Muchas gracias a todas por los reviews tan alentadores que me habéis enviado. Aquí os dejo el nuevo capítulo de la historia, que espero os guste tanto como el primero.
De nuevo se lo dedico a Dryadeh por su paciencia y apoyo constante, y a vosotras, por vuestra presencia.
Todo lo que reconozcáis le pertenece a J.K. Rowling, y yo no me llevo ni un céntimo con ello.


Capítulo II

Quizás por el hecho de que había dormido en una habitación que no era la suya, por estar en aquella mansión tan lúgubre, o por los nervios debidos a la redada nocturna de su padre, lo cierto era que no había logrado dormir durante mucho tiempo seguido la noche anterior. Añadió un motivo más para sus adentros: el misterioso medallón que había encontrado mientras limpiaba. Sin embargo Ginny se dijo a sí misma que era demasiado temprano para ocuparse de aquel asunto, y que debía dedicarse a otros claramente más urgentes. Cuando despertó, su madre no estaba en la habitación, así que bajó alarmada las escaleras mientras se anudaba el cinturón de la bata. Al llegar al sótano y contemplar la feliz estampa sintió que el corazón le latía de nuevo. Su padre estaba sentado a la mesa desayunando unas tortitas, mientras su madre estaba ocupada en la cocina haciendo el desayuno. Sirius también estaba allí, tomando un zumo de calabaza y revisando unos papeles.

- Vaya, mira quien se ha despertado. ¡Buenos días, cielo! ¿Te apetece desayunar o esperas a tus hermanos? Estoy haciendo huevos, bacon y tortitas. Tienes zumo de calabaza que ha traído tu padre y aún queda algún pastelito de ayer.

Sirius levantó la cabeza intentando ver desde su sitio el apetitoso desayuno que estaba preparando Molly, pero la mujer se lo impidió poniéndose en mitad de su campo de visión. Mientras tanto, Ginny se acercó corriendo a la mesa y le dio un cariñoso abrazo a su padre como cada mañana después de las redadas nocturnas. Después se sentó a la mesa y le dijo a su madre que esperaría a sus hermanos. El tema del día parecía ser los aparatos requisados por Arthur, de los que su padre y Sirius charlaban animadamente, sin llegar a comprender realmente el funcionamiento de ninguno de ellos. En ese momento, los gemelos bajaron, llevando a rastras a Ron, con aspecto demasiado somnoliento incluso para ser él. Balbuceó algo de que no había dormido bien y se dejó caer sobre la silla más cercana.

- Hoy va a ser un día muy intenso, nos queda mucho por limpiar, debéis desayunar decentemente y coger fuerzas. Vuestro padre pudo traer algo de comida esta mañana, pero no demasiado, así que tendremos que arreglarnos con lo que tenemos. - dijo Molly mientras llevaba el desayuno hasta la mesa. - No Sirius, ni se te ocurra ofrecerte para ir a comprar o algo parecido.

Durante el desayuno, su madre intentó despertar a Ron definitivamente, pero resultó un esfuerzo bastante inútil, porque apenas había despegado los párpados para llevarse a la boca un par de trozos de bacon. Su padre narraba con todo detalle y por enésima vez, en aquella ocasión a George, los acontecimientos de la redada de la noche anterior, mientras Fred y Sirius reían al maquinar formas de despertar a Ron. Ginny los observaba complacida y aliviada al ver que la situación había mejorado notablemente, aunque fuera de manera temporal, pero incluso Sirius daba la impresión de ser feliz. Aquella cocina cada vez parecía más propia de La Madriguera y menos de la Mansión Black, y eso contribuía decisivamente en el estado de ánimo general.

- Es posible que Remus se pase por aquí esta tarde, Arthur. Creo que deberías acercarte hasta el Callejón Diagón y traer algo de comida por si se queda a cenar. Hoy no tienes redada otra vez, ¿no? Está bien, entonces se quedará a cenar con todos, si a Sirius no le importa. - Molly le miró como esperando una reacción por su parte. Hizo un gesto con la mano mientras bebía un sorbo de zumo, dando a entender que no tenía ningún problema con ello, por lo que ella siguió adelante con la organización del día.

