Los personajes no nos pertenecen sino que son propiedad de Stephanie Meyer, nosotras sólo los tomamos prestados para nuestra diversión y la vuestra.


Bleeding Souls


Tú que como una cuchillada
entraste en mi triste pecho,
tú que, fuerte cual un rebaño
de demonios, viniste, loca,
a hacer tu lecho y tu dominio
en mi espíritu humillado.
-Infame a quien estoy unido
como a su cadena el galeote,
corno al juego el jugador,
como a la botella el borracho
como al gusano la carroña,
-¡maldita seas, maldita!

El Vampiro ~ Charles Baudelaire


Prefacio: Devil Woman


Nueva Orleans, 1755

Una mano de largos y delicados dedos blancos como la porcelana y de aspecto suave como el más fino de los cristales apartó una gruesa cortina color verde oscuro de la ventana. Sólo fueron unos centímetros, los suficientes para que la punta de sus dedos se expusieran al luminoso exterior.

Fue sólo un segundo, en el que su mano estuvo expuesta al sol, lo que bastó para que la luz se quebrara en miles de diminutos y centelleantes fragmentos. Brillaba como si su piel estuviera hecha de los más nimios y exquisitos diamantes. Era un espectáculo hermoso, y a la vez un secreto.

Retiró la mano rápidamente, antes de que alguien se diera cuenta del fulgor diamantino que era su piel bajo lo efecto de la luz natural del astro rey. Era una suerte que nadie transitara por las afueras de la casona justo en ese momento.

No necesitaba llamar más la atención de lo que ya lo hacía.

Una mujer viviendo sola, en compañía de unos cuantos esclavos era tema de habladurías, incluso en una ciudad emergente y tan llena de culturas dispares como lo era Nueva Orleans.

Soltó un suspiro apartándose de la ventana y de la tentación de disfrutar de los rayos solares calentando su piel de mármol, tan gélida como el hielo. Tuvo que recordarse que las hordas de campesinos enarbolando antorchas e instrumentos de ganadería como única arma para defenderse y atacar a los demonios no era sólo tema de libros, sino que había sucedido en más de una ocasión. No podía culparlos. Sólo eran personas defendiendo a sus familias de la incipiente amenaza de criaturas oscuras que robaban la vida de cuantos se cruzaban en su camino.

— ¿Necesita algo más la señora? — una mujer de mediana edad, con la piel casi tan negra como el carbón se le acercó con un vestido entre sus manos.

— Envía a Arhimba para que me ayude con el vestido — le pidió tratando de no sonar brusca.

Llevaba décadas practicando relacionarse con humanos, resistirse a la tentación que suponía la vida que corría por las venas de ellos y era capaz de hacerlo con bastante desenvoltura, pero sabía que sus esclavos sospechaban lo que ella era y eso no ayudaba. Sus pulsos siempre estaban alterados cuando se acercaban a ella. Podía ver las venas palpitar en sus cuellos…

La mujer dejó el vestido sobre la cama, aquella que nunca usaba, y salió de la habitación rápidamente no sin antes hacer una reverencia.

Realmente no le gustaba Nueva Orleans. No le gustaba estar encerrada durante el día a causa del sol, siempre presente en lo alto del cielo. Llevar una vida de noche, como un autentico demonio, un vampiro, le molestaba de sobremanera, pero con la llegada de los nuevos tiempos, ya no sólo bastaba vivir de noche, y ser cautelosa a la hora de alimentarse.

Y si era sincera con ella misma, debía admitir que vivir una vida de nómada comenzaba a convertirse en un verdadero tedio. Por eso mismo prefirió comprar unos cuantos esclavos, una casa y asentarse como una mujer solitaria e independiente en la única ciudad de Estados Unidos que tenía una convergencia de culturas tan diversas, que una extranjera más no llamaría tanto la atención.

Sonrió.

