Capítulo 6: Sí, quiero.

Patty se encontraba en su habitación, de pie frente a un espejo de cuerpo completo cerca de su cama. Sonrió. Llevaba el cabello recogido en un moño, adornado con flores rojas y blancas. Su maquillaje era suave y ligero, combinando con el clima cálido de primavera que mayo traía consigo. El vestido blanco y delicado, pero aún sencillo dejaba sus brazos al descubierto y cubría sus piernas hasta tocar el suelo.

– Te ves hermosa, hija. –le dijo Penny entrando a su habitación.

– Ojalá papá pudiera estar aquí hoy. –respondió con un deje de nostalgia.

– Está. –le sonrió su madre– No vale la pena llora ahora, solamente vas a conseguir que ese maquillaje se corra, y estresar a Prudence.

Patty sonrió, tocando su vientre, emocionada. Su madre tenía razón: su padre estaba, él siempre estaba. No debía llorar, era el día en que iba a casarse con el hombre a quien más amaba en el mundo, el padre de su hija, era un momento feliz y así debía mantenerse.

– Vine a decirte que los invitados llegaron, estamos listos para comenzar.

– ¿Vinieron…? –preguntó Patty, su madre negó con cierta tristeza.

– Estaré abajo, Víctor te espera.

Su hija asintió, suspirando con pesadez. Dorothy no había asistido, y por consiguiente, Molly tampoco estaba ahí. Hacía un mes que no sabían nada de ellas, desde la tarde en la que Víctor había llegado a casa con la cabeza gacha, contándole lo que había ocurrido. Había llorado. Víctor no era una persona que llorara seguido, pero ella sabía muy bien lo mucho que significaba su hermana menor para él y el dolor que le causaba dejarla atrás.

Suspiró y se dio ánimos para bajar al primer piso. Una vez que se asomó al balcón y miró abajo, pudo encontrarse con su madre, una que otra amiga de la universidad y algunos vecinos de la edad de sus padres, excepto por una joven pareja que había aparecido hacía una semana, la familia Trudeau. No habían rastros de los Bennett, ni de ningún otro familiar suyo: tanto su padre como su tía Janice habían muerto debido a una explosión de gas en la casa de ésta última, ella de inmediato y él dos días más tarde.

No quedaba nadie.

Comenzó a caminar con un ramito de flores en sus manos, pensando en eso, cuando llegó abajo encontrándose con los ojos de Víctor quien le tendía la mano. Fue ahí cuando se dio cuenta de que sí quedaba alguien: aún existía una familia formada por ella y su madre, ese día Víctor se haría parte de ella y dentro de muy poco, el símbolo del amor que se tenían llegaría al mundo.

– Lamento que…–le susurró Patty a su novio, refiriéndose a los familiares de éste.

– Te ves hermosa. –le respondió él, ignorando el hecho que ella mencionaba.

Patty asintió con una sonrisa cálida y él se la devolvió, guiándola hasta el altar que habían armado en el comedor de la casa. Ella sabía que él estaba triste por eso, pero él sabía que ella también al faltarle Allen, pero ninguno de los dos quería arruinar ese momento. Se lo debían a su hija y a ellos mismos. Lo cual no significaba que Víctor no dejara de pensar en su hermana y en su madre, la última era bastante pasiva–agresiva y no era para nada justo que Molly tuviera que pagar las consecuencias de sus actos.

Penny observaba a su hija caminar de la mano de su novio con orgullo y emoción. Ambos se veían felices, a pesar de todas las dificultades que su matrimonio traía consigo, los dos parecían estar haciendo lo que sus corazones les dictaban.

Unos varios kilómetros más al este, el motivo de la amargura de Víctor se encontraba encerrada en su habitación. Hacía días que no salía de ésta, excepto cuando Molly estaba en la escuela: no quería ver a su hija menor porque ella sabía que la niña estaba de acuerdo con lo que su primogénito había hecho, por tanto, cabía en el mismo saco que él: traidora. Sabía que en ese momento, su hijo debía estar casándose con la rompe familias de Patricia Halliwell y eso la enfermaba. No quería saber nada de él ni de ella, y apenas Molly aprendiera la lección se encargaría de encarrillarla, si no, ya la encerraría en una escuela de monjas o algo parecido.

En tanto, la adolescente estaba en la cocina, limpiando lo que no había que limpiar; en realidad la casa se mantenía bastante bien ahora que estaba sola…aunque sabía que su madre cocinaba y hacía cosas cuando ella no estaba, pero siempre dejaba limpio para que no se notara. Quería distraerse, pensar en otra cosa, porque no soportaba la angustia que le causaba saber que su hermano estaba a punto de casarse y ella no podía estar ahí. La casa era un infierno y ella no sabía qué hacer, porque los días pasaban extremadamente lento y a cada minuto, su esperanza se diluía más. Momentos así le hacían desear estar muerta.

En San Francisco, Penny tomó la palabra al ver llegar a su hija y futuro yerno al altar.

– Queridos amigos, quisiera agradecer su asistencia en este día tan especial para la familia Halliwell. Como madre de la novia, aprecio muchísimo su presencia aquí y le deseo, tanto a mi hermosa y adorada hija, como a mi futuro hijo. –sonrió, emocionada– toda felicidad en la Tierra.

Patty le agradeció con los ojos aguados y Penny dejó el espacio libre para el párroco, quien luego de decir algunas palabras, preguntó:

– Patricia Halliwell y Víctor Bennett, ¿Están aquí para casarse libremente, con el objetivo de hacerse mutuamente felices y de vivir bajo los mandamientos de Dios?

– Sí, padre. –respondieron al mismo tiempo, mirándose a los ojos luego de asentir.

Ambos se giraron para quedar frente a frente, con las manos unidas.

– Víctor, ¿Quieres recibir a Leticia como esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarle y respetarla todos los días de tu vida?

El susodicho miró a su futura esposa a los ojos con una sonrisa y sin titubeos, hecho de completa seguridad, asintió.

– Sí, quiero.

Patricia apretó los labios tratando de reprimir las lágrimas, la mezcla de la emoción con las hormonas no era la mejor, pero estaba feliz, más que nunca antes en su vida. Como jamás pensó que podría ser otra vez después de la muerte de su padre.

– Patricia, ¿Quieres recibir a Juan como esposo, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?

– Sí, quiero. Penny los observaba desde su lugar con un pañuelo entre las manos. No podía dejar de pensar en su propio matrimonio y no había ningún otro deseo en su corazón, que la felicidad de la pareja y de su nieta. Deseaba que tuvieran éxito en todos sus planes, que su unión durara para siempre y que nada en el mundo se atreviera a separarlos.

– El Señor, que hizo nacer entre vosotros el amor, confirme este consentimiento mutuo, que habéis manifestado ante la iglesia. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Dichas estas palabras, Víctor atrajo a su esposa con delicadeza hasta su rostro, y sin pensarlo dos veces, la besó.