Este es el primer fic de una serie que constará aproximadamente de 5 o 6 fanfics. La idea es recorrer desde aquí, hasta la vida de las Hechiceras cuando sean adultas SIN MAGIA.


Capítulo 1: Prólogo.

― Patricia, ¡Hija! ―gritó su madre desde la cocina― ¡Se hace tarde para irte donde los Bennett!

― ¡Ya voy mamá!, ¡Ya voy! ―decía Patty corriendo escaleras abajo, mientras se reajustaba su minifalda lo más abajo posible para que sus padres no la regañaran, ya luego se la acomodaría otra vez un poco más arriba, claro que al salir.

― ¿Estás lista? ―le preguntó Allen, dejando el periódico sobre la mesa y tomando las llaves de su auto para ir a dejar a Patty, ya que ésta aún no podía manejar y la verdad, a él le agradaba llevarla a todas partes.

― ¿Cómo me veo? ―preguntó mordiéndose los labios, mirando sus pies algo nerviosa.

Penny salió de la cocina, secándose las manos con una toalla y la miró con una sonrisa amable. Su hija, de quince años de edad, vestía sandalias de verano blancas, una minifalda de mezclilla que sabía que al salir terminaría subiendo más arriba, aunque la niña pensara que las madres no tenían idea que todas las chicas de su edad hacían lo mismo, igual que ellas cuando eran jóvenes; una blusa sin mangas de color celeste, la cual contorneaba muy bien su delgada cintura. Se subió el cierre de la chaqueta verde que tenía encima antes de que su papá la viera, por lo general, era un poco celoso con ella y empezaría a decirle que el escote enseñaba demasiado, cuando ella pensaba que parecía musulmana tapándose tanto...ambos exageraban a los ojos de Penny, pero era así.

― Te ves hermosa ―dijo su papá, acercándose a darle un beso en la mejilla, y de paso, bajarle un poco más la falda cuando se acercó a ella― Mucho mejor.

― Claro ―susurró Patty, rodando los ojos― ¿Mi cabello está bien?...quería ondearlo pero me estaba tomando mucho tiempo y al final lo alisé y...

― Hija, tranquilízate ―le pidió su madre― Solamente vas a cuidar de Molly un par de horas, ni siquiera sabes si Víctor va a estar ahí.

― Lo sé ―refunfuñó, arrugando la nariz― Pero no lo veo desde hace...¿Nueve años? Al menos tengo que dar una buena impresión.

― ¿Una buena impresión? ―preguntó su padre― Pareciera que vas a que te pidan matrimonio; creo que estás exagerando las cosas.

― Solamente me quiero ver bien, ¿Algún problema con eso? ―se quejó de malhumor.

― Ninguno ―sonrió Penny― Pero creo que es hora de que se vayan. Bendito seas amor ―dijo besando a Allen en los labios antes de que éste abriera la puerta, esperando a que Patty saliera a través de ella― Bendita seas, sólo relájate ―le pidió antes de besar la frente de su hija y que ésta saliera tras la atenta mirada de su padre.

Patty se subió al nuevo Toyota que había comprado su padre para enseñarle a manejar, y que sería suyo apenas cumpliera dieciséis años y tuviera el permiso para conducirlo. Era rojo, ni muy grande ni muy pequeño, pero cabían cinco personas con facilidad en él, y un poco apretujados, cabrían seis o siete.

― Estás tan grande ―comentó Allen al subir y ver, no a la niña que había llevado de la mano a su primer día de clases nueve años atrás, sino a toda una señorita que muy pronto sería una mujer adulta.

Patty sonrió y tomó la cariñosa mano de su padre, quien tuvo que separarse de ella para comenzar a manejar.

La chica de cabello castaño, seguía siendo una fiel imagen a la niñita que alguna vez fue. Era determinada, independiente y con un sentido de la responsabilidad muy desarrollado. Era muy estudiosa, y bastante coqueta, aunque también bastante tímida cuando se trataba de un chico que le gustaba en serio. Su pasión y gran talento era cantar, por lo que prendió la radio apenas notó que estaba apagada.

― Me gusta esta canción ―acotó Allen al escuchar la melodía del coro de una canción de Cindy Louper, la cual pegaba en todos lados últimamente.