En realidad, y nuevamente se obligó a ser sincera con ella misma, nunca no podría llamar la atención. El hecho de ser un vampiro la hacía irresistible ante los ojos de los humanos. Su tez blanca, sus cabellos castaños ondulados enmarcando la belleza de su rostro simétrico, así como sus ademanes elegantes, y el olor de su piel siempre aturdidor, eran factores que impedían que pasara inadvertida.

En medio de ese humor fluctuante, frunció el ceño. ¡Claro que había llamado la atención! Y a veces se sentía nerviosa por lo peligroso que le parecía el tipo de personas que habían reparado en ella.

Nativos americanos.

No había nadie a quien quisiese evitar más que a ellos. Se habían criado con mucha más conciencia acerca de lo sobrenatural, lo que la ponía en cierto peligro. Sus esclavos eran harina de otro costal. Ellos nunca serían tomados en cuenta si se le acusaba de ser una bebedora de sangre… ¿Pero si los nativos decidían hacer algo?

Sólo podía confiar en que la ilustración, que empezaba a cerrar las mentes de la gente a lo sobrenatural y a abrirlas a la ciencia y las letras, lograra protegerla en el futuro.

— ¿Mandó llamar, ama Isabella?

Con un suspiro, salió de sus pensamientos y le indicó a Arhimba, su esclava más joven, que la ayudara con el corsé.

Sólo le quedaba esperar a que la noche hiciera su aparición.


El sol le curtía la piel, la quemaba, a pesar de que su tez era de un tono rojizo y daba la impresión de ser muy resistente al clima de inclemente calor al que se enfrentaba en las horas de trabajo. Sudaba de forma molesta, y la camisa que llevaba, con las amarras delanteras sueltas hasta la mitad del pecho, se le adhería a la piel de la espalda y brazos.

Los insectos, sobre todo los mosquitos, también eran un problema. Se arremolinaban su alrededor, por lo que debían llevar un sombrero con mosquitero al frente. La tierra era un hervidero de vida también, las hormigas subían por sus pies precariamente calzados con unas modestas sandalias de cuero, iguales a las de sus compañeros de labor. Y más de alguna vez una intrépida araña salía de entre las cañas de azúcar y subía por sus piernas.

Era uno de los días más calurosos del año en Louisiana. El sol brillaba en lo alto del cielo, tan deslumbrante que hacía ver espejismos en la distancia.

Empuñando el machete con fuerza, sin importarle ya las numerosas ampollas, producidas por la fricción del mango del arma en su mano, pues tenía las manos lo suficientemente callosas como para que una herida más no importara, pegó con la filosa hoja en las cañas de azúcar repetidas veces hasta derribar unas cuantas. Tiró el machete al suelo antes de tomar las cañas ya cortadas y dejarlas en la pila que luego arrastraría hasta la bodega.

Extrajo un paño, sucio y raído, del bolsillo trasero de su pantalón caqui manchado de tierra, para secarse el sudor de la frente que corría hasta perderse entre sus espesas cejas negras, o por los costados de su rostro. Luego, guardó la tela, ahora más sucia de tierra que antes y siguió con su trabajo.

Su pequeña reserva india no tenía los recursos ni la alcurnia suficiente para tener esclavos. Ellos le pertenecían a los aristócratas, a la gente adinerada que no había trabajado nunca. Así que el trabajo lo hacían los hombres jóvenes de la reserva, como siempre había sido, incluso antes de la llegada de los colonos a esas tierras.

El comercio con los colonizadores estaba en auge. Se establecían rutas para la comercialización con españoles y franceses, estos últimos muy interesados en la caña de azúcar pues no sólo la refinaban para endulzar el té en las reuniones sociales de la aristocracia, sino que también para la fabricación de licores. Lo cual era muy beneficioso para el sustento de la pequeña comunidad.

Siguió con su trabajo por el resto de la mañana, siguiendo la misma rutina de cortar y apilar. Pero su mente corría muy lejos del trabajo.

