Una de las primeras parejas que me gustó en el fandom de Harry Potter fue esta. Me fascinó casi desde el primer momento, y como el canon no es demasiado específico sobre qué ocurrió realmente, me da pie a inventarme mi propia historia. No he escrito mucho sobre ellos, o no todo lo que debería, al menos. Aquí va un intento de long fic por mi parte. Porque ambos lo merecen.
Antes de continuar, quería agradecer a Dryadeh la eterna paciencia que ha tenido conmigo (no sólo con este fic, si no con todos). Por creer en mí más que yo misma y por sus buenos consejos. Sé que ésta no es tu OTP, pero espero que lo disfrutes.
Para acabar os digo lo de siempre, que cualquier cosa que os suene de los libros será propiedad de J.K. Rowling. Ya me gustaría a mí tener algo que ver con eso. Espero que os guste y lo disfrutéis.


Hello Darkness, my old friend.

Hello darkness, my old friend,
i've come to talk with you again,
because a vision softly creeping,
left its seeds while I was sleeping,
and the vision that was planted in my brain
still remains
within the sound of silence.
( Simon & Garfunkel – The Sound of Silence )

" - No quería que nadie hablara conmigo - admitió él, que cada vez se sentía más molesto.
- Pues ésa es una postura muy estúpida - replicó Ginny con enojo-, dado que soy la única persona que conoces que ha estado poseída por Quien-tú-sabes, y por lo tanto puedo explicarte lo que se siente.
Harry se quedó callado, asimilando el impacto de aquellas palabras. Entonces se dio la vuelta.
- No me acordaba de eso- se excusó.
- Pues tienes suerte- dijo Ginny fríamente"
( Harry Potter y la Orden del Fénix. Capítulo 23 )


Capítulo I

Abandonar la seguridad y calidez de La Madriguera no era algo que entusiasmara a Ginny. Mucho menos aún si pensaba en el lugar donde se vería obligada a pasar gran parte de su verano. A decir verdad, antes de llegar allí y sentir las grises paredes cerniéndose sobre ella, no tenía la menor idea de a dónde estaba yendo. Si lo hubiera sabido, hubiera tratado de negarse a ir, aunque ninguno de sus intentos sirviera de nada con Molly. Ser la última de siete hermanos, y que dos de tus precedentes fueran Fred y George Weasley no siempre era una ventaja. De hecho, no le veía ventajas en absoluto. Era la hermana pequeña, sin permiso para aparecerse dentro de aquel antiguo caserón decrépito y mugriento, y su único entretenimiento (curiosa manera de llamarlo, término acuñado por su madre) era limpiar y devolver su anterior aspecto a objetos de los que prefería no conocer ni función ni origen. Ni que antes hubieran sido bonitos, había pensado la primera vez que paseó por la multitud de salas y habitaciones de la mansión. Había averiguado pocos datos sobre sus dueños, todos extraídos de conversaciones furtivas entre Molly y Arthur, pero les concedía dos puntos: aparentemente, eran ricos o algo parecido, pero tenían un pésimo gusto para la decoración. No sólo anticuado, sino recargado y demasiado ostentoso. Aquel día estuvo cerca de dejar caer sus opiniones en alto, pero se frenó inconscientemente en el momento preciso en el que una figura se asomó en el dintel de la puerta del salón principal.

El hombro recargado sobre el marco, los brazos cruzados a la altura del pecho. Vestido con un batín de género similar a terciopelo oscuro. Apenas podía distinguir algo más, debido a la escasa iluminación de la estancia, pero podía adivinar una espesa y algo descuidada melena hasta los hombros. La figura se mantuvo así unos segundos, antes de avanzar hacia donde estaba su familia y ella misma. Su madre dejó caer el plumero con el que se disponía a enfrentarse a un butacón enorme, mientras el resto de los Weasley celebraron interiormente aquella distracción fortuita y pasaron a prestarle toda la atención al desconocido.

- ¡Sirius! Disculpa no haberte avisado de nuestra llegada, con todos los preparativos y todo lo que hay que limpiar, no me di cuenta. No conoces a mis hijos, aquí Fred y George, los gemelos. Ella es Ginny, la más pequeña, y junto al aparador está Ronald, pero ya le conoces. Chicos, saludad a Sirius, estamos de inquilinos en su casa.

