Ese día que pensé que no llegaría jamás, llegó: cap final de esta secuela. No los molesto más, espero que les guste.


Epílogo, parte II: En los ojos de Cole.

Llevo casi media hora llorando sin detenerme, pensando en ella, en Ben...en nuestras amigas y en la tétrica forma en la que todo había acabado, ¿Cómo habíamos llegado a eso? No es tan fácil de no darse cuenta ahora...pero antes, jamás en la vida nos hubiésemos imaginado que las cosas tomarían tal rumbo, ¿Cómo?, Todo se veía tan podrido y complicado...tan angustiante que nunca nos dio tiempo de mirar más allá y notar en qué estaban los demás.

Lamento eso. le dije, limpiándome la cara de lágrimas.

Hoy se cumplen tres meses desde que Phoebe está aquí, debería de irse entre hoy y mañana, pero después de haberla acusado y de su adicción a las drogas, esta vez cierta, su tratamiento se extendió. Lo que me preocupa es que hay rumores de un motín, y no quiero que ella esté aquí en ese caso.

Eran pasadas las doce de la noche, pero el pensamiento de poder extrañarla, de morir si algo le pasaba, me hicieron desear ir a reunirme con ella.

¡Hola! ―celebró Gisselle cuando me vio entrar.

Venía drogado: jamás me había permitido tener algo con Phoebe si uno de los dos no lo estaba. No le dije nada, la pasé de largo y desarropé a la tercera de las Halliwell. Me desabroché los pantalones, le subí la camisa y le quité su ropa interior, la cual dejé en su cama. Bajé la mia hasta mis tobillos, y tomé a Phoebe entre mis brazos.

Muévete. ―le ordené a Helana, haciéndola salir de su cama y dejar de hacer el crucigrama que armaba con Giselle, para dejárnosla a nosotros, mientras que Rubí se alistaba para mirar.

Puse a Phoebe boca arriba en la cama de Helena, con su espalda sobre el colchón y sus brazos tras su cabeza: así podría seguir durmiendo mientras yo tenía sexo con ella. Estaba muy excitado, y no pude resistir las ganas de tocarme al tener semejante panorama frente a mis ojos.

Tenía a Rubí masturbándose a mi lado, pero no me disgustaba tanto esta vez. Aunque sí solía hacerlo, a pesar de que Phoebe nunca le decía nada...creo que por eso yo tampoco lo hacía. Le introduje uno de mis dedos para ver cuán abierta estaba, y gemí. De verdad que la sensación era excelente. Gemí de nuevo y comencé a ir más rápido e introduje mi tercer dedo, pero no quería venirme por mi cuenta: quería a Phoebe.

Suficiente. ―mascullé.

Apoyé sus pies tras mis hombros y sujeté su cadera con mis manos para traerla al borde de la cama. Llevé sus rodillas hasta su pecho antes de intentar entrar, pero no lo lograba. Logré poner mi punta cerca de un espacio, pero no era el tradicional. Intenté moverme más abajo, pero mi coordinación era nula, y Phoebe se alertó de inmediato al creer que yo quería entrar ahí.

Escuché a Rubí emitir un gemido, y reconocí que jugaba con su consolador.

- No. ―me dijo Phoebe con tono serio, firme y fuerte. Me alejé de ahí, para hacerle ver que no tenía aquellas intenciones. Yo la respetaba, a pesar de ser frío y distante.

Yo te ayudo. ―se ofreció Rubí, ansiosa por ver y tomó mi miembro para dirigirlo hasta la vagina de Phoebe― no tengo todo el da ―añadió, empujando mi cadera hacia adelante, pero por el puro hecho de no complacerla, entré muy, muy lento.

Odiaba cuando me daban órdenes.

Apenas lograba mantener mi ritmo calmado, porque tenía demasiada energía para ir así de despacio, así que perdí la paciencia y mis ganas de frustrar a Rubí fallaron, y aceleré. Iba rápido, duro, y buscando ir lo más profundo posible: hacía eso cada vez que estaba así de drogado, porque mi poca empatía desaparecía y olvidaba por completo que estaba lastimando a Phoebe, incluso, el sentido de la palabra dolor no existía en mi cabeza. Era algo que no tenía sentido, por eso, pasaba el día dopado: para no sentir dolor nunca más.

Empujé hacia adelante tratando de meterme más, y la vi apretar sus puños y arquear la espalda, con los ojos cerrados y apretando los dientes, adolorida.

― Sigue durmiendo. ―le pedí con un ronco sonido― a menos que desees participar y cambiar de posición.

No me dijo nada e intentó relajar su rostro. Llevábamos teniendo ese tipo de sexo desde que descubrí que no estaba embarazada de mí.

Luego de dar unas vueltas por el centro en busca de nada en especial, vi a dos figuras atracadas contra la pared. Suspiré, pensando en cuán obvio era que todo el mundo hacía lo que quería aquí adentro y la directora aún no se enteraba. Seguí caminando, sin que me importara pasar por delante de esos dos tocándose: solamente necesitaba pasar por la escalera, eso era todo. A medida que me fui acercando, pude distinguir a Giovani, y no me sorprendí, pero cuando miré mejor, vi a Phoebe: y me sangre hirvió de un segundo a otro.

La vi cerrar las piernas de golpe, y lo escuché a él decir:

― ¿Ahora te haces la difícil?

Me fijé que una de sus manos se estaba moviendo, y vi también que era una bajo la falda de Phoebe.

Vete...―la escuché decir, gimiendo y arqueándose un poco.

Apreté los puños, ciego por los celos y sin pensarlo dos veces, golpeé a Giovani en la nariz, tomando además, su muñeca para sacar su mano de Phoebe. Seguí golpeándolo, sin pensar en nada más que sus dedos estaban mojados con ella, con mí Phoebe. Con la mujer que yo amaba. Y lo odié más que nunca en mi vida, además, de que mi rabia creció al reconocerme enamorado de ella. Ambos éramos igual de enfermos por meternos con una niña diez años menor que los dos.

Apenas me distraje, Giovani se puso de pie y salió corriendo, mientras que yo atraqué a Phoebe más contra la pared. Le subí la blusa, y empecé a besarla, a morder despacio y desabroché mi pantalón: sabía que Phoebe estaba en condiciones de aceptarme, por la forma en que se sentían sus senos. Le subí la falda, le enredé las piernas en mi cadera y apoyé su espada contra la pared mientras me metía para empezar a embestir, diciéndole que ella era mía y la única persona que tenía derecho a inmiscuirse en su zona privada, era yo.

Era el único enfermo de ambos que tenía su cuerpo, y estaba dispuesto a pagar todas las penas del infierno por hacerlo.

― Iré más lento. le aseguré con voz rasposa, y en serio intenté hacerlo, pero no podía, por lo que cambié de estrategia.

Acaricié su clítoris buscando estimularla un poco: el único detalle, era que eso me excitaba más. Estaba a punto de venirme y mis manos se empezaron a mover en cualquier dirección entre las piernas de Phoebe, frenético como la sensación fogosa en mi bajo vientre. La hice llegar tres veces antes de lograrlo yo y Rubí emitió otro gemido al mismo tiempo que nosotros dos.

Suspiré, apoyé mi frente contra la cama de arriba cuando me di cuenta de que me había olvidado del condenado condón, y supe que era mejor irme en ese momento antes de aumentar las posibilidades. Empujé una vez más adelante, por impulso más que por razonamiento, y salí de entre las piernas de Phoebe. Le puse su ropa interior, la acosté de nuevo, me puse mis pantalones y la arropé de manera descuidada antes de salir de ahí.

A la mañana siguiente al despertar y tener un poco más de conciencia, recordé algo que había visto esa noche, que también había visto una vez antes pero había pasado por alto al creer que no era más que mi imaginación. Pero hoy, estando así de consciente, tenía que comprobar mi teoría. Fui a la habitación de Phoebe y al no verla, supuse que estaba en la baño.

Había una sola ducha corriendo y tenía la ropa de Phoebe afuera, así que supe que era ella. Abrí la caceta. Le rodeé la cintura y la hice voltear antes de quedarme mirando su cuerpo. Ella se siguió echando shampoo, y yo me dediqué a trabajar. Rocé sus pezones, recorrí su espalda, su vientre varias veces. La atraje hacia adelante, y revisé su vagina, palpando despacio y encontrando efectivamente, lo que había creído ver antes.

Me enguajé las manos con agua y salí de ahí, destrozado: Phoebe estaba embarazada. Todo en su cuerpo nos decía que un bebé suyo y mío, crecía en su interior para ver la luz en poco tiempo. Estaba decidido: si antes Phoebe no podía drogarse, ahora menos que nunca. Tenía que proteger a nuestro hijo, y preferí no decirle nada a ella antes de que entrara en pánico total. Debía ser yo quien manejara la situación por ahora, porque nada me aseguraba que fuera posible que ese niño viviera...tenía que ser honesto y saber que tenía por lo menos dos o tres meses de embarazo, y con todo lo que Phoebe solía consumir, las posibilidades de que el bebé tuviera opciones de ser viable, eran casi nulas.

Pero no iba a rendirme por ello.

Cuando llegó, se sentó a mi lado y yo le inyecté una mezcla de placebos con un poquitito de cualquier cosa suave para engañarla: pero ella no era tonta y lo notó enseguida. No precisamente el cambio, sino que algo era diferente.

Así la mantuve, durante dos meses, pendiente de no darle nada, y si le daba, eran engaños. Ocupando el tiempo en darle sexo, o llevarle trabajo para distraerla lo máximo posible. Ella no preguntaba nada, porque era un acuerdo tácito, y para mí, era mejor cargar con el dolor solo a tener que preocuparla también a ella.