- Papá, si vas hasta el Callejón, ¿podrías pasarte por la Lechucería y enviarle una carta a Hermione? No, tranquilos, no le cuento nada de la casa, sólo quería saber si va a venir esta semana o ….

- ¿O si le envías la otra carta a Víktor, Ronnie? - Fred hizo un gesto como si tocara el violín de forma demasiado cómica, y después se apartó rápidamente para no ser reprendido físicamente por su madre.

Arthur no encontró problema en hacerle el favor a su hijo, y unos minutos después de acabar de desayunar se marchó a hacer los recados que su mujer le había encargado. Molly suspiró profundamente cuando la puerta se cerró tras él, se arremangó y se dispuso a fregar y recoger la cocina. Los turnos y tareas de limpieza seguirían siendo los mismos, sustituyendo a Arthur por Sirius, que acompañaría a Ron en el vestíbulo. Ginny subió las escalerillas del sótano mientras acababa de comer el último pastelito de bacon y se dirigió hacia la salita que había empezado a limpiar el día anterior. Por el camino pudo ver cómo su hermano se negaba a acercarse a una cornisa de la pared de la que pendían unas espesas telarañas y cómo Sirius se hacía cargo de ellas ante la cara horrorizada de Ron, prácticamente en el otro extremo del pasillo. El pánico de su hermano por los arácnidos era algo tan asumido entre su familia que apenas si tenía que enfrentarse a algún insecto en La Madriguera, pero claramente en la mansión, donde todos debían ayudar y colaborar, no podía negarse en rotundo. "Mamá, yo tengo pánico al polvo y George a los cajones, no vamos a poder dormir esta noche del miedo que vamos a tener" había sido el argumento de Fred para intentar librarse de limpiar, pero ningún Weasley lo había conseguido. Ella había logrado esquivar los puntos conflictivos de la casa yendo a parar a aquella estancia algo apartada y realmente, limpiar había limpiado poco, así que era la que más éxito había tenido en la misión de escabullirse de las tareas de limpieza. De nuevo se sintió orgullosa de sí misma, y de nuevo tuvo la tentación de sonreír para sus adentros, pero se contuvo, porque al fin y al cabo era algo sin demasiada importancia. Abrió la puerta de la salita y la entornó a tiempo para no escuchar completamente las quejas de Ron sobre tener que tratar con arañas.

Supuso que si pasaba de largo sin pensar en el juego de té sería capaz de llegar hasta la alacena y poder limpiarla de manera adecuada. No podía pasarse más de dos días en aquella parte de la casa, o probablemente su madre empezara a sospechar, así que tenía que acabar ese mismo día. Estaba casi segura de que si se sentaba y abría el cajón de la mesita, pasaría bastante tiempo hasta que consiguiera volver a la alacena, y quizás para esa hora le llamaran a la cocina. Decidió no arriesgarse y dedicarse por completo a limpiar el mueble y así poder tener tiempo para contemplar el susodicho medallón. La claridad de la mañana atravesaba levemente los visillos y daba una sensación cálida y agradable a la salita. Estupendo día para limpiar, se dijo a sí misma mientras pasaba una y otra vez el trapo por la superficie del mueble. Sintió tentaciones de abandonar el trapo y sentarse a abrir la tetera, y no fueron una ni dos veces, pero haciendo uso de toda la fuerza de voluntad que fue capaz, hizo caso omiso de la voz de la urgencia y dedicó toda la mañana a limpiar la alacena. Estaba claro que cuando inviertes el tiempo en algo parece como si las horas volasen. Unos minutos antes de que acabara con el mueble, Fred llamó con los nudillos a la puerta para avisarle de que su padre había llegado y de que su madre necesitaba ayuda en la cocina. Quizás el motivo de su mal descanso había sido simplemente por dormir en una cama ajena y en aquella casa, y no tenía nada que ver con el medallón, porque se había propuesto ni mirar a la mesa y no sólo lo había conseguido si no que prácticamente había terminado de limpiar aquella estancia. Cerró la puerta tras de sí y contempló el buen trabajo que Sirius y Ron habían hecho en el vestíbulo. Parecía mucho más limpio e incluso más bonito que al principio de la mañana. Sin embargo, notó la ausencia de varios cuadros que estaban allí unas horas atrás. Quizás los hubieran retirado para poder limpiarlos mejor, pues recordaba que estaban bastante ennegrecidos. Pero cuando entró a la cocina y los vio al lado de la chimenea supuso que les esperaba un destino algo más oscuro.