- Molly, no tienes que disculparte, el que debería estar agradecido sería yo porque os hayáis ofrecido a ….limpiar todo esto. Y no es mi casa, no hay necesidad de hablar de ella como tal. - Y con un gesto saludó a los Weasley, incluído Arthur, que se peleaba con unos doxys encerrados en el aparador que limpiaba Ron.

Sirius. Todo cobró sentido de manera repentina para Ginny. Estaba frente al famoso Sirius Black, el padrino de Harry, del que tanto había hablado desde hacía dos años. Entonces aquella debía ser la Mansión Black, y había estado más que acertada en guardarse para sí misma la opinión sobre la decoración de la casa. La razón por la que estaban allí, limpiando como jamás lo había hecho en su vida, se le escapaba, pero al menos la pesquisa del día estaba hecha. Miró a sus hermanos, ninguno de ellos se sentía especialmente sorprendidos por conocer a Sirius. Su madre había dicho que Ron ya le conocía, probablemente por ir a clase con Harry y compartir aventuras varias. Y si Fred y George no lo conocían, lo disimulaban bastante bien, ya que en ese momento estaban estrechando sus manos. En ningún momento se dirigió a ella, más allá del genérico saludo inicial. No era que Ginny lo estuviera esperando, no sabía mucho más sobre él que lo que le había oído a Harry , pero se sentía ligeramente desplazada. No le resultaba una sensación desconocida, así que se desentendió un poco de lo que pasaba en aquella parte del salón y continuó limpiando la repisa de un polvoriento sinfonier con tiradores dorados. Al menos no tenía que quedarse plantada en el centro de la sala sin que nadie le hiciera caso.

Recordó lo que le había dicho su madre sobre los muebles de aquella casa. No sabemos si están encantados, si tienen algún hechizo peligroso o alguna criatura en su interior. Así que de momento, no abráis ningún cajón, armario o trampilla sin que hayamos examinado el mueble a conciencia. Limitaros a limpiar el polvo con un paño o el plumero, pero sólo en la superficie. Al cabo de unos segundos, el aspecto exterior del sinfonier era bastante decente, mucho mejor que como se lo había encontrado. Pero ahí se había acabado su tarea. La primera parte del primer día. Desde que habían llegado la noche anterior, apenas había tenido oportunidad de hacer otra cosa que no fuera limpiar. El sinfonier y un pequeño reposapies contiguo lucían limpios e impecables entre todo el resto del mobiliario. Ginny esbozó una pequeña sonrisa de satisfacción y giró sus talones para quedar frente a un gran armario que casi ocupaba la pared entera. No abrir puertas ni cajones, no le habían dicho nada sobre los artilugios y objetos extraños que llenaban las estanterías, aunque se lo podía imaginar. Retrocedió unos pasos para recoger el plumero que seguía abandonado en el butacón enorme que había empezado a limpiar su madre. Nadie se dio cuenta, ocupados como estaban en hablar con Sirius. Volvió al armario, con el plumero cogido por la parte trasera, dejando el mango hacia el frente. Lo alargó hasta el primer artefacto que le había llamado la atención: una especie de huevo decorado con patas, todo rematado en plata y con incrustaciones de algo que probablemente fueran esmeraldas. A simple vista no parecía demasiado peligroso, pero decidió no acercarse mucho, algo en él tenía un aspecto siniestro. Quizás fuera el tono oscuro de la plata envejecida, o el polvo que se había acumulado en sus múltiples recovecos. Parecía una versión macabra de un objeto que atesoraría su tía Muriel, y aquello no era algo que le gustara imaginarse. De hecho, si no fuera por la suciedad y los colores demasiado oscuros, probablemente la anciana señora disfrutara aquella mansión.

Ginny procuró abstraerse de los objetos que poblaban aquellas estanterías. Como mucho, les daba suaves toques con el mango del plumero, a una distancia prudencial, por si algún encantamiento disparaba cualquier tipo de resorte. Viendo aquellos artilugios podía llegar a entender porqué Sirius había dicho antes que aquella no era su casa. No le conocía de nada, pero se imaginaba que aquel salón no debía haber sido el mejor lugar de juegos para él. Ginny no era una persona prejuiciosa, sin embargo, solía hacerse una idea de las personas bastante aproximada con la realidad, y la imagen que se le venía a la cabeza de los dueños reales de aquella mansión distaba bastante de lo que podrían considerarse unos padres cariñosos y amables. Sintió deseos de preguntarle a su madre sobre la familia de Sirius, pensando que hacerle las preguntas directamente a él podría resultar maleducado y desconsiderado. Y así, primero con la tía Muriel y después con Sirius, había logrado ocupar su cabeza lejos de todos aquellos extraños objetos. Realmente allí no quedaba un sólo centímetro de estantería que no estuviera ocupado, por lo que resultaba prácticamente imposible seguir limpiando sin mover nada de su sitio.

