Disclaimer: Todo lo que se reconozca, no es mío. Los Cullen son monopolio de la Señora Meyer. Lo demás, todo mío


1990

.

.

.

Si el primer año que Edward pasaba sus vacaciones en Forks, había oscilado entre la tristeza por tener que ir a allí a la tristeza de tener que volver a Chicago y no volver a ver a Bella, el pasado no había sido diferente.

Pero nunca se llegó a imaginar que aquel año había sido el mejor.

Su madre tenía razón. Cada lugar de La Push estaba impregnado de magia. Podía oír a las rocas contar las leyendas que había escuchado a los ancianos quileutes contar a sus nietos, una y otra vez, en un eterno ciclo de palabras que se transformaban en imágenes conexas entre si para relatar una historia.

Lastima que en su último día de vacaciones, Charlie, el padre de Bella había decidido llevarle a la noche de las hogueras en La Push, donde los ancianos Quileutes se iban a reunir para contar las historias.

Siempre lo hacían en los últimos días del verano, coincidiendo con la luna nueva.

Según había escuchado, lo hacían para atraer a los espíritus, ya que éstos no eran muy amigos de la luz.

Fuese lo que fuese, Edward juró que no podía perderse aquel espectáculo.

Sobre todo porque le gustaba oír como Bella le contaba que las llamas de la hoguera adquirían un extraño color azulado.

Tal vez, Carlisle tuviese razón cuando le explicó que aquello se debía a un complejo proceso químico que daban las sales con el calor. Pero no por ello dejaba de ser algo único.

Sin embargo, no tenía demasiada prisa por llegar.

El viajar en el asiento trasero de un viejo coche de policía le hacía sentir como un chico malo.

¡Tenía tantas ganas de llegar a Chicago y contarles a sus amigos que había tenido un encontronazo con la ley! Fanfarronadas de chicos.

Charlie no era una persona muy habladora, pero, con una media sonrisa, había accedido a poner la sirena.

Carlisle, que iba en asiento del copiloto, le había regañado, pero la riña de su padre había merecido la pena por aquel rato de diversión.

— ¡Vamos, doctor Cullen! Los niños son increíblemente impresionables. Les encantan las cosas con luces y sonidos—le comentó Charlie jovialmente. —No se podrá creer que mi Bells no se podía quedar dormida hasta que le daba una vuelta con el coche patrulla. Sirena incluida.

El niño se convulsionaba de la risa. No podía hacerlo a carcajadas porque, efectivamente, su compañera de viaje se había quedado completamente dormida, con su cabeza apoyada en su hombro.

Aun con sus pequeños ronquidos y las babas que ésta había depositado en su camiseta, Edward no encontraba un ser tan adorable como aquella niña de coletas castañas y mejillas rojizas. Era una princesa de un cuento. La princesa del verano.

Al dejar de ver arboles por la ventanilla para vislumbrarse la arenosa playa de La Push, Edward comprendió que su viaje desde la casa del jefe Swan había concluido. Poco después de frenar, Bella empezó a reaccionar y con un pequeño bostezo se despertó y levantó como si hubiera estado despierta todo el tiempo.

Al salir del coche, tropezó dos veces antes de salir corriendo. El viento cargado de agua marina la llenaba de vitalidad. Edward vio como se perdía entre la multitud presente en el espectáculo. No se atrevió a seguirla. A pesar de conocer de vista a muchos habitantes de aquel poblado, no tenía la familiaridad que Bella. Ella había crecido con ellos y prácticamente, su contacto era casi diario. Por primera vez, se sintió como un intruso. Y más aun cuando el niño con el que Bella estaba hablando animadamente, tuvo a bien echarle un vistazo y sus ojos, negros y encendidos por un fuego hostil, le dieron a entender que no era bienvenido.

Se alejó del lado de su padre, a pesar de ser su refugio, y se dirigió a las orillas de la playa para sentir como el agua chocaba en sus tobillos. Se maravilló al ver la combinación de colores de la espumilla a medida que iba oscureciendo. Elevó su cabeza hacia el cielo y vio como el sol se iba escondiendo el horizonte, oscureciendo a su paso el cielo. Crepúsculo.

—Edward. —La voz de su padre le distrajo y decidió ver que quería. Éste le hizo señas para que se acercase. — ¡Ven! Quiero presentarte a alguien.

Junto a él se encontraba un nativo de mediana edad, pero debido al encorvamiento de su espalda y su melena negra salpicada de canas, le hacía parecer un anciano respetable.

Carlisle le cogió de la muñeca y acercó la mano a la del hombre para saludarle. Era rugosa y caliente.

—Edward, él es Billy Black—le presentó. —Es uno de los jefes que regentan la reserva india. Es un hombre sabio que sabe muchas historias.

Edward abrió la boca asombrado. Seguro que por eso tenía tantas canas.

— ¿Usted ha leído tantos libros como mi padre?—Le preguntó inocentemente. —Mi padre ha leído mucho…y libros muy gordos.

Billy le dedicó una radiante sonrisa.

—Me temo que no estoy familiarizado con la ciencia de tu padre—le dijo aparentemente compungido. —Pero mis conocimientos vienen de la madre naturaleza. Ella es la base de toda la sabiduría. Y de allí se escriben todos los libros. Tu padre la coge de los libros; yo me limito a escucharla.

Edward estaba fascinado.

