CAPÍTULO 12

ELENI llegó a ver a su bisnieto a la hora del almuerzo, justamente después de que el doctor Leonides y su enfermera se presentaran en el helicóptero. Por la noche, Kevin fue al Continente en la lancha para avisarles. Después de dejarlos en la isla, voló de regreso a Atenas para recoger el equipo infantil que habían apartado en un almacén.

La enfermera Hani era una mujer de edad mediana y daba la impresión de ser eficiente y amistosa. Después de que el doctor examinó a Serena y al bebé y los declaró en buen estado de salud, se hizo cargo de todo.

En el momento en que Eleni se aseguraba de que Serena ya estaba repuesta del parto, entró Darién también ya bañado y vestido. Era obvio que había dormido un rato y Serena se sorprendió del cambio operado en él. Ya no mostraba aquel aire de derrota agobiante ni las marcas de fatiga en su semblante. Se le veía lleno de empuje, vigoroso y masculino. El no tuvo ojos más que para Serena y al cruzarse sus miradas, apareció el recuerdo de una experiencia compartida.

–¿Te das cuenta de que tu caminata para ir a verme fue la causante de esto? –exclamó Eleni al entrar Darién al cuarto–. Le dije a Serena que nunca debió hacerlo.

El se acercó a la cama para ver al hijo acurrucado en los brazos de su madre. Increíblemente ya buscaba sustento con su boquita.

–Deberías sentirte halagada, yaya –le contestó distraído mientras que con un dedo, acariciaba la muñeca infantil–. No todas las chicas, en la condición de Serena, caminarían tres kilómetros sólo para visitar a una viejecita.

– ¡Y tú deberías haber estado aquí para asegurarte de que no hiciera tal cosa!. Espero que de aquí en adelante ya no te irás.

Sí –asintió Darién, en tanto su dedo acariciante tocaba la barbilla pequeñita de su hijo–. Me quedaré de ahora en adelante, ¿verdad, Serena?

Serena no sabía qué contestar. A decir verdad no sabía lo que estaba diciendo. A menos que se tratara de que al irse ella, él estaba destinado a quedarse. Pensó con desesperación que no quería irse. Al contrario, deseaba quedarse. Cualquier cosa que él hubiera dicho o hecho, fueran cuales fuesen los motivos para que ella accediera a cumplir con el contrato infame, ella quería quedarse. Este era su hogar... este hombre era su esposo. Y ella lo amaba.

–Entonces, Serena –Eleni la retaba–. ¿Se queda Darién, o no?

–Yo... eso depende de él... me imagino. Él tiene que tomar la decisión y no yo.

La anciana carraspeó con impaciencia.

– ¡A mí me parece que ambos cargáis con la responsabilidad de vuestro hijo! –declaró con fuerza. Se puso de pie–. Ya me voy. Es evidente que quedáis en buenas manos –le tocó la cabecita al bebé– ¡Felicidades a ambos!

Darién acompañó a su abuela hasta donde estaba Yanni esperándola en la carreta, y al regresar, la enfermera Hani estaba con su esposa.

La verdad es que ella estaba todavía muy cansada, y durmió casi todo el día. Después de una cena ligera, la enfermera le dio un sedante para que durmiera también durante la noche. Por lo tanto no fue sino hasta la mañana siguiente cuando Serena descubrió que Darién había dormido en el vestidor.

La enfermera Hani estaba impaciente por enseñarle a Serena la forma de alimentar a su hijo. Tenía dudas con respecto a la conveniencia de crear esa dependencia en su bebé. Sin embargo, cuando su boquita, después de buscar el sustento, se prendió a su pecho para mamar ávidamente, se sintió muy emocionada. Darién, cuyo rostro moreno y delgado tenía una expresión curiosa de satisfacción, la observaba.

Durante los próximos días no tuvieron oportunidad de estar mucho tiempo solos y en las ocasiones que nadie más los acompañaba, él parecía reacio a discutir asuntos personales.

Pasados otros cuantos días ya estaba levantada y caminando, cosa que le sorprendió a su esposo. A la semana, el doctor Leonides pidió que lo llevaran en el helicóptero al Continente. Otros pacientes lo esperaban y ya que Serena y el bebé evolucionaban satisfactoriamente, no había razón para quedarse.