- Ginny, el almuerzo está esperando. Ven y ayúdame a poner la mesa, cariño. - Por lo visto, la charla con Sirius había terminado, y su madre le reclamaba desde la cocina. Sería una buena idea cambiar de aires, dejar el salón atrás y deleitarse con la deliciosa cocina Weasley.

La mansión Black no dejaba de sorprenderla. Esta vez se trataba de la cocina, una sala rectangular en el sótano, bastante amplia, con unos ventanales mágicos en la parte derecha y una gran chimenea al fondo. En el centro, una gran mesa alargada presidía la estancia, aunque con aspecto de no haberse utilizado demasiado. A la izquierda se encontraban los pocos utensilios de cocina que había, bastante desgastados y descoloridos. Como aún era menor de edad y no tenía permiso para hacer magia fuera de los terrenos de Hogwarts, tuvo que hacer aquella tarea como el resto de las que había acabado de hacer: a mano, a lo muggle. Con la ligera dificultad de que no tenía ni idea de dónde podrían estar los platos y los cubiertos. Afortunadamente, antes de que se pusiera a revolver armario por armario, Sirius llegó a la cocina.

- No he podido hacer mucho más que este pudding de calabaza y unos pastelitos salados para acompañar, Arth... ¡Ah, eres tú, Sirius! Si pudieras ayudar a Ginny a encontrar los platos y los cubiertos para poder poner la mesa, sería estupendo. Sabes que no te lo pediría si no...

- Por favor, Molly. Estaré encantado de ayudaros. Hace años que no piso esta cocina, pero creo que los encontraré. Y no te preocupes, nadie ha cocinado con tanto amor aquí nunca. ¡El pudding tiene una pinta deliciosa!

Después de unos diez minutos pudieron encontrar lo que buscaban. No porque estuviera demasiado escondido ni nada por el estilo. Parecía como si con cada armario o cajón que abriera, a Sirius se le venía encima un torrente de emociones y recuerdos que le abrasaban por dentro, hasta el punto de tener que llegar a sentarse un par de veces. Molly se limitaba a mirarle con cara preocupada mientras acababa de rellenar uno de los pastelitos de bacon, sin saber muy bien qué decir o hacer para tratar de consolarle. Providencialmente, en ese momento aparecieron Arthur y George, mientras se oía a lo lejos a Fred gritarle algo a Ron.

- ¿No os he dicho que no gritéis? No quiero que vuestros gritos despierten … a nadie en esta casa, ¿entendido, Fred? - dijo Molly mientras blandía amenazadoramente una cuchara de madera como si fuera la más mortal de las armas.

- Sí, mamá. Lo siento, es que Ron se estaba quejando de no poder recibir lechuzas. Total, ¿quien le va a escribir? ¿Víktor Krum? - Desde la otra punta de la mesa, George hizo un gesto a su hermano como si chocaran las manos en el aire y después ambos sonrieron.

- Muy amable por tu parte mencionarle precisamente a él, Fred. Pero estaba intentando tener noticias de Hermione, listos. Aún no sé si llega mañana o se queda en su casa un par de días con sus padres.

- Bueno, venga cuando venga será bienvenida. No hay que preocuparse por eso ahora, Ron. De momento vamos a comer, que tenemos que reponer fuerzas para seguir limpiando esta tarde, ¿no es así, cielo?

- Sí, Arthur. Por favor, sentaos a la mesa. Sirius, ¿querrías...? oh, bueno, si no te incomoda demasiado, podrías presidir la mesa. Eres el anfitrión, de todas formas.