Llevaba meses escuchando las advertencias de su padre sobre la mujer de la cual se había enamorado. Su padre insistía en demonizarla, diciendo que era una fría, una bebedora de sangre.

Supersticiones tontas… Pensó con desdén.

Las leyendas de su pueblo advertían sobre los fríos, lo que para los caras pálidas se denominaban vampiros y él había crecido oyendo cada una de esas historias con interés por aprender más sobre la cultura de sus ancestros, aunque sin creer realmente. Si ellos descendían de los lobos y las leyendas aseguraban que habría quienes tendrían el don, el poder de transformarse en lobos a voluntad ¿Por qué nadie había manifestado ese don hasta ahora?

Aplicaba el mismo razonamiento las leyendas sobre los fríos, los enemigos naturales de los lobos. Además, pensar que cada persona que llegaba del viejo mundo era un vampiro era una tontería.

Isabella era hermosa, más hermosa que ninguna mujer que hubiera conocido jamás y las pocas veces que la había visto se había sentido muy atraído hacia ella. Había un magnetismo irresistible en sus movimientos y en sus palabras, lo cual la hacía parecer inalcanzable. Y lo cierto es que ella no se fijaba en él en lo absoluto, sus rechazos eran cada vez más firmes y directos.

— ¡Jacob! — el aludido giró la cabeza para encontrarse con Seth. Era uno de los chicos más jóvenes de la reserva. Aún no trabajaba en el campo como los demás, todos los consideraban un crío aún.

— ¿Qué sucede, Seth? — volvió a golpear la caña de azúcar con el machete hasta desprenderla y lanzarla con el montón, cada vez más grande, en el que apilaba su trabajo.

— Billy dice que lo dejes por hoy. Hoy es una noche especial, ya sabes, las hogueras — dijo en tono jovial.

Cada luna llena la tribu organizaba una hoguera especial en la cual oían las leyendas de sus ancestros de boca del jefe de la tribu, en este caso, Billy Black, el padre de Jacob.

— De acuerdo — aceptó. Se sentía agotado después de tantas horas bajo el abrazador calor del sol.

Seth le ayudó a acarrear las cañas de azúcar hasta la bodega, entre risas y un par de bromas.

Una vez en el interior de la rústica vivienda, que compartía con su padre y sus dos hermanas, se dejó caer en una de las hamacas, descansando.

No supo en qué momento se quedó dormido, pero cuando despertó ya estaba atardeciendo, y su padre estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, cerca de él, bebiendo una infusión de hierbas.

— Hola, padre — saludó desperezándose.

— Hijo — bebió de la infusión en silencio.

Billy Black era un hombre corpulento y de piel oscura. Su rostro era rubicundo, un rostro que se desbordaba, las mejillas llegaban casi hasta los hombros y su largo cabello oscuro mostraba ya algunas canas que comenzaban a notarse. Imponía autoridad.

— ¿Has pensado en mis advertencias? — inquirió cuando el silencio comenzó a hacerse denso.

El tema sobre Isabella era una constante ya. Y siempre terminaba de la misma forma, sin una solución a la vista.

— Son sólo tonterías. Esas leyendas a las que te aferras son eso, padre, sólo leyendas. No dejaré de buscar a Isabella porque tú sigas creyendo en que los fríos atacarán nuestro pueblo alguna noche.

— Cuando me muera, Jacob, tú serás el líder de este pueblo — le aseguró con solemnidad. — Tú te encargarás de guiarlos y de enseñarles a los nuevos miembros las leyendas de nuestros antepasados. ¿Cómo enseñarás nuestras creencias, nuestras historias si no crees en ellas?

Jacob no contestó.

— ¿Cómo inculcarás el respeto por nuestras tradiciones si te empeñas en unirte a nuestros enemigos naturales?

