La última noche.
Capítulo Veintiuno.

Johan sigue la trayectoria de la sangre con su vista, una sangre tan brillante que contrasta con la blancura de la piel de su paciente, que aparta la mirada horrorizada ante tal espectáculo.

—Estarás bien —murmura para tranquilizarla y ambos se regalan una sonrisa de cortesía. Está acostumbrado a dicha reacción y más de una vez ha visto deslizarse el preciado líquido por las muñecas de sus pacientes, creando caminos de sangre en su blanca piel; sin embargo, puede entender que a otros no les resulte placentero y se calla las palabras que, cuando era novato, siempre solían ganarle ceños fruncidos y desaprobación. ¡Pero si es sólo sangre!, en sociedad, no es bien visto desairar a nadie, eso incluso en Australia es bien sabido.

—¡Oh, muchas gracias, doctor! —exclama la madre de la joven, que los observa atentamente de pie frente a la cama, limpiándose con un pañuelo las comisuras de los ojos—. ¿Estará bien?

La clásica pregunta, formulada a tantos antes de él y sin duda a las generaciones por venir, el pan de cada día del médico o curandero. También algo a lo que se ha acostumbrado con la práctica, que ha sido vasta y diversa desde que llegó a Australia.

—Se lo garantizo —dice él, dirigiéndole una rápida mirada tranquilizadora antes de seguir con su tarea—. Ahora sólo debe de reposar durante unos días, pues aire más fresco y puro que éste no puedo recetarle —Johan extrae la aguja del brazo de la jovencita, antes de cederle un algodón para presionar el lugar. Un procedimiento de rutina que, sin embargo, ha comenzado a gustarle, tanto que ignora la mirada coqueta que le lanza la chica, tras su flequillo de cabellos dorados. Su madre, sin embargo, sí la ha visto y se apresura a añadir:

—¿Qué haríamos sin usted, doctor? ¡Ha sido una bendición desde que llegó a Australia! —Johan le da la razón secretamente, pues la familia de esta mujer siempre está enferma por alguna u otra razón y su presencia siempre es requerida. Ni por asomo sospecha los planes que tienen madre e hija, planes que se están poniendo en marcha en ese mismo instante—. ¿Se quedará usted un poco más o regresará a Inglaterra?

—Me quedaré un poco más —comenta él, no sin vacilación. Ya ha pasado casi un año desde que partió de su tierra natal y podría quedarse en Australia para siempre, sino fuera porque debe de asistir a una boda, sino fuera porque los recuerdos y promesas aún lo atormentan—. Tengo... compromisos en casa que no puedo desatender —su maletín ya está ordenado y él listo para partir, pero las mujeres hacen todo lo posible por retenerlo un poco más.

—Oh, ¿podría ser que usted está comprometido con alguna señorita londinense? —la mujer le dirige una mirada de advertencia a su hija, pidiéndole que no abra los labios todavía. Primero tienen que sondear un poco y después ya decidirán su siguiente paso.

—Tengo que asistir a una boda —responde él enigmáticamente y con eso termina con todas las esperanzas de ambas mujeres, que malinterpretan su comentario, aunque no estén del todo alejadas de la realidad al hacerlo. Johan tiene un compromiso, por supuesto y aunque él no vaya a casarse, se siente tan unido a Juudai como cuando lo dejó en Inglaterra, quizá incluso más después de un año de silencio. Puede que no vayan a casarse y que Juudai sea de alguien más, pero Johan siempre estará comprometido con él. Siempre—. Bueno, si me disculpan, tengo otra cita.

Ambas mujeres le hacen una reverencia, tratando de ocultar su disgusto bajo una máscara de gratitud e indiferencia, mientras él sale de la habitación, absorto de nuevo en sus pensamientos, que cada vez giran más en torno a Juudai conforme la fecha de la boda se acerca. Una boda que pondrá a prueba su resolución y su paciencia y a la que desearía, de verdad, no asistir.