Fui feliz, no te miento. le conté jugando con una florecilla que crecía en el pasto cerca de ella, unas que yo mismo había plantado ahíincreíblemente feliz al imaginarme una vida, una familia contigo y...tuve mucho miedo amor, tanto que no supe cómo reaccionar y me arrepiento si, si tan sólo hubiese sido más valiente, más inteligente, más maduro menos...menos yo, quizás, hoy estarías aquí conmigo, celebrando que cumples veinte años y con nuestro hijo en tus brazos.

Sentí un nudo, un dolor puzante atravesando mi corazón al imaginarme eso, era una imagen perfecta: la más perfecta y asombrosa de todas, pero nada más que un sueño, una imaginación, una utopía de una escena que nunca pasaría y mi corazón siempre lucharía por tener.

A pesar de saber que era imposible.

Eran eso de las cuatro de la mañana cuando Phoebe apareció en mi habitación susurrando mi nombre. Sabía que algo así podría pasar entre ayer, hoy y mañana, correspondiendo al final de su periodo, o algo por el estilo...porque aunque estaba embarazada, seguía sangrando, y a mi me daba pavor pensar que en alguno de esos sangramientos pudiera irse nuestro hijo.

Pero no lo hacía: cada vez que Phoebe volvía, yo confirmaba que el bebé seguía con nosotros.

― Cole... ― me dijo acercándose a mi oído, y le me tapé la boca con brutalidad.

― Ya te oí.―respondí, y me puse de pie― No tengo suficiente para dos, ―mentí, y aunque sabía que ella sabía que no era cierto, insistí en ello― lo lamento, lo usaré en mí.

Me senté, me inyecté y me puse de pie para chequear que todo siguiera bien. La recosté en mi cama con suavidad; desde ese día la trataba con mucho cuidado, más del necesario, preocupado por su vida y la del pequeño ser que llevaba dentro. Ambos estaban en una posición difícil, demasiado riesgosa para poder aceptarlo. Le subí la blusa y acaricié sus caderas, deteniéndome a acariciar su vientre, por ende, a nuestro hijo. Le di besos, varios, tratando de sentir alguna patada, algún movimiento, o algo, pero nunca los había sentido y ahora menos.

No sé si ella las había sentido alguna vez, pero sí sé que se enteró hace poco, no más de dos semanas. No tenía clara la exactitud, porque ninguno hablaba del tema.

Me da miedo pensar en que esté asustada, enojada, o no quiera tenerlo. No me comenta nada, tampoco quiero preguntarle...no quiero presionarla y me siento fuera de lugar, sin derecho a opinar, a decir nada, y solamente con la responsabilidad de cuidar de ella: porque yo fui quien arruinó su vida, yo me encargué de hacerle daño. Traté de no pensar en eso y menos en un mundo en donde Phoebe me odiara y no quisiera verme, por lo que continué en lo que estaba haciendo. Seguía ligeramente sobrio porque nunca llegaba a la euforia antes de asegurarme de que nuestro hijo seguía ahí, porque me daba demasiado miedo enamorarme de ella si hacíamos las cosas de forma sana y sin drogas entre medio, porque sabía que hacerlo sin ello, dejaría de ser sexo y se transformaría de inmediato en hacer el amor.

Le subí el pijama, le separé las piernas y mi espíritu se vino abajo. Palpé, miré, una dos, tres, cuatro, cinco, mil veces pero no había nada: no había nada. No estaba el color violeta, no estaban las marcas que debía encontrar, y eso me decía que mi hijo tampoco estaba. Mi hijo se había ido.

Mi hijo estaba muerto.

Nunca había sentido un dolor más profundo que ese, jamás se había detenido mi corazón así y en mi vida, me había sentido más vacío y destruido: nunca tan calculador y frío, tan cerrado a todo, tan artificial. Le pregunté con gesto si ya lo había expulsado, y me tomó la mano palpante para llevarla hasta su vientre, diciéndome que el niño seguía ahí adentro.

Cerré los ojos, sin querer creer nada, aunque sabiendo que era cierto. No habían dudas de que era cierto porque yo mismo lo había comprobado. Decidí que era lo mejor que Phoebe se deshiciera del feto pronto, de otra manera su vida podría correr un peligro muy serio: ya habíamos perdido a nuestro bebé, no me arriesgaría a perderla también a ella.

― ¿Heroína? ―le pregunté.

No dejé que respondiera y le inyecté una mezcla de cosas que tenía preparada para cuando este día llegara, pero con mi fe puesta en que nunca pasaría. Quería evadirme, y evadirla también a ella de todo este dolor. Nos desvestimos por el calor, y dejé que me montara, pero no la quise tocar, mirar, ni siquiera de reojo: me dolía mucho saber que estaba cargando a un hijo que jamás podría ver la luz del sol y que toda mi esperanza, mis sueños, mi estúpida imaginación jamás iban a hacerse realidad.

Empecé a tomar el control e ir rápido, porque quería sentirla lastimándome, enterrándome las uñas, rasguñándome: quería sentir que me hacía pagar por haberle hecho algo así. De paso, ella se dejaba castigar al sentir el dolor de mis embestidas. Quería llorar, pero no, me lo permití: todo esto era mi culpa, y no tenía derecho a actuar como víctima cuando no era más que el primer culpable. Terminé, protegiéndola con un condón para no ensuciar el terreno de nuestro bebé, y ella se puso de pie, su ropa y salió sin decir nada: tampoco la detuve. No me sentía apto para aceptar su llanto, y me daba miedo que quizás, para ella no fuese más que un alivio...pero yo sabía que no lo era, porque yo, a pesar de todo, la conocía: se consideraba una madre desde el momento en que supo, y ahora, ya no lo era. No iba a serlo, no creo que algo así sea fácil de llevar.

Más tarde, casi dos horas después en la que me dediqué a llorar con los ojos cerrados. Giovani apareció para decirnos que todos teníamos que estar en la cancha: estábamos de rehenes. Phoebe y yo no lo notábamos, perdidos en nuetro sufrimiento, pero llevábamos bajo el cargo de esos locos bastantes días. Fui, salí rápido, porque sabía que las chicas tendrían que ir también y prefería estar cerca para cuidarlas en caso de cualquier cosa.

Iba caminando, cuando sentí un grito que desgarró hasta lo último de mi ser, y sin pensarlo dos veces corrí a la velocidad del rayo para encontrarme con Phoebe cerrando los ojos en el piso, afirmándose el vientre y con las piernas manchadas de sangre. La tomé en brazos y corrí desesperadamente con ella hasta la enfermería, y tanto Rubí, Gisselle y Helena fueron tras mío. Giovani estaba tan sorprendido que no dijo nada, y siguió en lo suyo, mientras que uno de sus gorilas fue tras de nosotros para asegurarnos de que todo estaría bien: no lo dejamos pasar. Se quedó afuera de la puerta, haciendo vigilia.

Este es uno de los momentos más angustiantes de mi vida. Acabo de recostar a Phoebe sobre una camilla, y una de las encargadas de la salud de este lugar, le está haciendo algunas revisiones, pero yo sé en qué terminará todo esto: aborto.

― Necesito que nos dejen a solas. ―dijo la mujer.

Yo la miré, y me quedé sentado. Las demás tampoco se movieron, y ella continuó con su trabajo sin pedirnos que no fuéramos otra vez.

Esperé, paciente y aterrorizadamente a que la pequeña abriera sus ojos de nuevo. Tomé sus manos en las mías, viéndome incapaz de hacer nada más que acariciarlas.

Tenía miedo, de todo. Sentía culpa, demasiada. Estaba destruido, por completo.

Rezaba. Estaba rezando, después de años, muchos años, había vuelto a Dios; le pedía que la protegiera, le decía que a pesar de que nos hubiésemos abandonado el uno al otro, que no la abandonara a ella. Le rogaba por nuestro hijo, por una mínima esperanza, por una oportunidad, la última quizás...le pedía por sus vidas, porque ahora, me atrevía a reconocer ante él que la amaba: yo amaba a Phoebe más que a mí mismo, más que a nadie...en un amor que solamente podía competir con el que sentía por mis hijos, por los dos. Y la quería viva, la quería sana, la quería feliz...conmigo o sin mí, y eso pedía: felicidad para Phoebe, la vida que ella merecía y aunque sonara cruel, que sintiera rechazo por mí y nuestro bebé, para que su vida pudiera seguir adelante sin tener que llevar el dolor más grande que una persona puede tener, como es la muerte de un hijo.

La mujer nos miraba, negaba, se daba vueltas. Las chicas no decían nada, solamente miraban, todas metidas en sus propias cabezas; me pregunté qué pensaban.

― No sé si sabían pero, su compañera está embarazada o...lo estaba. ―nos dijo después de un rato, después de haberlo dudado un poco.

No dije nada. No moví un músculo, por lo que no sé qué caras pusieron las otras, y si dijeron algo, no las oí. La señora siguió hablando, yo no puse atención, porque no había nada que ella pudiese decir que fuese nuevo o me reconfortara: porque sabía que éste no era más que el principio del final, de uno tan incierto para mí como para todos.

Esperé. Necesitaba comprobar que Phoebe estuviese bien, que fuese a sobrevivir a esto: necesitaba verla, porque no sabía cuándo sería la última vez que podría hacerlo y cada momento parecía el adiós, sin que realmente lo fuera y, entonces, me preguntaba si realmente tendríamos que despedirnos alguna vez o si nos mantendríamos así, estáticos para siempre, pero juntos.

Y después de esperar lo que me parecieron siglos, Phoebe abrió los ojos.

No solté su mano, no dejé de acariciarla, pero tampoco me atreví a mirarla, porque no quería ver muerte en ellos, no quería ver el dolor encerrado en sus orbes, uno que había evitado desde hacia mucho: nunca la miraba a los ojos, temeroso de ver su alma rota, y más aún, de notar cuánto me amaba y reconocer que yo moriría por ella.

Más de una vez.

