El sonido de los escombros de la Expo Stark deshaciéndose a pedazos y ceniza se mezcla en el ambiente con las sirenas lejanas de los vehículos de emergencia que empiezan a aproximarse a la zona. El fuego dejado por las explosiones crepita, el zumbido de los estabilizadores de vuelo de Rodhey alejándose reverbera en las paredes y Pepper está bastante segura de que el insistente pitido de fondo que se empeña en escuchar, solo es real en sus tímpanos.

Los servicios de emergencia tardan escasamente cinco minutos en llegar, los periodistas diez, y al cuarto de hora, Happy consigue hacerla pasar entre la nube de flashes, micrófonos y preguntas llegando al coche más o menos indemne, mientras Iron Man se queda atrás asegurando la zona.

Tiene rojeces donde las chispas han alcanzado su piel, sus zapatos están ligeramente chamuscados, totalmente arruinados, le huele la ropa a goma quemada y tiene la sospecha de que su ritmo cardiaco todavía tardará unas horas en bajar a niveles normales.

La autopista de la playa está tan desierta como lo estaba ciento sesenta y ocho noches atrás, aquella última vez que el pelo también le olía a humo y Tony casi muere. Suspira hondo, cierra los ojos y mentalmente pone el contador a cero.

Y esa es la primera noche.

La segunda noche la encuentra durmiendo casi desde el día anterior, sentando un record de horas consecutivas de sueño sin precedentes, y la tercera la pasa en vela, en la frenética compañía de su portátil y su blackberry.

La cuarta noche le hace justicia al día horroroso que la ha precedido. Cabría pensar que ya está acostumbrada a los desastres mediáticos y a los circos de tres pistas en los que parecen convertirse las juntas de accionistas cuando las cosas van mal, pero tras pasarse toda la mañana y la mayor parte de la tarde en la oficina del fiscal contestando preguntas sobre Justin Hammer, Victor Danko y su conspiratoria trama de corrupción sobre la que, insiste, tiene mucha menos idea de lo que al fiscal le apetece pensar, a Pepper le puede la frustración más que el stress y mientras prepara algo rápido de cena para no irse a la cama con el estómago vacío, no puede evitar preguntarse si esto es en lo que se ha convertido su vida; en una serie imprevisible de hecatombes encadenadas tras las que pasar la mopa.

Cruza la puerta de casa con una sensación incómoda la quinta noche, del tipo de sensación que te ronda y te persigue cuando te has dejado el horno encendido o se te ha olvidado apagar el gas, pero no recuerda la última vez que encendió el horno, si es que alguna vez lo hizo, y su casa no tiene instalación de gas. Se quita los zapatos con desgana y tras guardarlos meticulosamente en su armario, comienza a quitarse el traje para poder ponerse algo más cómodo.

Al otro lado de las ventanas el día se oscurece convirtiendo los cristales en espejos y Pepper procura no mirarse de reojo cuando pasa por delante de camino al sofá. No quiere ver las ojeras que adornan sus ojos ahora que no las cubre el maquillaje. Con unos calcetines gordos una camiseta gastada y unos pantalones de chándal suaves y cómodos a fuerza del uso, se acurruca en el sofá y enciende la televisión justo en el momento en el que vuelve a sonar su teléfono móvil.

-Salimos muy monos en las noticias.

La CNN emite un reportaje sobre la debacle de la Expo Stark alternando imágenes de ella como CEO de Industrias Stark y la aparición estelar de Iron Man.

La sensación incómoda que lleva un tiempo arrastrando, se revuelve y se revela en la boca de su estómago.

Al otro lado del teléfono Tony habla con voz arrugada mientras los ruidos de Washington le hacen el coro y ella se dice a sí misma con toda la convicción que puede reunir que no, en absoluto lleva días esquivando sus llamadas con "ahora no puedo, estoy ocupada tratando de que tu empresa no se vaya a pique".

-Las personas normales suelen decir "hola".

-Las personas normales no salen en las noticias. Menos aún taaaan guapos.

Pepper sonríe a pesar de sí misma y se acurruca aún más entre el brazo y el respaldo del sofá con el teléfono pegado a la oreja. Hay varios motivos por los que cogerle el teléfono a Tony ha sido una mala idea, muchos, millones de motivos; más de uno y más de dos tendrían que ver con el cosquilleo templado que le recorre el cuerpo, tres o cuatro mil a causa de los eventos de la última semana. Seguro.

