El Príncipe Edward de cullen

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Bella temblaba de la impresión.

Descubrir que Anthony era el príncipe con el que estaba destinada a casarse debería haber sido una noticia maravillosa. Estaba medio enamorada de él y sabía que él la deseaba.

Pero el príncipe le había mentido deliberadamente. Y había estado enamorado de Tanya Denaly.

Bella ignoró el dolor que se había instalado cu su pecho al leer el titular. Quizá hubiera alguna explicación razonable para la conducta de Anthony-Edward.

Leyó el siguiente párrafo:

Semanas después de que Tanya Denaly fuera encontrada muerta en el yate de su familia tras haber consumido una sobredosis del popularmente llamado Éxtasis, las autoridades continúan sin informar sobre el papel que el príncipe Edward de Cullen puede haber jugado en la muerte de su amante.

Actualmente, los rumores abundan en la posibilidad de que fuera el príncipe Edward el que suministrara las drogas a la señora Denaly. Algunos testigos que asistieron a la fiesta han declarado que la pareja mantuvo una discusión y que el príncipe Edward se marchó repentinamente. Otra testigo, que nos ha suplicado que su nombre sea mantenido en secreto, ha sugerido que Tanya Denaly se suicidó al enterarse de que el príncipe estaba saliendo con otra mujer.

Bella ya había leído más que suficiente.

—Emmett, ¿podrías esperar un momento fuera? Necesito quedarme a solas con el príncipe Edward.

Anthony, o mejor dicho, Edward, volvió bruscamente la cabeza y soltó un juramento en alemán.

—Bella…

Bella alzó la mano para interrumpirlo.

—Por favor.

Bella acompañó a Emmett hasta la puerta y la cerró tras él. Se volvió a continuación hacia Anthony y el estómago se le revolvió.

Oh, Dios, no estaba segura de que quisiera mantener aquella conversación. Edward le resultaba tan intimidante. Pero inmediatamente se recordó que, aunque fuera un príncipe, Edward continuaba siendo un hombre.

— ¿Cómo te has enterado? —preguntó él.

—Por esto —le mostró los artículos— Estaban dentro de un sobre, en la puerta. Son artículos sobre la muerte de Tanya Denaly y hay una fotografía en la que aparecéis los dos juntos. Es evidente que alguien ha pensado que contenían información que me convenía saber. Y estaban en lo cierto.

—James, sin duda —Edward pestañeó y Bella reconoció el intento que estaba haciendo por controlar su dolor— Tuvimos unas palabras en el funeral de Tanya, pero él estaba muy afectado, de modo que no me las tomé en serio.

—Estoy esperando que me expliques por qué me has mentido.

Edward dio un paso hacia ella.

—Preferiría que te quedaras donde estás —dijo Bella con voz temblorosa— Y ahora, explícamelo.

Edward suspiró.

—Gran parte ya la sabes. Tu hermano y yo estamos preocupados por tu seguridad. La muerte de Tanya fue muy extraña. Ella no era una mujer aficionada a las drogas.

—En este artículo dice que habíais discutido aquella noche.

Edward asintió; la tristeza oscurecía sus ojos.

—Yo le puse fin a nuestra relación. Tanya estaba empezando a albergar expectativas que yo no podía satisfacer. No me parecía justo permitir que albergara la esperanza de que yo le propusiera matrimonio. Le dije que ya estaba comprometido. Ella se merecía conocer la verdad.

Bella se lo quedó mirando fijamente, con expresión de incredulidad.

— ¿Estabas enamorado de ella y aun así pusiste fin a vuestra relación?

—Sí.

—Pero tú la querías.

Edward tragó saliva.

—El matrimonio tiene muy poco que ver en un matrimonio real.

Ah, sí, el deber. Bella por fin lo comprendió. Había puesto fin a su relación con Tanya para cumplir con sus obligaciones. Y pretendía casarse con ella por las mismas razones.

—Ese artículo insinúa que podría haberse suicidado.

—Los periódicos y las revistas insinúan muchas cosas. Tanya estaba muy afectada, lo cual es comprensible, pero no creo que consumiera drogas, ni que se suicidara.

— ¿Entonces qué crees que ocurrió aquella noche?

—Creo que alguien le echó droga a su bebida sin que ella lo supiera.

— ¿Por qué?