― Pensé que no despertarías...―lloró Gisselle.

― Nos diste un susto ― se quejó Rubí, cruzada de brazos.

Pestañeé mirando de reojo hacia un lado y me miró. Yo sostenía mi mentón sobre la unión de nuestros manos y vi a la mujer que había estado con nosotros, acercarse.

― Tengo lamentables noticias que darte.

― ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ―murmuró irritada, mirando a Helena.

― Casi dos horas. ―le respondió ésta.

― Y tu bebé...lleva muerto cuatro días...―agregó Giselle.

Estuve a punto de corregirla y decirle "su bebé", también mío, pero no valía la pena hacerlo. Cerré los ojos con fuerza, y sentí lágrimas volver a caer por mi rostro. No pude evitar acompañarla, porque verla sufrir así no tenía nombre. Ahora sí que era real. Era mi culpa, debí haberla protegido mejor...a ella y a nuestro hijo, debí haberla mantenido lejos de todo esto...debía haberme encargado que jamás hubiese probado nada...porque de esa manera nuestro bebé nunca hubiera existido, porque de esa forma, lo nuestro jamás hubiera pasado.

No me arrepiento de haberla conocido y de amarla, sino de haberle hecho tanto daño.

― ¿Por qué no nos dijiste que estabas embarazada? ―le preguntó la mujer.

― ¿Cuándo puedo irme? ―preguntó Phoebe, ignorándola de nuevo con la voz quebrada y la mirada perdida.

Yo sabía que la respuesta iba a disgustarle, pero no me atrevía a dársela yo.

― Aún tienes que expulsar el feto.

Phoebe se quedó petrificada. Me miró, y yo desvié la mirada. La mujer daba explicaciones que yo sabía que Phoebe no escuchaba, yo si lo hice: quería saber qué iba a pasar para que en caso de que cualquier anormalidad ocurriera, poder ayudar en algo. Le ofrecieron anestesia pero no aceptó, y yo no la obligué a aceptarla. Durante la espera hice todo lo posible por ayudarla a sentirse menos mal, acaricié su espalda, le hice masajes desde los muslos hasta su cuello, intenté darle calor. Las otras chicas la ayudaban también, y yo podía sentir la penetrante mirada de Helena sintiéndolo por nosotros. Phoebe se veía miserable, gritaba, lloraba, se sentaba y gemía de dolor, y yo no podía hacer nada por detenerlo.

La mujer le había recomendado que se levantara y caminara un poco, de esa forma ayudaría a dilatar más rápido. Pero se negó, otra vez, y de nuevo, no la obligué a nada. Luego de diez horas en que mi corazón se desgarró sin detenerse, se afirmó de mi mano y cerró los ojos, y supe que el momento había llegado. Le decían que empujara pero ella no quería hacerlo.

Yo tampoco quería que lo hiciera.

― Phoebe, tienes que hacerlo en algún momento. ―le dijo Helena con la voz triste.

Le hice un gesto para que se fuera, lo que faltaba era mi responsabilidad. Separé mis manos de la de ella, me senté en su espalda para darle apoyo y la recosté en mi pecho, tomando sus manos para que se sintiera más segura. Suspiré, ahogué un sollozo y apoyé su cabeza sobre mi hombro. Estaba destrozado. Las ganas de pujar volvieron, porque la sentí contraerse, pero no lo hizo y la mujer intentó acercarse, pero Phoebe le lanzó una patada agresiva, con una mirada asesina.

― Respira...―le susurré al oído al sentir un espamo causado por una contracción―aprieta mi mano, y empuja...

Apretó mi mano con fuerza, pero no se quejó. Se echó un poco para adelante, e hizo su mejor esfuerzo. Odiaba verla así, odiaba verla sufriendo, cansada, sobretodo porque cuando todo eso terminara, nada habría valido la pena. Nos quedaríamos vacíos, sin nada...sobretodo ella, y todo por mi culpa.

― Veo la cabeza ―nos anunció la mujer.

Phoebe escondió su cara en mi pecho, y un grito proveniente de su boca me hizo sentir un escalofrío: era otra contracción. No quería pujar, lo sabía, pero tenía que hacerlo...no podía perderla también a ella. Le acaricié las manos, intentando darle el amor y la comprensión que necesitaba en aquél momento, y luego le susuré despacio.

― Puja.

Sentí que asintió, y la abracé con más fuerza, dándole impulso para que pujara por segunda vez. Ésta vez duró más que antes, y la vi apretar los párpados, fruncir los labios e inflar las mejillas, mientras casi se sentaba en la camilla antes de dejarse caer atrás otra vez, exhausta sobre mi pecho.

Se quedó respirando agitadamente, mientras yo le acariciaba las manos, la espalda, su vientre. Otra contracción llegó, pero ella intentó fingir que no había pasado. Apreté su mano, animándola a seguir.

― No ―me pidió con un hilo de voz―porf...

― Hazlo ―le pedí interrumpíendola con toda la suavidad y dulzura que pude darle.

Tampoco era fácil para mí, pero debía manterme fuerte, guiarla, ayudarla en todo lo que fuera posible. Los pasos de la mujer se acercaron a nosotros, y por la cara que hizo Phoebe, supe que iba a gritarle, patearla o echarla de ahí. No era que aquella señora me importara, pero si me preocupaba Phoebe, y si algo llegaba a pasarle, ella sería la única capaz de salvarle la vida.

― No. ―le pedí por las mismas razones.

Frunció los labios, hizo un puchero que me recordó a mi hija cuando la regañaba. Trató de apretar mi mano, pero la unión era tan fuerte que no teníasentido. Pujó por tercera vez, y duró varios segundos, más que nunca haciéndolo. Mordió mi camisa, los dientes le chirreaban y yo temíapor su mandíula. Gritaba, chillaba, lloraba como ubiese deseado no haberla visto jamás. Tenía los ojos inundados de lágrimas, y su grito se desarmó, en lo ronco de su garganta lastimada.

― Es un varón.

Sonreí para mis adentros. Un niñito...un hijo. Un pequeño al que enseñaría a hacer tantas cosas...quien sería el mimado de su madre, de sus tías, de su bisabuela...amado y adorado por su hermana. Un hijo mío y de Phoebe, que nunca llegaríamos a conocer. Me pregunto, ¿Qué le hubiese gustado?, ¿Deportes?, ¿Juegos de mesa?, ¿Y si quería bailar Ballet?, ¿O si quería ser policía?, ¿Músico?, ¿Ingeniero?...¿O si era mal genio?, ¿Qué si le gustaba ayudar a los demás?, ¿Y si tenía facilidades para los idiomas?, ¿O si odiaría ir a la escuela?, ¿Le hubiera gustado una bicicleta para su cumpleaños, o un gameboy?

Nunca iba a saberlo.

Jamás.

Mis pensamientos se disiparon cuando sentí a Phoebe apretar mi mano y pegar un salto, abriendo los ojos asustada cuando una tijera la separó de nuestro bebé. Parecía en shock, como a punto de desmayarse o ponerse a destruir la habitación ante eso. La mujer se llevó a nuestro hijo, yo me quedé con Phoebe hasta que terminara de alumbrar. Lloraba sin parar, y yo la tenía entre mis brazos, tomándole las manos para darle fuerza, una que ni yo tenía. La abracé más fuerte, porque ni yo podía dejar de llorar de manera histérica y apoyé mi cara sobre su hombro, mientras nos mecía a ambos, de atrás para adelante. Junté nuestras manos sobre su pecho, y nos quedamos así, como si no hubiese nada más en el mundo que aquél insoportable dolor.

― Debe despedirse. ―nos aconsejó al volver a entrar, cargando a la pequeña criaturita sin vida entre sus brazos.

Sé que ese comentario incrementó el odio de Phoebe, y a decir verdad, también el mío.

Ella estiró sus brazos, separando nuestras manos y recibió el pequeñísimo porte de nuestro hijo entre ellos. Yo quería sostenerlo, pero no quise quitarle ese momento a ella...podía esperar. Era tan pequeño como nunca había visto a un ser humano, y rodeé a Phoebe de nuevo, para sostener a nuestro bebé sobre sus manos. Era hermoso, y perfecto...estaba enfermo. Sabía que era posible, pero nunca me lo había imaginado de esa forma y no soportaba el saberlo, pero ella se veía tranquila...ella siempre había sabido que no venía bien. Aún así, intenté ser fuerte y continué mirándolo...se parecía a ella a pesar de todo, tenía esa inocencia, ese ángel...la forma de la cara. No me atreví a moverme, aunque mis piernas estaban pesadas y mis brazos cansados, y ella tampoco...debía tener las piernas acalambradas, agarrotadas, pero las mantuvo abiertas.
Nos quedamos así, los tres juntos, los tres de luto. Sólo había silencio, y era lo mejor...porque si es que se daba el milagro de poder oír un mínimo sonido de parte de nuestro bebé que nos diera alguna esperanza, quería poder oírlo.

Nunca oímos nada.

― Te prometo que jamás había sentido un dolor más grande y profundo que ese. ―le dije sin despejar más lágrimas de mi cara; era inútil, ya que seguían apareciendo una tras otra sin parar. Ocurrió una vez el año pasado cuando fue su primer aniversario de muerte, ocurre hoy cuando es su segundo y ocurrirá cada vez, cada año más que se cumple y en el que yo no pueda estar junto a ella.― De verdad quería formar una familia contigo, por muy...grotesco que suene.

Han pasado algunas horas desde que Phoebe dio a luz, y yo trato de ser un hombre, un soporte para ella y busco una manera de salir de aquí. Le pedí permiso a Giovani, ridículo sí, pero él estaba dirigiendo a todos los locos, y como algo de respeto le queda por mi presencia, me dejó salir. Quiero ir a enterrar a mi hijo, a darle una santa sepultura, a demostrarle que a pesar de todo, lo amo.