El problema es que a ciertas horas de la noche Pepper no es capaz de dar con ninguno de ellos ni por todo el oro del mundo.

Correcta, profesional, va a preguntarle qué tal por Washington. Va a preguntarle cómo van los acuerdos sobre el uso militar del traje que Rodhey se llevó, pero en la televisión un cámara enfoca de cerca la armadura de Iron Man antes de que los drones de Hammer se volviesen locos y de repente todos los problemas legales con el Pentágono parecen minucias.

-¿Qué le ha pasado a tu reactor?- la preocupación en su voz es demasiado evidente mientras sigue de cerca las imágenes del reportaje.

-Estaba pasado de moda.

-Tony…- le advierte.

-En serio, Potts ¿no has leído el Vogue del último mes? El triángulo es el nuevo círculo.- se escucha el ruido ahogado de alguien hablando- Espera un momento, Rodhes está haciendo unos movimientos extraños que o bien significan que quiere que cuelgue o que está sufriendo alguna clase de ataque epiléptico.

En televisión las imágenes se repiten una y otra vez y aún así, ella no puede evitar sobresaltarse cada vez que los drones empiezan a disparar al Tony del televisor y la imagen de la pantalla se vuelve movida y confusa cuando el cámara echa a correr.

-¿Pepper?

-Sigo aquí Tony

-Tengo que colgar, esta gente del pentágono es un autentico coñazo- se hace el silencio en la línea telefónica y ella no espera nada más que el tono de desconexión porque francamente, sería la primera vez que Tony termina una conversación con cualquier tipo de formalidad aunque sea un simple "adiós"- Volveré mañana por la noche – dice cogiéndola por sorpresa y- realmente salimos muy monos en las noticias.

Lo que en lenguaje de genios multimillonarios excéntricos equivale a una especie de "buenas noches" y esta vez sí, el tono intermitente la avisa de que la conversación ha terminado.

Cierra los ojos sin soltar el móvil y respira hondo tratando de no pensar en nada porque pensar en algo supone terminar pensando en algo relacionado con Tony en mayor o menor medida y eso, siempre conduce a un montón de preguntas sin respuesta que no está segura de querer plantearse siquiera.

La sexta noche la sorprende en la oficina, en un despacho que no es del todo suyo y ya no es de Tony pero tampoco es de nadie más. Hay carpetas con transacciones comerciales y expedientes confidenciales por la mesa y cajas y cosas amontonadas por los rincones, la inmensa mayoría de él, alguna de ella.

Con el portátil encendido sobre el escritorio Pepper intenta filtrar, ordenar y priorizar las miles de tareas pendientes que se anuncian con exclamaciones desde su programa de gestión de citas. No es que su primera semana al frente de Industrias Stark hubiese sido en absoluto un paseo por el campo pero en ese preciso instante, con la reconversión de las fábricas a medio camino, la re-estructuración de departamentos aún sin terminar, el fiasco de la Expo Stark a sus espaldas y sin asistente después de que Natalie resultase no ser Natalie exactamente, empieza a plantearse que quizá, quemar la empresa y mudarse a un país tropical no sea tan mala idea después de todo.

-Rodhes te manda recuerdos.

Se le corta la respiración del susto y da un respingo en su silla antes de que a su cerebro le dé tiempo de reconocer la voz de Tony. Respira hondo tratando de volver a su ritmo cardiaco habitual y salva los cambios efectuados en el ordenador antes de levantar la vista.

Lleva unos vaqueros gastados y una camiseta gris oscura que apenas deja ver la luz azulada del reactor y se apoya en el quicio de la puerta con una pose estudiadamente casual y su mejor sonrisa de portada de revista. Los pequeños cortes y laceraciones en los brazos y en la línea del pelo parecen garabatos oscuros en el despacho a media luz y tiene un moratón sobre la clavícula izquierda que apenas asoma por el cuello de la camiseta y no es, ni de lejos, el peor estado en el que le ha visto en los últimos meses.

