CAPÍTULO 01

Bella miró alrededor del cuarto, cautivada por los hombres y mujeres en elegantes trajes de noche. Tímidamente alisó su mano contra la tela de su sedosa capa zafiro y metió un rizo castaño rojizo detrás de una oreja. Había tirado de cada cuerda que pudo para disputarse una invitación a esta recaudación de fondos de la más alta elite de la sociedad, con un objetivo en mente. Y allí estaba él. Edward Cullen, el multimillonario dueño de la compañía de software Auto-Tech.

Escribiendo una serie para la revista Fantasías Eróticas llamada "Las fantasías de todo hombre" ella había entrevistado a los hombres más atractivos del país. Los artículos fueron un éxito arrebatador debido a la oportunidad de poder conocer sus puntos de vista masculinos.

Desde el momento en que lo conoció en un evento de los medios, Bella quiso no sólo la entrevista, sino también al hombre. Alto, delgado, y la vez musculoso tenía un aura de poder con él que era casi visible. El grueso cabello Cobrizo. Los ojos Verdes como esmeraldas miraban por debajo de unas pestañas tan espesas que la mayoría de las mujeres mataría por ellas. Sus facciones finamente cinceladas podrían haber sido creadas por un escultor.

Había venido aquí esta noche decidida a conseguir lo que sería su última, y más emocionante, entrevista. Había escuchado todos los rumores sobre él, cómo estaba metido en la sumisión y el sadomasoquismo, cómo trabajaba para romper el espíritu de la mujer que tomaba llevándola a su aislado refugio de la isla Esme, y cómo nunca las volvía a ver después de eso. Dos palabras se usaban para describirlo en la Sala de Directorio y en el dormitorio: despiadado y frío.

Edward Cullen estaba alineado con el control, y Bella conocía sobre eso. Debido al control ella había cambiado a la abultada y regordeta Isabella Swan en la misteriosa Bella S. y había mantenido esa imagen.

Con sólo mirarlo, se le endurecieron los pezones y su entrepierna se empapó. Desde hacía meses, él estaba desempeñado un papel protagonista en su más oscura fantasía, y casi podría correrse sólo estando cerca de él. ¿Cómo podría una persona tener tal efecto sobre ella?

Mientras lo observaba, él giró y sus ojos se clavaron en ella. Si ella había estado excitada antes, eso no era nada con lo que sentía ahora. No estaba segura de poder caminar sin que su propio líquido se derramara por sus piernas.

Aparentemente, no iba a tener que hacerlo, porque él venía hacia aquí, cruzando la habitación con grandes, poderosos pasos, sus ojos como láseres incinerando agujeros en ella.

―Ah, la persistente Bella. ―Cogió una copa de champán de un camarero que pasaba, y luego dejó que sus ojos hicieran un viaje perezoso sobre cada pulgada de su cuerpo, sobre todo su metro-cincuenta centímetros. ―¿Estás aquí esta noche para acecharme?

Ella tomó un sorbo de su propio champán para calmar sus charlatanes nervios. ―Si tú contestaras mis llamadas, yo no tendría que seguirte por todas partes.

―Debes haber puesto en funcionamiento una gran cantidad de magia para venir aquí esta noche.

―Tengo... conexiones.

―Apuesto a que sí.

Un cuarteto en el rincón comenzó a tocar una balada suave, y algunas parejas se trasladaron a la minúscula pista de baile. Edward cogió las dos copas y las puso en una mesa cercana, entonces le tomó de la mano y tiró de ella por el suelo.

―Baila conmigo. Podemos discutir tu… propuesta.

Ella dejó que la llevase a través de la pista y dentro de su abrazo. La picante esencia de su colonia provocaba sus fosas nasales, y el calor de su cuerpo fluía en el suyo. Se estaban tocando desde el hombro hasta la rodilla, sus pechos presionando en su musculoso pecho, su dura polla presionando en la suavidad de su vientre.

―Así que dime, Bella S, ¿por qué estás tan ansiosa de escribir sobre mis hazañas sexuales? Seguramente tienes suficientes temas sin mí.

―Me gustaría saber lo que pasa en tu aislado refugio y escribir sobre esa famosa colección de juguetes de la que he oído hablar tanto. Los rumores dicen que tu finalidad es romper el espíritu de las mujeres que llevas allí, para hacerlas mendigar por su culminación, y tengo curiosidad sobre cómo haces esto.

Él acercó su boca a su oído, su aliento susurrando sobre su piel.

―Podrías encontrar más de lo que quieres saber.

