Disclaimer: Nada de ésto es mío. Sólo la historia frustrada del "lo que hubiera sido sí..."

Disculpen la tardanza, pero entre una cosa y otra, no he tenido mucho tiempo libre y prefiero que aunque pase tiempo, sea un capítulo de calidad.

¡Disfrútenlo y no lo olviden, un review para mi inspiración!

.

7.-De Bodas y Rosas VII

.

Yo también te amo, Elena.

Damon abrió los ojos y se precipitó hacia un Stefan que se encontraba de espaldas, discutiendo con Schinichi.

Hincó los dientes en el cuello de Stefan, pero él se movió y no alcanzó la yugular, ni siquiera a rasgarlo de peligro. Apenas y eran unos rasguños los que había podido hacerle, cuando Schinichi le asestó un golpe en la nuca y lo derribó.

Se incorporó mientras la habitación le daba vueltas y atacó como un bólido a Schinichi, con los dientes le arrancó una cola y sangre amarga borboteó del interior. El zorro lanzó un grito de furia y se giró para atacarlo, en coalición con Stefan.

—¿Acaso eres tan débil hermanito, como para atacarme tú solo? —escupió Damon— cobarde.

—Déjame hacerlo yo sólo, Schinichi —terció Stefan lastimeramente, más parecido a un perro faldero que a un vampiro pensante.

—No seas idiota, Stefan—dijo Schinichi sin perder de vista a Damon —Él—lo señaló—, no es tan idiota, está planeando algo.

—Aquí no está su amigo Sage o la caza vampiros, está solo —Stefan se lanzó contra Damon quien ya lo recibía con los brazos abiertos.

Schinichi suspiró y estaba a punto de lanzarse en pos de los vampiros, cuando a lo lejos, escuchó un rechinido.

.

Elena se había quedado estática, esperando a que Damon se ocupara de los dos chicos para poder desatarse. Schinichi la había amarrado con cinturones, por lo que el intentar romperlos sería muy difícil, pero se encontraban muy flojos, quizá con un poco de suerte y el sudor de sus muñecas, pudiera zafar una mano.

Echó un vistazo a Damon, a simple vista parecía encontrarse bien, seguro y con aquella sonrisa salvaje que hacía que a Elena se le derritiera el corazón, mas cuando retrocedió, el chico cojeó un poco y también notó cómo usaba más la derecha para asestar golpes que la izquierda, sintió un vuelco en el estómago mientras se movía desesperadamente, sin importarle que la sangre comenzara a resbalar por sus muñecas al desatarlas.

En ese momento, Damon mordió a Stefan y éste cayó de bruces, inconsciente.

Con mucha fuerza, su mano salió disparada, libre. Con los dedos temblando, Elena desató la otra muñeca e intentó incorporarse, pero aún se encontraba muy débil. Exhausta, avanzó lentamente hacia la pared y recargándose de ella, llegó hasta la silla de madera. Con un esfuerzo que le pareció descomunal, rompió una pata y se acercó a Stefan.

¡Damon! ¿dónde estás?

Lejos de ti, cariño. Dale un buen uso a tu estaca improvisada.

Schinichi y Damon peleaban lejos de Elena y Stefan. Lanzó un último vistazo a Damon, el cual parecía tener serios problemas pues el zorro kitsune lo había acorralado y le lanzaba golpes a diestra y siniestra.

Miró una vez más a Stefan, la camisa blanca salpicada de sangre, el pantalón desgarrado, el cabello rizado, negro y mojado de sangre, las manos alargadas llenas de cicatrices y las uñas rotas, carcomidas, oxidadas. Stefan gimió y se giró, quedando boca arriba. Elena dio un salto atrás, asustada.

Aferrando con fuerza la estaca improvisada, se agachó a su lado y lo miró detenidamente.

¿Cómo pudo amar a un monstruo así? Se preguntó con desconcertante amargura.

Stefan abrió los ojos, pero no se movió, ni sonrió.

—Mátame.

Elena retrocedió instintivamente y aferró la estaca frente a ella.

—Vamos Elena, mátame.

En ese momento, Damon gritó. Sin pensarlo dos veces, se precipitó hacia donde provenían los gritos, olvidándose de Stefan.

Schinichi hincaba un cuchillo afilado y café en la clavícula de Damon, cerca del corazón y lo retorcía, haciendo que el chico gritara más y cayera de rodillas. Después, la cabeza de Damon colgó de un lado, inerte.

