Prólogo

Natsuko Takaishi acababa de apagar la pantalla del computador. Sabía, y estaba conciente por las cinco tazas de café que había bebido, y todas las colillas de cigarrillo aplastadas en el cenicero que ocultaría a su hijo por la mañana, que eran casi las cuatro de la madrugada, y llevaba más de diez horas pegada al computador. Había tenido que finalizar ese extenuante reportaje sobre los cambios climáticos, accidentes, ataques terroristas e incluso avistamientos de "monstruos" que habían asolado a la región de Odiaba ese verano que ya terminaba, y la relación que había con los sucesos ocurridos tres años antes en Hikarigaoka.

Por supuesto, había dejado al margen el hecho de que sus hijos se habían visto involucrados en ese asunto. Pero la ansía de investigar más a fondo los por qués de todo lo ocurrido era tanto por el bien de Matt como por el de T.K.

Cuando Natsuko se disponía a ir a la cama, escuchó varios gritos provenientes de la habitación de su hijo. Botando la última colilla al viento, corrió, abriendo la puerta de golpe. El pequeño se revolvía entre las sábanas, gimoteando y pataleando.

- ¡Te tengo, hermano! ¡Corre, Kari, corre! ¡Él ya viene!... -

- ¿T.K.? – preguntó Natsuko en el umbral. Se acercó sigilosa. T.K. todavía estaba dormido.

- Afírmate, Kari… sí… sube, sube… ¡AH! ¡Suéltame! ¡Suéltame, Piedmon! No… no… ¡AHHHHHHH…! – Natsuko se apresuró por mover a su hijo.

- T.K., despierta por favor, despierta… sólo tienes una pesadilla… - el pequeño niño rubio abrió los ojos de improviso. Estaba aferrado a las sábanas, como si tuviera miedo de caer. Miraba el techo, con verdadera pavor, respirando con agitación. – Ay, T.K., mi niño… sólo ha sido una pesadilla…-

- ¡Mamá! – el niño se tiró a sus brazos, refugiándose en el pecho de su madre. Ella le sobó la espalda, tranquilizándolo.

- Está bien, T.K., todo está bien… fue un mal sueño, sólo eso… - esperó a que su hijo comenzara a llorar. Pero contrario a eso, él se afirmó a ella con angustiosa desesperación.

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- ¿Dices que ha sido repetitivo? – preguntaba Hiroaki Ishida por el auricular. Matt apenas podía tragar su desayuno. Faltaba muy poco para que iniciaran las clases, luego de ese verano inolvidable. Quizá pudiera ver a Tai, Sora y los demás para conversar al respecto, una última ojeada antes de volver a la vida normal. – De acuerdo. Sí… yo veré eso. Sí, sí. Cuida de él… y tú también, Nancy. Adiós. – Hiroaki colgó. Se volteó a Matt, quien lo miraba interrogante. – Era tu madre. Dice que T.K. tiene pesadillas recurrentes, habla en sueños… - comenzó a caminar por la sala con una taza de café.

- ¿Qué es lo que dice? – preguntó, preocupado por su hermano.

- Te llama. Y a una Kari también… - se detuvo pensativo en ese punto. - ¿Ella no es la hermana de tu amigo, Tai?

- ¿Kari? – inquirió Matt, incrédulo. – Sí, sí, es la hermana de Tai… pero, ¿por qué…? – su padre se encogió de hombros.

- Parece que estuviera arrancando, desesperado, angustiado, muy, muy asustado, despierta temblando y sudando. – añadió Hiroaki. – ¡Ah! Y menciona a un tal Piedmon.

Eso cerró aún más su garganta.

- ¿Piedmon? – repitió. Bajo la mesa, cerró el puño sobre su rodilla. Hiroaki alzó una ceja.

- ¿Qué es lo que sabes al respecto, Matt? – su padre lo fulminó con esos oscuros ojos suyos. Él desvió la mirada, sintiéndose impotente.

- Piedmon… - murmuró. – Piedmon era el líder de los Dark Master, quienes mantenían esa curvatura entre el Digimundo, y nuestro mundo. Y en la batalla final… - enterró los dedos entre los pliegues de su pantalón. – Él nos convirtió a mi y a Tai en muñecos. Después de eso, inició una persecución para convertirlos a todos en pequeños muñecos… y T.K., Kari y Patamon fueron los únicos que se salvaron. -

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- ¡…Aahhhhhhhhhhhhh! – Tai se incorporó bruscamente, pegándose en la cabeza con la cama de arriba. Reprimiendo una maldición, sobándose la frente, se levantó, enredado entre las sábanas.