Su lengua trazó el borde de su oreja y un pequeño escalofrío corrió hacia arriba de su columna vertebral.

―¿Estás tratando de asustarme, Sr. Cullen ?

Su brazo se apretó a su alrededor.

―Si conocieras la realidad, niñita, correrías gritando en otra dirección.

Los latidos cardíacos de Bella se aceleraron, y un oscuro deseo corrió a través de ella.

No, Edward, no lo haría. Te habrías sorprendido si supieras que quiero explorarlo contigo.

Eróticas imágenes bailaban en su mente. Casi podía sentir suaves esposas alrededor de sus muñecas y el aguijón de una palmada en su culo, y tenía que dejar de estremecerse. Se preguntó cómo podría manejar ser una de las "compañeras de juego de Edward " y quién saldría ganador.

―Tal vez yo podría sorprenderte, ―bromeó, preguntándose qué demonios estaba haciendo.

Su sonrisa era perversa.

―Y tal vez a mi me gustaría descubrirlo.

―¿Qué estás diciendo?

―Bella, durante mucho tiempo, todas las mujeres con las que he estado han tenido una cosa en mente: mi dinero, ―su voz tenía un repentino borde de dureza. ―Ellas harían casi cualquier cosa para reclamarme como su premio. Pero ninguna de ellas tiene tu estilo, tu espíritu o tu rapidez mental. Oh, sí, yo sé todo sobre cuán afilada eres. Los rumores te siguen a todas partes, también.

―¿Lo hacen, ahora?

La música se detuvo, pero él no la liberó.

―Te diré qué. ¿Estás jugando por una negociación, Bella S?

―Tal vez. Si esto me va a conseguir mi entrevista.

―Oh, esto te dará más que lo que esperas ―Su mirada sostuvo a la suya ―Vente a pasar el fin de semana conmigo en mi isla. Experimentarás de primera mano por qué estas mujeres me ruegan que las folle. Piensa lo que esta historia haría.

Ella negó con la cabeza.

―No lo creo. ―¡Estúpida! ¡Di que sí!

―¿Temerosa? ―Bromeó.

―No, en absoluto. No me asustas. ¿Pero todo un fin de semana? No lo creo.

Él levantó una ceja.

―Veinticuatro horas, entonces.

―¿Y consigo mi historia?

―Este es el trato. Si yo consigo hacer que me ruegues para que te folle antes de que nuestro tiempo se termine, no hay historia. Por otro lado, si eres tan fuerte como dices y me haces luchar por tu respuesta, voy a dejarte escribir cualquier cosa que quieras. ―Su mirada la inmovilizó. ―Sólo una regla.

―¿Oh? ―Su cerebro estaba urdiendo. ―¿Y cuál es?

―Yo tengo el poder. Todo es válido. Lo que sea.

Ella estudió sus ojos, preguntándose qué estaba pasando por su mente.

―No estoy segura...

―No voy a hacer nada que te haga daño. Eso no es lo que soy. El único dolor que impongo es por placer. Y te garantizo que te llevaré a alturas sexuales que nunca has alcanzado antes. ―Inclinó la cabeza más cerca de la de ella, sus ojos oscurecidos. ―¿No tienes fantasías propias que te gustaría explorar?

¡Oh, si supieras!

Su coño palpitaba ahora.

―Sí, puedo verlo en tus ojos. ―Su pulgar le acarició la clavícula. ―Estás tan caliente ahora mismo que podría hacerte correr con un pequeño esfuerzo.

Sable se humedeció los labios.

―Lo dudo.

Su sonrisa fue arrogante.

―Este es un desafío que no puedo resistir, ―La cogió de la mano. ―Ven conmigo. Ahora.

Antes de que pudiera congregar a su sentido común lo suficiente como para protestar, él la sacó del salón de baile hacia afuera donde esperaba su limusina. En cuestión de segundos estaba yaciendo sobre el asiento trasero, su vestido amontonado en la cintura, las piernas ampliamente abiertas.

Sus dedos separaron los labios de su coño, y oyó el silbido de su aliento inhalado.

―Deliciosamente húmeda. Y tan lista. Yo sabía que había fuego aquí.

Su corazón tronó mientras él deslizaba sus manos debajo de su culo, la levantó y empujó su lengua profundamente dentro de su llorosa vagina. Una mano pellizcando y frotando su hinchado clítoris mientras la follaba con su lengua.