—Bienvenido a nuestra pequeña comunidad, pequeño guerrero rostro pálido—le saludó afablemente Billy.

— ¡No, papá!—Oyó la voz de un niño que gritaba alarmado. Se trataba del mismo que le había mirado mal. —El niño de pelo de fuego no puede entrar en territorio sagrado. ¡No ves que es un demonio disfrazado! ¡El color de su pelo lo demuestra!

Edward cogió un mechón para examinárselo. ¿Qué tenía de raro? Era pelirrojo como su abuela irlandesa y, hasta ese momento, se había sentido orgulloso de él.

No podía creerse que aquel niño—aproximadamente de su edad pero que casi le sacaba una cabeza de altura—le estuviese discriminando por aquello.

Bella, que se encontraba a su lado, suspiró pesadamente. No sabía si reír o regañar a su amigo.

—Jake, no pasa nada. —Le dio unas palmaditas en la espalda. —Es su pelo y de donde él viene es muy normal que la gente lo tenga así.

Estaba mintiendo ya que nunca había visto un color de pelo tan bonito como el de Edward.

—Además, a mí me gusta—añadió risueña.

Edward se permitió una sonrisa petulante.

Jacob—que así se llamaba el niño indio—dio una patada en la arena.

— ¡No!—Chilló. — ¿No te das cuenta que te tiene completamente hechizada? Es un niño demonio brujo que te tiene bajo su control. Hay que purificarte para deshacer el hechizo.

— ¡Jacob!—Le regañó su padre. — ¡Esos no son modales para nuestros invitados! El niño no es un brujo. Y si lo es, el fuego te protegerá de sus malas artes…

Pero Jacob seguía sin dar su brazo a torcer.

— ¡Es un demonio! ¡Demonio! ¡Demonio!

Al principio, Edward se había mostrado dolido por las palabras de Jacob, pero a medida que la paranoia de aquel aumentaba, le parecía cada vez más gracioso.

Cada vez que le señalaba su rostro se contraía y su nariz se arrugaba…como la de un perro. Edward decidió contraatacar.

Sigilosamente se acercó a él, y tocándole el hombro, contraatacó:

—Tienes razón—admitió. —Soy un niño demonio. Y como te has portado mal conmigo, te maldigo. Y mi maldición consistirá en que tu polla—no sabía exactamente que significaba aquella palabra, pero como se la había oído mencionar a Emmett, pensó que quedaba adecuada para un chico malo—se caerá a pedacitos y tendrás que mear a cuatro patas como el perro que eres…¡chucho!—Le gritó.

Jacob le miró dubitativo.

— ¿Qué es una polla?—Preguntó inocentemente.

Bella intervino.

—Es el pito—le dijo con toda la naturalidad del mundo sin un ápice de rubor. Edward la miró asombrado.

El rostro de Jake palideció y se cubrió sus partes con las manos. Luego salió corriendo, llorando.

— ¡El niño demonio dice que se va a caer el pito!

Edward empezó a reírse a carcajadas hasta que Bella le pegó una colleja.

— ¡Es muy feo lo que le has dicho a Jake!—Le reprendió. —Además esa palabra… ¡polla! ¿Dónde te has criado? ¿En el Bronx?

—Empezó él—se defendió. —No me quiere aquí. Además intenta acapararte para ti solo… ¡No quiere compartirte!

— ¡Basta!—Chilló Bella con las manos en alto. —Me niego a elegir entre los dos. Yo soy Suiza. Os quiero a los dos, aunque de distinta manera…

— ¿Cómo?—Frunció el ceño, receloso.

Bella le contestó con total normalidad:

—Él es mi amigo. Tú, mi alma gemela.

— ¡Oh!—Abrió la boca. — ¿Y eso es mucho más que amigos?

Ella asintió y le dio un beso en la mejilla. Después, se dispuso para irse.

—Tengo que ir a buscarlo para que no se ponga tonto—se disculpó. —Los hombres sois tan frágiles. —Emitió una risita. Luego, añadió seria: —Tal vez, tenga que sentarme con él, pero eso no cambiará nada. Recuerda, Suiza.

—Suiza—murmuró decepcionado.

Luego detuvo a Bella.

— ¿Tú como sabías lo que significaba la palabra polla?—Inquirió quisquilloso.

Bella, en respuesta, se rió más tontamente.

—No pretendas saber todo de mí. —Negó con la cabeza y le guiñó un ojo antes de irse a reunir con Jake.

Edward, resignado, se dispuso a buscar a su padre. Las hogueras iban a empezar.

Una vez estuvieron las hogueras encendidas, y la gente reunida para escuchar al viejo Billy, Edward no pudo evitar como los ojos se escapaban a donde estaba Bella y el maldito Jacob, agarrándola de la mano y dedicándole miradas de superioridad. Notó como la sangre le hervía y su estómago se llenaba de bilis.

Aquel verano había descubierto lo que eran los celos. Y eran tan amargos.


Y por si alguien creía que el ch...el bueno de Jake no tenía aparición estelar...¡Error! ¿Que sería de una historia sin él? ¿No creeis que perdería toda la gracia? En fin, hay que ver el lado amargo de la vida de vez en cuando. En un par de días-aproximadamente-tendré otro capitulo. Esta historia es cortita.

Y de parte de Triana y mía, gracias por la acogida.

Maggie^^

¿RR?