Elena se había quedado estática, mirándolo todo sin pronunciar palabra. Caminó despacio hacia donde un Schinichi triunfante extraía sin cuidado la daga del pecho de Damon –ahora sabía que era una daga de madera- y éste caía a un lado, como un muñeco de Halloween, tétrico y cubierto de sangre, con la ropa rasgada y ni un pulso en la frecuencia especial.

¿Damon? Dijo Elena telepáticamente, dejándose caer a un lado del vampiro, ignorando por completo a Schinichi, le tomó la cabeza entre los brazos y lo besó.

Había una respuesta titilante, suave y frágil…

¿Damon?

¿Damon?

¿Damon?

¿Damon?

Shinichi se acercó a la pareja, con la daga girando entre sus dedos y sonriendo, la clavó en el corazón de Damon.

Elena sintió cómo se le escapaba el último hálito entre sus brazos, lo sostuvo, pero era como intentar tomar agua y aceite.

Empezó a irse…

Y fue ahí cuando comenzó a gritar.

.

Meredith frenó delante de la zona industrial de Fell's Church. Acarició su bastón con nerviosismo y buscó dentro de la guantera o en el piso algo que le pudiese ayudar, ya que tanto Damon como ella, eran fanáticos de llevar armas en todos lados.

Detrás del asiento había un frágil cuchillo de madera, doblado con escrupulosidad en un pañuelo rojo con las iniciales E.G. "Elena Gilbert". Se sintió un poco decepcionada y molesta de la evidente cursilería de Damon.

Pero si tú también fueras un vampiro poderoso, ¿de qué serviría llevar armas? A excepción de una daga de madera para auto-infligirte heridas y hacer beber a un humano de su sangre… Meretih abrió la cajuela y buscó detrás algo que pudiera servirle, entonces encontró una maleta con ropa del tamaño de Elena y dinero en efectivo. Resoplando, la morena abrió los barriles que tenía pulcramente acomodados y los encontró vacíos.

Regresó a la parte delantera y tomó el bastón al tiempo que tecleaba rápidamente un mensaje de texto. Después, se concentró en la fábrica de azúcar abandonada. Casi sabía que se encontrarían ahí, pues era el único lugar abandonado cerca de la zona. Hacía tres años se había quemado y sólo quedaba la estructura básica más algunos artilugios abandonados, afortunadamente en aquélla época nadie resultó herido de gravedad y la marca comercial se marchó a otro pueblo de Virginia. Sin embargo, conocía el lugar a la perfección, pues antes era un requisito obligatorio visitarla y todos los años, Bonnie, Elena y Meredith se escabullían por las partes prohibidas mientras los demás chicos de su clase seguían a los trabajadores por un recorrido aburrido.

Rodeó la entrada principal y buscó alrededor otra para entrar. Había una puerta de metal oxidada con la pintura destartalada en muchas partes, tenía la cadena mal puesta y los rasguños cerca de la cerradura indicaban que tenía poco de ser forzada. La empujó con cuidado y las bisagras gimieron lastimosamente resonando como un espectro de la dimensión oscura. Avanzó con rapidez y cautela, sabiendo en qué recodos doblar y cuándo detenerse a escuchar.

Siguió avanzando hasta el centro del lugar, donde alguna vez se fundió el azúcar en enorme calderas y se vertía en diferentes contenedores para el distinto uso, cuando un grito retumbó por todo el lugar, precedido de un llanto desconsolado y ensordecedor. Meredith se recargó contra la pared mientras el pecho subía y bajaba y una sensación de pánico creciente la invadía. El llanto seguía retumbando junto con pequeños gemidos que se multiplicaban en eco. Sosteniéndose aún de la pared, volvió a avanzar y otro grito, más desgarrador aún, provenía del lugar hacia el que la chica se acercaba.

Quiso no pensar en que el grito bien podía venir de Elena. Y aunque eso le diera la esperanza para seguir avanzando, a sabiendas de que seguía con vida. ¿Existían muchos motivos para escuchar gritar así a alguien?

Entonces vio la luz y el llanto se hizo más fuerte. Esta vez distinguió palabras entremezcladas con gritos y gemidos.

Damon.

