"El Gato Phantomhive".

Kuroshitsuji, SebasCiel.

By: Sinattea.

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Disclaimer: Kuroshitsuji sigue sin pertenecerme, aunque ya estoy tramando un plan diabólico para conseguir cierto poder sobre el copyright (es un plan a largo plazo así que tendrán que ser pacientes ^^).

Nota: Oh, sí, soy una bitch (en el sentido menos literal de la palabra). Leo la barra de información del fic y veo que ya va a ser casi año y medio sin actualizarlo. Dioses, ¿por qué nadie me ha venido a golpear o algo? (Digo, no es como si tuvieran mucha oportunidad de ganarme en una pelea -kick boxing y MMA-, pero aún así).

La buena noticia es que diré aquí lo que dije en "Ruleta Rusa" hace... ¿qué? ¿Un mes, mes y medio? No fue hace mucho, eso seguro. Y lo que dije fue: "estoy dispuesta a regresar y a hacerlo con todo". ^^ Y mírenme ahora, con ese fic terminado (Yes, I'm so bloody proud!). - - - O esa era la intención original. No logro encontrar la motivación todavía, pero supongo que de alguna manera está en proceso.

Las excusas/justificaciones/disculpas vendrán al final. No tengo derecho a hacerles esperar más.

He aquí, el capítulo siete... (-desciende un rayo de luz del cielo y cantan los coros de ángeles-)


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Capítulo 7: Todo gato tiene una manada.

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Cuando por fin se hubo secado la ropa de Ciel ya era bastante tarde, y Sebastian se vio obligado a conducir el carruaje durante la noche, en mitad de una tormenta que se desató tan pronto oscureció, porque su amo no quería estar en las oficinas de Scotland Yard al día siguiente que volviera el personal. Y a decir verdad él mismo tenía cierta inquietud por regresar a la Mansión Phantomhive. Necesitaba un poco de privacidad para pensar en algunos asuntos, y francamente en esos momentos, con la mirada satisfecha y coqueta (sí, esa era la única palabra que se le ocurría a Sebastian para describirla) de Ciel observándolo por encima del hombro, no podía pensar en absoluto. Astuta jugarreta la de Ciel, que terminó por confundir al demonio tanto como días atrás lo había estado él.

Ojalá Sebastian hubiera podido prevenir que privacidad sería lo último que podría esperar de los siguientes días…

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Al llegar a la mansión inmediatamente se percibía algo extraño. El aire, había un olor extraño en el aire. Tanto Ciel como Sebastian se dieron cuenta a pesar de la fina lluvia que humedecía y volvía engañoso al ambiente, sus sentidos eran lo suficientemente agudos. Era un olor como de… ¿flores? Sí, definitivamente era eso, pero no podía provenir del jardín, no en esa época del año ni con esa lluvia, sobre todo porque se trataba de aroma a rosas. Además, estaba acompañado de algo… ¿almizcle, jugo de lima? Amo y mayordomo trataban de descifrarlo mientras bajaban del carruaje y se encaminaban a la puerta, tan concentrados en identificar el extraño olor que por unos segundos olvidaron lo ocurrido en Londres y, en general, el estado de Ciel.

- ¿Puedes oler eso, Sebastian? – preguntó a su mayordomo.

- Sí, Bocchan.

- ¿Sabes lo qué es?

- No, Bocchan.

Se detuvieron justo frente a la puerta para inflar por última vez las aletas nasales, y un chispazo de reconocimiento invadió los sentidos de Ciel. ¡Perfume! ¡Se trataba de perfume! Pero no de cualquier perfume… Eran dos para empezar: una fragancia de rosas y manzana bastante empalagosa; el otro una mezcla de sándalo, almizcle y jugo de lima, bastante sobrio. Eran los perfumes de…

- ¡No! ¡Sebastian! – gritó Ciel con desesperación y se abalanzó sobre su mayordomo justo en el momento en que éste hacía ademán de abrir la puerta. Fue tan sorpresivo el salto que, sumado a la distracción de Sebastian con el aroma extraño, terminó por hacerle perder el equilibrio - ¡No podemos entrar!

- ¿…? ¿Bocchan? – aunque las primeras palabras que Sebastian sintió tentación de pronunciar fueron algunas groserías por el empujón, logró controlarse a tiempo y recuperar la compostura que Ciel acaba de perder tan frenéticamente.