La enfermera se quedó. La habían contratado por un mes y Serena estaba contenta de la ayuda que le brindaba. Alimentar al bebé requería la mayor parte del tiempo y sus mamadas de media noche y de madrugada impedían que Serena durmiera más de tres o cuatro horas seguidas. Esto minaba su resistencia, pero se conmocionó cuando oyó que Darién discutía con la enfermera, en el cuarto que sería el del niño.

–... y yo digo que el bebé debe alimentarse con botella –decía sombríamente. Hablaba en griego pero Serena entendió.

–Si la señora Chiba puede alimentarlo por lo menos tres o cuatro semanas, se logrará el propósito –insistió la enfermera–. No existe sustituto para...

–No me diga... ¡la leche materna! –Darién la interrumpió bruscamente.– No lo creo. ¡Se ha comprobado que en algunos casos las criaturas criadas con biberón son más sanas!

–Yo no iba a decir la leche materna –respondió la enfermera con firmeza–. No existe sustituto en cuanto a la protección que el bebé siente en los brazos de su madre. También se ha comprobado que los niños alimentados con el pecho son, por lo general, niños mejor adaptados.

Serena no esperó oír más. Ahogándose al respirar, bajó la escalera y se quedó parada en el pasillo tratando de calmarse. Claro que Darién quería que le dieran biberón al niño. Mientras ella lo estuviese alimentando, su presencia era indispensable y al parecer no eran esos los deseos de él. Sobre todo ahora que ya tenía lo que había querido. ¿Por qué no se lo dijo a ella... en vez de decírselo a la enfermera?

Cuando le trajeron a la criatura para su comida, Serena la tomó con desgana y al desabrocharse el vestido dijo:

–¿No cree que podríamos empezar a darle biberón?

–¿Le ha estado hablando sobre eso su esposo, señora Chiba?

–No –Serena contestó con la verdad–. ¿Por qué?

–Porque él me dijo exactamente lo mismo. Muy bien, si es lo que ambos desean.

Serena sintió que se le asomaban las lágrimas al ver la expresión de satisfacción en la carita de su hijo. Mientras mamaba tenía el puñito apoyado contra su pecho y los ojos medio cerrados. Ella se sentía fatigada, pero añoraría estos momentos.

El cambio de alimentación no fue difícil. La enfermera se encargaba de alimentarlo por la noche, pero de todos modos, la criatura ya dormía más tiempo y las comidas se iban espaciando.

La situación de Serena todavía no estaba clara, puesto que todavía no habían tenido tiempo de tener la conversación final. Ella y Darién hablaban de cosas sin importancia y puesto que Diamante estaba en la quinta desde unos días antes, no lo veía con frecuencia. Dos días antes de la partida de la enfermera Hani, llegó otra mujer joven. Se llamaba luna y era inglesa. Serena se horrorizó cuando se la presentaron como la nana. ¡Una nana! Esto parecía confirmar sus sospechas de que poco a poco Darién le insinuaba que su presencia ya no era necesaria.

Pero, ¿y ella? ¿No valían sus sentimientos? ¿La estaban apartando de su hijo? Todavía no habían decidido qué nombre ponerle y Serena ni siquiera sabía si lo habían registrado. En parte quería rebelarse, insistir en quedarse en la isla por lo menos hasta que el bebé tuviese unos cuantos meses. La lógica le decía que eso era una tontería. Mientras más se quedara, más difícil sería irse. Ya estaba convencida que su hijo la reconocía.

Impaciente, se paseó por la alcoba, desgarrada por emociones que nunca imaginó sentir. ¡Pensar que de veras había querido irse!..

Con una determinación nacida de la desesperación fue a ver a Darién. Lo encontró en la biblioteca. Diamante estaba con él, pero se puso de pie al entrar ella y después de saludarla brevemente, los dejó solos. Serena miró con inquietud hacia el escritorio y de repente reparó en un documento legal que habían hecho a un lado. Era una copia del contrato que el señor Falstaff le dio y lo que en ella al principio fue debilidad, ahora era indignación.

–¿Qué haces? –demandó– ¿Redactando el convenio final? ¿La cláusula que me libera de este compromiso? ¿Qué tiene Diamante que ver en esto? ¿Lo discutes con él?

–Diamante es abogado –le dijo tranquilamente–. Creí que lo sabías.

–Quieres decir..., ¿que fue él el que redactó el contrato? ¿Lo sabe todo?