Meredith se encontraba en el segundo piso, en la parte alta del edificio, desde donde podía ver y escuchar todo mejor. Se agachó y caminó hacia las enormes calderas que aún pendían de fuertes cadenas de hierro oxidado. Llegó a una especie de plataforma donde antaño los obreros se acercaban al caramelo lacerante por arriba. Entre las cadenas y las rejillas, Meredith miró hacia abajo y ahogó un grito, en la caldera principal, como un recipiente gigantesco de metal, había un líquido gris oscuro que borboteaba con pereza: Hierro fundido.

En medio de la habitación, con el antes inmaculado vestido manchado de sangre, se encontraba Elena meciendo en sus brazos a una masa deforme y sangrante que, con sobresalto, supo que era Damon. Elena se mecía de adelante hacia tras con la cabeza de Damon entre sus brazos, mientras lloraba desconsoladamente.

—¡Damon!—gritó Elena mientras sacudía el cuerpo inerte del chico—. No, por favor—lloró Elena y hundió su rostro en el cabello de él, sin importarle mancharse la cara de sangre. Tomó las manos de él y le besó dedo por dedo, mientras las lágrimas resbalaban y dejaban marcas blancas en su rostro manchado de suciedad—, Damon…—gimió Elena sin apartar la vista del chico.

En ese momento, una risa atronadora provino de la oscuridad y para sobresalto de Meredith, Stefan caminó hacia Elena.

Él tenía la camisa manchada de sangre, arremangada hasta la altura de los codos. Y los zapatos y pantalón húmedos; por la sangre. Meredith se inclinó más y entornó los ojos. Stefan tenía un brillo rojizo en los ojos y una sonrisa demoníaca pintada en el rostro.

—¡No te acerques! —gritó Elena mientras protegía con su cuerpo a Damon —¡Te odio!

Stefan inclinó la cabeza y sin hacer caso de la chica, se acercó hasta ellos y dijo:

—¿Qué no me acerque a ustedes? ¿Qué me odias? ¿Sabes cuánto me importa eso a mí?— Volvió a reír y de un puntapié alejó a Elena de Damon. A continuación, alzó el cuerpo inerte del vampiro y lo arrojó a las calderas. Meredith rodó hacia la pared, quedando oculta entre las sombras justo a tiempo de que Damon chocaba contra el metal y caía desde aquella altura, al suelo.

No se movió.

—Dime Elena, princesa— Stefan alzó a Elena que ahora gritaba y forcejeaba sin apartar la vista de Damon. Sin delicadeza, tomó el rostro de la joven y la obligó a mirarlo —Si él muere, ¿te quedarás conmigo?

Elena lanzó un grito de furia y escupió al rostro sonriente de Stefan.

—Jamás—siseó.

Meredith se precipitó al borde y calculó el movimiento de la frágil daga que al final había tomado del auto de Damon. Alzó la mano y apuntó con toda su fuerza, concentrándose en el único movimiento.

Stefan se alzó de hombros y sonriendo una última vez, jaló la cabeza de la chica hacia un extremo e hincó los dientes en su cuello. Elena no gritó, por su rostro lágrimas silenciosas resbalaron y la mirada, opaca y sin vida, se posaron una última vez en Damon.

Ahogando un grito de furia, lanzó el cuchillo y éste le dio en el hombro a Stefan. El vampiro gritó y soltó sin cuidado a Elena, miró hacia arriba y ubicó a Meredith. Sonrió como un león a punto de dar el último zarpazo y brincó a un lado de la chica, impecablemente, sin hacer ruido ni un solo tropiezo.

—¡Stefan! —gritó Sage desde el otro extremo de la sala, aún llevaba el smoking puesto y parecía que en cualquier momento se fuera a romper…

Stefan lo ignoró y rodeó a Meredith, los ojos emitían destellos verdes y rojizos, los pasos largos y precisos, como depredador.

—La cazadora de vampiros— sonrió de lado, enseñando los colmillos.

Meredith abrió los pies y distribuyó el peso, en caso de lanzarse al vacío, como 10 metros debajo, donde un Damon y una Elena se encontraban en el piso, como muñecos de tela. O lanzarse contra la pared, sin escapatoria.

—¡Por dios, Stefan! —gritó Sage y lo tomó del cuello, a velocidad vampírica—¿Estás loco?

Stefan sonrió sin apartar la vista de Meredith y sin que pareciera que el brazo de Sage le lastimara.

—Quizá—contestó.