Sabe que es tarde porque el cansancio casi le hace olvidar que sigue algo enfadada y bastante ofendida con él (o quizá era al revés) y que en ningún caso debería encontrarle atractivo en absoluto.

Comprueba la hora en su reloj de muñeca -Se supone que aterrizabas dentro de una hora y media –dice cruzando las manos por encima de la mesa.

-La reunión terminó pronto-se mete las manos en los bolsillos del pantalón y camina hasta la silla situada al otro lado del escritorio dejándose caer con un gesto casi dramático - algo me dice que a los chicos del Pentágono no les caigo del todo bien.

-Inconcebible

-Lo sé, deberían estar dándome las gracias porque les vaya a dejar que Rodhey se quede con la armadura después de las atrocidades que hicieron con el Mark II poniéndole toda esa basura de Industrias Hammer encima.

La habitación se queda en silencio y los segundos se estiran y se vuelven minutos mientras ambos se aguantan la mirada hasta que, sin que sirva de precedente, Tony desvía la vista hacia el adorno móvil de encima de la mesa.

-Esa cosa me pone de los nervios.

Le ignora.

-Y bien, ¿pensabas contármelo en algún momento?- se esfuerza en no matizar de qué están hablando y le reta con cada célula de su cuerpo a que se haga el que no sabe al respecto.

-Te traje fresas.

-A las que soy alérgica.

-¡Te hice una tortilla! –dice con total convicción como si la mezcla de huevos desparramados en una sartén fuesen, sin lugar a dudas, la respuesta a todas las preguntas del universo.

Se niega a dignificar su explicación con una respuesta y se quedan en silencio unos segundos más antes de que él sonría de medio lado como si tuviese motivos para sonreír - En serio Potts, tienes que prestar más atención, las señales estaban por todos lados.

-¿De verdad crees que la ironía es la mejor manera de llevar esta conversación?

-Por tu mirada glacial y asesina voy a aventurarme a decir que no

Espera un par de latidos antes de devolver su atención al ordenador y comenzar a cerrar programas y recoger todo lo necesario para dar la jornada por finalizada.

-Me voy a casa – anuncia en voz alta mientras se pone de pie y coge una de las carpetas de la esquina – y tú deberías hacer lo mismo.

No se mueve, apenas se inmuta excepto por la desaparición de la sonrisa de su cara y Pepper maniobra bordeando el escritorio en busca de su chaqueta.

No piensa ceder ni un solo milímetro en su enfado, ni uno solo, porque si después de años de lidiar cortésmente con la prensa y de escoltar a sus citas discretamente hasta la puerta, después de Afganistán y del generador en Industrias Stark y de Obadiah no se ha ganado el derecho a escuchar las cosas importantes de sus labios, entonces no hay ninguna diferencia entre ella y cualquiera del resto de chicas de piernas largas de Malibú, a excepción, probablemente, de no haberse acostado con él.

Camina hacia la puerta con el semblante serio, el paso firme y el alma un poco melancólica mientras Tony continua sentado en la silla sin mayores aspavientos y no es hasta que está a punto de abandonar el despacho que escucha el susurro de dos palabras.

-Lo siento.

Y ojala eso fuese suficiente, pero no lo es.

Se para, no se gira -Yo también, Tony. – y emprende su marcha por el pasillo desierto antes de decírselo a sí misma una vez más- Yo también.

La séptima noche Happy la lleva de nuevo de vuelta a casa horas después de que se haya puesto el sol. Repasa los datos en el camino y no mira al mar a través de la ventanilla, ni siquiera levanta la vista de los papeles el tiempo suficiente para ver a Happy observándola de vez en cuando con cierta preocupación a través del espejo retrovisor.

Cuando ha leído tres veces la misma página sin saber a qué se refieren las cifras, se dice a sí misma que no ha reparado en la cantidad de espacio vacío que parece rodearla en la parte trasera del coche y trata de convencerse de que no, no está en absoluto decepcionada por el hecho de que Tony no se haya puesto en contacto con ella desde la noche anterior ni siquiera escudándose en la más barata de las excusas.

El viento sopla ligeramente en las calles de Malibú cuando Virginia Potts sale del edificio de industrias Stark la octava noche. Sus tacones repiquetean sobre el pavimento con un sonido familiar mientras cruza la plaza peatonal hasta la zona de aparcamiento donde Happy la espera habitualmente.