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Jim recorre con las yemas de los dedos las letras doradas de su invitación al "Enlace matrimonial de las familias Yuuki y LeBlanc", un constante recordatorio de su inminente regreso a Inglaterra. Por supuesto, él no tiene ningún inconveniente en regresar y lo ha hecho en más de una ocasión durante el año transcurrido, visitando a Asuka de vez en cuando, poniendo algunos asuntos con la reina en orden y ocupándose de sus tierras; no, él no tiene ningún inconveniente, pero se preocupa por Johan.

Desde que llegaron, se ha matado trabajando día y noche, tanto que incluso es conocido en el vecindario como el mejor médico y es invitado a comer todas las tardes en diferentes hogares, donde se ha granjeado el cariño y confianza de los nuevos colonos. Sin embargo, esto no habla de ninguna mejoría, pues no ha mencionado el nombre de Juudai ni una sola vez y casi siempre que se ven, está tan agotado que apenas puede sostener una conversación de minutos. Por lo cual, Jim se pregunta si realmente está listo para encarar a Juudai, la boda y la inminente separación que eso significa, ¿puede soportarlo? ¿Y si no, debe llevarlo a Inglaterra de todas maneras? ¿Cuando parece tan feliz de su profesión y tan alejado de pensamientos oscuros? Es un dilema que Jim no se atreve a plantear del todo, aunque faltan dos meses para la boda y deben de salir al menos con uno de anticipación.

Chasqueando la lengua, Jim decide que la cuestión no debe ser decidida por él solo, sino que debe hacer partícipe a Johan de ella y respetar su decisión, aun si no parece la más juiciosa. Por lo tanto, llama con la campanilla a uno de sus sirvientes, tras la dejar la invitación sobre la mesa, para darle instrucciones específicas sobre el joven Johan.

—Cuando llegue, hazlo pasar al salón inmediatamente, lo estaré esperando —apenas y escucha el servil "sí, señor" de su interlocutor, pues sus pensamientos se han perdido en su último encuentro con Juudai, sucedido dos meses atrás, todavía en pleno invierno.

¿Cómo está?, le había preguntado el castaño un día, mientras tomaban el té en la terraza, lamentando en secreto la decisión, pues el frío resultaba demasiado cortante. Al instante, Jim había sabido que se refería a Johan, pues sólo había tocado el tema cuando ambos se hallaban solos y había cierto deje de vacilación en su voz. Está bien, había dicho con una sonrisa, aunque sabía que mentía, quizás no del todo, pero todavía una mentira. Trabaja mucho, se ha hecho amigo de todos los del pueblo. Es un buen médico, y eso no era mentira, aunque de cualquier manera lo preocupaba. ¿Vendrá?, fue la siguiente pregunta del mayor de los Yuuki, tras varios segundos de silencio. No lo sé, respondió Jim y le dolía saber que aún no conocía la respuesta. No hubo más preguntas con respecto a Johan esa tarde, pero Jim pudo notar que su sola mención ponía a Juudai melancólico y pensativo, lo cual lo hacía dudar aún más el que fuese buena idea el que se vieran. Sin embargo, ambos eran adultos y las decisiones tenían que tomarlas ellos, así como aceptar sus consecuencias, tanto buenas como malas. Él sólo se limitaría a permanecer como un buen amigo y brindar consejo si era necesario, pero ellos tenían que arreglarlo y el primer gran paso era la boda.

Johan no apareció hasta una hora después, cuando la hora del té ya había terminado y Jim se contentaba con leer algunos diarios viejos que había traido de Inglaterra para matar el tiempo de espera. Johan lucía cansado, como todos los días, pero más que todo sorprendido porque Jim lo llamase, cosa que raramente sucedía.

—Hola, Jim —dice el de ojos verdes, tomando asiento junto a él, no sin antes dejar su maletín a un lado y haberse limpiado el sudor de la frente con un pañuelo—. ¿Sucede algo? —no puede evitar pensar en alguna catástrofe, alguna muerte importante y difícil de saber.

—Nada, Johan, no te preocupes —lo tranquiliza el de cabello negro, sonando su campanilla para que les lleven un poco de té—. ¿Cómo estás? Te ves molido últimamente. Nadie diría que vienes aquí de vacaciones.