—No es un quizá, es un sí a secas—dijo una voz a espaldas de Sage—Muy mal, Meredith, aquí sólo viniste a morir gratuitamente.

Meredith aferró el bastón con ambas manos y se precipitó hacia delante, pasando ágilmente entre los vampiros.

Sage jaló a Stefan y cayeron hacia la planta baja.

Schinichi abrió la boca, sorprendido. Meredith aprovechó para cortar una cola. El zorro se tambaleó. Otra cola cayó al piso.

Meredith se quedó quieta cuando pasó un tajo por encima de la cabeza. Schinichi se tambaleó pero no atacó, tampoco sangró.

—¿Qué diablos?— Alzó una mano y tocó a Schinichi.

.

Sage tiró a Stefan contra el piso y lo golpeó. Odiaba golpear a los vampiros, tan frágiles para él así como para ellos los humanos.

Stefan soltó una carcajada mientras la sangre le resbalaba de la boca. Volvió a golpearlo con fuerza y escuchó el complaciente sonido de la nariz al romperse. Un golpe más y la quijada quedó destrozada, el rostro comenzó a desfigurársele y Stefan siguió riendo, un sonido pastoso y macabro.

Lo tomó del cuello y lo arrojó al piso, haciendo un increíble hueco que retumbó en todo el edificio. Echó una mirada a Meredith, pero Stefan aprovechó para golpearlo en la yugular, con lo que apenas y le hizo daño.

Meredith seguía en el piso de arriba, moviéndose como una danzarina, atacando y estocando con precisión a un Shinichi que gritaba y se movía demasiado lento, intentado atraparla, pero en el último momento siempre se escurría por debajo. Al hombre zorro le faltaban cinco colas y el brazo izquierdo le colgaba en un ángulo extraño.

Stefan gruñó en ese momento y se abalanzó sobre Sage. Esta vez sí lo atrapó distraído y rodaron por el suelo, entre cortes y mordidas.

.

Bonnie se limpió con fuerza las lágrimas que pugnaban por salir y decidió concentrarse en caminar entre las ramas y hojarasca del bosque. Se aferró a la mano que Matt le tendía y pasó por una raíz extraordinariamente alta y grande. El chico se veía particularmente salvaje y apuesto, con el cabello rubio alborotado y la corbata del smoking desabrochada. Sus ojos azules brillaban peligrosamente y la comisura de la boca se encontraba cerrada férreamente, gesto de concentración.

Siguió avanzando en silencio, ahogando los sollozos que por dentro la carcomían, pues su mente se dividía en dos partes, una parecía la mala sintonización de una película de terror, donde alcanzaba a percibir vagas emociones de ira, frustración, odio, miedo, dolor…A veces el paisaje se confundía y en vez del marrón y naranja de los árboles, veía paredes con pintura desconchada, un fuerte olor de azúcar quemada mezclada con sangre…miraba la espalda ancha y fuerte de Matt y a veces, ágiles movimientos de un vestido coral y melena negra, después confundía plantas con la mirada roja con destellos verdes de Stefan, y a veces, las hojas que caían, parecían tul blanco, como el desgarrado vestido de Elena. ¿Cómo no llorar cuando no debía cerrar el canal psíquico por más que quisiera? Presenciar la posible muerte de Damon, ¿no le daba motivo para llorar? Ver a Stefan golpear a Elena ¿No la hacía acreedora a lágrimas rabiosas?

—¿Bonnie? —preguntó Matt tomándola por los hombros y sacudiéndola levemente—, ¿qué sucede?

Bonnie se cubrió la cara con las manos y sin poder contenerse un minuto más, comenzó a llorar doblándose en dos. Matt la abrazó con fuerza, pero el llanto de la pelirroja era fuerte y continuo.

Matt miró al cielo mientras pequeñas y finas gotas de lluvia le mojaban la cara. Haciendo acopio de valor, despegó a Bonnie y la obligó a mirarle a los ojos.

—¿Qué ocurre?

Bonnie tenía la mirada fija y las lágrimas seguían resbalando por su rostro, pero contestó.

—Damon está muerto— Y se echó a llorar nuevamente.

Matt se apoyó en un árbol y levantó, casi cargando a Bonnie.

—Debemos encontrar el lugar, Bonnie.

La chica negó con la cabeza y nuevas lágrimas recorrieron su rostro.

—¡Bonnie! —gritó Matt—, Elena nos necesita.