Y Sirius se sentó en el lugar donde Molly le había indicado. Ginny pensó (y creía que estaba bastante acertada) que no era tanto porque realmente le apeteciera presidir, si no por el hambre que tenía. Iniciar una discusión con su madre podría llevar más tiempo que limpiar aquella casa entera un par de veces, y si tenía al menos la mitad de hambre que ella, no era algo que se pudiera permitir. Durante el almuerzo se dio cuenta de lo mucho que echaba de menos La Madriguera y el alboroto continuo que inundaba las horas de las comidas. Era una mesa mucho más pequeña, en una cocina bastante más humilde que aquella, sin ventanales mágicos, pero que estaba llena de algo que la Mansión Black carecía. Fred y George hicieron un par de amagos de bromas, sin embargo la cara de Sirius no incitaba a las risas, si acaso, movía al llanto. Molly y Arthur le miraban preocupados desde ambos laterales de la mesa, mientras ella y sus hermanos se limitaban a degustar el budding y los pastelitos de bacon. Debido a las prisas con las que habían abandonado su casa, apenas habían tenido ocasión de traer otra bebida que no fuera cerveza de mantequilla. Su madre no aprobaba que Ron y mucho menos Ginny la tomaran, pero su padre intentaba tranquilizarla asegurándole que ni siquiera llevaba alcohol.

- No, mamá, la de Cabeza Puerco puede que lo lleve, o la Ridgebit, probablemente. Pero ésta no, la compramos así para que Ron y Ginny pudieran beberla, ¿te acuerdas?

Antes de que Molly pudiera reprender a los gemelos y preguntarles cómo sabían ellos qué se servía en el pub de Hogsmeade, Arthur la interrumpió cariñosamente para servir las jarras llenas de bebida refrescante. La verdad, pensó Ginny, que con el calor que hacía se agradecía bastante algo de beber. A pesar de lo que acababa de decir Fred sobre el alcohol o más bien su ausencia en la cerveza, cuando sólo había tomado tres tragos, Ginny se sintió ligeramente mareada. Estaba casi segura de que aquello no podía contener alcohol, de lo contrario su madre no se la hubiera dejado tomar, pero la sensación de mareo persistía. Incluso fue en leve aumento con los siguientes dos tragos. Quizás no se trataba de nada relacionado con el contenido de la jarra, si no con la novedad de haber llegado a aquella tétrica mansión, o con el esfuerzo de las tareas de limpieza de la mañana. No le dio más importancia y siguió bebiendo, un poco más despacio para no inquietar a nadie. De alguna manera quería demostrar que ya no era la niña pequeña por la que todo el mundo debía preocuparse. Sin embargo, le gustara o no, seguía siéndolo. Sus hermanos mayores hacía tiempo que se habían ido de casa: Charlie estaba en Rumanía, Bill alternaba viajes a Egipto con estancias en Londres, y de Percy prefería no hablar. Fred y George se tenían mutuamente y no necesitaban de mucha ayuda para vivir sus propias aventuras. Ron tenía a Harry y a Hermione, y teniendo a Harry Potter como mejor amigo, emociones nunca te iban a faltar. Ginny, la pequeña Ginny no tenía a nadie con quien poder hablar, aunque fuera de cosas de chicas. Sus compañeras de clase y habitación eran amables la mayoría de las veces, y no se llevaba mal con ninguna, pero no creía que se les pudiera considerar amigas. No era la primera vez que la veían sola en la Sala Común, haciendo los deberes o intentando estudiar para un examen. Las ocasiones en las que estaba junto a otros compañeros como Colin Creewey eran contadas. Él le hablaba entusiasmado de su cámara de fotos mágica y ella atendía educadamente, pero no era la charla que más disfrutara.

Sentía envidia de Ron y las aventuras que vivía con Harry, o de la seguridad que emanaban los gemelos en cada una de sus bromas. Sus miedos e inseguridades eran como una losa que apenas le permitía caminar. Por una parte se alegraba, la gran aventura (si es que la podía llamar así sin sentir escalofríos) de su vida había ocurrido en su primer año de colegio. El diario maldito de Aquel-Que-No-Debe-Ser-Nombrado cayó en sus manos y no estaba segura, aún habiendo pasado dos años, de las cosas que había hecho. Desde luego, no se sentía orgullosa de todo aquello, fueron unos días oscuros en los que no se reconocía en absoluto, en los que se fue marchitando poco a poco y que hicieron flaco favor a su acuciante problema de timidez e inseguridad. En los días posteriores, se había vuelto un poco paranoica, desconfiando de todo y de todos, sin sentirse capaz de hacer nada, por el pánico a fallar en el intento. No le ponía las palabras adecuadas, pero al recordar aquellos acontecimientos consideraba que había sido demasiado débil e ingenua para caer en la trampa, y por más palabras de aliento que recibió de su familia, no fue capaz de alejar esa idea de su cabeza. Sabía que debía hacer borrón y cuenta nueva, olvidando los malos recuerdos vividos con el diario, pero no se sentía capaz. La losa de sus miedos e inseguridades estaba hecha en parte de las experiencias de su primer año en Hogwarts, y presentía que sería algo de lo que no se podría olvidar tan rápido.