Su orgasmo llegó con abrumadora velocidad, absorbiéndola con su intensidad, inundando su boca. Su inteligente lengua la lamió hasta que el último temblor se apagó y él estuvo chupando hasta la última gota de fluido de ella.

Se inclinó hacia atrás del asiento y la empujó contra él, sus ojos ardiendo en los suyos.

―Sin látigos ni cadenas esta noche, Sable, ¿y viste lo fácil que te hice correr? Pero este es el último orgasmo que obtendrás de mí sin suplicarlo. Veinticuatro horas es mucho tiempo para contenerte. ―La ayudó a salir del coche. ―Antes de que nosotros terminemos me vas a rogar porque meta mi polla en tu coño o culo y te joda los sesos.

Sable respiró y exhaló lentamente, su mente todavía tambaleando.

―Veremos. Deberías saber desde el principio que yo nunca ruego por nada.

―Mi chofer te recogerá el viernes por la mañana. A las ocho en punto, ―empezó a alejarse y se detuvo ―No empaques nada. Tengo todo lo que necesitas en la casa.

Entonces se fue, entrando en el edificio con su paso arrogante.

Bella se limitó a mirar detrás de él, su respiración todavía desigual, la pizca de deseo sensual corriendo por sus venas. Pensó en el próximo encuentro y se estremeció, preguntándose exactamente en qué se había metido ella misma.

Edward se detuvo en el vestíbulo del club privado y se apoyó contra la pared, aún no estaba listo para unirse a la multitud. Estaba jadeando, y lo sabía. Había escalado casi todas las montañas que debió enfrentar en los negocios y tenido más mujeres que las que podía contar. Ahora estaba harto y cansado de todas, tan avaras y codiciosas que le permitían humillarlas de innumerables maneras si pensaban que podrían atarlo a ellas. Había comenzado a ponerlas a prueba sexualmente cada vez más para ver si sólo una de ellas tenía la determinación para resistirse. Para enfrentarlo.

Él quería una mujer que estuviera ansiosa por el placer mutuo. Bella podría ser esa mujer. Le había hecho el desafío por un capricho, pero algo en ella encendió un fuego dentro de él. Había esperado que la pequeña escena en la limusina pudiera extinguirlo, pero en su lugar sólo había aumentado su intensidad. Maldita sea, si ella no tenía el más dulce coño que había probado nunca. ¡Jesús! Ella era como fuego en sus brazos, sus fluidos en su boca como una droga. Si no se cuidaba a sí mismo, podría llegar a ser adicto a ella.

Ella le intrigaba. No era hermosa en el sentido clásico. La consideraba demasiado bajita, sus facciones eran asimétricas y sus senos eran pequeños. Pero tenía una vibrante personalidad y un particular estilo exótico que causaba sensación en los hombres. Fuera lo que fuese, sólo bailar con ella le produjo una furiosa erección y agitó algunos sentimientos olvidados en su interior.

La aceptación de su desafío lo sorprendió. Se preguntó cómo iba a reaccionar a lo que él había planeado.

Más importante aún, ¿cómo lo iba a afectar? ¿Iba a poder mantener la calma, la distancia mientras intentaba quebrarla sexualmente?

Sacó su teléfono celular. El viernes estaba a sólo dos días, y él tenía que hacer los arreglos.

La limusina se detuvo delante de condominio de Bella a las ocho en punto de la mañana del viernes. Un chofer uniformado se bajó y abrió la puerta del pasajero para ella. Cruzando las piernas mientras se sentaba en el asiento, ella era consciente de su coño depilado bajo su vestido, el resultado de un día de spa preparándose para ello. Había pasado dos noches sin descanso plagadas de sueños de Edward Cullen y su amaestrada lengua. Si algún hombre podía hacerle perder el control y gritar, estaba segura que era él, pero no tenía ninguna intención de darle esa satisfacción. Ya estaba caliente ante la idea de finalmente representar algunas de sus fantasías, pero la batalla estaba en marcha y no tenía ninguna intención de perderla.

En poco tiempo llegaron a la sección del aeropuerto para aviones privados, subiéndose a un Gulfstream G con Auto-Tech discretamente pintado en el lateral. Una rubia alta con pantalones blancos y un jersey azul marino con el logotipo de Aero-Tech esperó al pie de la escalera.

Soy la señorita Hale. Bienvenida a bordo. Nuestro tiempo de vuelo es poco más de tres horas. Por favor, póngase cómoda. El Sr. Cullen se encontrará con Ud. cuando aterricemos.

Bella asintió con la cabeza y subió las escaleras.