—Todo está perdido —sollozó la pelirroja—, Elena no quiere vivir, Stefan se encuentra poseído por un demonio…— Alzó la vista y miró a Matt con sus enormes, redondos y tristes ojos castaños— está muerto de celos.

El chico miró a su amiga y tomó un poco de aire para relajarse, ella estaba triste, lo sabía y le dolía que su rostro en forma de corazón por vez primera parecía adulto, con los ojos brillosos por las lágrimas, el rictus duro de unos labios que se empeñaban en no llorar, las manos manchadas de tierra, el cabello rojo fresa normalmente salvaje gracias a los suaves rizos, colgaba escuálido y opaco entre los hombros tensos de una Bonnie adulta.

—Ven —le dijo, dándole la mano—. Debemos buscar ese árbol.

Bonnie le devolvió la mirada y asintió, incorporándose de un salto. Caminando sin ser guiada por entre ramas, hojarasca y madrigueras, sabiendo el lugar exacto hacia donde debía ir para terminar con esto.

Caminaron varios minutos mientras las gotas de lluvia eran más pesadas y caían con mayor frecuencia haciendo que Bonnie tiritara bajo el fino vestido, Matt la rodeó con un brazo y la frotó, intentando hacerla entrar en calor.

Las manos de él eran amables, suaves, cariñosas, cosa que nunca fueron las de Damon quien siempre tomaba lo que quería sin pedir permiso. Ahí donde alguna vez la piel se le enchinó mientras las manos de Damon la sostenían con firmeza y precisión, profesionalmente, las de Matt temblaban y a cada toque pareciera que necesitaba su permiso, siempre amables y caballerosas. Deseó girar la cabeza y besarlo, que la hiciera olvidar a Damon, el dolor que sentía en el pecho, el vacío en el cual su mente caminaba, que Matt Honeycutt la tomara allí mismo y la hiciera olvidar de todas las maneras posibles el sufrimiento que se estaba tragando, que la hiciera gritar de placer, aflojar la tensión con mil caricias que opacaran al vampiro Salvador.

—Salvatore —murmuró mientras obligaba a las lágrimas a regresar a su corazón muerto—. Salvador. Los vampiros salvadores, ¿Qué ironía!

Matt la abrazó con más fuerza, infundiéndole el coraje y valor que le hacían falta, que a cada momento flaqueaba y así, pronto llegaron a un claro en el bosque. Bonnie se detuvo y señaló el centro, Matt ahogó un grito.

En medio del círculo que formaban los árboles de forma natural, se encontraban difíciles y oscuros trazos entre varias estrellas de David, velas encendidas que el viento no amainaba, diversos animales destajados y sangre regada en varios picos de las estrellas, en algunos puntos se encontraba seca y en otros, se había cuajado.

Había un bulto en el medio, dentro de los círculos de contención. Se movía con lentitud.

—Esto es magia negra —susurró Matt.

—Quédate aquí—ordenó Bonnie mientras se dirigía a los picos más cercanos y los examinaba de cerca— sal, sangre, viento, lluvia, ira, muerte.

Dio pequeños brincos mientras Matt gritaba.

—¡Bonnie! ¿Qué haces?

—Tranquilo —contestó, mientras saltaba ágilmente—, lo que esté dentro no puede hacerme daño si sé done pisar, es como jugar buscaminas.

Matt apretó los puños pero no hizo nada por seguirla, sabía que no sería tan ágil como ella y cualquier equivocación, por nimia, pondría en peligro la vida de la pelirroja.

Aguzó la vista y se fijó en el extraño bulto que se movía y ahora escuchaba, gemía lastimeramente.

Bonnie llegó al último pentagrama y se quedó inmóvil, mientras las piernas le flaqueaban y caía en la tierra, removida y llena de sangre coagulada. Se cubrió los ojos con las manos y echó a llorar.

—¡Bonnie! ¿Qué ocurre? —preguntó Matt acercándose un poco más, no parecía tan lejos, pero proporcionalmente, Bonnie se vepia más pequeña, más lejana, espectral. Dio un paso más y estiró las manos, desconcertado.

—¡Quédate ahí, Matt! —consiguió gritar la chica— . Esto—señaló a su alrededor—, es otra dimensión. Si entras, no podrás salir.

El corazón dio un vuelco y miró a Bonnie, tan lejana y frágil. La pelirroja alzó la vista y sus miradas se cruzaron, se retuvieron, se acariciaron y sonrió.