- ¡Mierda…! – se soltó de la sábana rebelde con un manotazo. - ¡Kari…! – subió por la escalera del camarote, doblándose los dedos de los pies. Cuando llegó, vio a su hermana revolviéndose entre las mantas. - ¡Kari!

- Sí… sí, T.K…. ¡No, ahí viene, ahí viene! ¡T.K.! ¡Nooo…! ¡Ahhhhhhhh! – Tai saltó encima, sacudiéndola de los hombros.

- ¡Kari, Kari, despierta! ¡KARI! – su hermana abrió los ojos, jadeando. En ese instante, entraron al dormitorio el señor y la señora Kamiya, él con un bate, y ella con una escoba.

- ¡Tai, Kari! ¿Dónde es el incendio? – preguntó su padre, mirando para todas partes. Pero sólo vio a su hijo mayor sentado arriba de las piernas de Kari. - ¿No… no hay incendio?

El chico Kamiya bufó, consternado.

- No… sólo era Kari que tenía una pesadilla. – le pasó el dorso de la mano por el rostro, descubriendo que estaba sudando. - ¿Estás bien?

- Hermano… - murmuró con la voz quebrada. Y lo asfixió en un abrazo. Sus padres se miraron sin comprender lo que estaba pasando. Pero Tai lo entendía a la perfección, mientras le acariciaba el pelo a su hermana menor.

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- ¡Izzy, tienes visita! – anunció la señora Izumi. El pelirrojo terminaba de arreglar unos últimos detalles en su habitación.

- Lo sé, mamá. Hazlos pasar a mi habitación, por favor. – Matt, Tai y Kari desfilaron por la puerta. Los tres se veían incómodos y cansados. – Hola, chicos.

- Hola. -

- Hola. -

- Hola. -

- Tai me dijo que tenían un problema que solucionar. Pero fue a grandes rasgos, ¿qué sucede? – Matt estaba de pie apoyado en la puerta cerrada. Kari estaba sentada en la cama, mirando el suelo. Parecía que Tai era el elegido para hablar, una vez más.

- Verás, Izzy… - comenzó el chico de la polera azul con estrellas amarillas. – Kari y T.K. han tenido, ambos, la misma recurrente pesadilla.

Izzy frunció el ceño.

- ¿Sobre qué? -

- Sobre el momento en que se quedaron solos con Patamon arrancando de Piedmon. – habló Matt. Izzy se llevó una mano al mentón, meditativo.

- ¿Ustedes han tenido pesadillas? – preguntó a Matt y Tai. Ambos negaron con la cabeza. - ¿Sora, Joe o Mimi? – los amigos se miraron entre sí.

- No… les hemos preguntado. – se disculpó Tai, rascándose la cabeza.

- ¿Y tú, Izzy? – preguntó Matt. Él negó con la cabeza, volviendo a teclear en su computadora.

- Si ninguno de nosotros tres ha tenido pesadillas, y suponiendo que los demás tampoco… - tecleó unas cuantas veces, dejando en suspenso la idea. – No, el señor Gennai, con quien me he mantenido en contacto, dice que no ha tenido registros de un posible regreso de Piedmon. Hasta donde tengo entendido, MagnaAngemon lo envió a otra dimensión por la Puerta del Destino, ¿no es así? – los mayores asintieron. Kari seguía ensimismada. – Entonces, Kari… ¿qué sucedió en ese momento, cuando se quedaron solos? – giró la silla, mirándola con atención. Ella soltó un respingo.

- Garudamon y Angewomon habían sido convertidos en muñecos. – empezó a relatar, con voz trémula. – Gomamon había saltado sobre Piedmon, quitándole el muñeco de Matt. – el aludido se separó de la pared. Esos detalles habían quedado en el olvido, como muchos otros que pensaba que algún día se tendrían que revelar, pero que aún era demasiado pronto. – Se lo tiró a Sora, antes de que esa sábana blanca le cayera encima… - enterró los dedos en sus pantalones rosa. – Y Sora se lo aventó a T.K., diciéndole que me cuidara… - ahogó un sollozo. Tai se sentó a su lado, posando una mano en su hombro. – Los tres corrimos por el palacio de Piedmon, hasta que salimos a un balcón. Estábamos a gran altura… Y había un cesto de mimbre con una cuerda dentro. Le dije a T.K. que podríamos bajar por la cuerda… pero cuando la sacamos, la cuerda se fue hacia arriba. Como Piedmon se acercaba, tuvimos que escalar por la cuerda… ya estaba escalando, T.K. me seguía y Patamon cerraba cuando llegó él… y cortó la cuerda poco más arriba de donde estaba yo. – tomó un respiro. – Patamon evolucionó a Angemon pero no fue suficiente… y Piedmon agarró la pierna de T.K., tirando de él hacia abajo… Entonces… cortó la cuerda, y los dos caímos al vacío. Lo único que supe después es que MagnaAngemon nos había atrapado. – levantó la vista. Los tres chicos se habían quedado congelados escuchando.