Después de almorzar, Molly les repartió turnos y tareas de limpieza por las salas y habitaciones del piso de abajo.

- El salón principal será de lo último que limpiaremos, prefiero que estén presentes Remus o Moody si fuera posible. No estoy segura de lo que pueda estar encerrado en esos muebles. Sí Ginny, ya sé que has limpiado el reposapies y el sinfonier de caoba. Y antes de que abras la boca, ese aparador no está limpio ni de lejos, Ronald, ahórrate las palabras. Seguiremos allí otro día. Ahora vamos a las otras habitaciones.

Molly y los gemelos se dedicaron por entero a la cocina, ordenando los utensilios y el menaje, arreglando las bisagras de algunos armarios y tareas similares. Arthur y Ron se encargaron de barrer el suelo del vestíbulo, así como de limpiar la mayoría de los cuadros que lo decoraban, evitando a toda costa el misterioso marco tapado con un gran trozo de tela. Sirius, Molly, e incluso el propio Arthur rehusaban acercarse demasiado a él, así que Ron se mantuvo a distancia prudencial. A Ginny le había tocado limpiar una pequeña salita casi contigua al salón principal. Su madre le había dicho que aquello era más pequeño y con menos muebles, así que no le supondría un gran esfuerzo, pero que si tenía algún problema, le llamara inmediatamente. Hasta para eso seguía siendo la hija pequeña. La tarea menos complicada, menos peligrosa y por lo tanto más aburrida era para ella. No le gustaría estar en el vestíbulo, le parecía uno de los lugares más tétricos de lo que había visto de la casa, pero la cocina parecía un lugar interesante en el que poder trabajar, o al menos podría tener más emociones que en aquella salita. Pero no servía de nada protestar y lo sabía, así que armándose de paciencia y un poco resignada, llevó los útiles de limpieza hasta allí y examinó el pequeño cuarto. Lo cierto era que su madre tenía razón: por alguna razón había menos muebles y con aspecto más cuidado que los del salón. Es más, sin ser una entendida en el tema, Ginny podría asegurar que incluso eran de otro estilo. Toda la salita era bastante diferente al resto de la casa, con un papel de franjas color ocre claro forrando las paredes, una especie de alacena a la izquierda de la puerta y cuatro sillas en el centro de la estancia, rodeando a una pequeña mesita de cristal. Tanto la tapicería de las sillas como la tela de los cortinones eran de un color verde algo desvaído, lo que unido al tono ligeramente avainillado de los visillos daba a la sala una sensación de calidez y confortabilidad bastante agradable.

