Kaiser-Waltzer

Primer tiempo

Narcissa Malfoy había disfrutado de un delicioso paseo por sus jardines. Ahora que la guerra había terminado, poco a poco su mansión había vuelto a ser lo que era. Los jardines estaban cada día más hermosos.

Narcissa cerró los ojos y dejo que la brisa del crepúsculo le acariciara el rostro. Cuando volvió a abrir los ojos, sintió una punzada de dolor en el corazón. Su mirada se había detenido en una figura recortada contra la ventana de una de las habitaciones de la mansión. Una mano se posó suavemente en su brazo. Narcissa apartó la mirada de la ventana y buscó las pupilas de su esposo, Lucius. Él le regaló una sonrisa. En su mirada, ella vio el mismo dolor que sentía ella. Su hijo no había sido el mismo desde el fin de la guerra. Y los dos se culpaban por ello.

Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Draco Malfoy al ver a sus padres abrazados bajo el sol poniente. Desde que la guerra había terminado, Draco había pasado mucho tiempo observando. Había descubierto muchas cosas. Una de las más maravillosas era el amor que aún conservaban sus padres. Draco nunca había tenido a sus padres por una pareja cariñosa, más bien al contrario. Pero, tras observarles juntos, descubrió que el amor que los unía era más profundo de lo que se podía explicar. Entre Lucius y Narcissa había un lazo poderoso, irrompible. Se comprendían y se respetaban, y también se amaban. No necesitaban expresárselo, porque lo sabían. Lo sabían con solo mirarse.

Draco suspiró. Le gustaría encontrar algún día un amor así. Pero lo tenía por imposible. El amor de sus padres era un amor nacido de años de convivencia, de frente común ante la vida. Juntos habían construido una fortuna, una familia. Juntos habían luchado por ella y juntos habían podido salvarla. Hacía falta mucho valor para ello. Y Draco dudaba tenerlo.

Desde el fin de la guerra, su existencia se había reducido a poco más que la de un fantasma. La mayoría, por no decir todos, de sus antiguos conocidos le rechazaban, unos por mortífago, otros por traidor. Pocos eran los que aún le mantenían la palabra. Poco le importaba. No quería hablar. No quería amigos.

En realidad, no sabía lo que quería. Había pasado media vida con unas creencias. Ahora, éstas estaban reducidas a cenizas. Estaba confuso. De pequeño, en ocasiones dudaba de si lo que le habían enseñado que era lo correcto era realmente lo correcto. Con los años, aceptó esas enseñanzas, a falta de otras, aunque nunca terminaron de gustarle. Ahora, esos valores se habían esfumado, pero Draco no creía que fuera tan sencillo "pasarse al otro lado".

El rubio se apartó de la ventana y paseó la mirada por la habitación. La había convertido en su estudio particular. La había llenado de libros y mapas, para entretenerse e intentar encontrar algún camino. Había leído a historiadores, filósofos, teóricos y pensadores. Había examinado las creencias del mundo mágico, y también las muggles. Y se sentía incluso más confuso que antes.

Sus ojos se detuvieron en un objeto. Un globo terráqueo. Era un objeto familiar, una herencia de algún pariente. Se acerco para verlo. Por primera vez, se dio cuenta de algo: estaba bastante desfasado. En Europa se encontraban los Imperios Alemán y Austrohúngaro. Europa había cambiado mucho. Ya no había imperios, Europa había cambiado. Y lo seguía haciendo. En unos cuarenta o cincuenta años, el mapa Europeo había cambiado drásticamente, y la sociedad se había visto forzada a observar, aceptar y sustituir creencias y valores con cierta rapidez.

Draco esbozó una triste sonrisa: la historia reciente europea le recordaba a la suya personal. Eso le dio una idea.

- Quiero irme – anunció el rubio durante la cena. Sus padres lo miraron, sorprendidos.

- ¿Irte? – a Narcissa le tembló la voz.

- Sí, irme. Quiero irme de aquí. Necesito irme de aquí. Alejarme de todo esto durante una temporada.

- ¿Quieres ir a la casa de la costa? ¿O a la de las montañas? – sugirió su padre.

- En realidad, tenía pensado irme un poco más lejos.

- ¿A visitar a los primos de Irlanda, quizás?

- No – Draco esbozó una pequeña sonrisa – Quiero ir a Europa.

- ¿A Europa?

- Sí, a Europa. A Alemania, a Austria, a Francia… quiero ver toda Europa. Quiero conocer su historia y su gente.

Narcissa percibió la sonrisa de su hijo y el brillo en sus ojos. Por primera vez en mucho tiempo, parecía que el joven estaba dispuesto a vivir.

- Me parece una idea estupenda, cariño. Decide qué día tienes pensado marcharte y tu padre y yo haremos todo lo posible para prepararlo todo.

Dos semanas más tarde, Draco se despidió de sus padres. Los preparativos habían sido algo caóticos. Draco, en contra de los deseos de sus padres, decidió viajar de la forma más muggle posible. Tampoco quiso hacer un plan determinado. Se limitó a comprar un billete de avión a Venecia y a preparar una bolsa de viaje con algo de ropa, diccionarios de alemán, francés e italiano (de niño le habían hecho aprender alemán y francés, pero apenas lo recordaba) y una gran cantidad de mapas y guías turísticas. Había decidido dejarse llevar por sus impulsos, y disfrutar de lo que Europa pudiera ofrecer. La elección de Italia como primer destino había sido casual: fue la primera guía que compró.

Cuando por fin pudo pisar el suelo veneciano, Draco sintió que toda su energía se renovaba. Sabía que estaba tomando el camino correcto.