Hola a todos! Os traigo un fic que se titula "Muse" (Musa) y cuya autora original es Princess Kitty1. Me he decidido a traducirlo por varios motivos, entre ellos que es un fic largo y que ya superado la friolera de los 1000 reviews. A mí personalmente la historia me encanta, es oscura y desgarradora, perfecta para el UlquiHime; tal y como la autora señala, la historia no es feliz ni de cuento de hadas, sino cruel, muy cruel. Un darkfic. Aún así, espero que os guste, porque os aseguro que merece la pena!

Resumen: Orihime ha llevado una vida marcada por la prostitución, el alcohol y los abusos. Al desmayarse una noche, se despierta en un limpio apartamento, sin tener ni idea de cómo ha llegado allí. Entonces, se marcha de allí corriendo, aunque olvidándose algo muy importante. Por eso, tendrá que volver allí y así conocerá a un hombre muy callado que también ha "perdido algo"…

La prostituta

"Siempre serás una puta, igual que tu madre." Orihime Inoue recordaba esas palabras a menudo, dichas con desprecio por el fraude de padre que tenía, siempre borracho, cuando apenas tenía seis años. Aquél era un mal recuerdo de tantos; de hecho, no tenía ninguno bueno. Le había dicho aquello antes de violarla por primera vez, de tantas. Después de ser consciente de lo que había ocurrido, la chica se quedó en la ducha, frotándose con fuerza todo su cuerpo, hasta volverse rojo y escocerle. Un triste intento de borrar lo que no podía borrarse. Desde aquel día en adelante, la pelirroja se quiso tan poco como su propio padre.

No le sorprendió que su tutor del colegio la llamase bajo el pretexto de hablar con ella, por no haber aprobado un examen, para en realidad violarla también. Ella se quedó paralizada. Podía haber pedido ayuda, arañado, golpeado y luchado por su libertad. Podía haberlo previsto, pero las palabras que pronunciaron los labios de su padre, bañados en alcohol, se le habían clavado, silenciando así su mínima protesta. Estaban impresas en su mente, las veía cada vez que cerraba los ojos, brillando en la oscuridad.

Puta. Como su madre. Era una puta, una puta, una puta…

La atención hacia su cuerpo se disparó en la pubertad. Su pecho creció hasta adquirir proporciones grotescas, minando su estado moral, recordándole físicamente aquellas odiosas palabras. Los profesores, alumnos e incluso extraños también se habían dado cuenta y, cada vez que alguno le proponía pasar un buen rato, ella accedía. Su pureza se había ido y había conseguido cierta reputación, incluso antes de comenzar a forjársela. Era una mierda, no valía para nada, sólo para que se acostaran con ella. Sin embargo, no fue hasta el instituto cuando pensó en ganar dinero haciendo lo que hacía.

Sus amigas no sabían a qué se dedicaba. Ni tampoco su hermano. Dios, si él lo hubiese descubierto… Su hermano, lo único que le quedaba en la vida después de la muerte de sus padres… Su hermano, que acabó falleciendo también, dejándola completamente sola. Por un lado, se alegraba de que hubiese ocurrido. Así, nunca sabría que su adorada hermana, lo más preciado que tenía en el mundo, intercambiaba sexo por dinero con los chicos de su instituto, entre clase y clase.

Pero precisamente fue su muerte lo que la descubrió. La chica se descuidó hasta que, un día, el secreto se descubrió, la caja se abrió. Sus amigos no volvieron a mirarla ni a hablar con ella. La expulsaron del instituto, acusada por los mismos profesores con los que se había quedado después de clase para dar "clases extra", en un esfuerzo de tratar de ocultar lo que habían hecho. Y se marchó por propia voluntad, asegurándose de mostrarle bien el dedo corazón al director, antes de colocarse la mochila a la espalda y caminar, apretando con fuerza los talones contra el frío suelo. ¡Por fin!

Si había algo que había aprendido gracias a la prostitución era que no necesitaba graduarse en el instituto para conseguir dinero. Había muchísimos asquerosos por el mundo, dispuestos a pagar por pasar un buen rato con una menor. Ganaba tanto en los fines de semana, que podía permitirse salir y emborracharse tanto como quisiera, sin dejar de pagar el alquiler de su sucio y pequeño apartamento. Era perfecto para ella. Usado, abusado e infestado de cucarachas.