- Encontré a Remus a la entrada Flourish&Blotts y le comenté lo que me dijiste, Molly. Dijo que no tendría ningún problema en venir esta tarde, pero que no hace falta que te preocuparas de la cena. Ya, ya sé. Le insistí y le dije que no aceptarías un no por respuesta y al final aceptó la invitación. Vendrá sobre las 6 en adelante, me dijo. Te he dejado la compra en aquella repisa, y sí, Ron, le envié la lechuza a Hermione, aunque no sé de qué servirá si aquí no puedes recibir correo, hijo.

En unos minutos, sus padres, sus hermanos y Sirius consiguieron poner a punto la cocina, recoger y ordenar la compra de Arthur y poner la mesa, lista para almorzar. Todos se habían dedicado de forma bastante intensa a sus tareas de limpieza, así que estaban bastante cansados y los emparedados que Molly había preparado les supieron exquisitos. Los acompañaron con un poco de refrescante zumo de calabaza y unas verduritas salteadas. Ginny se sentía cada vez más transportada a La Madriguera, dado el buen ambiente que flotaba en el aire de aquella cocina. Incluso olía parecido al pequeño hogar de Ottery St Catchpole. Al acabar la comida, Sirius sacó el tema de los retratos junto a la chimenea.

- Me parece estupendo que venga Remus hoy, Molly. Así podrá decirme cómo deshacerme de esos cuadros que no quiero para nada. A decir verdad, hay un montón de cosas que quiero tirar en esta casa, seguro que él sabe cómo hacerlo. Nunca tuve demasiado claro cómo anular algunos artilugios oscuros, digo yo qué él sí, como profesor titulado que es.

Todos menos Arthur y Molly quedaron sorprendidos con la decisión de tirar los cuadros. Especialmente Ginny, que había llegado a pensar que los hubiera descolgado para poder limpiarlos mejor. Quería deshacerse de ellos. Por muy tétrica que fuera la casa, no lograba entender la razón por la que Sirius guardaba tanto rencor a aquellas paredes. Aunque, si sus padres no se lo habían impedido ni habían dicho una sola palabra al respecto, debía existir una razón de peso para ello. Quizás a eso se había referido su padre cuando hablaba en clave de la conversación con Remus. Lupin llegaría aquella misma tarde para ayudar a desactivar y a desinfectar de magia oscura la casa, lo que por lo visto abarcaba tanto los cuadros como algún objeto más, a juzgar por las palabras de Sirius. Y de repente, una alarma sonó en el interior de Ginny. Si la familia de Sirius era aficionada a los objetos tenebrosos, probablemente estuvieran dispersos por la mayoría de salones y habitaciones de la casa. Y si no estaba equivocada, su intención era deshacerse de ellos de manera bastante eficiente y definitiva. Bajo esa perspectiva, las posibilidades de que pudiera volver a ver el medallón quedaban bastante reducidas. No tenía certeza alguna de que tuviera que ver con la magia oscura, pero pensándolo detenidamente, ¿porqué si no estaría escondido en una tetera, en una sala poco transitada de la casa?. Todo el entusiasmo que había sentido por la mañana al ser capaz de ignorar el juego de té se había esfumado ante la perspectiva de que le arrebataran algo que, de alguna extraña manera, sentía un poco de su propiedad. Le había tocado a ella limpiar aquella parte de la casa, y había sido ella la que había descubierto el colgante escondido. Se sentía confusa, un poco ignorada y en cierto aspecto, algo humillada. Demasiadas sensaciones encontradas después de haber disfrutado una agradable sobremesa. No sabía qué estaban pensando sus hermanos, pero estaba claro que también a ellos les había pillado por sorpresa. Ninguno de los cuatro mostró signo externo alguno que no fuera la cara inicial de sorpresa, pero los gemelos no dejaron de cuchichear y lanzarse significativas miradas a espaldas de sus padres y Sirius desde que éste anunciara la noticia. Ginny había convivido bastante con ellos como para saber que se tramaban algo, a diferencia de Ron, que permanecía impasible sentado frente al plato de emparedados vacío. Se propuso descubrirlo, pero Molly les había enviado de vuelta a sus tareas, por lo que aplazó ese asunto hasta más tarde. Una vez en la salita supo que sería una de las últimas oportunidades que tendría de contemplar el medallón, así que, como había hecho otras veces, entornó la puerta para evitar miradas indiscretas y se sentó en la silla. Abrió el cajón y depositó la tetera encima del cristal, sin darse cuenta de que, con las prisas había dejado el plumero en una de las estanterías de la alacena y faltaban milímetros para que su piel rozara la cadena.