–Sí –Darién inclinó la cabeza–. Es el único que lo sabe.

–¿De verdad?

–¿Qué quieres, Serena? Quiero redactar estos papeles, porque deseo librarme de los asuntos de negocios por lo menos durante cuatro semanas.

–¿Por qué? –ella no le quitaba los ojos de encima–. ¿Es eso lo que se tarda hoy en día en obtener un divorcio?

–¿Un divorcio? –Darien le dio la vuelta al escritorio para pararse junto a ella–. ¿De qué estás hablando?

– ¡Divorcio! ¡Nuestro divorcio! No pretendas que se te olvidó, por lo menos no... ¡cuando tienes ese contrato a la vista!

–Tú... ¿quieres el divorcio? –murmuró incrédulo.

–Tú eres el que lo quiere.

Los ojos de Darien se entrecerraron y luego con una exclamación la agarró fuertemente y ciñó, lleno de deseo, el cuerpo de ella al de él.

–¿Te parece que quiero divorciarme? –le preguntó–. ¡Dios mío! Serena, traté de mantenerme alejado de ti, de controlar mis sentimientos pero, ¡me pones a prueba a cada instante!

La boca de él sofocó cualquier protesta de ella a la pasión de sus besos y ahogó su resistencia. La besaba profunda y ansiosamente, queriendo extraerle el último aliento y ella se le aferró con desesperación, incapaz ya de soltarlo.

–¿Y bien? –dijo al descansar su frente contra la de ella– ¿Todavía tienes intenciones de irte?

Con un gesto desvalido ella meneó la cabeza.

–Y tú, ¿no quieres que me vaya?

–No, no quiero que te vayas. Te amo, Serena. Te he amado desde hace mucho. Mucho antes de que tú supieras que yo existía.

–Quieres decir...

–Quiero decir que me casé contigo porque te amaba, porque quería cuidarte, porque no podía soportar pensar que te encontrabas sola y triste, y que tal vez encontraras a otro antes de que yo te pudiera decir lo que siento.

Serena no podía creerlo.

–Quieres decir... ¿qué te hubieras casado conmigo de cualquier modo? –hizo una pausa– ¿y qué hay de aquellas pruebas?

–Ni siquiera vi los resultados. Se hicieron sólo para convencerte de que yo hablaba en serio.

–Pero..., ¿por qué no me dijiste lo que sentías? Mi padre...

Darien movió la cabeza.

–¿Me hubieras creído? ¿Un hombre de mi edad?.

–Posiblemente.

–No podía arriesgarme. Además, no había necesidad de ello.

–¿Lo sabía mi padre?

Darién la apartó suavemente.

– ¡Bien sabía que llegaríamos a eso!

Serena parecía intrigada.

–Darién, ¿qué pasó hace ocho años?

–¿Qué sabes al respecto?

–Nada. Por eso te lo pregunto. Sí, Diamante dijo algo..

– ¡Diamante! –Darién se puso sombrío–. Debí imaginármelo. –¿Por qué no me lo habéis de decir si me incumbe?

–Sólo te incumbe en forma indirecta.

– ¡Darién!

Se le acercó de nuevo y levantando la barbilla de ella y mirándola a los ojos le preguntó:

–Contéstame algo, ¿me amas tú?

Serena tragó en seco y luego asintió con la cabeza.

–Seguramente sabes que así es.

Darién parecía muy complacido con la respuesta.

–Así que... ¿aceptarías que nos amásemos a pesar de lo que haya pasado hace ocho años? Nuestra vida juntos apenas empieza. Por eso hago estos arreglos. Es por eso por lo que quiero tener esas cuatro semanas libres. Quiero llevarte a algún sitio donde podamos estar solos. Donde pueda demostrarte que mi amor por ti desvanece todo lo demás... incluyendo el cariño tan grande que le tengo a nuestro hijo –movió la cabeza–. El contrato ya no tiene valor, es nulo. Hay que destruirlo.

–Pero tú... tú dijiste que tenías tus dudas sobre si regresar aquí o no después... después...

–Efectivamente así fue. Era la verdad. Serena, a pesar de lo que te hayas imaginado yo quería que te instalaras en la isla, quería que llegásemos a conocemos. Tomar a mi esposa por la fuerza no fue parte de mi plan. Pero eras tan... –se detuvo–. ¿Es que no puedes imaginarte lo que sentía? Sobre todo después de que me alejaste. Yo no sabía si te verías obligada a hacer algo, en tú desesperación, en caso de regresar yo. Debes admitirlo, me tenías miedo.