Yo realmente estoy haciendo esto.

La cabina se parecía como la elegante sala de estar de alguien, con sillas y sofás en un suave cuero gris y una gruesa alfombra en el suelo. Una caja envuelta para regalo descansaba en uno de los sillones, una tarjeta con su nombre estaba metida debajo de la cinta. Bella arrancó la envoltura, abrió la caja de caoba y se quedó mirando el contenido. Con los dedos ligeramente inestables abrió la tarjeta.

Buenos días, Bella. No es necesario esperar a tu llegada para comenzar. Estoy seguro que estás familiarizada con estos elementos. Por favor, utilízalos tan pronto como estés en el aire. Y no pienses en negarte. Recuerda nuestro acuerdo. Yo llevo el control.

Estaba firmado con una E.C mayúscula.

Miró el contenido de nuevo, un dilatador anal, lubricante, un vibrador y un pequeño mando a distancia, y una ola de lujuria surgió a través de ella. Su coño se apretó en respuesta a las imágenes mentales que atravesaron su mente y sus pezones se endurecieron.

La señorita Hale le había mostrado el dormitorio en suite con su bien equipado cuarto de baño, y tan pronto como ellos se nivelaron, Bella se desabrochó el cinturón y se dirigió a la suite con su caja. La habitación era tan lujosa como el resto del avión, con muebles y accesorios que le harían agua la boca a cualquier decorador. Ningún avión de segunda clase para Edward Cullen.

Saliendo de su tanga, abrió la caja y tomó el dilatador anal. Tenía uno en casa que usaba, pero era más pequeño que éste. No había permitido que ninguno de sus lastimosamente pocos amantes la haya follado por el culo, pero estaba segura de que Alex tenía esto en su lista de tareas pendientes.

Roció el dilatador generosamente con el lubricante, y luego desparramó un poco sobre su dedo, llevando la mano detrás de ella lo frotó alrededor de su ano, presionando un poco dentro de la abertura. Inclinándose usó una mano para tirar de una de sus mejillas del culo a un lado, y la otra para introducir el dilatador. Le tomó un esfuerzo de voluntad no imaginar la mano de Edward presionando el tapón en el recto, y la idea le hizo apretar el coño.

Después de asegurarse que el dilatador estaba correctamente asentado, cogió el vibrador, levantó una pierna, y puso su pie sobre la cama. Su mano se movió hasta su coño, acariciando los suaves, desnudos labios y sintiendo la humedad que ya se filtraba hacia fuera. Separando los labios de su coño deslizó el vibrador en su vagina, y luego se colocó su tanga de nuevo.

Los dos instrumentos presionando uno contra el otro dentro de ella le daban sensación de plenitud, y descubrió que cuando caminaba solo la presión producía estimulación.

De vuelta en la cabina, la señorita Hale esperaba con una bandeja sosteniendo una copa de cristal con un líquido color ámbar.

―La etiqueta privada del Sr. Cullen, de su propia bodega.

Sable enarcó una ceja, ―¿No es un poco temprano para esto?

La rubia sonrió: ―A él le gusta que sus invitados se relajen.

Apostaría a que sí. Me pregunto si ella trabaja en todos los viajes y sabe de qué se trata.

Había también otro sobre cerrado con su nombre en la bandeja.

A estas alturas ya has acomodado a mis pequeños juguetes en tu coño y tu culo, así que vamos a pasar un buen rato. Pulsa el pequeño botón rojo del control remoto durante diez segundos cada treinta minutos. No trates de engañarme. Lo sabré. Empieza ahora.

Curioso, Bella puso su pulgar sobre el botón y presionó suavemente. El vibrador comenzó a pulsar con un zumbido de bajo nivel, y sentía su coño empezar a sentir un hormigueo. Liberó el botón al instante. ¿Qué demonios? ¿Realmente creía que ella iba a hacer esto?

Por supuesto que sí. Había accedido a dejarle la última palabra. Bebió su vino, con la esperanza de calmar su súbitamente acelerado pulso, y apretó el botón rojo. Sólo por contar hasta diez en su cabeza fue capaz de evitar retorcerse en su asiento.

Durante el resto del viaje, cada treinta minutos, obedientemente pulsaba el mando a distancia y contaba hasta diez. Las olas del vibrador resonaban hasta el dilatador anal, estimulando las paredes de los dos canales. En el momento en que pulsó el botón por última vez, ella estaba luchando por controlar su cuerpo. Sabía exactamente lo que Edward esperaba encontrar cuando ellos desembarcaran.