Cuando el chofer abre la puerta del vehículo. Pepper se toma sus cinco segundos para mirarle a los ojos, sonreírle y darle las gracias antes de meterse en el coche y no repara en que tiene compañía hasta que la puerta se cierra tras ella.

-Son las once y media de la noche, estoy cansada y mañana tengo un día ajetreado así que no.

No le mira, se empeña en dejar la vista fija al frente como clara muestra de su cortés enfado.

Tony en cambio se sienta casi de medio lado hacia ella, mucho más cerca de lo que es correcto o necesario y enarca las cejas intrigado ignorando su evidente irritación como otras tantas veces.

-No a qué.

-A lo que sea que has venido a proponerme.

Esta vez Tony no sonríe. Se remueve y endereza y mira por su ventanilla mientras Hogan se incorpora a la autopista y el silencio cunde el tiempo suficiente como para que Pepper deje de esperar una continuación a la conversación.

Lleva traje y corbata, y zapatos italianos, camisa blanca apenas arrugada y los arañazos visibles en su cara han pasado a ser delgadas líneas de color rosado.

Nada que no haya visto antes.

Huele ligeramente a aftershave y a gel de ducha y a café recién hecho, y le conoce lo suficiente para saber que si hundiese sus dedos entre su pelo un poco despeinado estaría levemente húmedo.

Nada nuevo tampoco.

-Tengo una sorpresa para ti – dice de repente

-La última vez que me dijiste eso me tiré tres días contratando a bailarinas menores de veinticinco años para llevar puesto merchandising de Iron Man bailando la música de AC/DC.

-¿En serio? Sí. No, buen trabajo, por cierto. Las chicas eran estupendas.

Pepper eleva los ojos al cielo y niega un par de veces con la cabeza. El coche sale de la autopista y se adentra en la ciudad y ella suspira. Profundamente.

-De verdad Tony, no tengo tiempo para… - las calles pasan a su alrededor sin que pueda identificar lo que ve como ninguno de sus recorridos habituales-… ¿A dónde estamos yendo?

-Quizá no estás del todo familiarizada con el concepto de sorpresa, pero créeme, implica cierto nivel de imprevisibilidad.

Mira su reloj y hace rápidamente las cuentas contemplando las posibles variables, sabiendo que en ningún caso va a poder dormir más de cinco horas antes de tener que estar en pie de nuevo -Necesito llegar a mi casa ya- dice mortificada –Mañana tengo una video conferencia con Industrias Hammer a las seis y media de la mañana.

-Yo lo haré

-Estoy hablando en serio

-Yo también

El coche se detiene pero Pepper no desvía la mirada tratando de averiguar los motivos ulteriores de Tony en el fondo de sus pupilas.

-Odias Industrias Hammer y no te gustan las video-conferencias. Por no hablar del hecho de madrugar.

-Sí, mejor no hablemos de lo de madrugar – responde con un fastidio.

-No sé qué estás tramando pero…

-¡Por Dios Potts!, solo quiero que te bajes conmigo del coche y que me acompañes, y además, si fuese posible, que disfrutases del momento. – la interrumpe con cierta exasperación y esta vez sí, sonríe la sonrisa de verdad; la reservada para los chistes malos de Rodhey o los comentarios sarcásticos de Jarvis, la sonrisa que nunca sale en las vallas publicitarias ni en las revistas. Sonríe y se acerca hasta que apenas los separan unos centímetros de aire y a ella se le atraganta la respiración. -¿Vienes?- pregunta. Abre la puerta del coche y se baja ofreciéndola una mano para le siga, y añade – ¿Por favor? – en un tono en el que genuinamente parece estar pidiendo algo en lugar de exigiéndolo como viene siendo habitual.

Se lo piensa durante un par de segundos antes de ceder, no sin ciertos reparos, y coger la mano que le ofrece.