― Yes I'm waiting for your change of heart, at the edge of my seat, please turn it around.

Cantaban juntos, moviendo la cabeza y tamborileando con los dedos. Ambos disfrutaban la compañía mútua, el tiempo padre e hija, y sobretodo, compartir su pasión por cantar.

― Days go by leaving me with a hunger I could fly, back to when we were younger ―continuó Patty, pensando en cómo estaría Víctor, después de no haberlo visto durante tantos, tantos años.

Su amigo había venido de Detroit, Michigan y había sido trasladado a San Francisco por el trabajo de su padre cuando ambos tenían seis años de edad, pero parecía ser que la señora Bennett odiaba la idea de vivir fuera de su ciudad natal, por lo que, apenas terminaron el primer año en la escuela, habían decidido regresar a Michigan, despidiéndose para siempre de su mejor amigo.

― When adventures like cars we would ride, and the years lied ahead still untried ―siguió Allen, pendiente de dar la vuelta con cuidado en una calle transitada.

Ahora, el padre de Víctor había sido re transferido a la ciudad, y por cosas de la vida, le había tocado una oficina en el mismo edificio donde trabajaba su madre, siendo ella la que sugirió a los Bennett que Patty fuera la niñera de su hija menor, una que para el tiempo en que había conocido a Víctor recién era un embarazo de seis meses. Por una cosa de ganar su propio dinero, y también por la curiosidad que le daba reencontrarse con aquél viejo amigo del que apenas conservaba recuerdos, había aceptado y, ahora, estaba detenida en la puerta de su casa.

― Waiting for your change of heart... ―fue lo último que escuchó antes de que su padre apagara el motor del auto.

― ¿Quieres que baje contigo?

― No, no voy a perderme, pero gracias papá ―se despidió, besándolo en la mejilla y corriendo a tocar el timbre.

Adentro, en la casa de los Bennett, Dorothy se encargaba de apilar los cuadernos de su hija pequeña, dejándolos listos para que cuando Patty apareciera le ayudara a hacer sus deberes, ya que Víctor estaba demasiado ocupado con los suyos y ella y su marido tenían una cena de trabajo esa noche.

― ¡Molly Bennett! ―gritó Dorothy, viéndola correr y saltar con una pelotita saltarina por la habitación― Deja de moverte tanto, tu peinado se va a desarmar, y no pasé horas haciendote esas trenzas para nada.

― De acuerdo mamá –respondió con un puchero, sentándose en su cama.

― Quiero que le des una buena impresión a la hija de Penélope Halliwell, es muy importante que seas buena y dulce con ella si quieres que a tu papá le vaya bien en el trabajo ―le dijo estricta, reacomodando las cintas en el cabello largo y negro de su hija.

― Hum...―gruñó, ¿Desde cuando era asunto de ella tener que velar por el trabajo de su papá?

― ¿Eso fue una queja, señorita? ―le preguntó molesta― Sabes que no acepto faltas de respeto en mi casa, menos de una dama como tú.

― Perdón ―dijo con claridad.

― Así me gusta ―sonrió su madre, apretando sus mejillas de la manera más insoportable y dolorosa, según la opinión de la niña y su hermano.

El timbre retumbó en la casa, haciendo que Molly sonriera al saber que en pocas horas su madre se iría de ahí y la dejaría en paz un rato, y que era muy probable que tuviese diversión con la chica que iría a cuidarla; como toda niña de nueve años, la idea de tener a una adolescente tipo hermana mayor, la emocionaba demasiado.

― Si yo no voy nadie abre ―se quejó Dorothy, caminando apresuradamente y haciendo resonar sus tacones en el piso, atravesando el recibidor y reparando en Víctor― ¿Qué haces aquí?, ¿No deberías estar en el taller de biología en la universidad?

― Sí, pero lo cancelaron, dicen que reabrirán los talleres para estudiantes de secundaria el año que viene, cosas ténicas ―explicó, mordiendo una galleta que su madre le quitó de la boca; no les permitía comer a deshora.

― Encuentro espantoso que estés perdiendo tamaña oportunidad, Víctor Bennett ―le recriminó, como si fuera su culpa― Siéntate como la gente, endereza la espalda, la niñera de Molly ya llegó.