Estaba bastante acostumbrada a pasar momentos sola, con sus propios pensamientos como única compañía, y a pesar de que agradecía sinceramente el interés que le mostraba su familia, en ocasiones aislarse un poco de las personas que le rodeaban le hacía bien. O eso pensaba ella. Así que el hecho de que la salita estuviera algo alejada tanto de la cocina como del vestíbulo le venía bien, para poder limpiar y no ser interrumpida. Por supuesto echaba de menos estar con los gemelos y escuchar sus bromas, o imaginar cómo serían las conversaciones en voz baja que tendrían Ron y su padre, pero había momentos en los que simplemente necesitaba estar sola. Entornó ligeramente la puerta para conseguir un poco de intimidad y se acercó hasta una de las sillas del centro. No creo que pase nada si me siento, no habrán puesto un hechizo en la silla, se dijo a sí misma, y antes de poder pensarlo dos veces se sentó, orientada hacia el centro, como si fuera a tomar el té. Se sorprendió al comprobar lo cómoda que resultaba, más teniendo en cuenta que no había sido utilizada en bastante tiempo. La verdad era que no había demasiado que limpiar, como si alguien se hubiera encargado de ello relativamente a menudo. Un poco de polvo de dos semanas en la alacena y algunas pelusillas en la mesita de cristal, no era nada comparado con las telarañas que abundaban en gran parte de la casa. Se sintió extrañamente contrariada porque realmente le gustaba aquella estancia, y por lo que parecía no pasaría allí mucho tiempo. Probablemente aquella misma tarde acabara y no estaba segura de poder visitarla muy a menudo. Decidió aprovechar la oportunidad y hacer un poco de tiempo, sin abrir ningún cajón ni puerta de la alacena, pero deteniéndose a contemplar cada veta de la madera. Se quedó con la vista fija en el juego de té que se encontraba en en el interior de la mesita de cristal, y a pesar de saber que no debía, sintió una extraña tentación de abrir el cajón y poder examinarlo de cerca y al detalle. Comprobó que la puerta siguiera medio cerrada y se quedó escuchando en silencio por si alguien se acercara por el pasillo. Cuando estuvo segura de que nadie vendría respiró un par de veces, como infundiéndose ánimos a sí misma, agarró los pequeños pomos rematados en porcelana y tiró de ellos hacia afuera. Chirrió un poco, como si ese cajón no se abriera tan frecuentemente, pero lentamente y con delicadeza, Ginny consiguió no hacer demasiado ruido. Alargó la mano temerosa, preparada para cerrarlo rápidamente si algún hechizo se produjera, pero no fue así. Pudo tomar una tacita entre sus manos tranquilamente, admirando los finos dibujos que la decoraban. Una línea de irregular grosor en tonos dorados recorría el borde levemente ondulado, y justo debajo dos hileras de flores de diversos colores y tonalidades le daban un punto de alegría, aún dentro de una sencilla elegancia. Depositó con cuidado la taza en su sitio y cogió la tetera, con el mismo diseño en un tamaño algo mayor. Fue precavida, y estaba casi segura que de allí no saldría un maleficio, pero algo sonaba en el interior de la tetera. Un sonido metálico chocando contra la loza de la vajilla, o algo parecido. Ginny sintió enormes deseos de abrir la tapita y ver qué contenía, aún a sabiendas de que no debía hacerlo. Ya había abierto el cajón, ya era atrevimiento bastante, dijo una vocecilla en su interior. La urgencia de la curiosidad no tardó más de un segundo en silenciar por completo a su conciencia, y procedió a abrir la tetera lentamente.

Quizás por no haberse imaginado nada en concreto o porque estaba firmemente convencida de que la Mansión Black nunca dejaría de sorprenderla, quedó impresionada con lo que encontró en el interior. Una intrincada cadena dorada de la cual pendía un gran óvalo dorado con una S en el centro. No se atrevió a tocarlo, recordando las recomendaciones de su madre, pero se sirvió del mango del plumero para levantarlo un poco y poder apreciarlo mejor. Desconocía el material con el que estaba hecho, pero una cosa era cierta, resultaba bastante pesado, tanto la cadena como mucho más el medallón. No se dio cuenta de que se había sentado demasiado adelante hasta que estuvo a punto de caerse de la silla, seguramente movida por la emoción de haber descubierto algo tan especial que probablemente nadie de su familia conocía. Por primera vez en bastante tiempo se sintió afortunada, especial, como si aquel medallón le hubiera elegido a ella en concreto, como si fuera cosa del destino que le tocara limpiar aquella salita de té. Sonrió para sus adentros y comenzó a darle vueltas al mango para girar el medallón sin tocarlo. Era de un grosor considerable y le pareció ver una especie de diminutas bisagras en un lateral, aunque quizás solo fuera una parte más de la decoración. Parecía demasiado anticuado incluso para aquella casa, y claramente no había sido tan bien tratado como se merecía, unos pequeños rasguños en su parte posterior lo evidenciaban. Lo notara o no, ejercía sobre ella algún tipo de fascinación bastante poderosa, pues no fue capaz de otra cosa que no fuera contemplarlo extasiada durante al menos un quince minutos. Transcurrido ese tiempo se dijo a sí misma que ya había pasado bastante tiempo mirando el medallón, pero no fue capaz de guardarlo de nuevo en la tetera hasta pasados un par de minutos más. Cerró de nuevo el cajón de la mesita, con cuidado de no hacer ruido cuando los tiradores llegaran al tope, y se dirigió a la alacena para limpiarle el polvo. No se esforzó demasiado, porque sabía que si acababa el primer día, probablemente no podría volver allí, o al menos no en un tiempo, y realmente la salita le parecía un lugar agradable en el que estar. Acalló de nuevo la vocecilla interior que le susurraba que no era esa la única razón por la que quería volver allí y paseó desganadamente el plumero por entre los pequeños barrotes que cerraban una balda en el armario. Como si realmente no deseara limpiarlo y así cumplir con la tarea que su madre le había encomendado, mientras pensaba para sí misma que estaba bastante limpio y no tendría dificultades para convencerla de que había hecho un gran trabajo, aunque no había podido terminarlo. No solía resultarle complicado hacerle creer cosas a su madre que en realidad no habían ocurrido, pero cuando creces en una casa con los gemelos como hermanos mayores, hay cosas que son prácticamente innatas. Decir mentirijillas, como saber volar en escoba o conocer trucos básicos para librarse del oponente en una pelea, eran habilidades que parecían haber pasado directamente de Fred y George a ella, saltándose a Ron. Aún recordaba la vez que trató de mentirle a su madre, con desastroso resultado y le costó un par de semanas de castigo.