Podía permitirse comprar ropa cara, joyas, comida y medicamentos sin receta, cuando los necesitaba. También podía hacerse análisis para detectar enfermedades de transmisión sexual, aunque no tenía problemas en ese aspecto, gracias a las estrictas reglas que se auto imponía. Tenía veinte años, era guapa y saludable.

Aunque la vida no mereciera la pena, al menos era llevadera.

Orihime nunca había creído la mierda que decía la gente, acerca de que el sexo era mejor cuando estabas enamorado. Ella sólo se ponía de espaldas o de frente, abría sus piernas y fingía uno o dos orgasmos. Sabía perfectamente cuándo tenía que aumentar los gemidos y jadeos, cómo mirar a su cliente para que tardara apenas unos segundos en llegar al límite, cómo moverse y arquearse a la perfección.

Esa noche no era distinta. Miraba el cristal de la ventana, apenas consciente de la situación, mientras trataba de recordar el nombre del chico con el que estaba. Era un soldado que acababa de volver de la guerra. Había arriesgado su vida por la libertad, mientras ella se paseaba por una calle ligera de ropa, robándoles los clientes a las demás sólo para molestarlas; lo menos que podía hacer era recordar su nombre. ¿Cómo cojones había podido olvidarlo? Bueno, sólo tendría problema si, igual que ya le había ocurrido antes, el chico tuviese la desfachatez de ordenarle que gritase su nombre, entre los gemidos y demás ruidos ridículos que estaba haciendo, a cuatro patas. La chica forzó una sonrisa, tratando de recuperar la compostura. Insertar gemido aquí. Decirle sí, cariño, sigue así. Chillar un poco. Aplastar su ego… entre otras cosas. No iba a aguantar mucho más. Ya había pasado media hora. Malditos soldados y su resistencia. Tenía otros clientes que ver esa noche.

Cuando terminaron, la joven recogió su ropa y empezó a ponérsela, mientras el soldado se encendía un cigarrillo y la miraba hambriento. ¿No había tenido suficiente?

- Eres muy joven- observó él, limpiándose el sudor de la nuca- ¿Por qué haces esto? Deberías estar estudiando.

Orihime se conformó con encogerse de hombros, mientras se pasaba el top por el cuello y cubría con él su voluminoso pecho, antes de recogerse el pelo en una coleta.

- Casi todas las prostitutas de por aquí, lo son para poder salir de esa mierda- continuó él, dejando escapar una bocanada de humo- ¿Es que ni siquiera tienes sueños?

Ella decidió contentarlo con una respuesta.

- No… La verdad es que no- sus ojos se humedecieron por el humo curvado del cigarrillo; un vicio muy caro, hecho para consumirse en cenizas. Después de pintarse los labios, estaba lista para marcharse. Nada más ponerse los zapatos, la chica se dirigió a la puerta y lanzó una aburrida mirada al soldado- Sólo hago lo que tengo que hacer.

Él chascó la lengua y levantó el cigarrillo hacia ella.

- Lo que tú digas.

Orihime suspiró mientras salía al pasillo, cruzándose con dos niños que jugaban en la recepción del hotel. Ella cogió el monedero, donde guardó el dinero que había conseguido del soldado sin nombre y lo guardó en el bolso. Al verlo fumar, a ella también le habían entrado ganas de hacerlo; por suerte, el estanco estaba sólo dos calles más abajo. El empleado de la recepción levantó la vista, al escuchar el ruido de sus tacones contra el suelo.

- Buenas noches, señorita Inoue.

- Buenas noches, Rob.

La chica continuó caminando, aunque le molestó en lo más profundo de su mente. Fuera, el tiempo era húmedo y pegajoso, muy propio de los últimos y sofocantes días de verano. Podía sentir el calor que desprendía el suelo, después de haber estado todo el día absorbiendo la luz del sol. Entonces, decidió que era una de esas noches. No solía fumar mucho pero, de vez en cuando, el ansia de nicotina le golpeaba la cabeza y, cuando eso ocurría, tenía que calmarla, antes de perder la paciencia. Normalmente, en esas noches en las que necesitaba tabaco, bebía mucho, muchísimo… pero no antes de satisfacer a sus clientes. Tal vez a algunos les divirtiese, pero a casi ninguno le gustaba que les vomitara encima.

La excursión de aquella noche la había llevado hasta el distrito de Hueco Mundo. Al entrar en el estanco, llegó a la conclusión de que allí había muchísimos bares decentes. La joven cogió el paquete de tabaco más barato que había y un mechero de plástico, de color verde (su favorito), antes de adentrarse de nuevo en la mugrosa noche. Cogió un cigarrillo, se lo llevó a los labios y guardó el resto del paquete en el bolso. Sólo uno, pensó, mientras lo encendía al fin, después de haberlo intentado muchas veces. Sólo uno, después a trabajar, después a beber. Perfecto.