La verdad es que en contra de la creencia popular, Pepper Potts no es, ni de lejos, tan tonta como pudiera parecer y sabe perfectamente que no hubiese seguido trabajando durante todo estos años para Tony Stark si no estuviese un poquito enamorada de él. También sabe que si todavía no ha terminado desempleada, con el corazón roto y envuelta en un paño de lágrimas es porque Pepper Potts, siempre ha sabido tomar las decisiones adecuadas, evadir los comentarios pertinentes y obviar todas sus supuestas declaraciones, así que ignora los círculos lentos del pulgar de él sobre su mano y se concentra en las líneas limpias y el diseño preciso de la estructura que tiene en frente.

-¿El Museo Getty?

Sonríe, anda hacia atrás sin apartar la vista de ella y tira suavemente de su mano -Vamos, nos están esperando.

El director del museo les recibe en la puerta y no deja de adularles con palabras de cuatro sílabas y cumplidos extravagantes mientras caminan por los pasillos desiertos e inmaculados del museo.

Exceptuando los pilotos de los sistemas de seguridad y los fluorescentes que alumbran su camino, el resto del edifico parece estar apagado, dormido, y a Pepper le parece todo demasiado extraño y demasiado misterioso hasta para el infame Tony Stark.

Caminan todavía de la mano cuando el pasillo iluminado se acaba delante de las enormes puertas de una sala sobre las que un cartel anuncia la sala de arte moderno. Tony aprieta su mano afectuosamente para después soltarla cuidadosamente y a ella se le acelera el corazón y tiene que tragar saliva para deshacer el nudo del estómago porque no tiene mucha idea de lo que está pasando pero está absolutamente segura de que el Museo Getty no cuenta con una sala de arte moderno.

-¿Tony?

-Te dije que me disculparía apropiadamente.

El director gira el picaporte y la hace pasar. Ante ella se abre una enorme sala plagada de obras que Pepper podría reconocer con los ojos cerrados aunque no se hubiese pasado la última década cuidando y persiguiendo a cada una de ellas. Pared a pared y cuadro a cuadro, se extiende la recientemente donada colección de arte de Anthony Stark.

Se adentra en la galería, despacio, con la boca abierta, admirando bajo los focos de luz artificial años de trabajo y esfuerzo y el resultado de uno de los mayores privilegios de trabajar para su jefe. Tony, con las manos en los bolsillos y la mirada cauta la sigue un par de metros por detrás.

Camina hasta el centro de la sala donde, rodeado por cuatro bancos en los que sentarse a admirar los cuadros, se eleva un pequeño pedestal con una sencilla placa inscrita: "Colección de Arte Moderno Potts-Stark, amablemente cedido para el disfrute de los ciudadanos de Malibú"

-¿Tony? – vuelve a preguntar y esta vez se le quiebra la voz entre las dos sílabas porque no, de ninguna manera, es absolutamente imposible que…

-Espero que te guste porque no te haces idea de la cantidad de galletas que he tenido que comprarles a los Boy Scouts de América.

Solo que todo parece indicar que no solo no es imposible sino que además, es.

-¿Me has comprado una colección de arte? – suena ridículo hasta para sus propios oídos y no es que le falte práctica en esto de oír ideas ridículas.

-Media colección de arte en realidad, la otra media me la he quedado yo. Por motivos sentimentales.- hace una mueca de esas que solo hace cuando están los dos a solas y dice cosas como "solo te tengo a ti" y retira la mirada hacia uno de los cuadros cercanos.

Pepper tarda casi dos minutos en reaccionar. Se sienta en uno de los bancos, justo enfrente de una obra de Georges Braque, controlando la respiración, tragando saliva y obviando las cientos de emociones encontradas que están librando una batalla en su cerebro.

Se repite a sí misma que ella, Pepper Potts, tiene su propia colección de arte moderno mientras se cubre la boca con ambas manos intentando no llorar, observando la silueta recortada de Tony frente al lienzo de La Ciotat de Emile-Othon Friesz y trata de recordar cómo era eso de tomar las decisiones adecuadas e ignorar todos sus grandes gestos.

La novena noche Pepper está absolutamente agotada. Arrastra los pies por el suelo de su apartamento solamente porque todavía no ha aprendido a teletransportarse hasta la bañera.

Las fuerzas le han llegado escasamente para desmaquillarse, deshacerse el moño del pelo, desvestirse hasta quedarse en ropa interior y girar los grifos de la bañera. Lo de tener que volver a la habitación a por la crema hidratante ha sido un gasto extra de energía que no tenía previsto y no contempla como un imposible el quedarse dormida a medio camino de vuelta.