Víctor alzó una ceja, e hizo un amago de intentar recuperar su galleta, la cual terminó directo en la basura.

― "¿Niñera...?" ―se preguntó a sí mismo de forma mental― "Ahhh, niñera...qué aburrido, espero que solamente se preocupe de Molly y no se fije en mí, ya me basta con mi madre dándome órdenes y con papá fingiendo que le importamos" ―pensó de mala gana, recordando a la anciana que solía cuidar a su hermana en Detroit.

Su madre se volteó, pendiente de abrir la puerta y él aprovechó para enchuecarse a propósito en señal de rebeldía; claro que, apenas se diera vuelta, volvería a enderezarse: Dorothy no era una mujer fácil de llevar.

― ¡Hola! ―saludó, después de haberse acomodado la ropa con cuidado y girado la perilla de la puerta con sofisticación― ¿Qué tal linda?, ¿El del auto es tu padre?

― Hola señora Bennett ―saludó Patty con timidez― Sí, es papá ―sonrió, haciéndole una seña de despedida al mismo tiempo en que la señora.

― Adelante cariño, pasa, pasa ―le pidió con amabilidad fingida― ¿Quieres algo para beber? Hay agua, limonada...

― Limonada suena estupendo ―accedió Patty, fijándose en que había alguien más en el salón, sin mirarlas.

Dorothy notó en que la chica observaba a su hijo con cara curiosa, esperando a que alguien dijera algo.

― Oh, claro ―recordó, fingiendo haberlo olvidado― Víctor, saluda a Patty, ya se conocen, ¿Recuerdas a la chica del primer año de escuela en la Golden School?

Patty se sonrojó increíblemente al ver al guapo y bien vestido chico que tenía al frente, el que acababa de voltear para mirarla y darle al menos seis segundos de atención.

― ¿Patty Halliwell? ―preguntó contento, sin saber por qué, no teniendo demasiados recuerdos de aquella época pero sí rememorando cómo se había sentido ese año, feliz, cuidado y protegido por ella.

Corría el año 1978, 4 de septiembre para ser exactos y la mayoría de los niños del hemisferio norte estaba listo para comenzar su primer día de clases, pero no había nadie más lista y preparada que la pequeña Patricia Halliwell.

¿Esta será mi escuela ahora, mamá? ―preguntó la niña, afianzando el agarre de su dulce madre, quien le sonrió antes de responder.

― Claro Patty, ahora eres más grande y el kínder quedó atrás.

― Pero voy a extrañar a mis amigos... ―se quejó, aún emocionada por entrar al fin a la escuela, pero molesta porque ésta no tuviese un jardín infantil para que luego pudieran acceder al primer curso y que tanto ella como todos sus compañeros se hubieran tenido que separar ya que la guardería a la que antes había estado asistiendo, no tenía escuela para cuando se graduaran del kínder.

― Pero vas a conocer amigos nuevos ―le dijo Allen, tomándola en sus brazos y besando las mejillas de su risueña hija― Y vas a aprender a hacer muchas cosas interesantes aquí.

― Lo sé ―se rió, bajándose de los brazos de su padre y recibiendo su lonchera de Grease bien afirmada en sus manos, y colgando su mochila, que como en la mayoría de los niños, era más grande que ella misma.

― Es hora de entrar Patty ―dijo Penny tomando su otra mano libre, mientras Allen sujetaba su mochila para que no le pesara tanto, claro que sin que ella se diera cuenta.

Patty era una niñita muy independiente, que desde siempre había demostrado capacidades más adelantadas que las de los niños de su edad, además de una gran madurez, algo desfasada a sus seis cortos años; sí, Patty Halliwell era el orgullo de sus padres Allen y Penélope, quienes llevaban casados durante ocho años y se habían visto para incapacitados de tener hijos hasta su nacimiento, por lo que su pequeña prodigio era realmente un milagro según los médicos.

¿Aquí es? ―susurró a sus padres.

Se acercó a mirar a una pequeña salita con bancos, sillas y también una iguana mascota en una jaulita de vidrio, que era admirada por los pocos niños que no lloraban por tener que separarse de sus padres y tener que quedarse ahí; pero Patty estaba acostumbrada, su madre trabajaba y su padre también, y aunque pasaba mucho tiempo de calidad con ambos, solía también pasearse entre la guardería y la casa de su adorada tía Janice, hermana de su papá.