— ¡Ya basta, padre! — Explotó — ¡Nombra a otro para que sea el jefe del pueblo! ¡Sam Uley estará encantado de llevar a cabo la labor!

— Él haría una buena labor como líder, tiene una esposa miembro de nuestra comunidad y respeta nuestras creencias, pero no es descendiente de Ephraim Black, como nosotros — la tranquilidad en el rostro de Billy era una máscara de superioridad — Nuestros antepasados son los protectores de estas tierras y de la magia que corre por nuestras venas, y no puedes renegar de ellos.

— No quiero oír más — anunció el más joven y salió hacia el aún caluroso exterior sin hacer caso a los gritos de su padre.


Eventualmente, la noche cayó y trajo consigo la libertad para que Isabella saliera del claustro que era la casona en la que vivía.

Olió el aire a su alrededor, disfrutando de los aromas que se tejían y se filtraban por su nariz. Pero había un aroma que se destacó entre todos. Era reciente y aunque era el aroma de la sangre de una persona sintió cierto rechazo, como siempre que lo percibía. Había algo amargo en ese efluvio que le repelía instintivamente.

Rápidamente buscó al dueño del olor encontrándolo recostado con el tronco del árbol más próximo.

— Jacob Black — sonrió.

A veces no podía evitar sonreírle con cierto afecto. El chico le parecía atractivo y sabía que si las circunstancia no fueran otras, si ella no fuera un vampiro y no sintiese que su alma estaba encadenada a un destino más fuerte, más duradero, y a un alma distinta más perfecta para ella, él sería el indicado.

Sacudió la cabeza ante ese pensamiento.

No sentía nada por Jacob Black. Ni siquiera podía considerarlo un amigo, realmente. Lo había conocido por mera casualidad el día de su llegada a la ciudad y él había quedado prendado de su belleza. Sabía que él estaba enamorado de ella, o más bien dicho de la idea de estar enamorado de ella. Era el sueño inalcanzable de un chico inmaduro, pero tampoco podía dejar de sentirse halagada porque él la buscara con tanto ahínco.

— Hola — contestó el simplemente.

— ¿Qué haces aquí? Es tarde — inquirió ella.

— No tan tarde si vas a salir — la acusó. — No es correcto que una señorita vague sola de noche.

— No eres nadie para decirme qué hacer y qué no, Jacob — contuvo el impulso de gruñirle. A veces lograba sacarla de sus casillas, verdaderamente.

Se hizo el silencio. Estuvieron así varios minutos antes de que él suspirara con la frente fruncida y se rascara el cuello con gesto de disculpa.

— Venía a invitarte — empezó con tono más mesurado. — Sé que no estás acostumbrada a lo rustico de mi tribu, pero hoy se celebrará una hoguera en la noche. Es luna llena y mi padre contará un par de leyendas de nuestro pueblo.

Estaba decidido a que su padre viera que Isabella no era una leyenda viviente. Sabía que no era prudente llevarla sin avisar, después de todo, la celebración de aquella noche era sólo para los miembros del Consejo.

Ella por su parte calibró la posibilidad de ir, curiosa por las leyendas de las que hablaba Jacob, y de saber cuán concientes estaban estos nativos de las criaturas sobrenaturales que rondaban el mundo, pero sabía que sería inapropiado. Además necesitaba alimentarse esa noche. Estaba demasiado sedienta para esperar un día más.

— Lo siento, pero tengo cosas que hacer — se disculpó.

— Ya — dijo él, cortante.

Volvió a hacerse el silencio. Ambos se contemplaron.

— ¿Por qué siempre me rechazas? — preguntó con cierto rencor en la voz.

— Jacob, por favor. No quiero discutir esto otra vez — su contestación fue cansina. — Me siento halagada porque me encuentres atractiva, pero no estamos hechos el uno para el otro.

— ¿Es que soy demasiado pobre para ti? — preguntó. — Las estúpidas clases sociales deben de significar mucho para una niña rica como tú, ¿no? — se acercó un paso y la aferró por la cintura pegándola a su pecho.