Atraviesa el salón a cámara lenta sin molestarse siquiera en encender las luces a su paso. Le basta y le sobra con la luz encendida del cuarto de baño para esquivar los muebles en la penumbra porque desde luego no está dispuesta a dar los dos pasos de más que requiere llegar hasta el interruptor y cuando pasa cerca del sofá tiene que evaluar la opción de tirarse hacia los cojines y dejar que la bañera rebose o continuar su extenuante camino.

Tres golpes secos suenan en el cristal del mirador de su salón y probablemente porque no le queda fuerza suficiente como para asustarse, simplemente se da la vuelta hacia la ventana.

Al otro lado, suspendido en el aire, reconoce primero el nuevo generador de Tony y después los destellos que aquí y allá dan forma a la armadura.

Parpadea. Tony vuelve a tocar con sus nudillos metálicos contra el cristal. Parpadea de nuevo.

Tarda cinco segundos enteros en recordar que por mucho que esté en penumbra, sigue en ropa interior, da un salto digno de la pista central del Circo del Sol y agarra lo que resulta ser la mantita del sofá envolviéndose torpemente con ella antes de fruncir el ceño y acercarse a abrir la ventana.

Un soplo de aire templado le revuelve el pelo y él desliza hacia atrás la parte frontal del casco.

-¡He llamado!

-¡A la ventana!

Tony decide ignorar deliberadamente su comentario, como si llamar a las ventanas de la gente fuese una práctica común en algún país desconocido de la Polinesia donde habitúa a pasar los fines de semana y repasa descaradamente con la mirada cada centímetro de su silueta.

-Bonita manta ¿Colección otoño-invierno?

-Adiós Tony – comienza a cerrar la ventana sin demasiada convicción hasta que una mano metálica le impide continuar. Niega levemente con la cabeza y abandona su mortificación con un profundo suspiro, bajando los hombros con resignación - ¿Qué quieres, Tony?

Tony tarda por lo menos diez segundos en contestar, diez segundos en los que desvía la mirada y vuelve a fijarla y a Pepper le pasan por la mente al menos dos millones y medio de escenarios en los que catástrofes, destrucción y vorágines épicas de paparazzi, tienen cierta relevancia.

-Por lo visto tengo que volver a Washington.

Cuando no continúa ella levanta una ceja y exhala su respiración en un corto golpe de aire porque, en serio, si va a tener que pasarse la noche al teléfono haciendo control de daños, está demasiado cansada para absurdos preámbulos.

Tony hace una mueca un tanto extraña antes de añadir – Es solo para ayudar con unas pruebas en el traje de Rodhey- dice y Pepper sabe que tiene que estar aún más cansada de lo que imaginaba si Tony Stark puede leerla con semejante facilidad.

Pasan dos, tres, ocho segundos y ninguno de los dos se mueve, ninguno dice nada, prolongando la absurda situación como si estuviesen a mitad de una conversación incómoda que, al menos ella, lleva suficiente tiempo tratando de evitar conscientemente. Cada uno a un lado de la ventana, surrealista como su estuviesen congelados en una película de dibujos animados.

Por fin algo se mueve, el viento cambia ligeramente de rumbo y el flequillo negro y desaliñado de Tony bailotea al mismo ritmo que la brisa.

Otra mueca- Podrías… no sé, reaccionar. No esperaba una declaración dramática sobre cómo planeas meterte en un convento de clausura hasta mi vuelta pero algunas lágrimas desconsoladas no estarían de sobra.

Pepper tiene que concentrarse, de verdad, concentrarse para no ignorar su absurda llamada de atención, cerrar los ojos y quedarse dormida ahí mismo.

-Solo te vas a Washington.

-Podría morir.

-Acabas de decir que solo ibas a hacer unas pruebas.

-Se me podría caer una máquina de vending encima cuando vaya a por una coca-cola. ¿Sabías que 13 personas mueren todos los años en estados unidos en accidentes relacionados con maquinas de vending?

-Bebe agua del grifo.