–Sólo al principio –murmuró tocándole la mano–. Y después, tenía miedo de mí misma.

–Lo sabía –le dijo con dulzura– Pero todavía no estaba seguro de tus sentimientos. No fue sino hasta esta última vez que regresé y que tú me correspondiste voluntariamente que supe... o por lo menos tenía la esperanza.. .

–Pero, ¿qué insinuabas cuando dijiste que me amabas desde... antes de que yo supiera que existías? Nunca oí... que mi padre mencionara tu nombre.

–No –Darién dejó caer la mano al lado de su cuerpo–. No creo que lo mencionara –hizo una pausa–. Serena, tenías doce años cuando te vi por primera vez. Eras una colegiala pequeña y delgaducha, con trenzas gruesas y te arrastrabas detrás de un hombre que debió ser más juicioso.

–Por favor... no hables así de mi padre.

–Está bien, está bien –se esforzó por mantenerse tranquilo–. Yo tenía entonces, ¿cuántos?... treinta y tres. Llevaba diez años dirigiendo la corporación Chiba. Me imagino que era cínico y estaba amargado. Pero yo sabía que tú no eras feliz.

–No hacía mucho que mi madre había muerto –se defendió Serena– Papá y yo éramos muy desgraciados.

–¿De veras? –Darién fue muy cortante–. De acuerdo, lo acepto. Bueno, empecé a sentir lástima por ti. Pero conforme crecías, mis sentimientos fueron cambiando. Seguías siendo demasiado joven. Todavía lo eres. ¡Qué Dios me ayude, soy un hombre y no un santo! Te deseé y todavía te deseo.

–Pero, ¿hubo otras mujeres? –se aventuró a preguntar.

–Aventuras pasajeras –dijo indiferente–. Nada más que eso.

–Y, ¿qué hay respecto a Rey?

–¿ Rey? –por un minuto Darién parecía intrigado y luego se sonrió–. ¡Al diablo con Rey! ¿Seguramente pensaste que me interesaba?

–Bailaste con ella y dejaste que flirteara contigo.

–Lo sé. Y tú te pusiste celosa –le puso un dedo sobre la boca cuando ella iba a protestar–. Objetivo logrado, ¿no?

–Quieres decir... –Serena retiró el dedo–. ¡Darién!

–Pues bien, ahora que la complicación del niño está aclarada, ¿cuál es la respuesta? –le preguntó él, enternecido.

–¿Te das cuenta de que todavía no le hemos puesto nombre? –exclamó, tratando de ganar tiempo.

–Por el momento, se llama Endimión Alejandro –respondió tranquilo–. A menos que tengas preferencia por otro nombre.

–¿ Endimión Alejandro? –Serena repitió el nombre suavemente–. No, no tengo preferencia. ¡Creo que es perfecto!

–Bien. Esperaba que te gustara. ¿Entonces?

Serena sabía que el momento de la verdad había llegado.

–¿Me estás pidiendo que te acepte a ojos cerrados? ¿Que me olvide de la muerte de mi padre... de su supuesto suicidio... y que te ame a pesar de todo? –dijo tranquila.

–¿Se te hace difícil la decisión?

Serena, con un gesto indicó que todo era inútil.

–No debería serlo, quiero decir, que no es una decisión fácil. Pero... Darién, de nada sirve. No puedo abandonarte. Te amo demasiado.

– ¡Serena!

La exclamación fue ahogada por la masa sedosa del cabello de la joven cuando Darién la abrazó y escondió su rostro en el cuello de ella. Sorprendida de verlo temblar, se dio cuenta del temor tan grande que él había tenido de saber su respuesta, lo cual la llenó de ternura.

Ninguno de los dos oyó cuando tocaron a la puerta y Diamante entró para hallarlos abrazados. Aclaró la voz un tanto sonora y a regañadientes, Darién soltó a su mujer.

–¿Qué pasa? –demandó con evidente impaciencia.

–Kevin está aquí. Le pidió usted que hiciera los arreglos para llevar a la enfermera Hani de regreso al Continente.

–Diablos, sí –Darién se pasó la mano por el cabello–. Se me había olvidado. –se alejó de mala gana–. Espérame aquí –le pidió con la voz ronca y ella asintió– No tardaré.