— Suéltame, Jacob — le pidió. No podía ejercer la fuerza contra él y ponerse en evidencia.

— Las estúpidas clases sociales no significan nada para mí, pero supongo que no te vas a rebajar a estar con un simple campesino, un miembro de una tribu nativa, con la piel casi tan oscura como la de tus esclavos — cada palabras estaba impregnada de ira. — ¿Soy muy poca cosa para ti? Pues yo no lo creo.

Fue entonces, que la besó.

Se sorprendió al sentir lo fríos que eran los labios femeninos, y a pesar de perderse en la suavidad de su piel y la dulce frescura de su aliento, notó lo duros que eran aquellos labios que siempre había fantaseado con que eran tan suaves y blandos como los suyos propios.

Ella no lo vio venir hasta que estuvo sucediendo. Y el sentir sus labios pegados a los de Jacob fue como una llamarada de fuego intensamente desagradable. Su garganta flameaba por el aliento cálido de su boca, y el fluir incesante de la sangre bajo la fina capa de piel.

Pero no era eso lo que más le desagradaba del contacto. No había nada en ese beso. Era un simple arrebato y si alguna vez pensó que si las circunstancias fueran otras él sería el indicado, fue ese el momento en el que se dio cuenta de lo equivocada que estaba.

Lo empujó con fuerza, sin importarle nada, haciendo que se tambaleara hacia atrás, hasta chocar contra el mismo árbol en el que había estado apoyado minutos atrás.

— Te lo advierto, Jacob Black, no quiero volver a verte en mi vida. No te vuelvas a acercar a mí — le advirtió amenazadora. Su voz sonó como una cuchillada que cortó el aire, repentinamente denso.

No lo dejó replicar. Se perdió por las puertas de su casa, subió las escaleras a toda velocidad, sin ser vista por nadie, y entró en uno de los cuartos del fondo, que no daban a la calle principal. Miró por la ventana, sólo un par de segundos, antes de lanzarse hacia la noche.

Necesita alimentarse.

Aún en la calle, Jacob golpeó con sus puños la corteza del árbol.

— ¡Maldita sea! — gritó frustrado antes de emprender el camino de vuelta a la reserva.

Le esperaba una larga noche frente al fuego.


La sangre fluía por la herida que sus colmillos acababan de hacer en el cuello de su victima. El liquido rojo y fragante le mojaba los labios, y humedecía su paladar reseco. El sabor dulce de la sangre le acariciaba la lengua y refrescaba el ardor de su garganta.

Isabella sólo tenía una regla a la hora de matar humanos: nunca matar a un inocente. Se encargaba de buscar perpetradores de crímenes que no eran juzgados y eso llevaba cierto tiempo, incluso para alguien con capacidades más allá de las humanas. Es por eso que entre asesinato y asesinato había un margen de tiempo considerable y por eso mismo estaba demasiado sedienta a la hora de atacar como para hacerlo con especial cuidado.

Podía oír las súplicas por piedad que su victima de esa noche, pero ella no tenía piedad. Una vez comenzaba a beber no podía parar. Sus sentidos se segaban y lo único que importaba conservar eran el sentido del olfato y el gusto.

El olor, el sabor la emborrachaban.

Volvió a morder el cuello del hombre. Era tan fácil atravesar la piel con sus dientes filosos y hechos especialmente para matar.

Gimió suavemente al sentir un nuevo flujo de sangre emanar de la herida recién hecha. Disfrutó del festín succionando directamente de las venas el banquete que se le ofrecía. La sangre estaba tibia y le calentaba el cuerpo a medida que iba bebiendo, cada vez con más avidez.

Tan enfrascada en el placer que le causaba la sangre que no notó como una respiración se aceleraba y el latido de un corazón se volvía frenético a causa del miedo y la sorpresa. Tampoco fue consciente, de que unos ojos negros y brillantes habían observado la sangrienta escena.