—O bien porque alguien de mi propio país podía verla como una amenaza a mi cumplimiento del tratado o bien porque algún habitante de La Push quería desacreditarme ante los ojos de tu hermano. No tengo pruebas, sólo sospechas. Pero mis sospechas aumentaron el año pasado cuando una diseñadora con la que estaba saliendo fue asaltada por una mujer con una navaja en el servicio de mujeres de un club. Afortunadamente, no sufrió ninguna herida seria.

— ¡Oh, Dios mío!

Edward fijó en ella la mirada con fiera determinación.

—Supongo que ahora comprendes por qué estaba tan preocupado por tu seguridad. Jacob y yo pensamos que era más seguro que viniera a conocerte. Mantuvimos nuestros planes en secreto, pero es evidente que ha habido alguna filtración.

Bella decidió que aquél no era el momento para mencionar el robo de la gargantilla. Antes quería saber toda la verdad.

—Pero eso no explica por qué te has hecho pasar por el secretario personal del príncipe.

—Yo creo que es evidente.

—Hazme el favor de explicármelo.

Edward inclinó su orgullosa cabeza.

—Acababas de descubrir que tenías un hermano y una historia familiar de la que no eras consciente. Yo pensé que era más importante para ti consolidar una relación con tu hermano e ir ganando confianza en tu papel de princesa. Ya estabas sometida a suficientes presiones como para tener que añadir la tensión de estar siendo cortejada —se acercó a ella y su mirada se suavizó— Y aunque no había anticipado esa ventaja, al presentarme como Anthony, hemos podido conocernos como personas. Y esa es la base de cualquier relación.

—Yo diría que la sinceridad es la base de cualquier relación.

—Tenía intención de decirte la verdad en cuanto considerara que estabas preparada para escucharla —su tono había adquirido de nuevo la intimidad que Bella había anhelado aquella mañana, cuando había ido a buscarla—. Y te aseguro que he contestado a todas las preguntas que me has hecho sobre el príncipe con total honestidad. Ahora mismo me conoces mejor que nadie.

—Pero yo he dicho cosas… y he hecho cosas —se interrumpió bruscamente, sonrojándose al recordar cómo le había suplicado que la desnudara e hiciera el amor con ella.

—Nada de lo que has dicho o hecho me ha parecido en absoluto ofensivo, Lorelei —repuso Edward.

Lorelei. Los pelos se le pusieron de punta. Edward estaba mirando su boca como si pretendiera besarla.

Bella retrocedió. Le resultaba difícil pensar mientras el corazón le revoloteaba como si quisiera salírsele del pecho. Se humedeció los labios, ansiando disfrutar del sabor de su boca y sentir sus brazos a su alrededor.

Pero no, no podía olvidar que el príncipe Edward había renunciado a la mujer a la que amaba porque estaba obligado a casarse con ella. ¿Y de verdad quería entregarle su corazón a un hombre que no creía que hubiera espacio para el amor dentro del matrimonio?

—La verdad es que no me siento muy cómoda siendo comparada con una sirena que conduce a los hombres a su propia condena.

Edward se echó a reír.

El sonido de su risa resultó ser el más peligroso que Bella había oído en toda su vida.

—Ah, pero tú me seduces con tu cuerpo y con tu mente. Y soy incapaz de resistirlo.

Bella sintió un escalofrío en la nuca. Y una hoguera se encendió en su vientre, amenazando con hacer añicos su determinación. Pero las dudas se cruzaron en su corazón. Edward se sentía atraído por ella, pero jamás se permitiría amarla, de la misma manera que no se había permitido un futuro junto a Tanya. Bella sabía que las obligaciones hacia la corona guiarían siempre sus pasos.

¿Y podría ella pasar el resto de su vida con un hombre que realmente no la amaba?

Durante tres días, Bella sintió la tensión crepitando entre Edward y ella. Una vez descubierto su secreto, se dirigía a él formalmente delante de sus empleados, aunque él le había pedido que continuara llamándolo Anthony los pocos momentos que estuvieran a solas. De la misma manera que ella le había pedido que la llamara Bella para no olvidar quién era, el le había dicho que sentía lo mismo sobre su nombre.

Bella sospechaba que era un truco para seducirla. Edward necesitaba aquel matrimonio. Su padre había dejado muy claro que no permitiría que su hijo heredara la corona hasta que no se hubiera casado y tenido hijos.

Pero, por enfadada que estuviera con Anthony por haberle mentido, una parte de ella continuaba deseando conocerlo de manera más intima. Una parte de ella anhelaba compartir con él su dolor y sus pensamientos más secretos. Y añoraba llamarlo por un nombre que nadie más había tenido el privilegio de usar… especialmente, Tanya.