—Sí, bueno... —Johan ríe nervioso y desvía la vista durante unos segundos, tratando de que no se le note la incomodidad—. Es que de otra manera me aburría y me ponía a pensar en cosas que mejor...

—Justo de eso quiero hablarte —lo interrumpe su interlocutor con rostro serio—. Supongo que ya sabes que la boda está cerca.

—Lo sé —¿Cómo olvidarlo? No tiene que mirar constantemente la invitación, que está guardada en la cómoda junto a su cama, para saber que la fecha se acerca rápidamente, acortando el tiempo que tiene para asimilarlo cada vez más.

—¿Vas a ir? —Jim va directo al punto, es mejor en ese tipo de asuntos, pues si se le dan muchos rodeos a las cosas sólo termina por ser más doloroso para los involucrados—. Tenemos que partir en dos semanas si queremos llegar a tiempo y ya estoy haciendo el equipaje, pues me quedaré allí hasta mi propia boda. Sin embago —añade, levantando un dedo para interrumpir a Johan, que sin duda tiene mucho que decir—, si prefieres quedarte aquí, la casa estará a tu disposición, amigo mío. Todo el tiempo que quieras.

—No lo sé, Jim —dice sinceramente él y sus ojos tienen un matiz de desesperación que confirma las sospechas de Jim sobre la salud mental de su amigo—. ¿Debería? Creo que puedo soportarlo, estando aquí a tantas millas de distancia. Pero no sé cuál será mi reacción cuando de verdad lo enfrente y aún si hay alguna reacción, no puedo hacer nada, ¿verdad? ¿Así que, qué tengo que perder?

—Piénsalo —Jim reitera su invitación, pues sabe que no es fácil y que no puede conseguir una respuesta definitiva de inmediato.

—Tengo el equipaje listo —lo sorprende Johan, con una sonrisa desdichada en el rostro, pues desde el principio ha pensado en asistir, aún si eso significa torturarse un poco a sí mismo. No le puede fallar a Juudai en ese día, no si quiere demostrarle que siguen siendo amigos, como le aseguró esa vez en su despacho, el último día que se vieron, hace casi un año—. No sé si regreso para quedarme, pero iré. Después pensaré en lo demás, gracias por tu ofrecimiento Jim y por soportarme, de verdad.

—No es nada, amigo —Jim le da unas palmaditas amistosas en el hombro, antes de salir de la habitación para dar nuevas órdenes sobre el equipaje de Johan—. Buena suerte con ello.

Johan le sonríe antes de verlo marchar y cuando su figura desaparece, dejando tras de sí sólo las tazas vacías del té y la invitación de la boda sobre la mesa, el joven no puede evitar hundirse en el sofá, como si tratara de desaparecer del mundo.

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—¡Un excelente tiempo para navegar, ¿eh?! —exclama Amon Garam unas semanas después, colocándose junto a Johan en la cubierta para observar el mar frente a ellos, brillante bajo los rayos del sol. Si Jim había tenido poco contacto con Johan, con Amon había sido casi nulo. El joven heredero de los Garam ha descubierto unas minas y se ha aferrado a ellas con tal ferocidad que es raro verle y salvo porque la boda es un día especial según sus propias palabras, se habría quedado en Australia para siempre. A todos sorprendió cuando apareció el día en que debían zarpar, con una pequeña maleta en mano y alegando que era de poca cortesía el que lo dejaran atrás—. Ya se adivina la primavera. Un buen tiempo para unas nupcias, si me preguntas mi opinión.

—No la pregunté —dice Johan, cortante, que desea estar solo y se ha paseado por el barco como un fantasma en lo que llevan del viaje, solo con sus pensamientos y remordimientos.

—Oh, veo que alguien está enojado —se burla el pelirrojo, cuyo carácter no ha mejorado ni siquiera por estar alejado de Inglaterra y de todo aquello que lo incordia.

