Sirius había pasado tanto tiempo en Azkaban, rodeado de dementores y personas con todo tipo de problemas, que aquel frío que lo calaba hasta los huesos por las noches se había vuelto algo rutinario. En el momento en que empezaba a tiritar, sentía que estaba vivo.

Algo ridículo, cierto? Pero era la única manera en que su cerebro funcionaba, le decía que su cuerpo aún no había sucumbido, que por lo menos le quedaba un día más.

Por eso, teniendo entre sus brazos a Severus, por primera vez en mucho, demasiado tiempo, sentía el calor recorrerlo por completo. Era algo nuevo, tan diferente a ese frío que lo paralizaba que no pudo evitar sonreír.

El calor del cuerpo desnudo de Severus entre sus brazos, era la prueba de que había salido del infierno, para disfrutar del paraíso junto a la persona que amaba y que lo estuvo esperando toda la vida.