- No podemos entrar, no podemos – repitió el niño -. ¡Ese olor es perfume! ¡Son los perfumes de Elizabeth y Tía Frances!

Sebastian no tardó ni un segundo en entender la gravedad de la situación. Seguramente ellas y su séquito (ahora podía escuchar y oler muchas presencias extrañas en la mansión) habían arribado el día anterior y, a juzgar por el mal clima que se aproximaba y que impedía que en esas fechas los vehículos que no eran conducidos por demonios se aventuraran al camino, planeaban quedarse un buen tiempo.

- ¡Oh, no, no, no, no! – se quejaba Ciel en voz baja - Sebastian, ¡nadie puede verme así! ¡No deben! ¡Maldita sea! ¿Cómo demonios puedo quitarme estas cosas de gato?

- ¿Cómo "demonios"? – rió Sebastian por lo bajo - Bocchan, me temo que ésta es una de las pocas cosas que no puede pedirme: no fui yo quien le anexó los rasgos de un felino.

Hay que mencionar que tras el espectacular empujón de Ciel, él y Sebastian habían quedado en una posición bastante comprometedora justo frente a la puerta, con Ciel arriba. Pero ignorando ese detalle debido al repentino pánico, Ciel hizo lo que su instinto felino de supervivencia le indicaba en el momento: refugiarse en Sebastian, tratar de esconder el rostro en pecho. De alguna inexplicable manera, ese gesto enterneció al demonio, que en ese momento veía a un tierno gato dominando claramente a Ciel.

- Tienes que sacarme de ésta, Sebastian. No permitas que me vean así, ¡es una orden! – por más que lo intentó, Ciel no pudo imprimir el normal autoritarismo en su voz, más bien parecía que estuviera pidiendo un favor -. Llévame a mi cuarto, tenemos que pensar qué hacer.

Sebastian obedeció en el acto, levantando a Ciel entre sus brazos y permitiendo que él le rodeara el cuello con las manos. Así, luego de unos… cuatro, cinco saltos bastante bien medidos (para no marear a Ciel, pues aunque los gatos caen de pie eso no significa que les guste estar en el aire) alcanzaron la ventana de la habitación de Ciel y se refugiaron allí.

- No podemos quedarnos aquí para siempre – recordó Sebastian, cruzado de brazos -. Bueno, seguramente yo podría, pero dudo que Bocchan resista dos días sin té.

- Cállate. Sólo quisiera quedarme aquí hasta que pueda arrancarme estas cosas de la cabeza y seguir con mi vida – refunfuñó Ciel mientras daba vueltas en círculos por la estancia.

- Eso suena más como lo que hacen las águilas, Bocchan, no los gatos, y el proceso ocurre hasta los cuarenta años…

- ¿Te estás burlando de mí? – exigió saber Ciel, con los labios apretados de indignación.

- Noo – respondió Sebastian al instante sin molestarse en disimular su sarcasmo.

- ¿Recuerdas la mañana de ayer, cuándo te pedí que te murieras? ¡Pues ahora te lo ordeno en serio!

- Eso no es lo único que recuerdo, Bocchan – replicó el mayordomo, abandonando el sarcasmo y adoptando una expresión mosqueada -. Ayer también me ordenaste otras cosas.

Ruborizándose a más no poder, Ciel se preparó para asestar otra bofetada al tiempo que le gritaba a su mayordomo que se callara.

- ¿Y por qué no me callas, Ciel? – antes de que el chico Phantomhive se diera cuenta su mayordomo había cubierto la distancia que los separaba y lo retenía contra la pared con la mano enguantada en su cuello, todo en un solo movimiento - Ayer averiguaste cómo…

- No te atrevas a pronunciar mi nombre.

- No cometas el error de creer que eres el único que se encuentra en una situación desfavorable – dijo Sebastian entre dientes -. A mí no me conviene tener a tu manada deambulando por aquí, interfieren en nuestros asuntos y yo no preciso más que a un felino… Bocchan no es el único que tiene cosas en qué pensar.

- ¿Y en qué clase de cosas tendría que pensar un demonio? – desafió Ciel, asestando golpes en la pierna de Sebastian con la cola, con ese movimiento tan característico de los gatos cuando se enojan.