—Puedo salir, no te preocupes: Soy bruja —Y echó a llorar de nuevo.

—¿Qué ocurre allá? —preguntó Matt.

—Este es el real Stefan, no el que secuestró a Elena.

Matt sonrió y la felicidad le llegó a los ojos, pero el rostro de Bonnie la hizo desaparecer.

—Sin embargo—agregó—, sí fue quien hizo trato con Schinichi, le vendió su inmortalidad y su alma. Nunca fue ni será bueno, Matt. Schinichi es la marioneta de la diosa zorro; Inari. A éste—señaló al bulto-Stefan —, lo mantienen con vida para poder hacerse pasar por él y torturar a Elena, aunque el objetivo es matar a Damon —se le quebró la voz—, lo cual ya consiguieron…Matt—lo miró a los ojos—Stefan ya está muerto de todas formas…sólo sufre innecesariamente…yo podría ayudarlo.

Matt no pudo evitar abrir los ojos, asombrado. No había palabras que abarcaran todos sus sentimientos, ni llenaran sus expectativas, atinó a asentir y sonreír, dándole valor.

Bonnie se inclinó y traspasó el último círculo, quedando en la misma cárcel que mantenía al real Stefan en la vida terrenal.

El Stefan que había conocido, aún en sus peores etapas, tenía más vida y amor que aquél desparpajo cubierto de hierbas y estacas. El vampiro abrió los ojos, otrora verdes, hoy rojos con pecas verdes. Sonrió al encontrarse con los ojos marrones y redondos de Bonnie.

La sonrisa, siempre perfecta y radiante, se había convertido en una masa de sarro y sangre. Sin embargo, aquella sonrisa fue más vigorosa y le infundió las fuerzas necesarias.

El vampiro la contempló largamente y después cerró los ojos, asintiendo apenas.

—Stefan Salvatore, te libero de todos tus pecados— Cerró los ojos y besó su mejilla. Los labios se le impregnaron de ceniza y donde lo besó, la forma de su boca fruncida era un hueco en la mejilla de él—. Puedes marchar en paz y los espíritus del bosque y el Sol de la eternidad te otorgue el descanso que merece un alma como la tuya. Buen Viaje y despedida te doy, hermano de la oscuridad. —Las palabras brotaron sin poderlas contener, trazó unos círculos que quedaron marcados en los cenicientos brazos y después, tomó una estaca de las muchas que había regadas en el círculo y la clavó en el corazón de Stefan Salvatore.

Posteriormente podría jurar que Stefan había sonreído una última vez antes que todo él se convirtiera en cenizas y después volara por el bosque, para perderse en su profundidad.

Bonnie se había quedado un rato quieta, mirando cómo los últimos rastros de ceniza desaparecían y las gotas de agua borraban lentamente el enorme y complicadísimo pentagrama que había mantenido cauto a un Stefan moribundo.

Las primeras líneas de cal y sal se desfiguraron cuando la lluvia golpeó con fuerza, entonces Matt se atrevió a caminar entre los ya desdibujados trazos y tomó a Bonnie, quien se aferró con fuerza a su cuello y prorrumpió en un largo y feroz llanto.

.

.

¿Damon?

¡DAMON!

Elena se encontraba en las trincheras, buscando al niño de ojos enormes y negros. Su vestido se encontraba manchado de sangre en todas partes, desde el corsé de lapislázuli, hasta el vaporoso tul.

¡Damon! gritó de nuevo, mientras las lágrimas se arremolinaban en sus ojos.

¿Cómo podía estar ahí, en las trincheras…sin Damon?

¿Elena?

Damon caminó entre las trincheras y Elena corrió hacia él. Lo abrazó y beso frenéticamente.

Los labios, cálidos, la recibieron con ternura. Disminuyeron su locura y la hicieron pensar claramente.

¡oh, Damon! ¡Te amo! ¡Gracias a Dios, pensé que ese bastardo te había matado! gritó Elena mientras las manos de él la apartaban con sutileza y la obligaban a mirarlo a los ojos.

Elena, escúchame. Ése no es Stefan. Él…

Elena asintió mientras sonreía débilmente y se abrazaba a Damon, silenciosas lágrimas mojaron su hombro.