Quizás movida más por la adrenalina del momento que por la lógica, permitió el contacto y cogió entre sus dedos la cadena tirando del colgante hacía arriba para poder sacarlo de la tetera. Sostuvo nerviosa el óvalo en la palma de su mano, aliviada al descubrir que ningún maleficio reaccionaba contra su piel ni se sentía mal mientras lo sujetaba entre sus manos. Todo lo contrario, sentía una especie de tranquilidad recorriéndole el cuerpo, como si oleadas de alivio fluyeran por sus venas. Delineó suavemente con su dedo pulgar el contorno del medallón, para a continuación hacer lo mismo con la S grabada en la parte superiory las esmeraldas que la formaban, deteniéndose en cada una como si de ello obtuviera el aire necesario para respirar. A pesar de los rasguños de la parte posterior, Ginny se sorprendió al comprobar que la superficie estaba bastante pulida, por lo que resultaba suave y agradable al tacto, aunque algo frío por ser metálico. Apenas si le cabía en la palma de la mano, pero se sentía extrañamente segura y confiada mientras la cadena le recorría parte de la muñeca y el antebrazo. Negó con la cabeza mientras pensaba en que Sirius probablemente quisiera deshacerse de aquello tan bonito. Ni siquiera sabía a quien le había pertenecido, ni la razón por la que estaba allí guardado, pero se sentía conectada a él de alguna manera. No podía dejar que lo tirara. Debía esconderlo en otra parte de la casa, a salvo de curiosos y de la purga que se pretendía empezar esa misma tarde, por lo que tenía que hacerlo en aquel preciso momento. Pero ella no conocía la mansión, no sabía de sus escondites y recovecos. Trató de pensar en algún lugar al que ni Sirius ni Remus pudieran llegar y no se le ocurrió nada. Se inclinó hacia atrás hasta que su espalda tocó el respaldo de la silla y alzó la vista al techo, como si allí fuera a encontrar la respuesta que buscaba. Una idea le cruzó la mente: si no encontraba un lugar más propicio, debería esconderlo en su habitación, quizás en la funda de la almohada, o entre su ropa. Ni siquiera Molly miraría allí. Además, se trataba de una situación temporal, sólo duraría hasta que Sirius se olvidara de aquella idea de tirar objetos, no se lo quedaría más de dos o tres días. Seguro que al cabo de ese período de tiempo, podría devolver sin problemas el medallón a la tetera y nadie se daría cuenta. Sintió deseos de felicitarse a sí misma por la buena idea que había tenido cuando se dio cuenta de un detalle en el que no había pensado hasta entonces. Para llevar adelante su plan, debía abandonar la salita con el colgante y debería permanecer con él lo que quedaba de tarde y probablemente de noche, incluida la visita de Remus, pues si subía de manera repentina a su habitación podría despertar sospechas en su madre. El problema estaba en que la falda que se había puesto aquel día no tenía bolsos y no sabía donde guardarlo. Volvió a mirar el medallón, anhelando que él respondiera a su duda. Y de alguna forma, lo hizo. Era un colgante, la forma natural de llevarlo era colgado del cuello, así que eso sería lo que iba a hacer. Se inclinó hacia delante en la silla y sostuvo la cadena un poco más arriba de su cabeza, lo dejó caer hasta su cuello y sintió un escalofrío al notar el frío metálico rozar su piel. Colocó los mechones de cabello que le caían desordenados desde la coleta que se había hecho por la mañana de tal manera que ocultaran que lo llevaba. Deslizó el medallón por dentro de su camiseta y se acercó hasta la alacena para contemplar su reflejo y asegurarse de que la tela tapaba por completo el colgante. Afortunadamente, era de un color verde lo suficientemente oscuro como para no dejar ver a través de él.