—Qué observación tan astuta —replica Johan, dándose la vuelta para marcharse—. Dime una cosa —dice, deteniéndose a unos cuantos metros para encararlo con ojos furiosos. Una furia que se ha retrasado durante meses y que parece uno de los primeros síntomas de un duelo: la ira—. ¿Planeabas algo como esto cuando lanzaste tu noticia? ¿Era tu objetivo el destruirnos a ambos?

—No —los ojos de Amon brillan con cierta malicia detrás de sus lentes, poniendo en duda la sinceridad que puedan tener sus palabras—. No buscaba nada —admite, encogiéndose de hombros y aún divertido—. Quería ver qué pasaba, más no tenía nada en mente. Tengo que decir que el resultado ha sido inesperado —ríe sólo un poco al ver el semblante de Johan, desencajado y tembloroso—. Créeme, esto es lo mejor que pudo pasar. La otra opción incluía un cadalso.

Johan se marcha inmediatamente, dando pasos largos y ruidosos, que llaman la atención de más de una persona en el barco. Sólo se está torturando y con cada día que pasa, duda aún más de su decisión de asistir, pero ya no puede dar vuelta al barco y regresar a esconderse en casa de Jim. Es un adulto y es un hombre, así que debe de actuar como tal y cumplir sus promesas, por mucho que éstas le hagan sufrir.

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—¡Ah, se siente bien estar en casa, ¿no es así, Karen?! —como siempre, Jim parece alegre y risueño, a pesar de que el viaje ha durado días y semanas, en las cuales no hubo más vista que el mar extendiéndose ante sí mismos y los rostros de los tripulantes, muchos de los cuales por el encierro no mostraban buena pinta. Karen respondió con un gruñido indefinido, el que Johan se atrevió a apostar contradecía las palabras de su amigo. Sin duda tanto Karen como él compartían la añoranza por Australia, su clima tropical y sus vastas selvas, sobretodo ahora que tocaban tierra firme y frente a ellos sólo había un interminable paisaje de aburridas casas—. ¿Y qué hay de ti, Johan?

—Bueno, creo que comparto el sentir de Karen con respecto a Australia —se sincera el de ojos verdes, aunque tranquilizándolo con una sonrisa, pues no quiere que Jim crea que cometerá alguna locura. Luego se queda callado, con la excusa de estirar los músculos adormecidos, aunque en realidad sus ojos registran en todas direcciones, sin duda buscando algo.

—No le avisé a nadie que llegábamos hoy —comenta Jim, que hace lo propio mientras espera a que se comience a bajar la carga—. Pensé que así sería mejor.

—¡Ah, muy bien! —al ver que Juudai no aparecerá de pronto y mucho más tranquilo ante esta idea, Johan se da la vuelta para encarar el barco, desde donde comienzan a bajar grandes baúles que sin duda contienen sus pertenencias; todavía no está seguro de si regresa para quedarse definitivamente o si verá de nuevo sus baúles en un barco, meciéndose precariamente, al cabo de unos pocos días—. Entonces, Jim, ¿no te molestaría...?

Johan señala los carruajes que los esperan, no muy lejos de allí. Hay varios, algunos de los cuales están destinados a las pertenencias con las que acaban de regresar, pero Johan sabe que al menos uno es su transporte personal y entre más rápido suba a él y se encierre en casa, mejor. No quiere enterarse de los últimos chismes de la ciudad tan rápido, ni toparse con caras amigas, que sin duda le invitarán a tomar el té en sus casas, no quiere oír hablar nada de Juudai, no hasta que él mismo lo vea, en uno o días días más, vestido de novio y junto a Yubel.

—No, amigo mío —dice Jim y hace un movimiento con la mano para indicarle que se marche sin preocupaciones—. Gracias por acompañarme a casa.

—No, gracias a ti, Jim, por dejarme quedar —Johan lo sorprende con un rápido abrazo, antes de echar a andar con paso rápido hacia su carruaje, donde un hombre lo espera.

