Kaiser-Waltzer

Tercer tiempo

Melinda. Así se llamaba. Melinda Schroeder. Draco jamás olvidaría su cara sonriente, sus manos frotando dulcemente sus ojos, su voz adormilada revelando su nombre. Melinda.

Durante los siguientes meses, ambos recorrieron juntos Europa. Draco le contó toda su historia. Ella no le juzgó. Le comprendió. Le contó su historia. Ambos habían estado perdidos durante mucho tiempo, pero ahora se habían encontrado.

Draco sabía que quería pasar el resto de su vida con ella. Cada hora, cada minuto, cada segundo.

En Florencia descubrió su alegría. En Roma, su gusto por el arte. En Viena, su talento musical. En Berlín, su gran inteligencia. Cada ciudad era un nuevo descubrimiento sobre ella y sobre él mismo. En París, frente a Notre-Dame, le pidió que se casara con él. Ella rió y le dijo que no era una buena idea. Él repitió la pregunta en la Torre Eiffel. El París nocturno a sus pies pidió a gritos que dijera que sí. Dijo que no merecía tal honor. Que no era la mujer más indicada para él. Que le haría daño. Que no sabía lo que estaba a punto de hacer. Él le dijo que sí lo sabía. Y ella dijo sí.

Se casaron un mes más tarde, en Inglaterra. Una boda íntima, casi secreta. Los padres de él. Potter, quien, en ausencia de amigos de uno y familiares de la otra, ejerció de testigo especial. Nadie comprendía muy bien la razón por la que Draco le había pedido que asistiera, ni la razón por la que Harry había aceptado, pero ahí estaba. Y también estaban ellos. Él radiante, ella más hermosa que nunca. Y de fondo, aquel vals que les acompañaría durante toda su vida.

La vida se volvió sencilla, tranquila. Ellos eran todo lo que necesitaban. Su amor era sencillo y profundo. No necesitaban palabras, bastaba una mirada. Una felicidad plena, un sueño del que no despertar.

Draco creía que no se podía ser más feliz. Se equivocaba. Cuando tuvo a su hijo por primera vez en sus brazos, se dio cuenta de lo mucho que había significado para sus padres. Entendió todo lo que habían hecho, comprendió todos sus errores. Sentía algo de miedo, pero también estaba feliz, porque en sus brazos descansaba un bebé hermoso, un bebé que Melinda le había dado.

Un año después, el milagro se repitió. El embarazo había sido muy duro, tanto que incluso le sugirieron que lo parara, que esperara. Pero Melinda no quiso. Luchó por el bebé, luchó con todas sus fuerzas. El parto casi la mata.

La niña era pequeña y estaba un poco fría. Draco la abrazó con fuerza, deseando que entrara en calor. Al ver a su hijo, pensó que era el niño más guapo del mundo. Ahora que tenía a aquella diminuta criatura en brazos, nada en el mundo le parecía que podía ser más perfecto. Cuando la tuvo en sus brazos, entendió por qué su esposa había querido luchar tanto por ella.

Los dos niños crecían fuertes y sanos, demasiado rápido para el gusto de sus padres y abuelos. Eran niños guapos e inteligentes, aprendían con rapidez y hacían las delicias de la familia. De nuevo, Draco pensó que tanta felicidad no podía ser posible. Por desgracia, esta vez acertó.

Intentó detenerla. Hizo todo lo posible. Se enfadó. Suplicó. Le rogó que no lo hiciera, que se quedara. Que lo hiciera por él, que lo hiciera por sus niños. Su hijo apenas tenía un año, la niña unos meses. Pero ella se mostró tan firme como cuando decidió traer al mundo a su hija. Le dijo que no se preocupara, que saldría bien. Él quiso ir con ella, pero ella no le dejó. Tenía que quedarse con los niños, tenía que cuidar de ellos. Ella regresaría y la felicidad volvería a estar completa. Draco, con el corazón destrozado, tuvo que dejarla marchar. De alguna manera, ambos sabían que no iban a volver a verse.

A medianoche, los niños empezaron a llorar. Fuera caía una tormenta que parecía anunciar el fin del mundo.

Harry Potter llegó a la Mansión Malfoy, intentando pensar cómo dar la noticia. No hizo falta. Vio a Draco, con sus hijos entre los brazos. Vio sus ojos enrojecidos por el llanto. Vio su corazón roto. Se limitó a entregarle la varita que ella había empuñado. No dijo nada, pero no fue necesario. Se quedó ahí hasta que llegó el alba. Se quedó allí cuando Lucius y Narcissa recibieron la noticia. Se quedó allí cuando tuvo lugar el discreto funeral.

Ante el mármol niveo bajo el que descansaba su esposa, Draco hizo un juramento. Juró que cuidaría de esos niños que ella le había dado. Juró que criaría a esos niños para que fueran tan buenos como lo fue su madre. Y juró que nunca nadie les haría daño. Aunque tuviera que acabar con todos los magos del mundo, uno por uno.

Notas finales:

- Viena es, además de una ciudad, un Länder (Estado federado) de Austria, por eso Melinda lo menciona cuando Draco le pregunta su procedencia.

- El italiano intentando ligarse a la yanqui es una anécdota personal, igual que la plaza llena de parejitas y los músicos tocando música romántica. Cuando mis padres me llevaron a Venecia, juré que me casaría con el chico que pidiera un vals para mí en la plaza.

- También viví una escena parecida a la de la Torre Eiffel. Fui con el insti. Vi como un chico le regalaba una rosa a una chica. Una de las cosas más románticas y simples que he visto. París de noche es mágico.

- Esta historia no había pensado escribirla, pero la tenía en la cabeza. Más adelante, Lisse y Scorpius descubrirán por qué murió su madre.

- El Kaiser-Walts, o Vals del Emperador, es una de mis piezas favoritas (probablemente, el vals más bonito que he escuchado) Es también el vals favorito de Lisse, como se verá más adelante :P

- Me gustaría dedicar este fic a mi chico. No me lo merezco. Pero ahí está. Eres lo mejor.