Al entrar a la salita, ella seguía acostada sobre la camilla, abrazando a nuestro niño, meciéndolo. Me quedé mirándola, a ella y a nuestro bebé. Estaba cansada, ojerosa, pálida y con los ojos rojos. Se veía débil, pequeña como nunca y frágil como siempre. Seguía recostada en aquella camilla manchada de sangre, y la camisa que le había dado, o más bien que ella se había quedado luego de que yo la dejara en su cuarto una vez, estaba entre café y roja oscura, teñida de sangre seca. Se me partió el corazón, si es que era posible que se siguiera rompiendo. No puedo creer todo lo que nos ha pasado en tan poco tiempo...no puedo creer que hayamos perdido la prueba de que nuestro amor era cierto.

Caminé hasta ella, estaba derrotado pero no debía dar señales de ello. La senté y traté de sostenerla mientras ella estiraba un poco sus piernas. Una vez que se sentó, puse una de mis manos en su rodilla y otra en su tobillo, estirando su pierna derecha hacia atrás y adelante, para ayudarla a desacalambrase. Luego hice lo mismo con la otra. Tomé una toalla que cargaba conmigo, la humedecí con agua tibia para limpiarla un poco. Aproveché de acariciarla con mi tacto, de demostrarle lo mucho que la amaba, siendo suave, dulce y delicado, casi por primera vez. De decirle que mi trabajo era protegerla, y siempre lo haría. Luego tomé una seca para poder vestirla sin que quedara húmeda. Ella me observaba, algo sorprendida, pero agradecida. Tenía a nuestro hijo en brazos todavía, y no iba a soltarlo por nada del mundo. La vestí, me aseguré de que todo quedase bien y que su pantalón no le apretara el estómago. Llegó el momento de desocupar sus brazos para ponerle una blusa limpia, y aunque le dolió, me tendió a nuestro hijo.

― Tenlo. ―me pidió.

Su voz sonó quebrada, era la primera vez que hablaba después de pedirme que no antes de pujar otra vez.

Dejó a mi bebé en mis brazos, y mis ojos se llenaron de lágrimas que no dejé caer. Lo así con más fuerza, quería abrigarlo, que se sintiera seguro. Repasé su nariz con mi dedo, era diminuta...y su mano...la apoyé en la mía. Y recordé la primera vez que tuve a mi hija en brazos, era pequeña, pero nunca tanto...queríaque mi niño llorara, que estirara sus bracitos hasta su madre...que, que me pusiera nervioso al no saber cómo callarlo. Entregárselo a ella, sonriendo al ver, que al momento de abrazarlo, él se quedaba tranquilo.

Pero eso jamásiba a ocurrir. Estábamos prohibidos, los tres.

― Por si acaso. ―le dije, con la voz trizada, al recordar que le había llevado un protector en caso de que volviese a sangrar.

Ella lo recibió y se dedicó a terminar de vestirse y amarrarse su sudoroso y húmedo cabello.

― Ayúdame a pararme.

Eso sonó como órden. Ella jamás me daba órdenes, pero yo sabía que ya no era la misma jovencita que llegó aquí meses atrás. La afirmé con mi mano libre, y no la dejé moverse. La bajé de la cama, y no la solté, incluso cuando tocó el suelo con sus pies. Entre ambos le pusimos las zapatillas, y su cara me dijo que algo faltaba.

― Mi diario. Iré por él, espérame aquí.

― No.

Si pensaba que iba a dejarla así en esas condiciones, apenas despierta, sola en este lugar, estaba loca. Si queríasu diario, iríamos juntos...era estúpido ir por un cuaderno, pero para ella significaba algo realmente importante, de otra manera, ni siquiera lo hubiese mencionado. La afirmé y la llevé cargando todo su peso en mí, no quería que caminara más de lo necesario, solamente la dejaba apoyarse en el suelo de vez en cuando.

Al entrar, ella tomó su diario, metió una hoja que no sabíaqué era, y guardó su diario entre su blusa y su chaqueta, y estábamos listos para partir.

La puse delante mípara sujetarla, porque ella quería caminar. Era terca. Ella sujetaba firmemente a nuestro hijo, y yo a ella. La guié hasta un pasillo en donde la dejé en el suelo, protegiédola de los vidrios que iban a saltar luego de romper la gran ventana que iba a usar para sacárnos de ahí.

―Espérame.

Tomé el extintor, y aproveché de descargar mi dolor en la destrucción del cristal. Dejé caer el extintor, y salté para atráspara evitar herirme: no por mí, sino por Phoebe. Teníaque estar sano para poder encargarme de ella.

― ¿Estás bien?

Asentí. Limpié el área de pedacitos. La tomé en mi espalda, y la bajé mientras ella seguíafirme de nuestro bebé. Los guié a un callejuela, atravesamos unas rejas rotas y llegamos hasta una calle llena de autos. La bajé de mi espalda, y le pregunté casi rutinariamente, másconcentrado en qué hacer ahora, si estaba bien.

― ¡Taxi! ―me indicó a modo de respuesta.

Estaba pésimo. Pero al menos tenía energía, aunque fuese un poco.

Me senté atrás, la recibí en mis brazos y se recostó sobre mi pecho. Se quedó dormida. Parecía un ángel, uno que no merecía. Era hermosa, más que ninguna otra mujer que hubiese visto en mi vida.

Entramos a una funeraria en donde la senté antes de ir al mostrador. El joven me preguntó qué quería, dudé: sabía a lo que iba pero no tenía el estómago para pedirlo. Le indiqué a nuestro hijo, el que Phoebe protegía entre sus brazos y él se fue. Tardó unos minutos, horribles, eternos, cortos minutos antes de volver. Me enseñó un féretro blanco, hermoso, único y perfecto. No quise mirarlo más, no me atreví a decir nada y simplemente pagué antes de poder irnos. Era casi cuadrado y con una pequeña cruz en la parte de arriba. Me daba paz, dolorosa paz.

Salimos de ahí, y Phoebe tomó dirección a la iglesia. No era un lugar al que quisiera ir, hacia mucho que Dios y yo no teníamos nada, pero había permitido que Phoebe viviera...quizás, era mi deber ir para agradecérselo. No lo sé. La tomé en brazos, estaba sufriendo mucho al caminar, y a pesar de su terquedad, la cargué hasta allá. Entramos. La dejé pararse cuando llegamos al sacerdote. Hablé con él, nada importante, mientras ella seguía entre mis brazos, afirmada para no caerse.

El hombre nos miró con profunda tristeza, pero respetó la nuestra y no hizo ninguna pregunta que no necesitara hacer.

― ¿A qué nombre obedece este hijo de Dios?

Phoebe y yo nos miramos, aún no habíamos decidido eso.

― Es bueno que le pongan un nombre, así la herida sanará algún día y podrán recordarlo de esa forma para siempre.

Sentí que tenía razón, excepto por la parte de la herida sanando...nunca iba a sanar. Jamás. Ni con más hijos, ni separándome para siempre de Phoebe, ni con un millón de dólares: la herida nunca iba a desaparecer, y a pesar de que habrían veces en que iría a arder menos, siempre iba a quemar. Pensé en mi padre y en lo mucho que significó para mí. Él había sido lo más importante en mi vida, quien me había criado y de un día a otro, había muerto. Mi madre nunca superó el luto y a pesar de haber hecho todo por ayudarme a no notarlo, siempre he sentido que él me hace falta aquí conmigo, quizás, con él a mi lado, jamás hubiese llegado a parar aquí. Tal ves.

― Benjamin ―respondí sin pensarlo― como mi padre ―le expliqué a Phoebe, y ella asintió sin moverse, sin decir nada, solamente al mirarme a los ojos.

― Benjamin Cole Turner Halliwell ―agregó ella con seriedad.

Pensé en lo mal que sonaba esa conmbinación, pero también en lo mucho que significaba que la hubiese hecho. La sujeté con más fuerza y con nuestras manos, armamos una camita para recostar a nuestro hijo mientras el sacerdote rezaba por él y su alma. La cara de Phoebe estaba seca, ya no lloraba, miraba a algún punto perdido del espacio y yo, no expresaba más que ella.

Al terminar, nos fuimos. No le dimos las gracias pero él sabía que la sentíamos, tampoco se despidió, simplemente nos vio partir a paso lento, como negándonos a aceptar que quedaba muy poco para decir adiós definitivamente. Salimos, ella cargaba a Ben y ambos, el féretro.

Tomamos otro taxi, en total silencio, abrazados los tres juntos. No alcanzamos a darnos cuenta cuando ya habíamos llegado al cementerio, nos fuimos conversando con monosílabos y concluimos que el lugar en donde su perlado féretro descansaría, sería en el mausoleo de mi familia: no quedaba nadie más en ella aparte de mi madre y Johanna, no habría nadie que hiciera preguntas y arriesgarse a poner a esta criatura en terreno Halliwell no era una buena idea.

― Necesito una lápida, para ayer. ―dije apenas encontré la figura del cuidador caminando por ahí cerca; lo conocía, él a mí, asintió quitándose en sombrero en son de respeto por nuestro ángel caído.

No hizo preguntas.

― Mártir. Hijo. Ángel. ―murmuró Phoebe, y no supe si realmente lo hizo o no; lo único que me lo comprobó, fue ver a Hank escribiendo aquello bajo sus órdenes.

Ambos esperamos sin mirarnos, sin hablarnos. El tiempo flotaba en el aire sin son, sin sentido. Las manecillas del reloj no iban ni a la derecha ni a la izquierda, simplemente no se movían. Lo único que lográbamos oír, era el sonido de la piedra siendo tallada y con cada golpe contra el mármol haciendo caer trocitos al suelo, más pedazos de lo que quedaba de nosotros caían al piso.