Sorprendentemente, ante ese gesto Sebastian dibujó una leve sonrisa involuntaria, para recuperar el gesto de irritación medio segundo después. Pero estaba tan cerca de su joven amo que éste, con sus nuevos y agudísimos sentidos, pudo percibir también un leve cambio en la respiración del mayordomo. Y repentinamente una parte de Ciel se hizo del control y lo entendió todo.

- Ah, ya veo – dijo con una sonrisa en la que relucieron sus pequeños colmillos -. Tienes mucho en qué pensar, Sebastian. ¿Por qué? ¿Acaso el gato te ha alterado las hormonas? ¿No se suponía que hace unos días pasaba exactamente lo contrario?

Esas preguntas tomaron a Sebastian por sorpresa, precisamente por lo acertadas que eran. En efecto, la reacción de Ciel el día anterior había desconcertado en demasía al demonio, porque no estaba acostumbrado a que su joven amo le robara el control en situaciones de esa índole. En situaciones de índole estrictamente erótica; el que sonreía con picardía, el que convertía el contacto cotidiano en caricias, el que teñía las palabras de dobles sentidos y desconcertaba con su descarada insinuación era Sebastian, no Ciel.

"Tú me deseas a mí, Ciel, no al revés" pensó el mayordomo con determinación.

Mas Ciel no se dejó engañar. No ese Ciel, no en ese momento.

- Te ordeno que me beses otra vez – dijo, conservando el desafío en la voz.

Sebastian sonrió un poco aturdido. Esa orden también lo sorprendió.

- ¿Vas a cumplir mi orden? – quiso saber Ciel, transformando su rostro en una máscara de satisfacción absoluta. Incluso se dio el lujo de torcer los labios en un fingido gesto de puchero -. ¿O tienes que pensarlo?

Captando el insulto Sebastian respondió al desafío y obedeció las órdenes de su joven amo, besándolo con una urgencia de la que él mismo se sorprendió (esos dos días se había llevado demasiadas sorpresas). El beso fue más intenso esta vez, más rudo, por así decirlo, porque Ciel participó en una bizarra lucha por la supremacía en el ósculo, lucha que terminó por perder al cabo de una cantidad considerable de minutos. El menor terminó por rendirse ante su mayordomo, permitiendo la aparición del ronroneo en el mismo segundo en que cediera. Como era de esperarse, el ronroneo estimuló a Sebastian, cuya lengua se volvió más ágil, sus manos más ávidas. Un segundo antes tenía a Ciel sometido contra la pared, al siguiente los dos rodaban sobre la alfombra y Ciel rompía el beso para proferir un gemido por su cola herida.

- Eres un gatito delicado – le dijo Sebastian, conteniendo una risa.

- Eres un estúpido – declaró Ciel por su parte antes de morderle en venganza y volver a hundir su lengua en boca de Sebastian.

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Pudo haber sido la gloria, pero el encanto se rompió antes de lo imaginado; fue desgarrado por golpes en la puerta y el inconfundible e irritante llamado de una voz.

- ¡ ¡C-i-e-e-e-e-l~! !

Tanto él como Sebastian se quedaron helados, rompiendo abruptamente el apasionado beso.

- ¿Ciel~, estás ahí? – insistía la voz de Elizabeth.

- No va a entrar, no va a entrar – susurraba Ciel en una especie de mantra, como si con sus palabras pudiera evitar el movimiento de la perilla.

- ¡ ¡Ciel~! !

- El joven amo no está allí, lady Elizabeth – bendito fuera Tanaka, que sabía recuperar la actitud en los cruciales momentos de vida o muerte.

- ¿Entonces dónde está? – intervino la voz mesurada y digna de Frances Middleford - No se encuentra en su habitación ni en su recién aparcado carruaje. ¿Dónde está el conde? ¿Qué clase de recibimiento es éste?

- De habernos dado aviso de su llegada le aseguro que todo estaría preparado para recibirlas, marquesa.

La tía Frances ya no dijo nada, porque sabía que Tanaka estaba en lo correcto, igual que cuando ella era joven y el mayordomo trabajaba para su hermano.

- Bien, lo esperaremos en el comedor – cedió ella -. No es precisamente temprano y a una dama no se le hace esperar por una taza de té. Vamos, Elizabeth.

Luego los pasos se alejaron de la habitación y desaparecieron en el pasillo.

Sebastian y Ciel seguían en el piso, petrificados como si la ausencia de movimiento los hiciera invisibles en caso de una emergencia.