― Aquí es ―le respondieron ambos padres, orgullosos de no verla llorar a gritos como otros niños cercanos a ellos, sobretodo a uno que parecía afirmado firmemente de la pared mientras su padre trataba de soltarse de su agarre.

¡No quiero! ―gritaba pataleando, mientras el hombre trataba de liberar su pierna de sus firmes dedos alrededor de ella.

El niño parecía afirmarse cada vez más, entre cada tirón que daba su padre. Patty se sorprendió al ver que habían muchos niños llorando, pero éste le llamó la atención de manera especial al notar que era el único que estaba afirmado a la puerta como si su vida fuera a irse en ello.

― ¿Por qué lloras? ―le preguntó acercándose a él y mirándolo con curiosidad.

El niño la miró de vuelta, extrañado de que alguien le estuviese hablando y se soltó de golpe de la pared, causando que su padre casi se cayera al piso.

― ¿Por qué tú no estás llorando? ―le respondió sorbiéndose la nariz y limpiándose los ojos, sorprendiéndose al ver que era una de las tres únicas personas que estaban tranquilas.

― Porque vine a conocer amigos ―sonrió, indicando con su dedo índice a todo el resto del salón ― ¿Por qué lloras tú?

El niño frunció el ceño y miró hacia atrás, fijándose en sus padres y volteándo para responderle la pregunta.

― Porque mis papás se van a ir y me van a dejar solito...

― No es cierto ―negó Patty― Van a volver por ti en unas horas más, siempre lo hacen, mira, es fácil: en la mañana te dejan aquí, a la hora de comer compartimos todos juntos como amigos aquí adentro y luego más tarde, vienen por nosotros...y así es cada día.

― ¿De verdad? ―preguntó― ¿Y si los extraño...?

― No pasará, conocerás muchos amigos aquí, como yo, ¿Quieres ser mi mejor amigo?

― Claro ―dijo él, tomando su mochila ante la sorprendida mirada de su padre, quien recibió una sonrisa de Penny y Allen, haciéndole suponer que eran los padres de la dulce niñita que había calmado a su hijo.

― Gracias ―sonrió, dándose cuenta que era el momento perfecto para irse junto a su esposa, antes de que el niño volviese a gritar.

― Me llamo Víctor ―se presentó el pequeño, acomodando su mochila en una silla― Víctor Bennett.

― Yo soy Patricia Halliwell, pero mis papás me dicen Patty.

El timbre les indicó a todos que la Golden School daba definitivamente el inicio a la primera clase del año, y mientras algunos niños seguían llorando, los más grandes se quejaban y otros padres traban de ser consolados al ser ellos los desesperados, había dos niños en el primer piso de la escuela, sentados en el segundo asiento de la fila del medio del salón número tres, conversando despreocupadamente sin saber que de una forma u otra, sus destinos terminarían unidos para siempre.

― Hola ―saludó ella, casi susurrando.

― ¿Cómo has estado? ―le preguntó Víctor con tono alegre, notando las mejillas sonrosadas en su amiga, sin decir nada, por supuesto.

― Eh...

Patty seguía sonrojada, y Víctor parecía especialmente feliz. Dorothy tosió un poco y pasó entre medio de ambos, separándolos disimuladamente.

― Creo, que ya es hora de que tu padre y yo nos vayamos ―dijo, interrumpiendo el momento y las palabras de Patricia― Víctor, por favor, tráele un vaso de jugo ―le pidió con una sonrisa forzada, volteándose a ver a Patty― Ven querida, te indicaré lo que tienes que hacer, dónde están los números de emergencia, el botiquín, la habitación de Molly y...

La voz de la mujer se fue perdiendo a medida que Víctor caminaba en dirección a la cocina y se preocupaba de servir la limonada, mientras que su vieja amiga de la infancia era aleccionada acerca de cómo cuidar perfectamente de su hermanita menor. Algunos recuerdos de su primera infancia pasaron por su memoria, y la sonrisita que le había causado reencontrarse con ella, no se borró en toda la tarde, a pesar de no haber podido hablar con ella de nuevo; su madre se había asegurado de que la chica no tuviese un solo segundo de descanso durante la jornada de trabajo.