― Es momento, ―nos dijo el anciano, indicando el espacio en donde sería colocada la tumba de nuestro hijo, con él adentro.

Y era la hora de despedirnos.

Phoebe me miró antes de asentir con los ojos llenos de lágrimas. Me tendió a nuestro hijo y me di la vuelta para salir con él, sería nuestro primer y último momento a solas: padre e hijo nada más.

Al empezar a dar vueltas por el terreno, empecé a imaginar que mi pequeño no hacía más que estar dormido. Le empecé a mecer por el camino, fingiendo, por mucho que supiera que no hacía más que mentirme a mí mismo, que en ese momento Phoebe estaba descansando después del parto y yo, conociendo a mi hijo recién nacido.

― No la dejes sola. ―le pedí tomando su manita, ya que él no podía tomar la mía― te necesita, tanto como yo...y sé que no es justo pedirte a ti, nuestro hijo, que te hagas cargo de nosotros, por eso no te pido que te quedes por mí...te pido que no la dejes, que la acompañes siempre, porque sé que yo no tengo derecho a quejarme, pero ella sí: te perdió sin poder hacer nada al respecto, mientras que yo, te perdí por no haberme encargado de ti antes...

Mi voz empezó a tiritar y no pude evitar llorar. Mis piernas ya no me sostenían: no soy tan fuerte. Me arrodillé en le piso y mi cara se contrajo de dolor al mismo tiempo en que soltaba toda mi pena en sollozos que no me esforcé en ahogar.

― ¿A quién engaño? ―le dije estrechándolo con fuerza― por favor hijito, vuelve...abre los ojos, no sigas jugando así...―le rogué tratando de darle calor, intentando de alguna manera, hacer que volviese conmigo― prometo que seré un buen padre, te juro que voy a recuperar a tu hermana pero por favor, no te vayas...no va a ser lo mismo sin ti. Te necesito, tu madre te necesita por favor hijo...abre tus ojos...

El silencio del lugar no hizo más que confirmar que el destino estaba escrito sin opciones de ser borrado, con sangre, con la sangre de un inocente que pagó las culpas de algo que jamás fue su responsabilidad. Sentía que el dolor era demasiado como para poder aceptarlo y que por más que tuviera a mi hijo junto a mí durante horas, días o años, él nunca iba a volver...y tanto por él como por Phoebe, debía permitirle irse en paz: ambos debían seguir con sus vidas, y yo no debía interferir.

Me levanté con mucha, excesiva dificultad y le besé la frente con los labios tiritando, sonreí, por primera vez en mucho tiempo. Regresé al mausoleo, Phoebe estaba con la mirada perdida sobre alguna cosa y le toqué el hombro haciéndola despertar de su ensimismamiento. Dejé a Benjamín en sus brazos, le tocaba a ella decirle adiós. Esperé a que se fuera, pero no salió, y le susurró despacio.

― Perdón.

Su voz me caló en los huesos, algo en ella se había roto para siempre. Para siempre. Estrechó a Ben, le besó la frente y dejó lágrimas caer. Tomó su mano entre la suya.

― Lo siento. ―dijo esta vez, besándole ambas manitas y di un paso para acercarme ella, pero desistí: necesitaba un momento a solas, necesitaba despedirse sin tapujos.

Tomó sus piececitos, que también besó después de repasar sus pequeñísimos dedos y, mientras mi alma se partía en pedazos, comenzó a pasearlo por el mausoleo hasta envolveres a sí misma entre mis brazos. Su actitud no me sorprendió y afiancé el contacto. Sus delicados brazos empezaron a acunarlo y yo la acompañé mientras avanzábamos hasta el pequeño sarcófago a unos metros de nosotros.

― La otra noche cariño, mientras dormía, soñé que te tenía entre mis brazos...―le susurró, y yo quise pedirle que no siguiera porque oírla me hacía daño: pero no me atreví a hacerlo― cuando desperté, cariño, estaba equivocada...levanté la cabeza, y lloré...

Sus tobillos se doblaron, evité que cayera, abrazándola con fuerza así como ella a nuestro hijo. Intenté no llorar ante la lamentable escena que estábamos protagonizando.

― Eres mi estrella, mi única estrella...me haces feliz, si el cielo es gris...―continuó, avanzando despacio de nuevo, camino hasta la camita en donde Benjamin dormiría para siempre.

Su voz temblaba, sus tonos eran agudos, entrecortados, pero no se detuvo. Estaba llena de amor, y su corazón...roto.

Nunca sabrás...―dijo frunciendo los labios, y supe que ya no podía más― cuanto te amo...por favor ―seguió mirando al cielo, como esperando un milagro― no te lleves a mi estrella...

Escondió su rostro en mi pecho, mordió mi camisa. Puse a nuestro hijo entre nuestras manos, como en la iglesia, y las pusimos sobre la superficie en donde nuestro bebé iba a descansar: no queríamos dejarlo.

― Nunca sabrás...cuanto te amamos...―agregó, sacando lentamente su mano de la pequeña cajita de madera blanca― mi dulce estrella...mamá y papá siempre te amarán...

Dicho esto, dejó de llorar. Saqué mi mano, y ahora él estaba adentro. Estaba envuelto en un hermoso pañuelito de seda que nos habían dado en la iglesia, y llevaba marcadas nuestras lágrimas en su rostro. Tenía los ojitos cerrados, las manitas enroscadas y un porte de príncipe.

―Te amo...―le dije por primera vez, desgraciadamente, también por última.

Lo miré con melancolía, reparando en que ahora descansaría junto a su abuelo, mi padre, mi héroe.

"Benjamin Cole Turner Halliwell. 2010. Mártir. Hijo. Ángel".

Salimos, y seguimos avanzando. Quise cargarla, pero no me dejó. No la forcé. La vi caer, gritando histérica. Se golpeaba a sí misma, se tiraba el cabello. Estaba desesperada, destruida, agonizando frente a mis ojos. L a sujeté de las muñecas, intentando protegerla de sí misma. Gritó tan fuerte que me hizo remecer. La mecí, y apenas podía respirar. La tomé su cara entre mis manos y le di un suave beso en sus húmedos labios.

― ¿Por qué? ―pregunté con profunda ira golpeando al suelo, listo para gritar al cielo y quejarme por nuestra suerte, pero...ya no valía la pena hacerlo― ¿Por qué...―susurré ésta vez, apretando mis labios salados por las lágrimas derramadas, lágrimas que no servían para nada. De nada.

Me mantuve un rato en silencio repasando las imágenes, recordando la voz de Phoebe...aún podía hacerlo con claridad, pero temía que llegase un día en que no lo lograra, me aterraba el simple hecho de pensar de que en un futuro, ella no sería más que un lejano recuerdo.

Al legar al centro, ella parecía un zombie. Sin emociones, pálida, fría. Gritos, nos hicieron correr. Todo volaba. Ella emepzó a ir más rápido y yo reparé por qué, yendo con todas mis fuerzas hasta tomar a Giovini de los hombros y sacarlo de Rubí.

No me detuve con ella, porque sabía que Pheobe lo estaba haciendo y me preocupé más de atraparlo que de otra cosa. Poco faltó para que el resto de los de mi cuarto se me unieran, sorprendiéndome, al ayudarme a reducirlo. Lo arrastramos hasta adentro; temía por Phoebe, pero sabía que con ese depravado lejos, era difícil que algo malo pudiese llegar a pasarle: porque ella no estaba metida en nada, no habría ningún tipo de ajuste de cuentas. A menos que quiseran meterse conmigo, por lo que traté de ir lo más rápido posible.

Me enteré de la muerte de Rubí tambiénde la de Gisselle, y aún no soy capaz de interiorizarlo. Corrí al cuarto, necesitaba saber de Phoebe y Helena. Al entrar, ella tenía algo en las manos y trató de bajarse, pero yo la recibí en mis brazos. Enredó sus pierna en mi cadera, sus dedos en mi cabello.

― ¿Te hicieron daño? ―me preguntó de inmediato, casi tosiendo la pregunta, tomando mi rostro entre sus manos mientras acariciaba mis mejillas.

― No. ―respondí despacio, muy despacio, casi susurrando. Luego la recosté en la cama con delicadeza― ¿Cómo te sientes?

― Estoy bien.

Sabía que me estaba mintiendo, pero no alcancé a decirle nada ya que un pequeño quejido emitido por Helena llamó mi atención. Solté a Phoebe y corrí hasta mi amiga al notar que había una aguja vacía sobre la cama, y todo calzó: cuando hablábamos, ella siempre decía que si alguna vez llegase a suicidarse, lo haría con una jerinca cargada de aire.

Horas antes, al morir Ben, creí que no había forma en que las cosas empeoraran pero el destino no hacía más que demostrarme que era posible, que habían maneras y que irían cada vez peor.

Me senté junto a Helena, abrazándola con profundo amor y devoción: era mi hermanita la que se estaba yendo, la chica que había estado para mí siempre...quien se había encargado de que entre Phoebe y yo nos hiciéramos el menor daño posible y a quien simplemente, nunca dejaría de extrañar.

― Ve con ellas...―le dije dándole calor; si iba a irse, debía hacerlo lo más protegida posible.

― Se está yendo, ¿Verdad? ―me preguntó Phoebe con voz infantil, segura de la repuesta.

― Sí.

Después de un rato en que me dediqué a abrazar a Helena, ésta habló. Fue casi un suspiro, más bien, el último de ellos.

― Gra...cia...s...

Mi cara estaba echa agua, pero no paré de acariciarla. Nadie más decía nada. Poco a poco sentía como dejaba de respirar, y si ponía atención, Phoebe también estaba llorando.