Había llamado su atención desde que lo vio el día anterior. De una manera rotunda, sin dar opción a la indiferencia. Había conseguido que pensara en él aún mientras intentaba dormirse en la habitación del piso de arriba. Y ahora, por una cuestión que Ginny creía ajena a ella misma, lo llevaba colgando del cuello. No le había parecido tan pesado cuando lo sujetó en la mano segundos antes, pero lo achacó a los nervios que sin duda sentía. Una sensación fría le invadía el pecho, sin duda por el contacto del metal con su piel, por lo que no se preocupó en absoluto. Terminó de recoger el juego de té y cerró el cajón de la mesita intentando fijarse si había desplazado alguna taza o la misma tetera, y por más vueltas que le dio, lo seguía viendo todo en su posición original. La alacena ya presentaba su aspecto original, sin el poco polvo que había podido acumular, y con las figuras y sus enseres bien ordenadas. Lo último que quedaba era colocar los visillos y los cortinones, que se hallaban ligeramente fuera de la barra. En el momento en el que se puso de puntillas para alcanzar mejor a mover las telas, escuchó una voz quejumbrosa a sus espaldas.

- ¡Traidores a la sangre, eso es lo que son! ¡Inmundos traidores! ¿Qué diría la ama si los viera mancillando su casa? Si ella supiera... - Ante Ginny se había presentado un elfo doméstico con un trapo mugriento atado a la cintura como única vestimenta, caminando despacio y encorvando, actuando como si ella no estuviera presente en la habitación. Murmuraba frases inconexas con voz grave y áspera, intercaladas con algunas exclamaciones en las que prácticamente se quedaba ronco. De repente se giró sobre sus huesudos talones y miró hacia la dirección en la que estaba Ginny, que aún tenía un visillo agarrado con su mano izquierda. - ¿Quien es ella? El viejo Kreacher no sabe, no sabe. Pero debe ser una mocosa de la traidora a la sangre, sí eso debe ser. Esos críos, enredan la casa de mi ama y...¿qué hace una traidora a la sangre en ésta habitación? No debería estar aquí, no...Kreacher se lo contará a la pobre ama, ay si ella viera...sí, Kreacher le contará...- Las últimas frases las había dicho de forma tan atropellada que a Ginny le había costado entenderle. El elfo volvía a ignorar su presencia, pero caminaba sin sentido por toda la salita, desde las ventanas hasta la puerta, obstinadamente. Musitaba de nuevo frases que sólo él podía escuchar, aunque ella podría imaginárselas. Segundos después, tal como llegó se fue, no sin antes mirarle directamente con una expresión en la cara que difícilmente podría descifrar, aunque no por ello dejaba de inquietarle.

Un bramido se escuchó desde el fondo del vestíbulo y Ginny podría apostar sin perder un solo knut que era Sirius recriminando al viejo elfo por su comportamiento. Su imaginación se disparó cuando escuchó a Kreacher llamarle "amo" y mascullar improperios sobre él en voz baja. Si aquella mansión, como todo parecía indicar, era la casa de los padres de Sirius, y el elfo le llamaba amo y hablaba de "su ama" en pasado, probablemente se refiriera a su madre. A juzgar por los comentarios de "traidores a la sangre" y demás apelativos, y las palabras malsonantes que le había dirigido a Sirius, las cavilaciones de Ginny le llevaban a entender de una manera más completa porque él prácticamente odiaba la mansión y todo lo que tuviera que ver con ella. No era capaz de pensar en él como padrino de Harry y defensor de la Teoría de la Pureza de Sangre. Desde que estaban allí, nunca le había escuchando un comentario de ese tipo y siempre se había comportado con ellos de manera amable y respetuosa. No, debía tratarse de algún tipo de conflicto que Sirius había tenido presuntamente con su madre, y por extensión con el elfo doméstico. Si lo miraba desde esa perspectiva, no le resultaba tan extraño que quisiera deshacerse de la mayor cantidad de retratos y objetos varios que fuera capaz. Tal vez fueran conclusiones demasiado precipitadas, pero Ginny tenía una especie de corazonada, un presentimiento sobre aquel comportamiento, y muy pocas veces solía equivocarse. Aquel elfo doméstico era una criatura extraña, en nada parecido al único que ella había conocido. El carácter risueño y amable de Dobby quedaban demasiado lejos de lo poco que había podido ver de Kreacher. Y eso que todo lo que conocía del simpático elfo lo sabía de habérselo escuchado a Ron, Harry y Hermione. La voz ronca, áspera y algo gangosa, los andares torpes y encorvados, la maldad escondida entre sus palabras...no, definitivamente no había sido la mejor de sus experiencias.

