Notas: En serio, estoy obsesionada con este programa.

banditos

— Esto es el segundo tiempo que he sido encarcelado por su culpa,— Lola refunfuñó, se poniéndose cómoda en el piso de la celda. Ella codeó a Alexander con su pie. —Y no me diga que la baila era mi idea, porque yo solo querría aprender valsar. La entrada forzada en el salón de baile era una locura completamente suyo.

Estaban vestido en las pijamas, Lola en una camisón rosada y Alexander en pantalones sueltos y una camiseta blanca. Había una mancha en la frente dónde Lola se había derramado café esa mañana.

Alexander puso sus ojos en blanco. —Sí, pero eres que sabes abrir una cerradura sin la llave. Era una fantasía cuando lo dije. Tú lo hiciste una realidad.

Ella sonrió. —Admítelo. Está un poco impresionado por mi.

—Impresionado, y preocupado,— él contestó con sequedad. —Ahora entiendo todas las locuras que ocurrieron ese año pasado.

—Claro, claro. Siempre tengo la culpa.— ella exclamó con indignación. — Y, ¿el cambio de lugar entre Carlota y yo? ¿Mi carrera corta como secretaria? ¿La boda secreta? Usted, usted, usted, todo.

—No puedo creer que estoy detenida en mi luna de miel, — el dijo, rescatando su cabeza. —Si no te amara, pensaría que fuera una talismán de mala suerte.

Ella se acurrucó contra sus brazos y lo abrazó. —¿Y ya que me amas?

Alexander la plantó un sonoro beso en la mejilla.—Te amo tanto que no me importa cuánto mala suerte que me traes. Viviría desde siempre en el cárcel si fueras conmigo.

Su sonrisa encendió su cara y ella rio. —Claro que no, mi príncipe,—susurró.

—¿No? — él preguntó, confundido. —¿Cómo "no"? ¿No me amas?

—Obviamente le amo, estúpido, — ella dijo. —Está mi Refri. Digo"no," porque si usted fuera encarcelado, le liberaría.

—Ahhh, lo veo,— él sonrió. —¿Y cómo viviríamos?

—Como banditos.

—¿Un bandito? ¿Yo?

—¡Claro! Cambiaríamos los nombres, viviríamos en el bosque . . .

—¿Y la familia?

—Los visitaríamos, obviamente. Pudiéramos escondernos en la mansión cuando la policía nos buscaba.

—¡La policía! No me digas. ¿Y por qué nos busca la policía?

—¿No me está escuchando, Don Refri? A ver. Somos banditos. Claro que la policía nos busca. Pero no le asuste, mi príncipe. Voy a protegerle.

—Sí, Lolita. Lo sé.— Alexander se puso de pie y la ofreció la mano. —Bueno, mi aventura permanente,— preguntó, —¿Quieres valsar?

Ella tomó la mano y enlació los dedos. —Somos en el cárcel, ¡no podemos bailar!

Él la besó. —Somos banditos, mi amor,— susurró. —Podemos hacer lo que queramos.