El tiempo pasó lento, angustiante, irremediablemente doloroso e imposible de parar, menos de retroceder. Me puse de pie, Helena ya no estaba, pero Phoebe sí y era de ella de quien tenía que hacerme cargo por ahora; no había tiempo para llorar a nadie...más tarde sería el momento de gastar las pocas lágrimas que me quedaban. La tomé en brazos y la senté en la cama de abajo, luego, subí a mi recién fallecida Helena hasta la cama de la madre de mi hijo. La tapé con la sábana, oculté su rostro, pronuncié un "te quiero".

Sentí las manitas tibias de Phoebe acariciar mis hombros, sus tiernos labios besar uno de ellos. Tomé su mano y la guié de vuelta a la cama; no debía estar de pie. La recosté con mucho cuidado de lado de la pared, así podría acostarme al borde y evitar que se movuera de ahí. La apoyé contra mi pecho, ella enrolló sus brazos a mi alredor.

Pensé en que, en qué día era. Era algo que por lo general me daba lo mismo pero al no querer asumir mi realidad, decidí pensar en cualquier otra cosa. Era dos de noviembre, el cumpleañose de Phoebe. Sentí ira, ira porque en su cumpleaños, mi niña había perdido lo que más quería y sufrido como nunca antes. Decidí entonces, al saber que nos quedaba muy, muy poco tiempo juntos, hacer algo que le demostrara que siempre la había amado.

― Feliz cumpleañose, Phoebe...―le susurré en el oído después de mirar mi reloj, y era la primera vez que pronunciaba su nombre en su presencia.

La sentí temblar, sé que le costaba creer que yo supiera algo así y que le llamara de esa manera. Lamento no haberlo hecho antes, lamento no haber pronunciado su nombre cada vez que tuve la oportunidad.

― Me hubiese encantado haber convertido este día en uno feliz para ti ―agregué sincerándome, dándole también, esa parte de mí que nadie más que ella había logrado conocer y diciéndole que era suya― pero ya es demasiado tarde, incluso para darte un regalo...las plantas del jardín están todas muertas, ni siquiera puedo darte una flor...―pensé con lástima, sacando mi romanticismo enterrado bajo el divorcio con Beatriz.

― ¿Sabes qué es lo que quiero de verdad? ―me preguntó sorprendiéndome ante su seguridad, ante el nuevo tono de voz tan vívido que estaba usando. Le seguí el juego.

― No, dime.

― Son tres cosas. ―me explicó concentrada en sus palabras.

Me semi senté en la cama con curiosidad, poniéndole toda la atención del mundo, toda la que no le había dado antes.

― La primera, es la que quiero ahora. Las otras dos, te las diré después.

― Adelante, te escucho. ―le incité, necesitando saber más, fingiendo que estábamos bien.

Phoebe puso esa carita de concentración que siempre me hacía reír, y mi corazón dio un vuelco al notar que nunca más volvería a ver esa cara.

― Siempre he...siempre he querido saber..Quiero saber qué se siente hacer el amor, Cole. El amor de verdad. Qué se siente cuando las maripositas en el estmago son correspondidas y...que te acaricien en serio...quiero por una vez, sentirme una con mi pareja, no un simple juguete...

Mi conciencia me azotó al escuchar eso. Un jueguete, ella era una persona, con corazón y con allma y yo por miedo, por miedo de llegar a enamorarme de ella...la había tratado como un simple juguete.

― Que cada sensación sea real, que venga de lo más hondo, sin drogas, Cole, sin testigos...y, quiero que sea contigo...

Fruncí mis labios, dejé escapar un sollozo, escuchar eso, fue casi morir. Conmigo. Phoebe quería hacer el amor conmigo...lo único que me estaba pidiendo, era algo que la mayoría de las parejas consideraban parte de su vida y que nosotros habíamos escondido todo este tiempo. Asentí, no podía negarme a eso porque hacía mucho que lo estaba deseando y...ahora que todas las barreras entre nosotros se habían disipado, no había razones para no hacerlo.

No le dije nada, ¿Qué podía decir ante eso? Lo que ella me estaba pidiendo era el corazón, e iba a dárselo, por mucho que me fuese a doler cuando se fuera con él y me dejara aquí solo.

Correría el riesgo, solamente para hacerla feliz.

Tomé su suave mentón con una de mis manos y la besé suavemente en los labios. Fui lento, como nunca, tímido, asustado, pero ganando confianza en el camino: cada movimiento no hacía más que desgarrar más mi ya corrompida alma. Porque la amaba, al fin admitía hacerlo, y no quería perderla, no quería dañarla...pero ya era demasiado tarde para eso.

Se dejó llevar, mi lengua se abrió camino en su dulce boca mientras mis manos, temblorosas como si de mi primera vez se tratara, exploraban su cálido y tibio cuerpo. Su cremosa piel hipnotizaba mis sentidos y me hacían querer ir más allá, probarla, hacerme uno con ella para siempre. Comencé a deslizar su camiseta hacia arriba, tratando de abarcar más. La temperatura iba subiendo de a poco en el cuarto, y mi boca bajó hasta su cuello, siguiendo la ruta de sus clavículas hasta alcanzar el lóbulo de su oreja, el cual no pude resistir morder, lo cual repetí al escuchar un gemido gutural y sonoro desde su boca.

Me sentí más activo entonces y comencé a repartir besos por su hombro. La oí jadear cuando me detuve para elevar sus muslos y obligarla a rodear mi cadera con sus piernas. Me hice espacio sobre su pecho y ella echó su cabeza para atrás, dándome más facilidades para moverme hasta el punto medio entre sus clavículas. Quise seguir bajando, pero su brassier me quitaba la libertad de hacerlo y sin aguantarme, en un fugaz y rápido movimiento, logré quitarlo del camino.

La sentí tiritar bajo mi toque y eso me causó una gran sensación de ternura y devoción. Olía a transpiración y sangre, sus labios, cara y cuello sabían a sal seca de lágrimas derramadas, pero aún así, jamás la había sentido mejor que hoy. Nunca, hasta hoy, me había dado el tiempo de registrar todas las sensaciones compartidas por ambos, y lamentaba que nunca más podría hacerlo. No sé qué nos hacía saber que éste no era menos que el momento final, pero lo sabíamos.

Siempre lo supimos.

Deslicé mi mano por su espalda, acercándola más a mi pecho y masajeándo un poco sus músculos tensos: después de un día tan ajetreado, no debería haber parte de su cuerpo que no le doliera. Phoebe pareció despertar después de un tanto, y sentir sus delgados labios sobre mi torso era lejos, lo más hermoso que había experimentado. Sus finos dedos se enredaban en el vello de mi pecho, haciendo figuras, jugando como el espíritu infantil que siempre ha estado en ella y durante mucho tiempo ha ocultado.

Sus caricias avanzaron hasta mi mentón y la vi sonreír y hacer una mueca ante el picor de mi barba. Me divertía, a mi también me divertía. Le bajé los pantalones despacio, los mismos que le había puesto con tanto cuidado horas antes y la recosté sobre el colchón. Y entré en pánico. Estaba profundamente nervioso, no sabía si debía seguir o no, ¿Qué tan herida estaría?, ¿Y si le dolía?, ¿Qué pasaba si algo le ocurría por mi culpa? No...no estaba bien seguir en esto, la amaba era cierto y quería hacer el amor con ella, también era verdad, pero...

Sus manos tomaron las mias, las cuales estaban tensas y agarrotadas y las arrastró hasta su cadera, alentándome a terminar de quitarle su pantalón. Guió mis manos, yo no supe reaccionar y ella terminó de hacerme quitárselos. Pegó un ligero salto, y yo apoyé mis palmas en su coxis.

Me detuve a mirarla.

Su carita estaba pálida, sus ojos rojos e hinchados, pero sus labios mostraban una sonrisa ligera, calmada, no como su pecho, que no paraba de subir y bajar sin coordinación en su respiración. Sus huesos se hundían en su piel, no tanto como antes, ya que su vientre seguía hinchado, aunque poco, y sus pechos estaban un poco más grandes que meses atrás. Me miraba con expectación, estaba aquí, pero también en su mente.

Y me encanta cuando hace eso, cuando fluctua entre aquí y allá, cuando me deja entrever lo que piensa pero no dice nada, sin ocultarme que algo está reflexionando.

Me incliné hacia adelante para besar su frente, porque no resistía las ganas de besarla para siempre.

Para toda la eternidad.

Le besé la nariz, depostié un tierno beso en sus labios y bajé hasta su ombligo. Cerré los ojos con impotencia: nuestro Ben ya no estaba ahí, nunca más iba a estarlo...y ni siquiera tenía el consuelo de tenerlo en su cunita en el cuarto de al lado. Sentí rabia e impotencia, ¿Por qué se había tenido que ir?, ¿Por qué así?, ¿Por qué no yo en su lugar?, Phoebe hubiera sido mucho más feliz con él que conmigo...y yo, hubiese dado mi vida si hubiese podido para poder verlos desde arriba, protegerlos desde el cielo.

¿El cielo?, ¿Estaba hablando en serio? Yo no tenía derecho a ir al cielo. Yo había destruido a mi familia, perdido a Johanna, asesinado a mi hijo...acabado con Phoebe.

No tenía derecho a nada.

Acaricié su vientre con suavidad, dándole así, las gracias por todo. Pidiéndole disculpas a su vez. Tomé sus manos, ella enredó sus dedos en los míos y yo apoyé mis rodillas en la cama, cada una a un extremo de su cintura. Phoebe separó nuestra unión para desabrochar mis jeans, algo desesperada al principio, pero después se tranquilizó y fue lento, hasta que ambos logramos despojarme de mis pantalones y calzoncillos, y yo mismo me quité mi camiseta.

Miró hacia arriba y me sonrió. Mis brazos tiritaban, temerosos, y mis ojos no dejaban de soltar ríos. Le besé otra vez los labios, casi aplastándola por el peso. Jadeé, mezcla de dolor, y mi esfuerzo por no aplastarla completamente.

