Yo no soy la autora solo me dedico a la adaptación de las novelas que me gustan, si les cambio algunas cosas, pero ni la historia ni los personajes me Pertenecen, algunos de los personajes de esta historia son propiedad de Stephenie Meyer, el nombre de la historia original la publicaré al final. Que disfruten…


Prólogo

Renée no podía postergar lo inevitable durante mucho más tiempo. Le había mentido a su hija, Isabella Marie, sobre su nacimiento, sobre su padre y sobre su herencia. Debería haberle dicho la verdad antes de que hubiera cumplido veintitrés años, el momento en el que se había hecho efectivo aquel infame acuerdo matrimonial.

Su contacto en La Push la había informado de que el mayor de sus hijastros, el príncipe Jacob, y su esposa, la princesa Leah, no habían tenido hijos tras tres años de matrimonio. A pesar de que se rumoreaba que habían consultado a especialistas en infertilidad, no se había anunciado ningún embarazo que pudiera salvar a Bella de un matrimonio pactado.

Renée no era tonta. Sabía que el príncipe Jacob era tan tirano como lo había sido su padre, el príncipe Charlie, que había antepuesto siempre los intereses de La Push a la felicidad de sus hijos. El ya fallecido ex marido de Renée consideraba aquel acuerdo matrimonial como un brillante acuerdo político y económico que podría acabar con trescientos años de enemistad con el país vecino, Cullen, y garantizaría un heredero en el caso de que su hijo, el príncipe Jacob, no fuera capaz de proporcionarlo.

Al no haber ningún posible heredero en el horizonte, Renée sabía que era inútil albergar la esperanza de que el príncipe Jacob rescindiera el acuerdo. Durante sus dos años de matrimonio con el padre del príncipe, Renée había aprendido mucho sobre las complejidades y las obligaciones de la familia real. Pero aquel maldito acuerdo matrimonial había superado con mucho sus umbrales de tolerancia.

Renée había llorado, había despotricado y había amenazado con divorciarse durante meses. No podría creer que su amado príncipe, el mismo que había elegido como esposa a una mujer como ella, una americana sin una sola gota de sangre noble en las venas, hubiera condenado a su hija a un matrimonio sin amor.

Pero por lo menos ella había conseguido darle a Bella una infancia normal, en la que no había tenido ninguna influencia el sacrificio que el príncipe Charlie esperaba que hiciera su hija por su país. En los términos de su separación, no figuraba que Renée tuviera obligación de confesarle a su hija la verdad sobre su nacimiento. Y si Bella se enamoraba y se casaba antes de tiempo, entonces… c'est la vie.

Renée frunció el ceño preocupada y revolvió el té. Desgraciadamente, Bella no estaba saliendo con nadie, a pesar de que lo mucho que Renée le insistía en que saliera más a menudo.

A Renée le consolaba saber que había hecho todo lo posible para preparar a Bella para el futuro que la esperaba. Le había infundido a su hija el amor al saber y le había hecho vivir toda clase de experiencias. Había insistido en que Bella estudiara francés y había elegido cuidadosamente su universidad privada.

Y Renée estaría a su lado para guiarla durante la transición a la vida de palacio. En el caso, por supuesto, de que Bella le perdonara haberle ocultado aquel secreto.

Descartando aquella posibilidad con un gesto, Renée salió con la taza de té al jardín, un jardín con vistas al Pacífico. Las aguas estaban tranquilas aquella tarde.

Se sentó en el columpio de madera situado sobre un afloramiento de rocas de la parte posterior del jardín, sobre el acantilado. Aquel era el sitio preferido por Bella para soñar y para leer, con el mundo y el océano a sus pies.

Renée se impulsó con el pie para poner el columpio en movimiento. ¿Cómo se suponía que iba a decirle a Bella que era una princesa? ¿O cómo explicarle que su padre la había prometido en matrimonio a un príncipe?

Renée no tuvo tiempo de encontrar respuesta. Con una escalofriante sacudida, la arenisca del acantilado cedió bajo sus pies. Con un grito de horror, Renée se desplomó contra las rocas.

Fallece una mujer al derrumbarse un acantilado.

El titular del periódico hizo latir de emoción el pulso de aquel lector. ¿Habría muerto la princesa Isabella Marie? El artículo mencionaba un acantilado y un columpio. Sí, tenía que ser ella. El lector devoraba ansioso los detalles: Plaza Neptuno… erosión… el peligro de construir viviendas sobre las areniscas del cretáceo… El forense dictaminó la muerte de la víctima nada más llegar.

Muerta. Por la mísera cifra de cien mil dólares americanos.

No se sospechaba que se tratara de un crimen.

La emoción de la libertad burbujeaba en su cerebro como el más fino champán. El príncipe Edward ya no tendría que casarse con la princesa Isabella Marie.

Lentamente, como si estuviera saboreando los últimos bocados de un manjar, leyó la frase final del artículo: la víctima ha sido identificada como Renée Swan.

¡No! ¡Era imposible! Rasgó el periódico con un cortaplumas de plata. Había muerto una mujer equivocada. Isabella Marie todavía vivía.