—¡Yo me encargaré de tus cosas, no te preocupes! ¡Y ten cuidado! —Jim parece revitalizado, sin duda se debe a su vuelta a Londres, a la perspectiva de que su propia boda también está cerca y a que verá a Asuka más a menudo, Johan desearía sentirse igual de pletórico, pero no puede y sólo se limita a alzar una mano en un gesto de despedida, antes de subir a su carruaje y ordenarle al chofer que lo lleve a su mansión, del otro lado de la ciudad.

Todavía tiene una prueba que superar y es mejor ahorrar fuerzas para ella.

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Johan se detiene en lo alto de la escalera con un suspiro, aunque sabe que no lo causa su traje de gala un tanto apretado, restrictivo. A sus pies, puede ver a su familia que lo espera, arreglando los últimos detalles en los vestidos de las doncellas que acompañarán a su madre, de los trajes de Ryou y de Sho, de la corbata de moño de su padre. Ellos actúan su intranquilidad, su miedo y su rechazo, que esconde tras una fachada serena.

—Hermano, ¿estás listo? —Sho lo observa como si tuviese una extraña enfermedad, pero sabe que no es por su reciente regreso de Australia, como los sirvientes, que tienen toda clase de ideas extrañas, sino más bien por la palidez que él mismo ha detectado en su rostro.

—Sí —dice, al menos físicamente lo está—. ¿Nos vamos ya?

—Sólo un poco más, querido —dice su madre en tono de disculpa, mientras lo observa bajando las escaleras. Si sospecha algo debido a los rumores esparcidos hace un año, no lo deja entrever y Johan piensa que es mejor así, pues de cualquier forma, ya todo es parte del pasado.

—Muy bien, no te preocupes, mamá. Yo espero —Johan se acerca a una de las ventanas y observa el precioso día que despunta a su alrededor, haciendo brillar las gotas de rocío como si fueran diamantes. No podía haber día mejor para una boda, ni mejor clima, ni mejor momento. Y aunque él no puede aceptarlo del todo, no piensa evitar que suceda. Y como una respuesta de Dios (aunque debería de haberlo negado, según la iglesia católica), algo se presenta pocos segundos después para evitarle que asista a la ceremonia, que se llevará a cabo en una de las iglesias más grandes de la ciudad.

—¡Señor! —un carruaje con un mensajero se detiene frente a su puerta diez minutos después, cuando su madre anuncia que ya está lista. Parece que hay un problema grave por cómo corre el muchacho, sorteando a los caballos listos para marcharse hacia la boda. Durante un momento, Johan piensa que algo ha sucedido, con Juudai o con Yubel, algún impedimento para la boda, pero cuando el muchacho abre los labios, sus esperanzas se desvanecen. Puede que Dios haya tenido misericordia de su alma, pero no tanta, no tanta como para obrar un milagro—. ¡Señor! Mi amo se encuentra muy enfermo, ¡necesitamos que venga a verlo de inmediato!

—Pero, ¡¿es que no puede esperar?! —pregunta Cecilia Andersen, contagiada de pronto del pánico en el mensajero y cuando dirige sus ojos hacia los de su hijo, de idéntico color, hay súplica en ellos.

—Lo siento, mamá, tengo que ir —el joven mensajero le ha entregado una tarjeta con el nombre de su amo, un hombre importante al que no conviene desairar y con el que Ryou también tiene negocios—. Vayan ustedes primero. Si es posible, los alcanzaré en cuanto termine.

Nadie dice nada mientras Johan se apresura a seguir al muchacho de la nota y sube a su carruaje, que arranca inmediatamente. Es una salvación o un castigo, no sabría decirlo, pero el no ver a Juudai casarse, quizá sea lo mejor para todos.

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—Buena suerte —su padre le da unas cuantas palmadas amistosas cuando Juudai aparece en su propio carruaje, a las puertas de la iglesia. Dentro, se puede observar a una multitud de personas adineradas, de rostros que lo buscan con la mirada, preguntándose si de verdad piensa hacerlo o si escapará. Juudai no dice nada, aunque muchas palabras de odio pugnan por salir de sus labios, palabras como ¿Ya estás satisfecho, papá?, que mueren a la luz del sol deslumbrante de esa mañana.