- Eso estuvo… cerca. Muy cerca – jadeó Ciel, recuperando toda compostura -. ¡Quítate de encima, Sebastian!

- Seguro, Bocchan.

Ambos se pusieron en pie con una expresión de incómoda decepción por el hecho de haber sido interrumpidos, primero Sebastian, luego Ciel con ayuda del mayordomo.

- Muy bien, esto es lo que vamos a hacer – habló Ciel, su cerebro trabajando a máxima velocidad. No tenía tiempo de pensar en que segundos antes había rodado por el piso en brazos de su mayordomo, porque a pesar de sus hormonas seguía siendo más imperativo el hecho de mantener el secreto de su transformación. ¡Malditos fueran en ese momento los Middleford! -. Si es necesario dar explicaciones diremos que nuestra visita a Londres se prolongó porque hubo un… conflicto a mano armada en East End y que el "Perro Guardián" de su alteza tuvo que intervenir y… resulté… lastimado. Claro, no se me ocurre nada mejor. Si es necesario, Sebastian, véndame la cabeza para ocultar estas orejas.

- ¿Lo dice en serio, Bocchan? – Sebastian tuvo que reprimir una risa.

- Elizabeth no conoce el significado de "espacio personal", si me pongo un sombrero me lo quitará si no le gusta. Quizá respete un poco más las distancias si se trata de una condición médica – justificó Ciel.

- ¿Y si lady Elizabeth insiste en curar las heridas del joven amo ella misma? – contempló Sebastian, tan consciente como Ciel de la obstinación de aquella niña.

- Tía Frances no lo permitirá. Eso es trabajo de sirvientes.

- ¿Significa eso que yo me haré cargo de ese trabajo? – la doble intención en sus palabras era más que obvia.

- Cállate y haz lo que te digo – rugió Ciel.

Así que Sebastian se guardó todas sus opiniones y/o comentarios e hizo lo que se le ordenaba, ocultando los bigotes y orejas de su amo con bastante éxito y discreción: Ciel se veía como un digno héroe de guerra y no como la momia en que cualquier otra persona lo hubiera convertido. Hasta para eso Sebastian era impecable en técnica y estilo.

- Me temo que no hay nada que pueda hacer por su cola, Bocchan – informó.

- Tendrás que escoger mi ropa muy cuidadosamente mientras ellas estén aquí.

- ¿Y ahora qué piensa hacer, Bocchan?

- Volvemos al carruaje y entramos por la puerta principal como si nada hubiera pasado – dijo Ciel, resignado.

Por toda respuesta Sebastian volvió a levantar a Ciel en brazos, sus manos deslizándose por algunas partes del cuerpo que no eran estrictamente necesarias, pero Ciel no se quejó.

- Y pase lo que pase, Sebastian, te asegurarás que nadie lo descubra. Es una orden. ¿Entendido?

- Yes, my lord.

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Instantes después Ciel entró en la mansión con todo el aplomo de un Phantomhive, y fue Maylene (de nuevo embutida en su vestido azul) quien anunció su llegada. Inmediatamente apareció Tanaka, para informarle al joven amo que la Marquesa Middleford y Lady Elizabeth habían arribado repentinamente la noche anterior para quedarse un par de días… o semanas.

- Ya las he acomodado en las habitaciones de huéspedes, y justo ahora ellas aguardan por usted en el comedor – dijo.

- Gracias, Tanaka, de ahora en adelante Sebastian se hará cargo – aseguró Ciel.

En ese momento Tanaka se desentendió y se marchó tranquilamente a tomar té.

- ¿Semanas? – murmuró Ciel por lo bajo para que sólo Sebastian le oyera, molesto e incrédulo.

- Serán días muy largos – lamentó el mayordomo, lleno de irritación.

Pero no podían darse el lujo de manifestar sus emociones en ese momento, ninguno de los dos, así que Sebastian abrió la puerta del comedor para Ciel y en el mismo segundo en que él cruzó la puerta se escuchó el ensordecedor y alegre grito de Elizabeth.

- ¡Ciiiiieeeeeeeeeeeeeeeeel~! ¡Qué gusto me da verte! – la niña se levantó de la mesa para correr a abrazarlo, pero Sebastian la detuvo, obediente a las órdenes de su amo.