Matt estaba lívido. No podía creer que su pequeño hermano T.K. hubiera soportado todo eso mientras él era muñeco. Lástima que Piedmon ya no estuviera, porque o sino se hubiera encargado de hacerlo sufrir todo lo que había hecho sufrir a su hermano. Eso y mucho más. Por la expresión en el rostro de Tai, supuso que estaba pensando lo mismo.

- Quizá… - comenzó Izzy, un tanto incómodo tras lo narrado. – El shock de lo ocurrido ahora recién los está abandonando, y por eso reviven el miedo y pavor que sintieron cuando estaban escapando de Piedmon. – los tres lo oyeron con atención. – Por la entereza que tuvieron ambos en ese momento, creo que debemos ayudarlos a superar ese trauma.

- ¿Y cómo? – quiso saber Tai, dispuesto a hacerlo todo con tal de ayudar a su pequeña hermana.

Izzy se encogió de hombros.

- Para dejar atrás un trauma, se debe hablar de ello. – dijo Izzy. Matt y Tai cavilaban cada uno, pensando en sus propios problemas. - ¿No te sientes mejor ahora, Kari?

La niña esbozó una sonrisa, una que hace días estaba desaparecida.

- Sí, mucho mejor. – Matt se sentó al otro lado de ella.

- ¿Crees que con T.K. funcione del mismo modo? – preguntó.

- Debería. Si están ambos, sería idóneo. – Matt volvió a guardar silencio. Tai, a su vez, se puso de pie.

- Está decidido, entonces. – dijo. - ¡Haremos una pijamada!

Izzy, Matt y Kari lo miraron extrañados.

- ¿Una pijamada, Tai? ¿Esa es tu idea para superar un trauma? – lo regañó Matt.

- Claro, Matt. Mira, si estamos todos juntos, los ocho niños elegidos, podemos conversarlo en grupo, y así ayudar a T.K. y Kari. ¿Qué te parece, Kari? -

- Me gusta la idea. – confesó.

- Podría funcionar. – se sumó Izzy. – Matt, ¿hay algún problema con que T.K. pueda venir a Odaiba a una pijamada? – el rubio dudó unos segundos.

- Tendría que preguntarle si quiere venir, y a mi madre, pero… si es por hacerlo sentir mejor, creo que no podrán problemas. – explicó.

- Muy bien. Hagámoslo. – Tai cerró el puño en un gesto de triunfo.

Tres días antes de que iniciaran las clases, los ocho niños elegidos se reunieron en la casa de Izzy para la nombrada pijamada. Entre risas, dulces, refrescos y comida a montones, los niños hablaron de todo en la medida en que se lo permitirían los más pequeños. Pero ya al final, terminaron conversando sobre todo, sobre lo que sintieron, sobre lo que pensaron, sobre sus ilusiones, y sus expectativas de volver a ver a sus compañeros digimons otra vez. Esa noche, ni T.K. ni Kari tuvieron más pesadillas. Y así sería por un largo tiempo…

En un lugar indefinido, alguien observaba con cierto disgusto a la pequeña Kamiya y el pequeño Takaishi dormir profundamente.

- Tienes razón. Son muy pequeños aún, dependen demasiado de sus padres y hermanos mayores. Llaman mucho la atención.

- ¿Estás dispuesto a esperar? -

- ¿Cuánto? -

- No mucho, hasta que atraviesen una etapa complicada de dudas y preguntas. Es entonces cuando estarán más vulnerables. Ahí debemos arremeter.

- De acuerdo. Mientras, me contentaré con ver qué miserable intenta dominar el digimundo con la fuerza de las tinieblas. Después… sabrán realmente lo que es la oscuridad.


Pondré aquí la advertencia, ya que este fic pretende ser más oscuro en el futuro, conforme vaya avanzando.

Eso, por ahora.

NR.-