Ella limpió mis lágrimas con una dulce caricia y me besó la punta de la nariz. Sonreí, era demasiado tierna para su propio bien y eso me alegró: reí despacio, ojalá lo nuestro hubiese sido así desde siempre.

Acaricié sus muslos, los cuales debían seguir cansados, haciéndole círculos con los dedos antes de bajar hasta sus rodillas. Sentí un escalofrío al ver su blanca piel manchada de sangre seca. Separé sus piernas con mucho cuidado, el máximo posible, esperando alguna queja o comentario: pero no dijo nada. Dudé un poco, pero decidí continuar, sin saber por qué. No, si sabía porque: quería seguir porque quería darle su regalo que, a la larga, era más mío que de ella.

Me armé de valor y llevé uno de mis dedos hasta su entrada, introduciéndolo despacio. Me alerté de inmediato cuando la escuché gemir con fuerza, y no supe diferenciar si era dolor o placer. Me quedé más tranquilo cuando vi que se tapó la boca para ocultar una sonrisa traviesa, pero aún así, creí que no era un juego para ser tomado de esa forma. Tomé su rostro con mi otra mano, haciéndola mirarme y, por primera vez, me atreví a hacerlo a sus ojos.

Nos miramos.

Por primera vez, la miré a los ojos y deseé haberlo hecho antes. Eran hermosos, como los recordaba desde la primera vez que los había visto ese día en que la había conocido y me había prometido, no volver a mirarlos jamás. Porque eran sagrados. Eran la ventana de su alma, y yo...yo no merecía tener su alma, siempre lo supe, pero no pude evitar tenerla y hacerla trizas en el proceso.

Mi Phoebe asintió y entre sus manos, acogió la mía. Me sonrió con tanta confianza y paz, que le creí. No podía dudar de esas avellanas marrones. Tomé arie profundamente, fruncí el ceño y cerré los ojos algo dubitativo, acomodándome bien entre sus piernas. Y ocurrió otra vez: al abrir mis ojos, los suyos estaban mirándolos fijamente. Le dije, sin hablar, que la amaba. No sé cómo, pero ella lo entendió perfectamente y yo supe, que sentía lo mismo. Dejó caer una lágrima y se mordió los labios, sacudiéndose un poco ante la emoción: pero el contacto visual, no lo perdimos nunca. Se veía feliz, pero no sé si estaba más contenta que yo...porque yo, por primera vez, había dicho esas palabras a una mujer cargadas de significado: y ni siquiera había hablado.

De a poco fui bajando, sin dejar de mirarla. Bufó cuando me detuve, a punto de entrar: estaba nerviosa, así como yo. Era nuestra primera vez, tanto juntos, como de manera , hasta ese día, habíamos hecho el amor.

Volví a pedirle permiso con mi mirada, ahora que éstas nos decían todo sin miedo. Ella repitió que sí y yo avancé con cautela, prometiéndome que no entraría más allá de la punta para tantear terreno. La mueca de dolor, el quejido desde la boca de su estómago y la contracción de su rostro fue nunca antes vista, solamente superada por todo el episodio con Ben. Miles de lágrimas cayeron de sus ojos de inmediato, una tras otra, atropellándose por salir más rápido. Quise retroceder, lo que tanto había temido había pasado, pero ella gimió más fuerte cuando intenté salir, moviendo la cabeza para todos lados. Tomó mi mano entre las suyas, dándome valor. Yo asentí, estaba asustado, pero seguí adelante a un paso tan, tan lento, que era casi lo mismo que no moverse. Odiaba hacerle daño, pero la sensación de estar en ella, no, con ella, era impagable. Y me sentí como un maldito por pensar así, de sentirme bien mientras ella sufría, pero no podía engañarme a mí mismo: no había nada superior, ni siquiera el cielo, ni el mismísimo infierno, que Phoebe.

La conexión de nuestras miradas decían todo. Todo. Hasta lo que no sabíamos que se podía decir, hasta eso que no teníamos idea que podía llegarse a sentir: todo se trasmitía, no habían secretos, éramos una sola persona separada en dos...una sola alma unida por primera vez después de tantos años perdida. Su llanto me hacía querer detenerme, por lo que lo hice, tratando de hacerle creer que no había nada más que avanzar: pero no me creyó. Me sonrió e impulsó con sus manos, mi cadera hacia adelante. Bufé enojado al verme desubierto, y a punto de largarme a llorar por la impotencia, empujé hasta el fondo.

Me sorprendía el cambio en ella y en mí, aunque no dudaba que haber sufrido y perdido tanto no nos hubiese convertido en personas nuevas. Ahora sí, estábamos completamente juntos. Ella echó su cabeza hacia atrás y yo llevé mis manos hasta su cuello para afirmarla, cuidando de no doblarla o aplastarla con mi peso. No quise moverme, pude ver que no estaba lista para ello, y lo que me lo confirmó, fue que estaba tan estática como nunca.

Le besé las mejillas y poco a poco fue bajando hasta sus senos, a los cuales también les debía una disculpa por haberlos maltratado tanto. La suavidad de su piel, la calidez de ella y las curvas que decoraban su cuerpo eran una obra de arte incalculable. El sólo hecho de estar en su presencia me hacían sentir pecador, ¿Debía un simple mortal tener acceso a tan preciosa joya? No lo sé, pero si amarla era un pecado, estaba dispuesto a pagar todas las penas del infierno. Tengo deseos de moverme, quiero ir más allá, pero le debo respeto: no lo haré hasta que ella me lo diga, y por mientras, me entretengo al sentir su mano acariciando mi cabello. Cada caricia era más amorosa que la anterior, cada sonido más excitante que el otro y a cada segundo pasado, ella se iba activando un poco más, participando de la escena. Cada vez que arqueaba su espalda o apretaba mis manos entre las suyas, sentía más ganas de comenzar a jugar y por un momento llegué a creer que estaba disfrutando mi cara de abstención, hasta encontrar que era demasiado cruel dejarme así y decidir que era hora de seguir adelante.

Pero dudé. No quería que dijera que sí antes de estar verdaderamente lista.

Sigue. ―dijo su voz rasposa, entre medio de un suspiro y un gemido grave.

Eso me convenció. Aún temía hacerle daño, pero esto lo hacía por ella, por lo que retrocedí lentamente antes de hundirme de nuevo, siempre despacio: aterrorizado de herirla.

Su cara se mezclaba en varias expresiones, tan rápidas como mezcladas: podía ver placer, dolor, tristeza y felicidad ante cada embestida y beso recibido de mi parte, y eso, era lo mismo que sentía yo; porque éramos uno solo reducidos a una corta palabra que jamás creímos que llegase a existir de verdad hasta ese entonces: amor.

Y era el amor el culpable de que nuestra alma estuviera así de desgarrada. Porque nos había dado vida, nos la habíaa quitado, y ahora, nos tenía pendiendo de un hilo del cual, cada uno, caería a un lado diferente.

Separados.

Sentir a Phoebe era la sensación más pura y nueva que había experimentado en mi vida, después de mis dos hijos, claro. Estábamos a pocos segundos de terminar, cada vez, el final estaba más cerca. Y no pude resistirme a decir algo que debí haber dicho hacia mucho tiempo.

― Te amo, Phoebe ―gimí casi pegando mi pecho contra el suyo, mirándola directamente a los ojos como en todo momento, y sin intenciones de dejar de hacerlo.

Pude ver una reacción en los suyos, una chispa de vida apareciendo y estallando junto a nosotros mientras hacía esfuerzos para juntar aire y articular:

― Te amo, Cole.

Nos quedamos un rato, los dos unidos, temiendo movernos. Apenas lográbamos respirar, asustados de lo que podría pasar ahora. Decidí que quedarme así no era lo mejor para nadie, y despacio, con el mayor cuidado posible, salí de ella y me recosté sobre su cuerpo. Enrollé sus brazos sobre su cintura, y la vi cerrar los ojos, escondiendo su rostro en mi sudoroso y desnudo torso. Llevé la mi mano libre hasta sus muslos, acariciando su piel con ella, recorriénndola por completo, registrando a la perfección cada mínimo detalle de Phoebe con mi palma. Y ella, ella hacía lo mismo, pero con mucha más elegancia y prolijidad que yo.

Enredó sus brazos con los míos, y juntó mi mano izquierda con la suya, dejándola reposar en su vientre hirviendo y todavía agitado.

Sentí que su respiración se hacía más pesada, que su cuerpo estaba dejándose caer sobre mí al tiempo en que el movimiento de su manita empezaba a hacerse más lento.

― Mi segundo deseo, ―susurró― es que recuperes a tu familia. Por m y por Benjamin, tienes que hacerlo.

Me petrifiqué al oírla hablar así. Se estaba despidiendo: era cierto, ella también sabía que no teníamos vuelta atrás y...como deseo, como algo suyo, como algo propio, estaba pidiéndome que fuera feliz. Dejé escapar un sollozo y la protegí con más fuerza, meciéndola hacia ambos lados. No quería que se fuera, no quería que dijera el tercero, porque eso...eso no haría más que dar paso a un futuro incierto, del cual lo único que teníamos claro, era que sería como fuera, pero no juntos.

― El tecero...―dijo entrecordamente, y sus manos dejaron de moverse de frentón, su cabeza se ladeó y sus ojos se cerraron sobre mi pecho antes de abrirlos otra vez― No me odies por ir por él. Amor...no me odies por querer descansar...

El sonido del reloj dando las doce, junto con los pacíficos y enamorados ojos marrón claro mirándome y diciéndome adiós, fue la marca del adiós de Phoebe, quien mientras dejaba cerrar sus párpados, emitía su último aliento.

