecho de no haber sido por Hermione.

—Insinúo que ya no pienso seguir manteniendo las apariencias. Vosotros podéis hacer lo que queráis —sentenció. Después se dio la vuelta, dispuesto a salir del salón y dar a sus padres tiempo para pensar sobre todo lo que se habían dicho.

—¿A dónde vas? —le preguntó su madre.

Draco se detuvo bajo el quicio de la puerta y les miró por encima del hombro.

—Tengo una carta que escribir —dijo, y salió del salón, cerrando la puerta tras de sí.

Se detuvo en el pasillo, en medio de un silencio sepulcral, con la espalda apoyada contra la puerta. Recordó un momento similar, parado en la biblioteca ante una de esas decisiones que sabía que marcarían su vida. Entonces se había preguntado si quería parecerse a su padre o a su madre.

Ahora comprendía que no había seguido los pasos de ninguno de los dos, sino los suyos propios. Y esa revelación hizo que el nombre de los Malfoy dejara de pesarle sobre los hombros, con la carga de tantas generaciones de sangre limpia. Por primera vez en su vida sintió que su apellido no le definía.

Liberado, se apartó de la puerta e inició el camino hacia su habitación.

Tenía una carta que escribir.


FIN


¡Hola!

Pues esto ha sido todo. Particularmente estoy con el subidón de terminar de escribir algo a lo que le has dedicado tanto tiempo y trabajo, así que no puedo juzgar el resultado final fríamente, pero en este momento me siento satisfecha. Aunque el Hermione era el motor, el protagonista de esta historia es Draco y cómo madura después de la guerra. Ya sabéis que mi teoría es que la postguerra no fue un tiempo feliz para los elitistas de la sangre. JK dijo que Hermione se dedicó a abolir todas las leyes máginas pro-sangre limpia, así que creo que más que nunca, los puestos de poder no estarían al alcance de la gente vinculada con los mortífagos. También creo que los Malfoy y en general las familias de rancio abolengo se resistirían bastante a los cambios pero que tendrían que renovarse o morir. Sus antiguos apellidos ya no iban a servirles de nada. Draco tomó la decisión antes de saberlo, claro. Lo arriesgó todo por Hermione, y aunque perdió, también ganó. En mi mente, al arriesgarse, se ganó el respeto de Daphne que hasta entonces sólo había estado a su lado por el acuerdo entre sus familias. Y también el de otras personas. Tras la guerra, seguro que muchos fingieron que no habían apoyado la causa de Voldemort o haber cambiado de opinión, pero dudo que demasiada gente les creyera. Pero ¿Draco saliendo con una sangre sucia? Eso sí que es para tomárselo en serio xD

En definitiva, he pasado del epílogo, pero sinceramente no pensaba escribir 30.000 para que Draco acabara casado con una desconocida xD Además eso habría supuesto que todo lo que maduró, al final no sirvió para nada. Por otro lado, no quise entrar demasiado en dramas de Harry y Ron poniendo el grito en el cielo porque Hermione saliera con Draco. Creo que los dos habrían madurado con la guerra, especialmente Harry, y no se pondrían en plan padres ofendidos. Los Malfoy sí, claro, pero Draco sabe pararles los pies.

Y en fin, eso ha sido todo. Muchísimas gracias por todo el apoyo y todos los reviews que me habéis dejado a lo largo de esta historia. Volver al dramione ha sido estupendo gracias a vosotras, lectoras :) Así que si habéis llegado hasta aquí, os pido por favor que me deis vuestra opinión. Gracias de antemano.

Con muchísimo cariño, Dry.

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