Jacob estaba pálido y su cuerpo parecía temblar entero, aunque guardaba cierta compostura.

El fuego de la hoguera crepitaba alegre frente a él, pero apenas podía disfrutar de las llamas. Estaba frío por dentro y no había fuego que cambiara eso.

Participó de forma ausente en los cantos tribales dirigidos a la tierra y los ancestros que protegían la tribu, llevándose más de alguna mirada preocupada de parte de sus amigos de toda la vida.

Escuchó con atención cada leyenda, tratando de parecer tranquilo, pero por dentro estaba desatándose una tormenta.

Había visto claramente como Isabella manejaba con facilidad a un hombre corpulento, cómo fue capaz de inmovilizarlo contra la pared y la forma en la que su boca se pegó al cuello del hombre, mordiéndolo y alimentándose de su sangre.

Isabella era parte de los fríos. Era un vampiro

Se estremeció. Podía sentir cómo el sentimiento del rencor por su rechazo se iba intensificando con el paso del tiempo.

Después de todo no era por las clases sociales. Lo rechazaba porque ella era de otra raza, porque ella era una criatura eterna que robaba vidas inocentes y él un simple nativo, cuya sangre ni siquiera era digna de ella.

Se estremeció nuevamente, esta vez al recordar cómo sus labios le habían parecido antinaturales contra los suyos cuando la estaba besando. Era como besar una roca, y había obtenido la misma respuesta de su parte.

Aquella noche, cuando el fuego hubo consumido toda la madera la fogata, sintió que su amor por Isabella se había extinguido de la misma forma y no había un solo rescoldo de ese sentimiento poderoso que lo ataba a ella ya. Sólo podía pensar en lo imbécil que había sido al creer que tenía alguna posibilidad con un ser corrupto como ella.

— Tienes un aspecto fatal — comentó Embry de forma burlona a la mañana siguiente cuando se presentó en el campo. No había podido dormir en casi toda la noche.

— Quizás debas irte a descansar — aconsejó Sam observando su aspecto enfermizo con preocupación.

Para sorpresa de todos, tiró el machete al suelo, sin decir palabra y volvió al asentamiento. Sólo tenía una cosa en mente y era una pregunta que le había carcomido toda la noche ¿Cómo matar a un vampiro?

— Necesito hablar contigo, padre — anunció nada más entrar en su hogar.

Su padre le miró sorprendido por su aspecto enfermo y esperó a que hablara.

— ¿Cómo se mata a un frío?

Si la pregunta causó algún tipo de sorpresa en Billy Black, no se podía saber pues su expresión siguió serena, aunque había una cuota de petulancia en sus ojos negros.

— Es un difícil dilema. Son criaturas muy fuertes y hábiles. Es difícil atraparlos y matarlos aún más — explicó. — La única manera es cortarlos en pedazos y quemar sus restos. Es la única forma de estar seguros que han muerto y no se recompondrán.

— ¿Utilizo el machete para cortar su cuerpo en pedazos? ¿Funcionará?

— No funcionaría, hijo — negó. — Su piel es dura como una roca. No puedes atravesar la roca con un cuchillo…

— Necesito matarla, necesito deshacerme de ella antes de que ataque a nuestra gente — dijo con vehemencia. Había cierta locura en sus ojos cuando habló.

— ¿Está hablando de Isabella?

— La vi matar, beber la sangre de un hombre. Sigue viva a través de la sangre de sus victimas — contestó con repulsión. — Su existencia es antinatural…

Lejos de expresar que él ya le había advertido lo que era aquella mujer, el hombre contempló el suelo con gesto meditabundo. Su mente estaba recorriendo las leyendas en las que tan fielmente creía.