Cuando cerró la puerta tras de sí, Diamante indicó una silla.

–¿No quiere sentarse?

Serena lo hizo con gusto. Sus piernas no estaban muy firmes debido a su propia debilidad y a las caricias de Darién.

–Supongo que se quedará –dijo Diamante con afecto –. Me alegro.

–Lo amo –dijo sencillamente.

–Seguro que, ya sabe cuánto la ama él –comentó Diamante con vehemencia– Dios mío, cuando pienso en todos estos meses, en los que pudo haberle dicho la verdad y no lo hizo. ¡Sólo para proteger la memoria de su padre! ¡Le dije que era un necio!

Serena se enderezó. Estaba claro que Diamante pensaba que Darién le había dicho todo. Pero, ¿qué era todo?

–Usted... no creyó que eso fuese necesario, ¿verdad? –murmuró.

–No –Diamante se dirigió hacia la ventana–. Tsukino está muerto... ya sea por mano propia o no, no tiene importancia. ¿Por qué habría de seguir influyendo en los vivos?

–Él... él fue mi padre –se vio obligada a decir.

–¿Y qué me dice de su madre? ¿Acaso no merece ella su compasión?

Por fortuna Diamante no la miraba en ese momento, porque de ser así no habría dejado de notar la angustia reflejada en el rostro de Serena.

–Mi... ¿madre? –se aventuró a decir.

–Sí. Dios Santo, ahora que ya sabe que fue el egoísmo de su padre el que causó su ataque al corazón, ¿no siente piedad por ella?

Serena no podía aceptar lo que acababa de escuchar.

–Yo... yo... ¿usted cree que así fue?

–No lo creo, yo... –Diamante se dio cuenta de pronto de lo que ella dijo–. ¡Dios! No se lo dijo, ¿verdad? Me dejó usted seguir y no sabe nada, ¿verdad? ¡Darién! ¡Darién, qué idiota eres!

–No, por favor... –Serena se puso de pie y extendió la mano–. Por favor, no se enoje conmigo. No pude contener mi curiosidad.

–Quiere decir... ¿quiere decir que estaba dispuesta a vivir con Darién sin saber la verdad?

Serena asintió.

–Si todavía hay algo que yo no sé, entonces sí.

–Darién dijo que así sería. Que no había necesidad de seguirla hiriendo. ¡Dios! Yo lo he echado todo a perder.

Serena se retorcía las manos.

–Diamante, usted no tenía forma de saberlo. Los dos fuimos culpables. Verá, no soy tan intachable tampoco. Y... y ahora que empezó tiene que terminar. Diamante inclinó la cabeza suspirando profundo.

–¿Cómo puedo?

–¿Cómo puede ser lo contrario? Por favor, Diamante. ¿Cómo fue que mi padre causó el ataque de mi madre? Yo... yo tengo que saber.

–Creo que ahora tengo que hacerlo. Pero si Darién se llega a enterar...

–No lo hará. Por lo menos, todavía no. Por favor... continúe.

–Muy bien. Su padre era, créalo o no, un jugador compulsivo. Hoy en día se acepta como una enfermedad, como la drogadicción o el alcoholismo.. Pero hace ocho años no se le daba importancia. La gente jugaba sin prestarle atención al hecho. Su padre era uno de ellos.

–¿Y mi madre?

–Hace ocho años su padre lo perdió todo, casa, negocio, todo. Entonces fue cuando Darién se vio involucrado. Hace muchos años, su abuelo de usted había hecho negocios con la organización Chiba. En virtud de eso, su padre vino a nosotros para pedir un préstamo. Al principio Darién rehusó dárselo. ¿Y por qué no habría de hacerlo? Antes que nada, Darién es un hombre de negocios. Su padre no tenía valores, ninguna garantía. Pero, al fin Darién cedió y se lo concedió. Por desgracia, en cuanto a lo que a su madre se refiere, ya era demasiado tarde. Ella ya había descubierto lo mucho que debía su marido y usted sabe lo que pasó.

– ¡No! –Serena se quedó estupefacta.

–Me temo que así es. De todos modos, se aprobó el préstamo. Su padre había inventado una historia fabulosa: hablaba de su hija tierna que se vería obligada a abandonar la escuela y que quedaría desvalida. Darién accedió a prestarle el dinero con tal de que dejara de jugar.