Le dolía lo mucho que Anthony había querido a Tanya. Había leído los artículos que le habían enviado en aquel sobre una y otra vez. Emmett se los había pedido para buscar en ellos huellas dactilares, pero Bella sólo le había entregado el sobre.

Emmett le mostró la fotografía del pasaporte de James Denaly. Y aunque tenía el pelo más corto, Bella estaba segura de que era el mismo hombre que había entrado en la librería. El jueves por la mañana bajó a la playa con Emmett y les enseñó la fotografía a los dos surfistas que habían echado de la playa al intruso. Éstos pensaban que podía tratarse del mismo hombre, pero no estaban del todo seguros.

Bella tenía la esperanza de que la policía localizara pronto a James Denaly y lo arrestara. Porque incluso cuando había bajado a la playa con Emmett, había tenido la sensación de que alguien estaba vigilándola.

Después de aquello, trabajar en la librería le había resultado tan tenso que ese mismo jueves firmó la renuncia al terminar su turno. Le dijo a Tom que se había enterado de que tenía un hermano en Europa e iba a ir a conocerlo. Pero la verdad era que se sentía como un blanco seguro en la librería y la aterrorizaba la posibilidad de que cualquier cliente pudiera ser herido en un fuego cruzado.

Todavía no les había dicho nada ni a Edward ni a su hermano sobre la gargantilla. Esperaba poder contar con la ayuda de Aro para conseguir una réplica exacta, pero cuando Aro llegó a la librería el jueves por la mañana, Jasper estaba dentro, de modo que no pudo hablar con él en privado. Tendría que averiguar otra manera de ponerse en contacto con él.

El viernes, en vez de ir a trabajar, Bella estuvo tomando lecciones de autodefensa por la mañana. Aprendiendo a eludir agarradas y a bloquear golpes con los brazos, acabó con los huesos destrozados y la piel llena de moretones. Pasó la tarde en un campo de tiro, aprendiendo a disparar y a verificar si su arma estaba o no asegurada antes de apretar el gatillo.

Aquella noche, Emmett le informó que la policía había averiguado que las huellas que aparecían en el sobre eran idénticas a las que se habían encontrado en la verja de su vecino después del tiroteo. Desgraciadamente, la INTERPOL no contaba con huellas dactilares de James Denaly en sus ficheros. Pero la policía había emitido una orden de arresto.

El sábado por la mañana, a Bella le permitieron descansar. Esta se llevó a Jacob y a sus guardaespaldas a patinar por Mission Beach. Fue divertido. Bella compró un bikini con un pareo a juego para su cuñada, unos pantalones cortos y una camiseta para Jacob y camisetas de tirantes para los guardaespaldas. Pasar la mañana riendo junto a Jacob le hizo darse cuenta de lo mucho que se habían perdido durante todos aquellos años. A Bella le dolía que tuviera que marcharse el miércoles, pero no quería que perdiera su cita en la clínica de fertilidad.

Cuando se fuera su hermano, se quedaría a solas con Edward y no sabía si éste intentaría hacerle la corte. O quizá continuara guardando las distancias, como había hecho durante los tres días anteriores.

El sábado por la tarde, Bella tuvo otra sesión de autodefensa. Tenía los brazos morados y azules y se caía con mucha más frecuencia que su atacante, pero Emmett se mostraba implacable. Con suficiente práctica, le aseguraba, sus movimientos llegarían a hacerse instintivos y ella se sentiría más segura de sí misma.

Aquella noche, Bella tuvo una pesadilla. Alguien la agarraba por el hombro durante un acto oficial. Sin pensarlo, ella agarraba del brazo a su atacante y lo tiraba al suelo, y sólo entonces se daba cuenta de que se trataba de una mujer que quería un autógrafo.

El domingo a las cinco y media de la madrugada estaba despierta y temiendo las clases que tenía programadas para aquella mañana. Le habría gustado salir a hacer surf, pero estando James Denaly todavía en la calle, tuvo que conformarse con hacer cincuenta largos en la piscina. Y estaba tomándose un zumo de naranja cuando Sam le anunció la llegada del príncipe Edward.

Bella se obligó a respirar con calma y fue al salón. El día anterior no había visto a Edward.

Y se deleitó mirándolo. Por primera vez desde que se conocían, el príncipe iba vestido de manera informal, con unos vaqueros y un polo de color azul marino. Pero incluso con aquel atuendo, se percibía su rígido control sobre sí mismo.