Cuando quiso darse cuenta, llevaba un buen rato con el visillo entre los dedos, desde antes de que Kreacher hubiera llegado a la salita. Lo sacudió ligeramente para tratar de adecuar su forma y después se quedó con la vista perdida, más allá del exterior de Grimmauld Place. Inconscientemente, se llevó una mano al pecho, al lugar donde colgaba el medallón. Seguía estando frío, aunque no tanto como cuando se lo puso por primera vez, y aún le pesaba bastante. Da igual, se dijo, es la falta de costumbre de llevar algo como esto. Era tan bonito que no podía permitir que Sirius lo tirara. Sin saber a ciencia cierta cómo, sentía que no podía estar relacionado con la magia oscura. Sí que parecía antiguo, bastante más que cualquier cosa que hubiera visto en aquella casa, pero eso no le confería poderes malignos de inmediato. De no saber que era algo prácticamente imposible, o cuando menos bastante improbable, podría decir que sentía cierta clase de empatía con aquel colgante. Acariciaba suavemente su pulida superficie y a continuación los leves rasguños de su parte posterior, como si de una metáfora de los claroscuros de la vida se tratara, y eso le otorgaba cierta paz interior. Como si el medallón calmara sus nervios con sólo rozarle, como si templara sus nervios con el hecho mismo de colgar de su cuello. Por más extraña que resultara la sensación, no podía negar que era gratificante y satisfactoria, una novedad que añadir a su , por otra parte, vida bastante gris. Aún no sabía por cuanto tiempo estarían en la Mansión Black, lo que era seguro que antes de acabar el verano volverían a La Madriguera, y después deberían comenzar el curso. Adoraba estar en Hogwarts, el castillo siempre le había transmitido sensaciones agradables, pero tal como ella lo veía, hasta ahora no había vivido grandes aventuras y no parecía que aquel año fuera a ser distinto. No era lo que podría considerarse una alumna modelo, pero trataba sinceramente de esforzarse todo lo que pudiera en sus clases, aunque siempre había unas en las que lo conseguía y otras en las que no tenía tanta suerte. Al menos con el medallón tendré una anécdota que recordar cuando esté estudiando Historia de la Magia en clase del profesor Binns, pensó Ginny.

Pensando de nuevo en la purga que pretendía hacer Sirius en toda la casa, recordó el gesto de complicidad que había visto en los gemelos, cuando conocieron la noticia en la cocina. Sabía, o mejor dicho sospechaba, que algo tramaban. Y probablemente no fuera nada inocente e ingenuo. Les conocía bastante bien, y cuando la gente en Hogwarts decía que eran bromistas y algo gamberros, pensaba que no les habían visto en La Madriguera, lo que venía a ser su elemento natural. Aún con su madre vigilandoles al milímetro, de alguna manera conseguían esquivar algunos de sus controles y llegaban a hacer verdaderas travesuras que sacaban a Molly de sus casillas y hacían las delicias del resto de la familia Weasley. Seguro que aquel gesto tenía algo que ver con su próxima trastada, y no quería quedarse al margen y que le pillara por sorpresa, como solía ocurrir con Ron. Así que colocó con cuidado su cabello y la camiseta para que ocultaran el medallón y decidió abandonar la salita, ahora limpia y con aspecto bastante habitable, para averiguar el secreto de los gemelos. En cierta forma, se sintió desilusionada ante la perspectiva de que también sus hermanos pudieran tener un secreto en aquella casa. Se había creído alguien especial al encontrar aquella estancia de la mansión y mucho más al descubrir la existencia del objeto misterioso escondido en la tetera, pero con la posibilidad de que Fred y George tuvieran también algo que ocultar, aquellas sensaciones se evaporaban paulatinamente. Volvía a ser la pequeña Ginny a la que se le encomendaban tareas demasiado fáciles y que apenas salía de su rutina diaria para vivir emocionantes aventuras. Prefirió arrinconar aquellos pensamientos negativos al margen y permitirse disfrutar de la camaradería Weasley, que sin duda resultaba más positivo que lamentarse por las esquinas de la vida.