Lo sé, amor mío, príncipe de mi corazón. Le entregó su inmortalidad a Schinichi a cambio de la venganza de ambos. Había soñado con eso desde hace meses…Pero nunca lo creí posible, hasta hoy. ¡Dios mío, de verdad te habría matado!

Estoy débil, eso no lo voy a negar, princesa mía, pero debemos detenerlo a toda costa. Debo salvarte y salvar a nuestros amigos. Vamos Elena, despierta.

.

—¡Elena, despierta!— Meredith zarandeó a la rubia, primero con delicadeza y después con fuerza— ¡Vamos!

Elena abrió los ojos y tomó varias bocanadas de aire, sintiéndose de pronto bien, se levantó de un brinco no muy ágil gracias al todavía pomposo vestido y entonces el suelo estuvo muy cerca de su cara. Meredith la ayudó a enderezarse de un empujón y la arrojó contra la pared justo al tiempo que Stefan se estrellaba contra el suelo. Sage brincó ágilmente sobre él y lo sostuvo contra sí, después lo arrojó hacia arriba mientras Schinichi rodaba boca abajo.

Los tres seres estaban bañados en sangre, sudor y porquería, mientras el olor a caramelo era más penetrante, Elena miró hacia arriba y encontró el caldero donde antiguamente hervía la azúcar hasta convertirse en caramelo..Enfocó la vista, todavía borrosa y encontró que el caldero de un gris frío y metálico estaba rojo, algunas llamas danzarinas lo rodeaban.

—¡Meredith! —jaló de la manga a su amiga y señaló el caldero— ¡es hierro!

Meredith alzó la vista y empujó a su amiga hacia la salida. Elena forcejeaba mientras miraba hacia todos lados, despavorida.

¡Damon! ¡Damon! gritaba mentalmente, pero el chico no contestaba y tampoco estaba a la vista. Se sentía tan débil, quizá si sólo cerrara los ojos, las cosas mejorarían, quizá si cerraba los ojos, Damon la abrazaría y la sacaría de ahí, quizá si cerraba los ojos, todo volvería a ser como debía de ser, si tan sólo cerrara los ojos…

—No, Elena, no—dijo Meredith— no duermas.

Elena parpadeó varias veces hacia su amiga y se recargó en la pared, estaba tan cansada…

Damon no se encontraba ahí…

Stefan le había clavado un puñal en el corazón…

Elena había gritado…

Stefan había bebido de su sangre hasta casi matarla…

Damon había hablado con ella…

Elena sólo quería dormir, comenzó a cerrar los ojos cuando un grito desgarrador la hizo abrirlos de golpe.

A unos metros, Shinichi se retorcía en el piso entre una masa de hierro y sangre, el caldero estaba volteado y arriba de él, se encontraba Damon. Sage rodó por el suelo y se levantó, sacudiéndose el hierro fundido como si fuera polvo, su piel brillaba de una extraña manera, casi como un ángel. Elena sabía que él no era un vampiro normal, sino uno muy poderoso y especial.

Damon brincó y cayó encima de Schinichi quien aún gritaba y retorcía debajo del hierro, sonrió con ésa sonrisa salvaje de bucanero que Damon Salvatore siempre tendría al enfrentarse a una lucha. De un corte preciso, Meredith le cortó las colas y con un solo golpe, le clavó su bastón en el corazón. Después le cortó la cabeza. Sage vertió más hierro en sus entrañas y Damon los ayudaba, todos eficazmente trabajando en equipo.

Elena se dejó caer en el piso, estaba muy cansada. Cerró los ojos y escuchó pasos a su lado, sonrió y miró al individuo.

Stefan se encontraba ahí, mirándola. Había dolor en su cara.

Elena no gritó, ya no le quedaban fuerzas para gritar. Alzó la mirada y se deleitó con la pureza del esmeralda de su iris. Sonrió y Stefan le devolvió la sonrisa, después, él se desvaneció como ceniza.

.

.

Elena no recordaría muy bien cómo había salido de la fábrica, ni cómo reunió las fuerzas necesarias para subir al automóvil de Matt, ni cómo se las ingeniaría Damon para cargarla pese a que él también se encontraba muy lastimado, sólo recordaría a ciencia cierta el olor de Damon, sus brazos alrededor de ella, su cabeza descansando en su hombro, silenciosas lágrimas que resbalaban por su rostro y después… Nada.

.