A Bella le dio un vuelco el corazón cuando se encontró con su mirada.

—Esta mañana no te esperaba.

—Puesto que voy a quedarme aquí varias semanas, he pensado que también yo podría beneficiarme de las clases.

— ¿Varias semanas? —era la primera vez que lo oía.

—Todavía tienes mucho que aprender. Y tenía la esperanza de que pudiéramos pasar más tiempo juntos. Me gustaría conocer tu país a través de ti, de la misma forma que espero poder mostrarte yo el mío.

Bella se preguntaba cómo era posible que las palabras de Edward pudieran derrumbar sus defensas como si estuviera hecha de cera. Edward le estaba ofreciendo una relación construida en la mutua comprensión y el respeto. Era la oferta más irresistible que le habían hecho jamás.

Pero no era suficiente. Bella esperaba mucho más de él. Y esperaba, estúpidamente quizá, que aquello pudiera ser el principio.

Aquello era una locura. Bella permanecía sentada tras el volante, esperando que la siguiente simulación comenzara. La autoescuela contaba con una zona de preparación similar a un decorado de cine. Había varias fachadas representando una calle principal, una señal de cruce y cuatro stops, un aparcamiento e incluso un trozo de autopista.

Bella se sentía extrañamente temblorosa. Había comenzado la clase sin saber cómo meterse en el coche. El momento más propicio para un asalto era el de entrar o salir del vehículo. Cuando se sentó en el coche que le habían asignado, un hombre se levantó del asiento de atrás y le colocó el cañón de una pistola en la cabeza.

Y algunos pensaban que ser princesa consistía únicamente en llevar una corona.

En la segunda simulación, un coche golpeó el suyo por detrás cuando estaba aparcando. El corazón le dio un vuelco en el pecho ante aquel ataque inesperado.

Y en la última simulación, un coche se acercaba a ella por detrás, ondulando peligrosamente. Bella se apartó para dejarlo pasar, pero el instructor le indicó a través de los cascos que debería haber girado cuanto antes para impedir que le hicieran ningún daño.

Bella cerró los ojos, superada por el cansancio. Sortear coches procedentes de todas direcciones y atacantes que salían del asiento trasero era agotador.

Sintió una extraña presión en el pecho cuando el instructor le dijo que pusiera el coche a unos cincuenta y ocho kilómetros por hora.

Dios, ¿qué sería lo siguiente?

No tardó en descubrirlo.

De pronto, se acercó un coche en dirección contraria. Para su desconcierto, el coche atravesó la línea central de la autopista y se dirigió hacia ella.

Bella giró el volante hacia la derecha para evitar el impacto, pero las manos no parecían responderle.

—Eso es —oyó decir al instructor—. Salga de la carretera sin perder el control.

—No puedo… —Bella experimentó un auténtico terror cuando vio que el volante no respondía. Tampoco tenía fuerzas suficientes para frenar. La mente se le quedó en blanco mientras el BMW daba un volantazo y comenzaba a girar.

— ¡Bella! —a Edward se le encogió el corazón en el pecho al ver que el coche se salía de la calzada y daba dos vueltas de campana levantando una nube de polvo.

Oyó el sobrecogedor sonido del acero y el cristal y vio salir una nube de humo del motor.

— ¡Llamen a una ambulancia! —corrió hacia el coche, rezando para que no explotara. Tenían que sacarla cuanto antes de allí.

Los sanitarios se acercaron al coche con una camilla y lo apartaron. Abrieron la puerta permitiéndole ver a Bella desmadejada como una muñeca de trapo en el asiento delantero, apoyada en el airbag. Tenía los ojos cerrados, la sangre goteaba por su brazo izquierdo y le llegaba hasta la mano.

Los sanitarios la sacaron del coche y la tendieron en la camilla. Edward los ayudó a trasladarla hasta una distancia segura del vehículo.

Uno de los sanitarios se inclinó sobre ella.

—No respira.

Edward se aferró a la mano sin vida de Bella mientras el sanitario comenzaba a hacerle la respiración artificial.

—Respira, Lorelei, todavía no hemos terminado.

Los sanitarios intercambiaron miradas de preocupación. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas del príncipe.

—Quédate conmigo, Lorelei. No puedo perderte a ti también —se llevó la mano de Bella a la boca y la besó, sintiendo el gusto de la sangre en sus labios.

No, otra vez, no, rezó, por favor, otra vez no.