— Hace mucho tiempo, hubo dos hermanas de nuestro pueblo, sus nombres eran Makayla y Kaliska — comenzó a relatar. — Ambas hermanas eran jóvenes cuando se encontraron con un frío, en un principio las trató de seducir para que lo siguieran y así quitarles la vida, pero ellas sabían a qué tipo de demonio se enfrentaban y lo rechazaron. Éste atacó al pueblo entero una noche, sólo unos días después de ver frustrados sus intentos por atraerlas. Llevó la muerte a nuestras tierras bañándolas de sangre. Y luego, fue donde las hermanas. Pero estaban preparadas, conocían la magia ancestral de nuestro pueblo y atraparon al frío aquella noche. Le clavaron una estaca en su corazón y amarraron sus brazos y piernas con los tallos adecuados para el hechizo, dejándolo inmovilizado por toda la eternidad.

Terminó el relato en un susurro en medio de la agitada respiración de su hijo que buscara la verdad en medio de aquella leyenda.


Que Jacob ya no la buscase se podía interpretar como algo bueno, ya no tendría que preocuparse porque él descubriese lo que ella era, pero no podía dejar de estar extrañamente ansiosa.

Había pasado una semana sin que se apareciera por su casa y eso jamás había pasado. Quizás se había rendido al fin, lo cual era un alivio, pero la ansiedad persistía, y cada vez que salía de noche esperaba encontrárselo en el porche, esperándola, cosa que no sucedió.

Tenía un mal presentimiento acerca de esa situación.

Aquella noche, cuando salió de la casona y caminó por las calles de Nueva Orleans tratando de seguir las pistas y el olor del hombre que había estado persiguiendo durante toda la semana, captó al fin el efluvio que había estado esperando encontrar desde hacía seis noches.

— Jacob — musitó. Se dio la vuelta y lo encontró apoyado en una banca con aspecto divertido, aunque esa alegría no llegaba a sus ojos, extrañamente hostiles.

— Isabella — saludó con un asentimiento.

— Creí que no te volvería a ver.

— Necesitaba tiempo para pensar — contestó sonriente. — De hecho, estaba pensando en que deberíamos ir a dar un paseo para hacer las paces.

Lo miró con gesto pensativo. Él mantuvo su sonrisa y ella terminó por asentir.

— Sólo un paseo ¿de acuerdo? — accedió cortésmente.

Caminaron en silencio. Cada uno estaba perdido en sus pensamientos. Ninguno habló, pues parecía que no había nada que decir realmente.

El paseo se prolongó por varios minutos, hasta que llegaron a las puertas del cementerio. Ambos se detuvieron allí. Bella había olido la muerte desde varias cuadras y estaba lejos de ser el olor a descomposición que provenía desde las tumbas. Era algo más sutil, la muerte era un perfume que ella misma poseía y no la incomodaba.

Inconscientemente se acercó a las rejas y acarició el metal.

— Alguien una vez me dijo que para conocer la cultura de un pueblo hay que visitar el cementerio del lugar — musitó.

Había sido hacía mucho tiempo atrás, cuando su creador trataba de enseñarle todo lo que podía del mundo, de las culturas que él había conocido. Él era sin duda el vampiro más sabio y clemente que había conocido en todas las décadas que llevaba como vampiro.

El sonido del metal raspando contra el metal la sacó de sus cavilaciones. Jacob había abierto las rejas y entrado al lugar. Bella lo siguió.

Sin duda el cementerio de Nueva Orleans reflejaba la cultura de la ciudad. Era una convergencia de esculturas en piedra de diversos tipos, desde representaciones cristianas hasta ciertos signos paganos en algunas lápidas. Tumbas en el suelo, otras elevadas. Grandes mausoleos custodiados por ángeles. Era sin dudas un lugar hermoso.

Pero en medio de toda esa hermosura, hubo un mausoleo que llamó la atención de la vampira.

Estaba custodiado por el ángel Uriel, una espada en su mano indicaba que era él. El custodio del Edén en medio de un centenar de tumbas. Sonrió y acarició la piedra antes de entrar. Jacob fue tras de ella.