Dejó el plumero en el asiento de una de las sillas y cogió el trapo del polvo, pasándolo someramente por la superficie de la alacena, siempre con la misma intención y aún con el medallón en mente. No podía dejar de pensar qué hacía allí metido (ella era desordenada, pero no se creía capaz de guardar algo tan aparentemente valioso en una tetera), a quien pertenecería y ese tipo de cuestiones. En un primer momento pensó que podría ser de Sirius, por la espectacular S hecha a base de esmeraldas que tenía en la parte superior. Aún sin conocer demasiado al padrino de Harry, sospechaba que era algo que no encajaba mucho con él, menos aún viendo con qué desgana hablaba de aquella casa, negando toda vinculación a ella. De todas formas, era un lugar bastante inusual para tener algo como aquello, quizás lo había ocultado allí para no tenerlo presente sin necesidad de desprenderse de él. Toda cuestión acerca del susodicho colgante la tenía más que intrigada y, aunque deseara averiguar todo lo posible sobre él, no veía manera de hacerlo sin despertar sospechas. Si estaba allí escondido sería por alguna razón, probablemente nadie contara con que ella lo encontraría, por lo que sería mejor mantener el secreto. Con todo el asunto del medallón se le había olvidado preguntarle a su madre la razón por la que estaban en aquella casa, a quien se refería cuando hablaba de la gente que iba a llegar, cuanto tiempo se quedarían allí y cosas por el estilo. Se dio cuenta de que la tarde se le había pasado más rápido de lo que ella contaba cuando escuchó las ruidosas pisadas de Ron en el pasillo acercándose a la puerta de la salita. Sabía que no llamaría y entraría directamente, así que se agachó hasta quedar a la altura de las puertas de abajo, frotando enérgicamente el trapo contra el armario, como si realmente se estuviera esforzando en abrillantar el mueble.

- Ginny, papá va a irse a trabajar en un rato, mamá quiere que cenemos antes. Dice que vayas recogiendo y lo que no haya dado tiempo lo terminas mañana. Tenemos que poner la mesa.

Asintió con la cabeza mientras doblaba el trapo y lo colocaba junto al plumero en la silla. Ron seguía parado en el marco de la puerta sorprendido por el diseño de la salita de té, como ella unas horas atrás.

- Vaya habitación más rara, ¿no? No quieres saber lo que nos hemos encontrado papá y yo en el vestíbulo, ¡está lleno de telarañas!. Ésta casa es muy extraña, no me extraña que a Sirius no le guste estar aquí. A mí tampoco me gustaría, aunque fuera mía.