- Me temo que tendré que pedirle, lady Elizabeth, que sea más mesurada en sus muestras de afecto hacia el joven amo. Él no se encuentra en las mejores condiciones – argumentó. La niña lo miró sin comprender, con los ojos abiertos como platos -. Sean bienvenidas – se dirigió entonces a ambas mujeres.

- Ah, finalmente nos haces el favor de presentarte, Ciel. Esperaba mucho más de un Phantomhive – dijo la tía Frances, imperturbable, sentada a la cabecera de la mesa.

- Marquesa Middleford, Elizabeth – saludó Ciel -, ésta sí que es una inesperada visita – sonrió el niño, con esa gélida sonrisa que solía usar sólo frente a otros nobles -. Lamento la tardanza, tía Frances. Acabo de regresar de Londres, tuve que… atender un asunto urgente.

- Debe serlo para obligarte a viajar con este clima – replicó ella -. Elizabeth, esa no es la forma en que una dama se levanta de la mesa. Por favor, vuelve a sentarte.

Abochornada, la rubia volvió a su asiento, a la derecha de su madre.

- Estás justo a tiempo para unírtenos en el desayuno, Ciel.

- Será todo un honor, tía. Espero que encuentres cómoda mi silla – dijo Ciel en tono desafiante.

Frances pareció ligeramente apenada ante ese comentario, y de no ser porque era una mujer orgullosa y sumamente digna, a la altura de cualquier hombre noble de Inglaterra, se hubiera levantado para desocupar la silla que por derecho sólo usa el anfitrión.

- Bueno, alguien tenía que tomar el mando en tu ausencia – justificó.

- Seguramente – Ciel se resignó a sentarse al otro lado de la mesa.

Sebastian dispuso la silla para Ciel, retiró el abrigo y sombrero del conde y se marchó a la cocina para asegurarse que Bard y Finny tuvieran las cosas, si no bajo control, por lo menos no en llamas.

- En seguida estará servida la mesa – dijo con su habitual gesto amable y encantador antes de desaparecer por la puerta.

Tanto Frances como Elizabeth miraron fijamente a Ciel, por sus vendajes.

- ¿Qué es ese aspecto tan indecoroso? – preguntó la tía Frances.

- ¿Qué le pasó a Ciel? ¿Estás herido? ¿Hay algo que pueda hacer por ti? – exclamó Elizabeth, que de nuevo se hubiera levantado de no ser por su madre, que con una mirada estricta la mantuvo en su lugar.

- No luces nada bien, Ciel – coincidió la marquesa con su hija.

- Oh, no es nada. Gajes del oficio como servidor de su alteza la Reina Victoria. Con un poco de descanso estaré bien, gracias por su interés – contestó Ciel cortésmente.

- Imagino que ese viaje a Londres fue bastante… ajetreado – comprendió Frances.

- En efecto. Es una pena que por eso no pude estar aquí para recibirlas – se disculpó Ciel.

- No planeábamos venir aquí sin una invitación ni aviso previo – explicó la tía Frances -. De hecho íbamos a Londres, pero una tormenta nos sorprendió y nos vimos obligadas a pedir asilo bajo su techo, Conde Phantomhive.

- Por favor, dejemos las formalidades de lado – pidió Ciel -. Tú y Elizabeth son siempre bienvenidas, tía Frances.

- Espléndido, entonces no hay problema en que nos quedemos hasta que pase el mal tiempo – sonrió la marquesa con astucia.

Ciel tuvo que guardar un segundo de silencio, sintiendo cómo su cabeza estallaba en quejas; quejas de Ciel Phelino y de Ciel Ciel, que Ciel Phantomhive silenció al instante.

- Claro que no… Será… grandioso tenerlas en la mansión – mintió, disfrazando su inconformidad con la dosis justa de amabilidad, sin llegar a la hipocresía.

Afortunadamente en ese momento entró Sebastian con el desayuno, seguido de Maylene, Bard, Finny, Tanaka y la servidumbre de los Middleford: Paula y otros dos sirvientes, un hombre de casi cincuenta, y una muchacha de la edad de Finny.

Sebastian, como era de esperarse, ofreció una detallada descripción de los platillos en la mesa y convidó educadamente a las invitadas a deleitar sus paladares.

Bard, en el rincón del comedor, refunfuñaba en voz baja, arremedando a Sebastian con poca gracia y quejándose con sus amigos porque lo que él había preparado para el desayuno ni siquiera había salido de la cocina.

