NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE NICK, YO SOLAMENTE ME DIVIERTO ESCRIBIENDO ESTAS HISTORIAS.

Nunca pensé que ¡Ayuda! Un Caos espiritual tuviera tanto éxito. Originalmente, había pensado hacer esta historia una independiente. Pero luego me di cuenta que muchas cosas no encajaban, así que modifiqué unos aspectos de "¡Ayuda! Un Caos Espiritual" y cambié un poco los hechos que pensaba hacer de esta historia para convertirla en su secuela.

Es, para variar, otra historia increíblemente loca que ni idea de cómo se me ocurrió. Si les gusta, agradézcanle a mi mente tan alocada imaginación. Como lo dice el título, es un giro en el tiempo. Se ubica algunos años después del caos espiritual y se enfoca en Katara y Sokka, pero también saldrán los demás.

Si les gusta, háganmelo saber en un comentario. Si no, pues también. Ya tengo escritos los primeros cinco capítulos. Este no es muy largo y varios no lo serán, pero uno que otro cap será larguísimo.(no muchos).


Capitulo 1.

Katara despertó esa mañana sola en la cama. Se levantó y por la posición del sol se dio cuenta de lo tarde que era; no le sorprendía haber dormido tanto si tomaba en cuenta que, la noche anterior, se la había pasado velando a su hija que pasaba por una crisis de insomnio. Afortunadamente, cuando ya no aguantaba más, su querido esposo apareció para ocuparse de la niña y mandarla a dormir, eso ya muy entrada la madrugada.

Se paró y vistió antes de salir rumbo al comedor, donde encontró a Aang dándole de comer a su hijita, una encantadora niña de tres años llamada Usagui.

-Cariño, ve y dale un beso a tu mamá, se lo merece tras la noche que pasó—le dijo Aang a su hija. Y la obediente niña se paró y fue con su madre, sonriente, a darle un beso de buenos días.

-¡Buen día, mami!—musitó la pequeña, con la angelical voz de su edad.

Katara se inclinó y besó su frente antes de darle un abrazo muy maternal. Entonces, susurró al oído.

-Ve a cambiarte, amor—dijo al verla en pijama—Vamos a salir pronto.

-Si—contestó la niña antes de salir disparada a su cuarto. A pesar de ser tan pequeña, la niña podía ponerse fácilmente los bellos conjuntos que le compraban.

Katara alzó la mirada para ver a su esposo, aún sentado en la mesa. Caminó hacia él y se sentó a su lado.

-Buenos días—lo saludó y le dio un libero beso en los labios.

-Buen día ¿Dormiste bien?

-No tanto como quería.

-Yo no diría eso

Ella río y vio el plato en la mesa: quedaban los restos de frutas y verduras bien picadas. Katara alzó la ceja.

-¿Usagui comió fruta?—inquirió.

-Claro.

-Solamente tú puedes hacer que coma sus vegetales.

-Y que duerma.

-¿Se durmió después de que la cuidaste?

-Solo quería que le cantara una canción de cuna.

-¿De Maestros Aire?

-Si.

-¡Es toda una niña de papá!

Aang río sabiendo que tenía razón.

Usagui era la niñita consentida de papá, no había duda en ello. La niña seguía ciegamente a su padre y pasaba casi todas las tardes jugando con él, lo veía como su súper-héroe y pensaba que nada podía pasarle a su "Súper Papá". Por otra parte, Aang adoraba a su hija y aunque la consentía mucho, procuraba disciplinarla para que se convirtiera en una encantadora niña bien educada. Pero en ello fallaba estrepitosamente; siempre que iba a reñirla, por hacer alguna travesura, los ojos azules de Usagui lo miraban triste y arrepentida y a él no le quedaba más remedio que sucumbir ante la ternura de su hija.

Por lo tanto, era Katara la que normalmente la reñía cuando se portaba mal y, en general, la que aplicaba toda la disciplina en la casa; tanto con padre como con hija. Usagui era, además, una talentosa Maestra Aire que, a su corta edad y sin previo entrenamiento, podía crear pequeñas brisas y controlar porciones pequeñas de aire. Eso dejaba a Aang maravillado y acrecentaba el ya de por sí alto orgullo y cariño que le profesaba.

Katara amaba mucho a su hija, más porque la niña era idéntica a Aang: mismo cabello, mismo rostro, mismo carácter juguetón, intrépido y libertino; de ella solamente heredó los ojos azules. Conocía bien a su hija y la quería tal y como era, pero eso no le arrebataba el pensamiento de que la niña era más inteligente de lo que debería. A veces pensaba, nada errada, que la pequeña controlaba completamente a su padre y a raíz de eso, a ella también. Y es que esa criaturita tan mona y tierna los tenía comiendo de sus manos.

Usagui tenía tanto carisma como Aang y agradaba a todos, poseía el carácter mismo de su padre y adoraba meterse en todo tipo de problemas si con eso sentía la adrenalina recorrer por sus venas haciéndola más libre. Amaba la libertad y volar sobre Appa era su pasatiempo favorito. Además, tenía un corazón noble lleno de bondad; incapaz de odiar o matar, era la representación femenina de Aang y una maestra aire en forma y carácter.