Finalmente, el estúpido se encendió. Tomó una gran bocanada, sintiendo el humo invadirle los pulmones, envenenándola poco a poco, llevándola a la muerte que tanto temía. De no haber sabido que, años atrás, antes de matarse tendría que haberle explicado a su hermano la vida que llevaba, ya se habría suicidado. Pero aún tenía posibilidades de hacerlo.

La noche estaba llena de grupos de personas esperando para entrar en las discotecas y turistas bebiendo en la calle. Orihime exhaló, dejando que el humo saliera de su boca, formando una corriente. Nunca pensaba demasiado en la gente que la rodeaba. Siempre parecían estar divirtiéndose; aquella ciudad no era más que otra parada en la ruta de sus vidas. Siempre se sentía perdida entre tanta gente. Un coche en un atasco, un barco perdido en medio del mar… Sólo era una entre billones, alguien que no importaba, alguien que no merecía la felicidad que reflejaban los ojos de todos los demás.

Sus pensamientos se truncaron al aplastar el cigarrillo con el pie, después de que se deslizara por sus dedos. Necesitaba acabar cuanto antes para poder emborracharse y acabar hecha un baño de lágrimas en su apartamento. No podía permitirse… tener pensamientos tan débiles.

Los siguientes dos clientes fueron bastante normales. Uno de ellos era habitual y siempre se pasaba por la ciudad por cuestiones de trabajo. Le gustaba decirle que verla era la mejor parte del día, a pesar de estar casado y tener hijos. Maldito cabrón, pensaba Orihime, aunque sabía perfectamente que ella era la encarnación de la lujuria y la seducción, una zorra lasciva que lo daba todo pero no ganaba nada haciéndolo. Los hombres se volvían locos con esas cosas.

Con esos tres clientes, había ganado cerca de mil dólares. Sus servicios no eran precisamente baratos en aquellas épocas. Después de todo, la gente como ella estaba muy solicitada los últimos días de verano, antes de que todo el mundo volviese al trabajo o a la escuela, cambiando la diversión por la responsabilidad. Una vez que hubo terminado su ronda, la chica se dirigió a un bar que abría durante toda la noche. Era el tipo de sitio en el que se había imaginado un montón de camioneros, tomando café. Nada más abrir la puerta, el olor de la comida grasienta invadió sus fosas nasales, logrando que su estómago rugiera. Sin embargo, ya había aprendido que comer antes de beber sólo conseguiría que la resaca fuera mucho peor, así que ignoró los platos de los menús y fue directamente a por la cerveza.

Dos bebidas después, sus pensamientos se silenciaron. Dos más y habrían desaparecido. Al llegar a la quinta, las luces de neón del sitio empezaron a hacer que le doliera la cabeza y, por algún motivo, acabó contando las muescas de la barra de madera.

- Mierda…- murmuró, mientras trataba de coger el dinero justo para pagar las bebidas.

- Señorita, ¿quiere que le pida un taxi?- preguntó alguien, aunque la chica no sabía exactamente de dónde venía la voz. Todas las caras, tanto de hombres como de mujeres, estaban borrosas.

- No. Estoy… Estoy bien- respondió Orihime, sacando el dinero y depositándolo en la barra- Quédese con el cambio.

Al momento, salió escopetada del bar, mientras su estómago se revolvía por el ambiente húmedo y opresor. Olía como si estuviese a punto de llover y eso le molestaba. Todo apestaba. Sus cortísimos pantalones le apretaban muchísimo y le hubiese encantado quitárselos, de no haber tanta gente alrededor. La chica se detuvo y bajó por una calle, pensando que tal vez podría quitarle el plástico que llevaba la parte trasera de los pantalones. Además, por allí llegaría antes a su casa…

Mierda, ¿qué camino tenía que coger? Siempre se confundía en el distrito de Hueco Mundo y el alcohol que había ingerido no mejoraba la situación. Su mano se apoyó en el borde de una papelera y, al darse cuenta de lo que estaba tocando, su estómago se comprimió y retorció. Consiguió avanzar dos pasos más, hasta que se dobló y vomitó violentamente. Sus órganos no se encontraban bien y ella empezó a sudar. Al comprobar que había vomitado en la tapa del contenedor, murmuró algo incomprensible. Agh… Tuvo que volverlo a hacer. Al menos, esa vez se había manchado la ropa por su propia estupidez y no por el chorro de alguno de sus clientes.