Sebastian le dedicó una mirada severa para hacerlo guardar silencio, y Bard así lo hizo. Maylene y Finny intercambiaron miradas por su cuenta, preguntándose sin palabras cómo harían para que Bard dejara de comportarse de esa manera agresiva frente al mayordomo.

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- Bien, como siempre, has honrado el nombre de Phantomhive con una comida excelente – felicitó la tía Frances.

- Gracias, aunque si es la comida lo que quieren elogiar, entonces pueden dirigir los elogios a Sebastian – aclaró Ciel con un dejo de burla, permitiendo que el mayordomo le sirviera un poco más de té.

- Yo sólo cumplo con lo que tan magnífico amo me ordena – aseguró el mayordomo.

Contra su voluntad, Ciel tuvo que toser agitadamente al casi atragantarse con el té, porque al decir eso de alguna manera Sebastian se las había ingeniado para acariciarle la espalda sin que nadie se diera cuenta de nada. Rojo a más no poder por la tos y por entender perfectamente el profundo significado de la indirecta de Sebastian, Ciel tuvo que soportar ser el centro de atención en el menos indicado de los momentos.

Ah, cómo disfrutó Sebastian comprobando la vulnerabilidad de su joven amo, porque incluso con su prometida a la mesa, era obvio que lo único que ocupaba la mente del chico Phantomhive era su mayordomo.

La tía Frances no pareció preocupada por el repentino ataque de tos de Ciel, al contrario.

- Sé más cuidadoso con tu té, ese comportamiento es indigno de un caballero – reprendió, indignada -. Ahora, si nos permites, Elizabeth y yo nos retiraremos a nuestras habitaciones. El viaje fue largo y necesitamos refrescarnos.

Así que se retiraron, luego de que Elizabeth se despidiera efusivamente de Ciel, prometiéndole que para la hora del té se arreglaría de lo más hermosa sólo para él. Al menos la efusión y la despedida fueron a distancia; tanto Ciel como Sebastian debían estar agradecidos de que la rubia hubiera captado eso de la "condición médica".

Paula y los otros dos sirvientes siguieron a sus amas para asistirlas, dejando a los empleados de Phantomhive solos en el comedor.

- Vamos a la cocina. Todos – ordenó Ciel. Minutos después ya estaban todos en la cocina, con evidente nerviosismo al notar que ni el amo ni Sebastian estaban de muy buen humor -. Tenemos que definir un plan de acción, es su trabajo mantener oculto mi secreto. Regresarán a sus tareas habituales, pero además deben mantener ocupadas a Elizabeth y a la tía Frances cueste lo que cueste.

- He estado platicando con Paula y con Anette – dijo Maylene -, y me parece que entre las tres podremos entretener a lady Elizabeth.

- A la marquesa le gustan las actividades al aire libre, ¿cierto? Creo que Bard y yo podemos…

- Con este clima no se puede hacer nada al aire libre, Finny – se opuso Bard -. Se aproxima una helada, dicen que habrá una tormenta de nieve. Tendremos que pensar en otra cosa.

- Que ella practique arquería y esgrima en el salón – resolvió Ciel -. Hagan lo que sea necesario, pero tendrán que hacerlo solos. Yo no puedo arriesgarme.

- El Joven Amo se mantendrá ausente el mayor tiempo posible justificándose con su estado actual de salud – explicó Sebastian.

- ¿El joven amo está enfermo…? – preguntó Finny, honestamente preocupado. Se ganó una mirada furibunda por parte de todos los presentes con ese comentario - Ah, claro… Perdón – se disculpó, avergonzado por su ingenuidad. Para la versión oficial las vendas eran lo suficientemente obvias, y él conocía la verdad que ocurría por debajo de la mesa.

- Y mientras nosotros distraemos a la marquesa y lady Elizabeth – murmuró Bard, notablemente incómodo y turbado -, ¿qué van a… hacer… ustedes?

El cocinero no pudo evitar formular la pregunta, era demasiado extraño que ahora, casualmente, el amo y el mayordomo estuvieran quitándolos del camino, cuando días antes se había dado la situación contraria. Maylene le dio un pisotón para castigarlo por haber hecho la pregunta prohibida que todos querían pronunciar, pero que no debían de.

Sebastian sacudió los hombros y disimuló su risa fingiendo que se aclaraba la garganta.

Ciel, por su parte, enrojeció hasta las orejas y gritó.