Miró alrededor sorprendiéndose por altar frente a ella. Estaba lleno de flores, todas dispuestas alrededor de él, con sus pétalos apuntando hacia afuera.

Sin embargo no fue eso lo que hizo que quisiera salir de allí, y huir muy lejos. Fue el aroma de algo que la dejaba débil y ella no debería sentirse débil, ni cansada, no estaba su naturaleza de vampiro. Había algo ahí que hizo que se sintiera mal. Un olor molesto que le cerró la garganta.

— ¿Jacob, podemos irnos? — preguntó encaminándose hacia la puerta del mausoleo, pero él le tapaba la salida.

— Lo siento, Isabella — se disculpó, pero no había arrepentimiento en su voz.

Ella retrocedió claramente asustada. No dio muchos pasos antes de chocar contra la piedra del altar. No tenía escapatoria y se sentía tan, tan débil.

— ¿Qué está pasando, Jacob? ¿Qué estás haciendo?

— Debiste saber que algún día lo descubriría — empuñó la estaca de madera nativa en una mano, y el mazo en la otra. — ¡Vampiro!

La estaca se clavó en su corazón paralizándola.

— Ja-Jacob — la respiración se atoraba en su garganta. Sentía que no podía respirar, y por primera vez en muchas décadas, respirar era una prioridad, algo esencial…

El segundo golpe de la estaca, ya enterrada en su corazón, le arrancó un grito de dolor.

La agonía, el dolor lacerante, la quemazón, todo lo que sentía mientras Jacob le clavaba la estaca en el pecho, sin piedad alguna, le recordaba a su transformación. Parecían que cada una lenguas de fuego que habían sido extinguidas, hacia ya varios siglos, cuando su corazón dejó de latir, comenzaban a revivir de las cenizas.

Sólo había una diferencia entre el fuego de la transformación y este renacido fuego. No era todo su cuerpo el que se quemaba, pues su cuerpo estaba paralizado, más gélido que nunca, sino que era su pecho, su corazón el que ardía en torno a la madera que lo atravesaba.

El tercer estacazo fue el momento final.

Su corazón había sido atravesado por completo.

Dejó de respirar. El fuego se apagó y sólo quedó el hielo.

No había pensamientos en su mente. No había sentimientos en su corazón. Era un cadáver, un cadáver que se preservaría intacto con el correr de los siglos; atrapada en la maldición que, el corazón herido y supersticioso del que le había jurado amor eterno, y sólo había demostrado lo mortal de sus sentimientos, le había hecho su prisionera.

Su alma ya no luchaba más.

Su cuerpo laxo, tendido sobre la tumba, se veía hermoso, ni siquiera Jacob, quien mantenía el mazo en su mano, y observaba su macabra obra, podía negarlo. Nunca había sido más hermosa que ahora.

El chico retrocedió unos cuantos pasos. Tenía trabajo que hacer aún.

Billy había sido específico en su descripción del ritual. Lentamente la recostó sobre el altar, sorprendiéndose de lo tibia que parecía su piel en comparación a la única vez que la había tocado. Luego sacó los tallos de narcisos que había escondido en un bolso de piel y con ellos rodeó las muñecas de Bella. Dos en cada muñeca. Sus tobillos también fueron rodeados de la misma forma.

Por último, puso una corona, también de narcisos, sobre su pecho y salió del lugar sin mirar atrás.

La oscuridad de la noche la protegería lo que durara su sueño.


*Maggie y Triana baten las palmas felices de estrenar su primer Fics conjunto*

Hasta que dimos a luz este Fics. Esperamos que les haya gustado el prefacio (cortesía de Triana). ¡Pronto estaremos subiendo el primer capitulo! (¡Maggie se hará cargo de él!)

¿Review's? ¡Nos harían muy felices a ambas!