–Pero ¿no lo hizo?

–No. Darién le vio en Cannes, en Montecarlo y en Saint Moritz. Donde hubiera una casa de juego, allí se encontraba. Era obvio que hipotecaba propiedades que de hecho ya no le pertenecían. Pasó lo inevitable. Estaba completamente en quiebra por segunda vez en su vida y sus deudas eran colosales. Arrastrándose, regresó a ver a Darién. ¿Se imagina lo que éste sintió? Ya para entonces Darién sabía todo lo concerniente a usted, la había visto y había empezado a importarle su futuro. En esa época se llegó al acuerdo, un contrato infame de verdad, pero difícilmente se podría culpar a Darién. Quería protegerla y no había otra forma de hacerlo. No quería adoptarla. No era eso lo que él sentía por usted. Según parece, al final su padre se arrepintió. Nadie lo sabrá jamás. Lo único que nos permite pensar así es el seguro.

–Pero, ¿cómo pudieron permitir que tomara el seguro cuando conocían la situación económica en la que se encontraba?

–¿Qué situación? Su padre sabía lo que hacía cuando acudió a Darién. Este redactó todos los convenios en privado. ¡Nadie en la ciudad sabía que era dueño de Valores Tsukino!

Serena se hundió en la silla. Pensar que durante todos estos meses había culpado a Darién por la muerte de su padre. Y como dijo Diamante, él debió haberle dicho la verdad.

Y, sin embargo, ¿debería haberlo hecho? Si ella hubiera insistido en saber la verdad antes de admitir que lo amaba, siempre se preguntaría si fue el amor o la gratitud la causa de su decisión.

La puerta se abrió de nuevo y Darién regresó a la biblioteca.

–Muy bien –dijo–. Kevin le espera para hablar con usted.

Diamante asintió, abandonó el cuarto y luego que la puerta se cerró, Darién miró intrigado a Serena.

–¿Y bien –le dijo–, lo has pensado? Serena asintió.

–No sólo lo he pensado sino que estoy completamente segura –le contestó en tanto corría a sus brazos–. ¡Darién! ¡Haré todo lo posible por hacerte feliz! –escondió el rostro contra el pecho de él.

– ¡Oh! –la miró con ternura–. ¿Qué hice para merecer esto?

– ¡Nada! –le dijo dándole un beso en el cuello–. Sólo dime una cosa más... ¿por qué querías que dejara de amamantar a Endimión? –el nombre del bebé le sonaba encantador.

–¿Quién te dijo eso?

–No hubo necesidad que me lo dijeran. Escuché cuando hablabas con la enfermera Hani.

–¿En griego?

–No estuve ociosa mientras estabas ausente. ¡Deja de evadir el asunto! ¿Por qué lo deseabas?

Darién se rió entre dientes.

–Podría decirte que estaba celoso, pero no lo haré –murmuró divertido por el rubor de Serena–. Querida, ¿cómo habría de monopolizarte si estabas tan ocupada aquí? Además, te estabas agotando y me preocupaba por ti.

–¿Y la señorita Luna?

–¿Te gusta?

–Apenas la conozco. Parece ser eficiente.

–Cuenta con excelentes referencias –admitió Darién con serenidad–. Fue la nana de los hijos de un colega de negocios. Yo no dejaría a nuestro hijo al cuidado de cualquiera. Pero si no te agrada...

–¿Quién dice lo contrario? –Serena suspiró de alegría–. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

–Creo... que tenía miedo. Querida, era posible que todavía me odiaras y no creo que yo hubiera podido soportarlo.

Serena se acurrucó de nuevo y sintió que él le correspondía. ¡Cuánto quería al hombre que era su esposo! No podía imaginarse la vida sin él. Eso sería insoportable.

–De todos modos –dijo con voz ronca–, me alegro de que haya terminado el período de espera.

–También yo –le contestó Darién fervientemente al oído–. Ya me estaba fastidiando dormir en el vestidor.

Serena se sonrió y tomándolo de la cabeza acercó sus labios a los de ella. Algún día le contaría lo que Diamante le dijo. Pero todavía no. Por lo pronto, le bastaba saber que se amaban mutuamente y que el hijo tan querido gozaría del cariño de ambos.

La promesa de la leyenda, al fin se hacía realidad.

FIN