Avanzó por el pasillo principal donde su padre y Sirius seguían descolgando retratos a pesar de las airadas protestas de sus inquilinos. Ron estaba más cerca de las escaleras que daban a la cocina, intentando que el papel descolgado de la pared volviera a quedar en su lugar. Lo había conseguido en algo menos de la mitad del vestíbulo, y la verdad era que se notaba bastante su trabajo. Subido a una escalera, pegaba su cuerpo a la desconchada pared para lograr mayor cercanía y mejor posición a la hora de arrancar el papel viejo y colocar el nuevo. Había dejado sin rellenar el espacio que rodeaba a las anticuadas lámparas de gas por expresa recomendación de Sirius, que estaba bastante convencido de que habría algo oculto en aquellos viejos quinqués de pared. Ginny felicitó a su hermano desde la entrada del sótano y recibió un gesto con el dedo pulgar alzado por su parte. Se quedó algo extrañada, pero asumió que quizás estaba demasiado concentrado para distraerse. Ron tenía la extraña capacidad de abstracción o concentración total en cortos espacios de tiempo, así que siguió bajando las escaleras hasta que llegó a la cocina. Fred y George estaban limpiado una de las estanterías de la despensa, pero su madre no estaba allí.

- ¿Dónde está mamá? - preguntó Ginny mirando a derecha e izquierda de la estancia, intentando encontrarla.

- Creo que está con Sirius en el baño del primer piso. Dijeron algo de un nido de...algo. Hay veces que me pierdo con las cosas que te puedas encontrar aquí. ¡Y pensábamos que habíamos visto de todo en La Madriguera! - dijo George mientras se subía a un taburete para alcanzar las estanterías más altas.

- No, Sirius está en el vestíbulo con papá, descolgando cuadros. ¿Habéis visto qué concentrado está Ron? Lo he visto hasta más serio...

- Sí, bueno. Digamos que no acepta bien nuestras bromas, ¿verdad, George? - y se escuchó un "ajam" por respuesta desde lo alto del taburete.- Pues entonces no sé donde está mamá, igual se quedó en el baño limpiándolo. Está un poco nerviosa con eso de que venga Lupin esta tarde, ya sabes.

Ginny miró hacia atrás comprobando que su madre no se presentara por sorpresa en la puerta de la cocina y avanzó unos pasos hasta la despensa donde estaban los gemelos. Decidió que lo mejor sería abordar el tema directamente, sin darle más vueltas al asunto. Sus hermanos también la conocían a ella, quería pensar que se esperaban sus preguntas.

- ¿Qué os vais a quedar para vosotros antes de que Sirius tire todo lo que cuenta tirar? ¿Habéis encontrado algo, verdad?

George giró sobre sus talones aún subido al taburete y se quedó con el trapo colgando en la mano mirando fijamente a su hermana como si un Colacuerno Húngaro se hubiera transformado en una veela allí mismo. Fred también se giró en redondo, pero su mirada no era de asombro si no de curiosidad. Si Ginny preguntaba aquello era que quizás ella también hubiera encontrado algo y quisiera cubrirse las espaldas de algún modo. Parecía haber tomado el relevo del auténtico carácter Weasley que en su momento tuvo Bill, que tenían ellos, y que en algún momento tendría ella. No sólo por el hecho de hacerles la pregunta, si no por otras muchas cosas, detalles en los que sólo ellos dos se fijaban y les hacían confirmar su teoría.

- Déjame decirte, querida Ginny, que como tus hermanos mayores que somos, nos sentimos ofendidos ante semejante acusación que viertes sobre nosotros. - Fred depositó el trapo con el que estaba limpiando la estantería de las conservas y se acercó a su hermana despacio, gesticulando exageradamente con las manos y adoptando un tono de voz demasiado pomposo.

- Acusación totalmente infundada, por supuesto. Ahora bien, si tú tienes algo que necesites contarnos, sabes que será lo mejor, hermanita. Te sentirás bien contigo misma y no cometerás un grave error. - George ya se había bajado del taburete y como su hermano, se fue aproximando hasta Ginny, imitándole los gestos y movimientos.