Damon contempló dormir a Elena mientras el auto avanzaba entre las calles de Fell's Church hacia la avenida Cotton. Había noqueado sus sentidos para que no sufriera más, había extraído ésos sentimientos y Damon las había encerrado en el corazón de él, protegiéndola de cualquier daño. Acarició los suaves rizos y no pudo evitar besar sus dedos, uno por uno, con amor reverencial.

Alzó la vista, Meredith lo observaba desde el espejo retrovisor, pero en su mirada gris no había repulsión o reproche, sólo simpatía y comprensión sincera.

—¿Está dormida?—preguntó Meredith.

—Sí, debe recuperarse de éste shock.

—Damon…Yo…—balbuceó Meredith desviando el contacto visual.

—Gracias—contestó Damon.

Meredith volvió a fijar los ojos en la carretera mientras sentía cómo se subía el calor a sus mejillas.

—¿Número 346?

Damon asintió y volvió a fijar su atención en Elena. Estaba muy fría y su pulso se mantenía bajo; eso lo preocupaba.

Se detuvieron frente a una bonita y acogedora casa blanca y azul, con un jardín muy cuidado de rosas rojas y violetas. Damon abrió la puerta y se agachó para tomar a Elena entre sus brazos. Meredtih rodeó el auto y se acercó hasta ellos. Damon se giró y la encaró.

—¿Qué pasará con Elena?

—No deseo que se convierta en Vampiro, si es lo que preguntas en realidad. Haré lo que esté a mi alcance para que siga siendo humana.

Damon dio media vuelta y se encaminó hacia la casa. Meredith lo siguió.

—¿Eso es todo? Te la llevas inconsciente a no sé dónde infiernos y ¿ya? —Meredith temblaba de furia, al final, el muy bastardo se había salido con la suya.

Damon la miró con exasperación.

—No me la voy a llevar a ningún lado, Meredith, no es una mascota. Pienso llevarla adentro, darle de tomar mi sangre aunque eso signifique drenarme, después le haré beber leche y vino de magia negra, la dejaré descansar y rezaré a Dios para que no muera y despierte siendo vampiro. Después la haré comer como humano, estaré ahí para darle la noticia de que Stefan murió y le volveré a dar de mi sangre para que se recupere. ¿Duda?

Meredith miró a Damon, tenía algunos moretones por el rostro, el labio partido, el cabello negro como la noche, aplastado de sangre y sudor. Su chamarra se encontraba rasgada y los ojos del chico, normalmente brillantes y misteriosos, se veían cansados y adoloridos. Inclinando la cabeza, Meredith se hizo a un lado.

—Cuídala, Salvatore.

—Más que a mi propia vida.

.

—Elena, lo que haré en éste momento es desnudarte y darte un baño. Necesito que despiertes.

Elena abrió los ojos como si una cubeta de agua fría le hubiera caído en el rostro. Se levantó de donde quiera que estuviese acostada y caminó hacia la primer pared que encontró, intentando aclarar sus ideas.

La verdad era que se encontraba totalmente desorientada.

Entonces un chico apuesto y muy sucio se acercó a ella, con cautela. Su primer impresión fue la de una pantera jugando con su presa y después, todo llegó como en un shock. Él era Damon. Su Damon.

De pronto el vestido le pesaba demasiado, el corsé era asfixiante y se sentía sucia y cansada.

Comenzó a rasguñar el corsé, intentando recordar cómo se abría. Cada vez le asfixiaba más y más, la respiración se le aceleraba…

Abrió el primer cajón que encontró y vació su contenido sobre el suelo. Se arrodilló y comenzó a buscar unas tijeras.

Encontró unas y las apuntó al centro de su pecho, intetnado arquear la espalda para comenzar a cortar cuando Damon exclamó:

—¿Elena?¿¡Qué haces!?

—No pienso suicidarme— Se sorprendió de su respuesta lúcida— ,no seas idiota. Ayúdame a quitarme esto.

Damon se acercó, mudo de asombro y tomando dos finos lazos de la espalda de Elena, comenzó a abrir el corsé.

La falda cayó al piso. Damon alzó la vista, intentando no mirar.

Después, cayó el corsé.

.

.

.

¡Hey! ¡Espero les haya gustado y se hayan quedado con ganas de más!

Recuerden, un besote tronadote por parte de Sage, Damon y Stefan para las siguientes chicas:

UshieVictoria

Guest

Sandy Petrova

Charlie Jean

Avarel Salvatore de Briel

Estrella