- ¡ ¡Eso a ustedes no les importa! !

Acto seguido dio media vuelta y salió a toda prisa de las cocinas, concentrado en evitar más preguntas embarazosas cuya respuesta no conocía… ¿o tal vez sí…? La confusión y el insistente recuerdo de la boca de Sebastian contra la suya no le permitieron ver que su precipitada huida estaba empeorando la situación que trataba de negar.

Maylene, Bard y Finny se quedaron plantados en su sitio, con los ojos abiertos como platos, mirando fijamente a Sebastian, tratando de no comprender lo que acababan de presenciar, a pesar de que era inevitable.

- Mientras ustedes cumplen con su trabajo – habló Sebastian, neutral, tranquilo y autoritario -, yo cumpliré con el mío: el joven amo y yo nos dedicaremos a buscar una cura para su condición. Ahora, retírense. Tienen mucho que hacer.

"Al igual que yo" sonrió diabólicamente Sebastian.

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Ciel se había refugiado al pie de las escaleras, aprovechando que el recibidor estaba por el momento desierto. Afuera estaba lloviendo, a raudales, confirmando lo que la tía Frances había dicho una y otra vez sobre el mal clima.

Sin embargo, la peor tormenta se libraba en el interior de Ciel, una feroz batalla entre sus tres personalidades. Ciel Phelino estaba enfurruñado y afligido porque había demasiada gente en la casa, y los gatos son terriblemente orgullosos y territoriales, y él no quería compartir su espacio, ni sus pertenencias, y mucho menos a Sebastian. Ciel Phantomhive maldecía porque todo lo que pasaba no estaba contemplado en su agenda, y porque al verse obligado a esconderse por llevar esos despreciables rasgos felinos estaría faltando a su deber como noble y anfitrión, y eso podría manchar su reputación.

Por su parte, el verdadero Ciel, el que entendía la importancia de mantener su título nobiliario pero no estaba dispuesto a sacrificarse todo el tiempo a sí mismo por ello, sólo pensaba en Sebastian Michaelis, y renegaba para sus adentros por no poder sacar de su mente a su demonio y mayordomo. "Ojalá y Sebastian estuviera aquí ahora" se sorprendió añorando una y otra vez.

- Si mal no recuerdo – irrumpió una voz -, Bocchan y yo tenemos un asunto pendiente…

- ¡Sebastian! – Ciel se puso en pie en el segundo en que lo escuchó. ¿Por qué sus sentidos felinos no lo percibieron antes? Seguramente el vendaje lo estaba limitando, pero como Sebastian había acudido a su inconsciente llamado Ciel no tuvo cabeza para pensar en más cuestiones de gatos.

El mayordomo descendió la escalera con inquietante lentitud, disfrutando de cada segundo que tardaba en llegar hasta su joven amo, porque eran segundos de expectación por ver qué Ciel se hacía del control.

- ¿Y qué esperas lograr con esto, Sebastian? – dijo, un atisbo de sonrisa apareciendo en sus labios. Ahí estaba ese Ciel.

- Creo que Bocchan sabe perfectamente a qué pendiente me refiero – replicó el demonio, revelando el brillo de sus ojos y los colmillos en su sonrisa sibilina.

Él y Ciel estaba ya muy cerca el uno del otro, y el más alto ya se agachaba para quedar a la altura de su pequeño contratista.

- Sebastian – alentó Ciel -, te ordeno que… me… bes- - -

- ¡Oh, dios! ¡ ¡Discúlpeme, joven amo! !

Amo y mayordomo cerraron los ojos sin besarse, completamente mosqueados por la interrupción; muerto el momento y la inspiración. Luego miraron hacia lo alto de la escalera, donde Finny se cubría la boca deseando no haber pronunciado palabra, pero la reacción al ver la escena en la que estaba por entrometerse fue inevitable.

- Lo siento – musitó el jardinero -, es que… lady Elizabeth… – Sebastian lo miraba con odio contenido, Ciel con frustración pura. Finny quería que se lo tragara la tierra - Pensándolo bien, yo me encargo… Perdón por interrumpir… Ya me voy…

- ¿Por qué no se calla? – rugió por lo bajo Sebastian, literal.

- Esto no podría ser peor – cometió Ciel el error de pronunciar.

Hubiera sido mejor que simplemente lo pensara, o que evitara la frase por completo.

