¡Buenos días, magos y brujas! Presentando un minific Dramione para todos los interesados.

Particularmente este capítulo, va dedicado a Ninna Black, Oceanne Bellamont, Gab Black y Xuem (gracias, amigas, por apoyarme en esto).

Algunos datos importantes del fic:

- La historia está situada temporalmente en lo que llamaríamos sexto curso.

- Aún no se produjo (lógicamente) la primera batalla en Hogwarts.

Disclaimer: Personajes, escenarios, hechizos de la genio indiscutible: J. K. Rowling. Lo mío es el delirio.


Capítulo 1: Agua

—Ya déjalo.

—¿El qué?

—Ron, por favor…

—Sabré cuando parar, Hermione.

—¡Ronald! —exclamó ella— Has pasado los últimos cuarenta minutos lanzando miradas asesinas a Seamus, pulverizarlo con tus ojos no va a hacer que retire lo que dijo…

—Te aseguro que hará que lo piense dos veces antes de repetirlo… —siseó él— ¡Estamos hablando de Ginny, por Merlín! ¡Es una niña!

—Ron, sabes de sobra que no es así… Finnigan puede portarse como un imbécil de vez en cuando, pero Ginny sabe muy bien cómo protegerse…

—¡Dijo que mi hermana tenía el trasero más suculento que un pastel de calabaza! —se quejó el pelirrojo, indignado.

—Y Ginny lo mandó al infierno muy educadamente —replicó la castaña—. No es asunto tuyo, Ron… ella te pidió que no intervinieras… —suspiró, casi para sí misma.

—No me interesa. Moleré su insensata cara muy educadamente… —afirmó el joven con malicia, haciendo caso omiso a las últimas palabras de Hermione.

La Sala Común de Gryffindor se hallaba llena de grupos de estudiantes que disfrutaban de un apacible sábado por la tarde, dialogando en voz no muy baja y lanzándose grageas Bertie Bott unos a otros. El tema de conversación más recurrido era el resultado del último partido de quidditch, donde Ravenclaw había vencido a Slytherin gracias a la sorprendente entrada de un buscador nuevo de quinto año, ágil y veloz. Por esa razón, el ambiente era ameno y todos estaban bastante relajados. Todos, excepto Hermione, que (a causa de su discusión con Ronald) encontraba el entorno bullicioso e irritante.

—Harry, ¡di algo! —la joven miró suplicante al moreno, que permanecía callado como en cada una de sus disputas con el pelirrojo.

El aludido elevó los ojos y observó detenidamente a sus dos amigos. Cuando sus mirada se posó en Seamus, habló.

—Sólo fue un comentario, eso es cierto… —murmuró— pero Ron es hermano mayor y tiene responsabilidades…

La castaña miró a los dos chicos, desalentada y espetó

—Como quieran. Ginny no estará contenta… —algo enfadada, se levantó de su asiento dispuesta a abandonar la Sala Común.

—¿A dónde vas? —inquirió el pelirrojo.

—Aire, Ron. Necesito aire —respondió ella, cansinamente—. Volveré en un rato.

Y sin decir más, se escabulló rumbo a los jardines del colegio.

Draco deambulaba por los pasillos del colegio con aire indiferente. Un gastado libro de pociones descansaba bajo su brazo y su varita sobresalía de uno de los bolsillos delanteros de su pantalón. No llevaba la túnica puesta: era primavera y una camisa resultaba suficiente.

Se encontraba solo: su séquito había quedado abandonado en la Sala Común de las serpientes. La razón era simple: necesitaba paz. Y eso era algo que rara vez conseguía acompañado de Goyle y Crabbe.

Decidió que el lugar más cómodo para leer serían los jardines, ya que apenas quedaba una hora para que el sol se pusiera y debían estar prácticamente desiertos. Recorrió su camino sin apuro, vislumbrando el paisaje que comenzaba a rodearlo. Se le ocurrió que lo mejor sería acercarse a la orilla del lago y reposar ahí.

El aire era fresco y el viento tranquilo, gentil. Se sentó bajo un árbol, abstraído en sus pensamientos y abrió el libro que traía consigo.

Entonces lo oyó. Un suspiro suave y femenino, unos metros delante de él. Elevó los ojos, entre fastidiado e intrigado y la vio.

Hermione descansaba la espalda contra un tronco caído, contemplando el lago, ausente. Tenía su varita en la mano derecha y dibujaba pequeños y delicados arabescos en el aire, distraídamente. Apenas agitaba la muñeca, pero con cada movimiento, diminutas explosiones de colores salían despedidas hacia delante. No emitían sonido alguno, pero eran cautivadoras. La brisa acariciaba el cabello de la joven, haciéndolo danzar. Un agradable aroma a fresas llegó hasta Draco, que automáticamente se pegó más al árbol bajo el que reposaba. Claramente incómodo, frunció el ceño y se preparó para llamar su atención… o, más bien, insultarla hasta que se sintiera intimidada y lo dejara solo. Iba a hacerlo, pero en el momento justo en el que abría la boca para hablar, la chica soltó un quejido, se abrazó las rodillas y hundió el rostro entre los brazos.