Salieron y cerraron la puerta tras de sí. Al girar la manilla, Ginny se dijo a sí misma que a primera hora de la mañana siguiente estaría allí para volver a ver una vez más el medallón, y se trató de convencer de que no había nada malo en ello, simplemente era algo bonito y quería echarle otro vistazo. Hizo un esfuerzo para mantener aquel asunto un poco apartado en su cabeza y así poder centrarse en su familia, concretamente en su padre, que aquella noche tendría que ir a una redada y requisar objetos encantados ilegales. A pesar del tiempo que llevaba trabajando para el Ministerio, todos llevaban bastante mal que se tuviera que ausentar por la noche. Molly era la que peor lo pasaba, demasiadas noches en vela, sentada junto al sofá de La Madriguera, mirando constantemente el reloj de manecillas del abuelo y rogando para que no se moviera de la posición "en el trabajo". Pero eso no implicaba que ella o sus hermanos no se preocuparan por sus padres. Algunas noches, Fred y George se turnaban para dormir escondidos en las escaleras de la planta baja, atentos a cualquier noticia y a su madre, mientras Ron y Ginny esperaban medio despiertos en el rellano del tercer piso. Aquella sería la primera noche real que pasarían en la Mansión Black, sin el reloj de su casa y sin poder quedarse en las escaleras a esperar. No era una sensación agradable para ninguno de ellos, y Arthur lo sabía. Se despidió de su mujer con un cariñoso abrazo y un tierno beso en los labios, mientras sus hijos esperaban en fila para recibir su abrazo correspondiente. Ginny presentía que sería una noche bastante larga, por lo que decidió capturar esos momentos felices para la incertidumbre que reinaría en la casa hasta la mañana siguiente. Cuando se quiso dar cuenta su padre ya había salido por la puerta y su madre sollozaba levemente mientras intentaba llevar los platos hasta el fregadero. El pulso le temblaba lo bastante para no poder con ellos, y se encontraba demasiado alterada como para llevarlos con la varita.

- No te preocupes, mamá. Nosotros acabamos esto, vete a descansar arriba, que subiremos cuando hayamos acabado.

- Gracias George, cariño. Pero quería acabar de recoger la cocina, y vosotros deberíais...¡bueno, está bien! Pero subiremos todos juntos, no os pienso dejar solos en esta casa, la verdad...

- Yo puedo quedarme con los chicos si quieres, Molly. Deberías ir a descansar, el día ha sido muy duro para todos, y los que vienen serán parecidos. No, no acepto un no por respuesta. Cuidaré a los gemelos y a Ron y tú y Ginny dormiréis en otra habitación. Ahora voy a ayudarte con esos platos, es lo menos que puedo hacer, bastante inútil me siento.

Ginny acompañó a su madre hasta la mesa para que se sentara en una silla, y se fijó que aún pasados unos segundos, le seguían temblando las manos a causa de los nervios. Sirius llevaba los platos hasta el fregadero, George invocaba el hechizo fregotego y Fred los guardaba en su sitio mientras Ron barría torpemente la cocina. En unos minutos todo estuvo recogido, para orgullo de Molly, que les agradecía su ayuda entre susurros y algún hipido de emoción contenida. Era casi la medianoche cuando empezaron a subir las escaleras hacía el piso de arriba. Sirius les pidió que no se fijaran en las figuras que decoraban los tramos de descansillo, y aunque a todos les resultó bastante difícil no hacerlo, estaban lo suficiente cansados como para prestarles demasiada atención, con lo que Sirius se sintió bastante conforme. Al llegar al rellano se repartieron las habitaciones de la forma que habían acordado en la cocina, de manera que Molly y Ginny ocuparían el dormitorio del primer piso, y Sirius, los gemelos y Ron ocuparían la habitación del segundo piso. Ambos adultos acordaron avisarse de cualquier mínimo movimiento, y aunque no lo dijeran en voz alta, ambos eran conscientes de que aquella noche la pasarían en vela, un ojo en la puerta y otro sobre los chicos. En un principio, tampoco ellos pretendían dormir demasiado y mantenerse atentos a los acontecimientos, pero los cuatro se rindieron al sueño a los pocos minutos de meterse en sus respectivas camas. Para Ginny, como para todos en realidad, había sido un día bastante intenso y tenía mucho en lo que meditar, pero quizás de manera inconsciente (o quizás no) sus pensamientos la condujeron escaleras abajo hasta la salita de té, y más concretamente al medallón escondido en la tetera. Alzó la cabeza ligeramente para comprobar que su madre seguía allí, le deseó buenas noches y se durmió, quizás más rápido de lo que ella misma contaba. Aún tenía muchas preguntas de las que averiguar la respuesta sobre aquel curioso objeto, y por extensión sobre la mansión, la familia de Sirius y las razones de su estancia allí, pero trataría de resolverlas al día siguiente.