Tratando de recomponerse, Orihime murmuró mientras el mundo a su alrededor comenzaba a dar vueltas. Decidió seguir caminando, pero la sensación de malestar empeoró. Sabía qué era esa sensación. Sus ojos se fijaron en el final de la calle. Había transeúntes, coches que circulaban, ayuda a muy pocos metros. Pero no lo consiguió. Sus piernas cedieron, su talón se torció por culpa de sus tacones de diez centímetros, sus piernas chocaron contra la asquerosa acera al desplomarse y, de alguna forma, su monstruoso pecho amortiguó su caída.

Tenía que darse la vuelta. No iba a ahogarse en su propio vómito. Vaya imagen, ¿no? Seguro que saldría preciosa en el periódico, en una página cualquiera, entre la receta de una tarta de queso y un artículo sobre algún centro social. Prostituta hallada muerta en la acera. Siempre había tenido la sensación de que su vida terminaría así, pero no podía permitir que ocurriera esa noche.

- Sora…- murmuró, mientras el rostro de su hermano sustituía temporalmente los letreros que veía con sus ojos escarlata. Entonces, empezó a llorar. Quería disculparse… hacer las cosas mejor… pero sabía que aquello era pasajero. Después de todo, sólo lo sentía cuando estaba borracha.

Orihime entró y salió de la consciencia durante toda la noche. En algún punto de la misma, sintió gotas de lluvia sobre su piel, deseando que el agua limpiara el vómito y su propio cuerpo. Entonces, en otro momento, pensó que estaba volando y que realmente había muerto. Empezó a preparar sus disculpas para Sora, antes de volver definitivamente al silencio y la oscuridad. Al recuperar la lucidez, el silencio la invadió. No había lluvia, aunque tampoco se encontraba en la acera. Algo caliente la tapó y ella lo cogió, inhalando el aroma de la ropa limpia, un olor que asociaba a la comodidad. ¿Cómo demonios había ido a parar a un sitio tan confortable? Eso era un lujo para la gente como ella. Aún así, lo dejó pasar, pensando que contestaría todas las respuestas por la mañana… cuando no se sintiera tan mal.

Pocas horas después de caer en la inconsciencia, la pelirroja recuperó los sentidos. Se incorporó, abriendo bien los ojos, aunque lo lamentó inmediatamente.

-Oh…

La cabeza estaba a punto de estallarle, como si su cerebro no dejara de repetir música tecno. Su larga melena naranja cayó sobre sus hombros, impidiendo que la desafortunada luz solar llegara a ella, mientras se frotaba los ojos. Al abrirlos de nuevo, comprobó que estaba vestida con algo de color blanco y de botones. Era demasiado grande como para ser suya. Fijándose bien en su cuerpo, comprobó que estaba vestida con una camisa bastante holgada, lo suficientemente larga como para cubrirle el trasero, aunque no le llegara a las rodillas. Su top, pantalones y tacones habían desaparecido.

Preguntándose dónde estaría, Orihime observó el lugar. Era un apartamento tranquilo y limpio, pareciéndose a las casas que anunciaban las revistas del hogar. Los muebles eran sencillos y modestos. Las paredes eran de color blanco y el suelo estaba cubierto por una alfombra, sin dibujos. Ella estaba sobre una especie de sofá-cama y sus piernas estaban entremezcladas con sábanas de color blanco. En frente de ella, había una consola enchufada a la televisión y un reproductor de DVD. A su izquierda había una mesa con seis sillas, justo delante de la ventana- su enemiga- y, a su lado, algo fuera de lugar, un precioso piano negro.

Después de verlo todo, Orihime dedujo que sus esfuerzos en comprobar cada objeto habían sido inútiles. No sabía dónde estaba ni tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. Lo último que recordaba era estar medio desmayada en la calle, que olía a basura u orina. ¿Cómo había llegado allí? ¿Qué era ese lugar? ¿Y qué, presa de la ebriedad, había hecho con quien quiera que fuese el dueño de esa casa?

Continuará

Ya está! Qué os ha parecido? Bueno, está claro que la historia pinta bastante fuerte, tal vez acercándose a la desesperación que vive Inoue cuando está en Hueco Mundo. La verdad es que me muero de ganas por saber cómo sigue, así que creo que empezaré a traducir el segundo cap ya mismo. Un beso!