Estaba cansada. Cansadísima. De los tiempos oscuros y del futuro negro que se inevitablemente se avecinaba y cada vez era más inminente. Pero no era débil. Había bajado al lago para respirar un poco de aire puro y no dejarse abrumar por sus preocupaciones. El día era hermoso y el atardecer prometía mucho más. Así que ahí estaba, esperando el ocaso, sin necesidad de ocultar a nadie cómo se sentía por dentro en verdad. Respiró profundo, levantó la cabeza y observó el paisaje que tenía enfrente, embelesada. ¡Era hermoso! No era común en ella el sentirse desdichada, pero ese día estaba particularmente susceptible. Tan ensimismada estaba en sus pensamientos, que no percibió el bufido de irritación que alguien había lanzado detrás de ella.

Maldita Granger. Había salido esperando encontrar algo de paz y ahora se daba de lleno con la imagen de la sangresucia en un momento de sensibilidad. Era evidente que sus planes se habían arruinado y no habría forma de restaurarlos. Pero él no pensaba irse de allí con las manos vacías. Si no podía quitar los obstáculos de su camino, por lo menos el panorama debía mejorar. Como mínimo, obtendría un poco de satisfacción molestando a la comelibros y su día no se habría arruinado por completo. Sí, pisotearía el ánimo de Granger para aplacar el suyo propio, como la ley mandaba. O, por lo menos, como su ley mandaba.

Draco se levantó de su lugar y caminó unos pasos hacia delante. Una arrogante media sonrisa se dibujó en su rostro en cuanto quedó a unos pocos metros de la castaña.

—¿Deprimida, Granger? —preguntó, burlón. Su sonrisa se ensanchó aún más al ver a la chica dar un respingo y mirarlo, sorprendida.

—No más que tus neuronas, hurón —contestó ella, con acidez—. ¿Qué quieres? No estoy de humor para tratar contigo.

De todas las personas en Hogwarts, la última que Hermione necesitaba ver era Draco Malfoy. Definitivamente, el día iba de mal en peor.

—Eso me trae sin cuidado —escupió el slytherin—. ¿Acaso descubriste que el hedor a comadreja de Weasley te resulta más insoportable que el de tu propia sangre? ¿O fue que Potter se enfadó contigo por no realizar sus deberes? —insistió.

—Cállate, Malfoy —la castaña se acarició la sien derecha con suavidad, para ayudarse a mantener la calma.

El rubio se sintió, en cierto modo, ofendido por la falta de interés que la chica mostró ante su insulto.

—Oh, comelibros, ¡me conmueve tu templanza! —se mofó él— Me callaré cuando se me dé la gana.

—Lárgate.

—¿Qué? —preguntó, — ¿Estás débil, Granger? Siempre fuiste bastante insípida, pero me esperaba alg…

—¡Ya basta, Malfoy! ¿No puedes, por una sola vez en tu vida, dejarme en paz? ¡No estoy dispuesta a ser tu saco de boxeo! —exclamó ella, poniéndose de pie— ¡Vete! —finalizó, apuntándolo con la varita.

Draco sabía por experiencia que la joven no se atrevería a lanzarle ningún hechizo, pero tenía la certeza (también por experiencia) de que no le temblaría la mano si tuviera que volver a golpearlo como lo había hecho en tercer curso. Fue eso, y no el aspecto de extremo cansancio que mostraba la castaña, lo que hizo que retrocediera un par de pasos y espetara:

—Esto no acaba aquí.

Hermione observó, incrédula, como el slytherin emprendía la retirada para dejarla en paz. Cuando la silueta del rubio no fue más que una mancha oscura penetrando al castillo, la joven respiró tranquila y echó un último vistazo al lago. El crepúsculo proyectaba su dorada luz sobre el agua y los últimos rayos del sol comenzaban a desaparecer. Decidió que lo más conveniente sería volver al colegio, no quería que la pillasen deambulando por los jardines anochecidos. Al voltearse y comenzar su camino, algo llamó su atención.

Bajo un árbol, abierto por la mitad, yacía un libro. La joven lanzó una mirada rápida alrededor y se arrodilló para tomarlo. Se percató de que no pertenecía a la biblioteca: Madame Pince hubiera muerto si hubiese visto las anotaciones en tinta que acompañaban algunas páginas. Parecía antiguo y era evidente que su dueño hacía gran uso de él. Cuando se fijó en la primera página, leyó un nombre inesperado. "Draco Lucius Malfoy". ¿Malfoy sabía leer? A juzgar por el objeto que tenía entre sus manos, no sólo sabía leer, sino que también era capaz de sacar conclusiones muy buenas. Se sorprendió a sí misma admirando ciertos comentarios que adornaban las instrucciones de las pociones que explicaba el libro y se reprendió por ello.

Dubitativa, se levantó y regresó al castillo, llevando su hallazgo consigo. Al llegar, pudo ver la cabellera rubia de Draco alejándose por un pasillo desierto.

—Si los problemas no te encuentran, tú sí que te los buscas, Hermione Jean Granger— se dijo. Luego tomó aire y lo siguió.


Si llegaste hasta acá: ¡Gracias por leer! Y recuerden que un review puede cambiar un día gris a uno multicolor (: Gracias! Saludos, un abrazo de Draco y una cereza azul.