- Venga, sí. Puedo ser pequeña, pero no soy idiota. No me hagáis repetiros los gestitos y miraditas que cruzasteis cuando lo dijo Sirius porque fue bastante ridículo. De principiantes, diría yo. Si no fuerais vosotros, podría ser algo propio de Ron. Ahora, decidme, ¿qué habéis encontrado?

Si eso no era una clara demostración de que debía ser su hermana la que recogiera el testigo, Fred y George no sabían que podría serlo. Se miraron entre ellos, sabiéndose atrapados, pero con un profundo orgullo por su hermana pequeña.

- Encontramos una caja de polvos verrugosos un poco agresiva mientras limpiábamos el primer día en el Salón. Al final resultó que va a ser lo último que limpiemos, así que menos mal que la descubrimos a tiempo. Seguro que no pasa la purga que harán Sirius y Lupin.

- Ni de coña, George. Es un poco agresiva, te intenta morder cuando te acercas a ella para cogerla, y mejor no la toques directamente, pero creemos que puede resultar interesante para hacerle unas mejoras técnicas al Surtido Saltaclases de Sortilegios Weasley. Y estamos buscando un nido de doxys, pero vivas, quizás los huevos nos puedan valer para algo. De momento no le hemos visto el doxycida a mamá, pero no creo que tarde mucho en traerlo, tendremos que darnos prisa.

- Muy bien, nosotros ya te lo hemos contado. Ahora te toca a tí, Ginny. Tú has encontrado algo, de no ser así no nos hubieras preguntado. Así que venga, cuéntanos.

Se sintió satisfecha al comprobar que sus suposiciones eran ciertas y que los gemelos habían descubierto algo, y pretendían quedárselo. Por más que fuera un comportamiento infantil, aquello le daba la justificación que necesitaba para no sentirse culpable ocultando el medallón durante un tiempo. ¡Ellos se iban a quedar la caja, ella sólo pretendía salvar el colgante! Sin embargo, ahora ellos esperaban que les respondiera a la pregunta, y estaba claro que no les iba a decir nada. La salita de té y lo que encontró en ella quedarían como su secreto personal, lo tenía muy claro. Las opciones eran escasas: o mentirles y decirles que no había encontrado nada, o mentirles inventándose algún tipo de artilugio. Intentar engañar a sus hermanos era más difícil que conseguir que su madre no escuchara cien veces como mínimo las horribles canciones de Celestina Warbeck. No se creerían nada de lo que les contara, por lo que decidió intentar mantener el misterio y hacerse de rogar para así poder ganar tiempo mientras negaba haber descubierto algo.

- ¿Me podéis explicar qué hacéis aquí de cháchara en lugar de estar limpiando, que fue lo que os mandé? Está visto que no os puedo dejar solos...¡Ahora a mismo a recoger todo, los tres! - Molly había interrumpido en el momento más oportuno, pero por más que se alegrara de eso, Ginny ya había acabado su tarea, y los gemelos estaban prácticamente en la misma situación.

- Mamá, yo ya he acabado de limpiar aquella habitación, he venido ahora mismo a buscarte, para ver si necesitabas que te ayudara en algo. - Una cosa era no poder engañar a los gemelos, pero cuando su madre estaba tan alterada como en esa ocasión, se creería incluso que los muggles venían de Marte.

Supo que lo había conseguido cuando Molly sonrió y torció levemente la cabeza de manera amable antes de acercarse a ella y darle las gracias por querer ayudarle. Ginny estaba convencida de que tenía un don, y aunque no funcionara con Fred y George, con el resto de la gente era infalible. Sus hermanos la miraron desde el fondo de la despensa mientras terminaban de limpiarla, ahora que su madre les estaba apurando. Estaba claro que una conversación se había quedado a medias, pero no tenía ninguna intención de retomarla, al menos en un breve período de tiempo. Satisfecha consigo misma, Ginny se dio la vuelta y subió las escaleras del sótano, mientras Molly terminaba el postre de la cena para la visita de Remus. Justo en el momento en el que Ginny ponía el pie en el último escalón sucedieron varias cosas a la vez, tan sorprendentes y repentinas que ninguno de los que estaban en la Mansión Black supo cómo reaccionar. Ninguno excepto Sirius.