Pocos rasgos de la personalidad de Katara estaban arraigados en la niña, como lo era su instinto maternal y la necesidad impetuosa de sentirse amada. Pero ambas cualidades solían dar paso a su ingenio y espontaneidad.

Habían pasado ya cinco años desde que ocurrió ese fatal accidente con los espíritus, en que Aang fue borrado de todo el plano existencial y Katara, con los demás miembros del Equipo Avatar, tuvo que rescatarlo en esa alocada aventura en un mundo lleno de caos. De su cuello, aún colgaba ese dije con la letra "K" grabada y que fue regalo de los espíritus.

Verdaderamente era un colgante espiritual. Les había propiciado a quienes los portaban un poder más allá al de cualquier humano. Y cada collar tuvo un efecto diferente en cada persona, adecuándose a sus necesidades.

En el caso de Katara, tener el colgante era como tener a la plateada luna por dentro. El inmenso don que le daba ese astro que aparecía solamente de noche en el cielo, ahora lo llevaba siempre con ella. Katara era más poderosa que ninguna maestra agua y nadie podía vencerla en el dominio de su elemento. El agua se rendía ante su poder y se comportaba de una manera tan dócil con ella que controlarla era tan sencillo como respirar y podía usar magnitudes del líquido en la forma que le diera un gana. Solamente Aang, en la plenitud de su poder, podía vencerla.

Con Toph fue otra cosa. No solo la tierra se doblaba a su voluntad con el solo hecho de cerrar sus ojos. El metal le parecía sencilla tela que podía doblar, cortar y manipular como le diera en gana. Y la arena ¡Oh, no había nada que no pudiera hacer con ella! Toph, quien de por sí ya era una excelente maestra tierra se hizo el doble de poderosa.

Con Zuko pasó casi lo mismo que con Katara. El talismán parecía ser el propio sol, acrecentando sus dones de forma natural y haciéndolo un maestro fuego mucho más eficaz. Dominaba el rayo con una destreza impresionante, los creaba con la misma facilidad con la que hacia aparecer llamar de alturas inimaginables. El fuego era una extensión de su propio ser y su sol interior parecía ser más grande y más calórico que nunca antes.

Sokka, que no era maestro, tuvo una suerte diferente. El talismán le cedió una destreza en la espada que lo hizo un Maestro en ese combate ¡En toda la extensión de la palabra! Su agilidad acreció al mismo tiempo que su inteligencia. El sarcástico e inteligente chico del Polo Sur se hizo un cerebro puro de estrategias y soluciones; habilidad que solamente mejoraba su dominio en la espada, el boomerang y prácticamente toda arma. De entre todas las armas que Sokka comenzó a usar, le encantaron los arcos disparadores de flechas y las cuchillas (aquellas similares a las que usaba Mai)

Pero los talismanes aumentaron su energía de otra forma a parte de sus talentos ya naturales. Gracias al entrenamiento espiritual de Aang, consiguieron usar a plena voluntad la energía reunida dentro del talismán.

Era como una suave extensión de su propia esencia que podían sacar del colgante y usarla, con su energía, como quisieran. En lo que debían tener cuidado era en devolver esa esencia al talismán; la advertencia de Aang fue muy clara: si esa esencia espiritual vagaba sola y sin control por el mundo, integrándose a la propia energía del mundo terrenal, la barrera entre ambos mundos sería fracturada y con ella el equilibrio.

Esa energía era como una parte de la esencia del Mundo de los Espíritus metida en el colgante; y era precisamente ese talismán el que separaba esa esencia de la energía terrenal. La energía del Mundo Físico era completamente diferente (tras algunas lecciones, el Equipo Avatar aprendió a diferenciarlas, todo gracias al buen maestro que era Aang) y por lo tanto, debían ser separadas.

Aprendiendo esto y usando su energía para controlar la del talismán, pudieron prácticamente hacer cualquier cosa. Desde viajar ellos mismos—por tiempo limitado—Al Mundo de los Espíritus, hasta controlar de manera bastante tenue otros objetos de tamaño menor. Este grado de poder espiritual, superado únicamente por el del Avatar, les brindó una sabiduría mucho más elevada que la de otras personas.

Regresando a nuestra querida pareja, Katara se levantó del comedor y miró a Aang.

-Señor Avatar ¿No recuerda que tenemos que irnos pronto?—inquirió.

-Ah, eso—dijo.

-Si, eso.

-La verdad, no quiero.

-Supongo que no ¡Anda, ve por las maletas!

Aang hizo un pequeño puchero que hizo reír a Katara, antes de ir por las bolsas llenas de ropa que ya tenía preparadas.

-Ahora solo falta que llegue Sokka…-susurró Katara de forma distante, mientras veía el mar por la ventana, y en él, un barco con banderas azules aparecer en el horizonte.


Bueno ¿Que les pareció? Me gustaría dejar adelanto, pero eso lo dejaré mejor para la próxima ocasión.

chao!