—Buena suerte, hijo —a su madre apenas le dirige una sonrisa cansada, antes de dirigirse hacia el altar, donde el padre le espera. Cientos de ojos siguen su recorrido, cientos de rostros que sin duda harán una comidilla de lo que se diga o no, a pesar de que los rumores tienen un año de obsoletos.

A Juudai ya no le importa, se ha sometido del todo a la sociedad en la que eligió vivir y aunque quizá haya sido una mala decisión, ya no puede deshacerla. En su lugar, se entretiene examinando los rostros de cada uno de los presentes, una masa de personas que le devuelven la vista con curiosidad. Sabe que Johan regresó a la ciudad desde hace unos días y es a él a quien busca con la mirada, aunque sus ojos castaños se detienen en Jim, que le saluda energéticamente; en Amon Garam, causante de todos sus problemas (o bueno, casi todos, pues tiene que admitir que él decidió la peor parte); Sho y los Andersen, sentados en la segunda fila a la derecha, su hermana y sus padres, en primera fila junto con la familia de Yubel. Pero Johan no está por ningún lado, por más que busca y rebusca entre los rostros empolvados de todos.

¿No ha venido?, le pregunta con mirada lastimera a Jim y éste se encoge de hombros, pues también ha notado la ausencia de Johan. La misma pregunta se repite cuando dirige sus ojos a Sho, que niega con la cabeza por toda respuesta, incapaz de explicar el percance que lo ha mantenido lejos. Supongo que es mejor, se dice el castaño, mientras la Marcha Nupcial de Felix Mendelssohn resuena en la capilla y la figura de Yubel se va haciendo cada vez más grande frente a él. Es mejor, se dice.

—Podemos comenzar —dice el párroco cuando Yubel se posiciona al lado de Juudai, no sin antes lanzarle una sonrisa bajo el misterioso velo—. Sentaos todos. Estamos aquí reunidos para...

Las palabras proceden con lentitud, en lo que parece una ceremonia que va a durar mil años. No es que no esté feliz por casarse con Yubel, más bien es que sus emociones están mezcladas. Arrepentimiento y culpa, alegría y esperanza, una dualidad que no sabe cómo superar. ¿Por qué no pueden ser los tres...?

—Yuuki Juudai, ¿acepta usted a esta mujer para amarla y respetarla por el resto de su vida, en la salud y...? —quería a Yubel después de todo, quería a Johan también. Pero algo dentro de sí mismo esperaba que alguien gritara una objeción cuando el tiempo llegó y algo dentro de sí mismo se decepcionó al ver que no llegaba. Y Johan tampoco estaba ahí cuando los declararon oficialmente marido y mujer ante los ojos de Dios, que lo que Dios unió, no lo separe el hombre y quién sabe qué más.

Johan se encontraba a varios kilómetros de distancia, con su maletín abierto y sudando a mares sobre el traje de gala, salvándole la vida a un hombre mientras otros unían la suya en sagrado matrimonio. Mientras suministraba todo tipo de medicinas al hombre, ni siquiera se le pasó por la cabeza la ceremonia. Amaba su trabajo, amaba salvar vidas y sabía que la concentración lo era todo. Pero cuando terminó, cuando el hombre le agradeció con una sonrisa, además de una generosa suma de dinero, la verdad cayó sobre él con toda su fuerza, aplastándolo contra las lujosas alfombras de esa mansión en la que había ido a parar.

Era más de medio día cuando terminó su servicio y ya no había posibilidad de detener lo que ya estaba hecho. Mientras enfilaba los escalones hacia el carruaje que lo había traido, con órdenes de llevarlo a casa, Yubel Leblanc ya se había convertido en la esposa de Yuuki Juudai y aunque todavía le quedaba la posibilidad de asistir a la fiesta de celebración, decidió no hacerlo. Había descubierto que, después de todo, no había podido superar (nunca podría, quizá) a Yuuki Juudai.

Fin del Capítulo.