Porque sí podía ser peor. Siempre puede ser peor.

Fuertes golpes se escucharon al otro lado de la puerta, intercalados por una voz que llamaba una y otra vez al joven conde por su nombre de pila.

Ciel y Sebastian intercambiaron una mirada consternada. Sabían quiénes estaban afuera, esperando a que se apiadaran de ellos y los recibieran como invitados de honor en la mansión. Sus agudos sentidos lo descifraron al instante.

- ¿Están tocando? – curioseó Finny. Él no tenía los oídos de un demonio o un gato, y con la lluvia de por medio necesitaba confirmación.

Por un segundo Ciel estuvo tentado a responderle que no, mas no podía hacer oídos sordos y terminó por ordenar a Finny que abriera la puerta.

Soma y Agni entraron en el vestíbulo empapados hasta los huesos, pero con una gran sonrisa por estar allí.

- ¡Hola, Ciel! – gritó el príncipe hindú.

Al joven conde se le fue el alma a los pies. Ahora definitivamente era peor.

Sebastian apretó el barandal de la escalera, dejando la profunda marca de sus dedos en la madera, haciendo su mejor esfuerzo por controlarse. ¿Cómo podría pasar tiempo con su contratista y gato si ahora la mansión estaba atestada de gente que se empeñaba en interrumpirlos?

Pero eso es lo malo de los gatos, que al nacer todos vienen en camada.

Ojalá Ciel y Sebastian hubieran considerado eso antes de traspasar el límite amo-sirviente en Scotland Yard.

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Nota (de nuevo):¡Oh, sí~! ¡Oh, yeah~! ¡Soy una to~la! ¡Estoy de vuel~ta!

El capítulo es el más largo hasta el momento, y vaya que se lo merecían. Hoy me puse a leer, por primera vez en... un largo tiempo, los reviews de este fic, y me sentí tan mal conmigo misma de ver sus hermosas palabras que me juré que hoy no me iría a dormir hasta haber terminado y publicado el capítulo. Y eso que es domingo por la noche... bueno, lunes por la mañana. - - - Jaja, y juro que no vuelvo a publicar en esos días. Mejor me espero a viernes/sábado, cuando todo esto revive.

Gracias al doble infinito a...

Rebeca18, AliceBezarius100, Sakaesu, Amader, Krizz Miyawaki,

AlexKuroshitsujiRoleP, sweetdemonenvy, chizuruchan1999,

sofia P, Akemi Nekoeda, Tamy, Meena666, Addi Winchester,

Lena-Lawliet, RyU-von, Mikunami, Breyito-Black-Lupin, Luna,

xxxIloveKISSHUxxx, AtroposMorta, Nekogirl Lovers Hiddlesworth,

Kokoro Jeevas, Lesra, Soy YO-SARIEL, Laura, Leviatan-sama,

SophiePukeRainbows, Tsuki Hanasaki, Yuki' de Lioncourt,

carlac94, alobleu, HBluesHeart, kiwiset

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¿Ven por qué soy una maldita por hacer sufrir a todas estas maravillosas personas?

Quiero agredecerles a todos por esperar, y disculparme por obligarlos a ello (escuchen la canción "Butterfly cry" de Kerli, es mi official apology). La verdad es que, desde el momento en que empecé este fic a la fecha, muchas cosas han cambiado, y me cuesta encontrar el mismo humor que me impelía a escribir esto, por eso "Ruleta Rusa" es mi fic consentido (so far). Pero estoy recuperándolo porque se los debo. ^^

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Y bueno, sólo me queda decir unas cuantas cosas más: Vayan a mi profile y contesten mi poll, les conviene. Y si alguien tiene tiempo y ganas, lean mi perfil para que vean mis pensamientos sobre la "live-action-movie" de Kuroshitsuji; y si alguien tiene opiniones respecto a eso ¡déjenme leerlas! ya sea en review o PM. ^^

Si quieren ayudarme a llegar a 200 reviews en "Ruleta Rusa", actualizaré este fic más rápido.

Si quieren saber qué soy capaz de hacer con el Drarry, díganmelo en un review o un PM y publicaré. ^^

Si quieren un monumento de oro en el cielo, lean y comenten mis otros fics aunque estén en inglés. ^^

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Si quieres ser una persona feliz, sólo sé tú mismo y no dejes que nadie te limite.

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Deja review si te gustó.

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