El dolor punzante, las lágrimas imparables, la angustia echa persona y una lanza enterrada en mi corazón, eran lo único que existía para mí en ese momento. Estuve largo tiempo abrazándola, besándole la cara y las manos, diciéndole "te amo" sin parar. No me detuve hasta que mi voz no salió más, no dejé de moverme hasta que me sentí demasiado débil como para seguir haciéndolo y fue entonces, cuando su muerte me asoló: mi princesa se había ido tras nuestro ángel, ya no estaba aquí...ya no.

Esta noche, cumplo todos tus deseos: El primero lo cumplí ese día, haciéndote el amor como nunca había hecho antes...sintiendo en cada poro de mi cuerpo la necesidad de tenerte conmigo para siempre, y el dolor de saber que tendría que dajarte ir. Hoy recupero a mi familia, como me lo pediste, y jamás te he odiado...no te odio, porque jamás voy a poder dejar de amarte como lo hice, como lo hago y como lo haré.

Me limpio la cara de lágrimas y suspiro. Escucho ruido, gente acercándose, y sé que es el momento de irme si no quiero que me descubran, además...todo lo que tenía que decirle a Phoebe ya lo he hecho, y sé que estará aquí para recibirme cada vez que necesite de su compañía, y escuchándome cada vez que quiera decirle algo: sea donde sea que esté.

Apoyo mis manos en el suelo, y con todo pesar, me levanto.

― Te amo Phoebe, feliz cumpleaños. ―le digo enviándole un beso al aire, y pongo mis manos dentro de mis bolsillos antes de voltear y comenzar a bajar el pequeño cerro en el que me encuentro.

Veo que, adelante, vienen tres chicas y una anciana, cargadas de flores, y sé que son su familia. Trato de pasar rápido, sin que me vean, porque no quiero encontrarme con aquellas vivas imágenes de la persona con la que realmente conocí el amor.

― ¡Lo siento! ―me dice una de ellas al chocar conmigo, distraída en sus pasos.

― Lo lamento, no te vi. ―me disculpo, y miento.

La chica, a quien reconozco como su hermana del medio, se sonroja un poco y permite que recoja las flores que haba dejado caer.

― Adiós. ―le digo en tono suave, sin querer mirarla...me hace recordar a ella más de lo que mi corazón realmente aguanta.

Siento que las miradas de las otras tres mujeres junto a ella me siguen hasta perderlas de vista, pero estoy tranquilo: Su familia jamás supo lo de nosotros...tampoco les dije nada sobre Benjamin, incapaz de verlas más destrudas de lo que estaban ese día, unas horas más tarde de haber ido a recuperar su cuerpo al centro. Recuerdo que me haba encargado de asearla, vestirla e inventar un escenario falso de muerte, cosa de que no necesitaran realizar ninguna autopsia y jamás se descubriera nada sobre su embarazo: la mente humana tiene una capacidad increíble para crear e imaginar, solucionar problemas, cuando está realmente desesperada. Y tuve la suerte de que todo mi plan saliera bien.

Camino y doblo a la derecha por un camino de tierra hasta llegar a un enorme mausoleo que corresponde a mi familia desde hace muchos, muchos años. Entro con cierto recelo, algo cohibido, como cada vez que lo hago. El lugar es tétrico, insoportable, pero eso no me detiene para ir tan seguido como cada vez que visito a Phoebe, Gisselle, Helena y Rubí.

― Feliz cumpleaños Ben, ―le saludo, tocando su pequeña lápida, limpia de polvo― te traje un regalo, espero que te agrade.

Abro la bolsa en mis manos y busco entre ellas, un globo de helio y un peluche que amarro y anudo cerca suyo.

― ¡Dos años!, ¿Quién diría que el tiempo pasa tan rápido, hijo? ―le pregunto, y mis ojos terminan por soltar lágrimas al recordarlo entre mis brazos― vengo de visitar a tu madre, pero aún no puedo dejarle su regalo porque tus tías y bisabuela aún no han hecho su visita...sabes que no puedo dejar que sepan que soy yo el que le deja cartas y flores. Espero que puedas decirle, de mi parte, en donde sea que estén...porque sé que están juntos, que apenas ellas se vayan, dejaré sus adornos.

Me acerqué a un espacio de donde saqué una tabla para poder alcanzar un cuaderno escondido entre ellas: es el diario de Phoebe. Se dedicó a completar, ese da antes de irse, todo lo que había pasado. Acaricio la portada con dulzura, abro la primera página y ahí está su letra: desordenada, infantil, mezcla entre manuscrita e imprenta.

― Sigo llorando cada vez que leo estas hojas, hijo...― le dije apretando mis labios― pero fue en ese momento cuando comprendí que, a pesar de lo mucho que me dolía su ausencia y me dolería mi vida entera, tu madre había pasado sus últimas días sumida en la oscuridad más profunda que podía encontrase y que ahora, lejos de aquí y de tu mano, ya se encuentra libre. Hijo, tu fuiste la luz que la liberó de todo su sufrimiento...―dije guardando el diario otra vez, incapaz de leerlo hasta unos minutos más― y desde ese momento...ella nunca más estará encerrada en la oscuridad.

Cierro los ojos al recordar el día en que lo encontré, ese día...el más maldito en la historia del mundo.

Ya no estaba respirando, pero su sonrisa la hacía parecer más a un ángel. La besé en los labios, y la abracé con fuerza: no le pedí que se quedara, no podía hacerle algo así a ella. Pero me dolía, me desgarraba el alma el hecho de saber que nunca más en esta vida podría volver a verla. Se había ido, tras nuestro hijo, a protegerlo.

Horas más tarde, el calor de su cuerpo empezó a irse, y la rigidez de éste a atormentarme: tenía que actuar rápido. Me levanté, ya sin lágrimas que derramar y me dediqué a dejar a mi pequeña y frágil mueca en las mejores condiciones para ser encontrada por la policía apenas llegara. Rebusqué algo sobre su cama, en donde yacía Helena tan pesada como una roca, y vi que, cerca de sus brazos, había un cuaderno que me pareció familiar: el diario de mi Phoebe.

Lo tomé entre mis manos, como a un tesoro invaluable, único, como si fuera a desvanecerse entre mis dedos apenas al entrar contacto con él. Me sienté junto a ella, y le tomé la mano mientras abría la página número uno, encontrándome con una hoja suelta sobre puesta:

"Cole, amor de mi vida:

Comencé a escribir este diario tiempo antes de llegar aquí, en casa. Tengo varios de estos guardados allá, y siempre inicio uno nuevo cuando se acaban las hojas, pero ninguno es tan importante como lo es este: este cuenta todo lo que he vivido aquí, contigo y las demás, y quiero que lo guardes como algo tuyo. Depende de ti qué hacer con él despus de que lo leas; puedes quemarlo, tirarlo a la basura, guardarlo si es lo que te parece la mejor idea. Esto es tuyo, es lo único que puedo dejarte de mí, y además te dejo en la última página, las huellas de la existencia de nuestro Ben.

Te pido no olvides, dejarle la nota a mi familia...la escribí, está en la página final también. Es una carta de suicidio, de esa forma, nadie va a averiguar nada y estarás a salvo. Ellas también van a estarlo al saber que nadie me hizo daño, sino yo misma. Que morí tranquila, por decisión propia, sin que nadie estuviera detrás.

Quiero que sepas, aunque sé que lo tienes claro y a medida que vayas leyendo, menos dudas te van a quedar, que eres la persona que me enseñó a amar, y a la que le permití hacerlo, por sentirme una contigo desde el primer momento. Jamás voy a olvidarte, y cueste lo que me cueste, cumpliré esta promesa, así como sé, que tú cumplirás con las mías.

No me llores mi vida, recuérdame con alegría, porque de otra forma, nunca podré ser feliz. Quiero que disfrutes de todo lo que te has perdido estos años, de que vivas al máximo, y que, cuando tu momento llegue, puedas encontrarte conmigo. No te presiones, no te apresures...simplemente, regresa a casa y aprende a amar, así como nos amamos nosotros, ámala a ella...porque lo mereces mi amor, mereces alguien que te quiera tanto como yo lo hago, y a pesar de que odio la idea, deseo que logres encontrar a esa persona que sea capaz de darte todo aquello que yo no puedo.

Gracias por estar para mí, gracias por protegerme, gracias por amarme, gracias por simplemente, existir y haber sido parte de la única parte valiosa de mi historia.

Nunca me olvides Cole, ni a mi ni a Ben, ya que ambos te estamos esperando para continuar la historia que no pudimos terminar juntos. Te amo con todo mi corazón, siempre lo hice.

Atentamente, (Freebie para todos los demás), Phoebe para la única persona que me vio detrás de ella".


Bueno criaturitas, a pesar de todo, esto aún no acaba. No, nope, aún no. Queda la segunda secuela que es la última (uf, al fin!) así que, a los que les interese...pueden ir para allá, haciendo clic en mi nick y eligiendo "Hay luz allá afuera" o copiando esto despúes de "fanfiction" en la barra de direcciones de su navegador, sin paréntesis, claro (.net/s/6611748/1/Hay_luz_alla_afuera). Les explico: para entender ese fic, deben pretender que todo lo que ocurrió en este nunca ocurrió y que es una mera continuación de "Atentamente Freebie" desde su último capítulo; algo como un universo paralelo, por así decirlo.

Respuesta(s) de review(s) :

Daniie Armstrong: AWWW, ¿de verdad piensas eso?, ¡Gracias pequeñita!, ¡Mil gracias! Al fin tu final! vamos al feliz ahora, right now!

Viiry: Tus rr significan tanto para mí! =) Gracias, aquí la última parte.

Orquidea-Ophelia: A ti te responderé todos los otros rr en una linda carta más tarde! jaja por ahora, éste. Aw sí pobre, pobre Cole...pero bueno, tengo algo más lindo pensado para ellos (no muy exactamente qué, pero una idea vaga). Así que dame un par de días y el primer cap del otro fic estará al ire!