Los personajes son propiedad de la señora Meyer.

No sé exactamente cómo es que se me ocurrió esta idea, simplemente llegó y quise escribirla.

Y probablemente debería haberme puesto a hacer mi tarea y no a transcribirlo, pero tenía días queriendo subirlo a la página.


¿Hasta que la muerte nos separe?


Hasta que la muerte nos separe…

Esas palabras simplemente no tenían sentido para Bella. ¿Cómo era posible que algo tan simple como la muerte fuera capaz de apartarla del amor… no de su vida, sino de su existencia entera?

Todo había dejado de tener sentido para ella, incluso las lágrimas, las que poco a poco se habían acabado para ella. Desde hacía un año, cuando Edward murió trágicamente en un accidente, no había dejado de llorar. Intentó salir adelante, de verdad que sí, pero simplemente no podía. Siempre terminaba de vuelta en el clóset, llorando a gritos, envuelta en la ropa de su esposo.

Pero ya no más. Desde que se decidió a que ni siquiera la muerte podría separarla de Edward, su amigo, su esposo, su amante, su compañero, su actitud había cambiado diametralmente. Sonreía, aunque al principio se le dificultó, puesto que ya había olvidado cómo hacerlo.

Cuando se llegó el día, se vistió con el vestido que llevó en la primera cita que tuvo con Edward, azul oscuro, su favorito. Compró un gran ramo de fressias, porque según decía su esposo, ese era el aroma que su piel desprendía naturalmente. Finalmente, preparó té, ese del que siempre tomaban en las tardes, cuando platicaban sobre sus respectivas jornadas de trabajo.

La ansiedad era demasiada. No cabía en sí misma del gusto. Bella apenas si pudo beber su taza de té, acompañada de sus esperanzas, y después se recostó en la cama, rodeada de las flores, sosteniendo en sus manos un portarretratos con la fotografía del día de su boda, el más feliz de su vida… hasta ese día.

Conforme sus ojos se cerraban y el sueño la iba venciendo, no dejaba de susurrar con una enorme sonrisa en los labios: "ni siquiera la muerte es capaz de separarnos, ni siquiera la muerte es capaz de separarnos…".

Y finalmente cerró los ojos y cayó profundamente dormida.

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Los detectives, acompañados de los forenses, no se sorprendieron con lo que encontraron en el departamento. Ya habían visto todos los escenarios posibles, así que ese era algo rutinario.

Frascos de medicamento controlado y para dormir vacíos en la cocina. La bebida en la tetera contenía té mezclado con las pastillas. Una taza con restos de labial en el borde contenía restos del brebaje.

El inconfundible olor de la muerte se mezclaba con el aroma dulzón de las fressias marchitas, guiándolos hacia una de las habitaciones, donde ya sabían de antemano lo que encontrarían.

El cuerpo de una mujer, ya putrefacto, yacía sobre la cama. Restos de vómito cubría su cuello y manchaba el escote de su vestido. Sin embargo, sus manos, con los dedos rígidos, aferraban un portarretrato. No escenas de lucha, no había violencia implicada en su muerte. Un simple suicidio.

Mientras los forenses procesaban la escena del dormitorio, los agentes buscaron indicios de la identidad de la mujer. Uno de ellos vio una foto de ella, donde usaba el mismo vestido, con el cabello suelto en rizos marrones y una bella sonrisa adornando su rostro. Estaba acompañada de un hombre tal vez un par de años mayor que ella, de cabello cobrizo y brillantes ojos esmeraldas.

-Pobre chica. Era tan bella –exclamó, negando con la cabeza mientras se encaminaba de regreso a la habitación.


Que sigan disfrutando su fin de semana.

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