La brisa cambia de dirección de nuevo y se cuela entre los pliegues de su mantita de sofá evidenciando una vez más lo alarmantemente poco vestida que va para la ocasión. Más mortificada de lo que le gustaría poder admitir desvía la mirada y trata sutilmente de mover el trozo de tela esperando que de algún modo desafíe las leyes de la elasticidad de los tejidos y consiga que tape más pierna sin que deje de tapar las partes del cuerpo que ya se está ocupando de ocultar.

-Me conmueves con tanta preocupación.

Está demasiado, demasiado cansada como para tratar con el niño de diez años emocionalmente inseguro en el que ocasionalmente se convierte el Hombre de Hierro.

-Trata de no morir, sin ti mi vida sería un completo desperdicio de maquillaje y el papeleo acabaría conmigo aunque probablemente sobreviviría con el único fin de jugar con tus caros juguetes.-lo dice en un solo golpe de aire, monotónica, no se puede permitir el lujo de malgastar un ápice de energía que no esté directamente orientado a acabar esta conversación, hacer que Tony desaparezca de su ventana y/o hacer que aparezca mágicamente en la bañera sin tener que dar un paso más.

Tony eleva una ceja y sonríe de medio lado como si todo fuese parte de un complicado juego tremendamente entretenido para su intelecto hiperactivo-¿Cómo sabes que te dejaré alguno de mis juguetes si muero?

-He visto tu testamento.- de cerca, en varías ocasiones. La más reseñable cuando trataron de declararle oficialmente muerto tras tres meses desaparecido en Afganistán.

Se hace una pausa, el viento cambia de dirección al otro lado de los cristales y una suave brisa mece apenas los pliegos de la manta que no están tirantes contra su piel. Se plantearía abandonar a Tony a su suerte, suspendido en el aire frente a su ventana y arrastrase hacia el baño si no fuese porque está razonablemente segura de que él la seguiría, se plantearía incluso dejarse caer al suelo y echarse a dormir sin más dilación si no fuese porque está segura de que los comentarios jocosos al respecto la perseguirían durante décadas.

-No te ha gustado – levanta la cabeza un poco sobresaltada, preguntándose si por fin ha sucedido y el agotamiento físico y mental ha provocado que entrase en trance perdiéndose parte fundamental de la conversación.- Lo de la colección de arte – dice como si regalarle una colección de arte fuese equivalente a invitarla a palomitas en el cine.

-¿De qué estás hablando?

No hay rastro de su abofeteable gesto de suficiencia y cualquier trazo de sonrisa se ha borrado de su cara.

-Sigues enfadada.

-No sigo enfadada, simplemente estoy…- decepcionada, triste- muy cansada.

Tony afirma con la cabeza y la mirada distraída en el horizonte y pasan varios segundos antes de que vuelva a hablar– sí, yo también – pero el tono de su voz es tan absolutamente triste que a Pepper se le encoge la boca del estómago - ¿Quieres que te traiga algo de D.C? ¿Una bola de nieve con el Capitolio dentro? ¿Una careta del Presidente?

-Me conformo con que regreses libre de citaciones judiciales – contesta esforzándose por sonreír.

-Se hará lo que se pueda –dice alejándose lentamente, suspendido de modo irreal en la noche templada de Malibú hasta que está lo suficientemente lejos de su fachada para usar la propulsión adecuadamente.

Pepper deja caer la mantita al suelo y arrastra sus cansados pasos a la vertiginosa velocidad de doscientos milímetros por hora en dirección a su tan ansiado baño, y si en la hora y media que tarda en salir del maremágnum de sales perfumadas y agua con espuma en la que se sumerge, se le pasa por la mente que esa insistente punzada en el estómago es debida a que a pesar de verle todos los días, echa de menos a Tony, siempre puede escudarse en que no es más que un delirio provocado por su más que excesivo cansancio.

La décima noche aparece lenta y sigilosa colándose como si nada detrás del atardecer y la encuentra a solas en lo que solía ser el salón de juegos de la Mansión Stark.

Repasa minuciosamente los planos de las obras y supervisa con cautela cada detalle de la reconstrucción porque Stark será un genio, pero Dios no quiera que se ate los cordones de los zapatos él solito.

-Jarvis, recuérdame por qué estoy haciendo yo esto en lugar de estar haciéndolo tú.

-El señor Stark opina que carezco del necesario toque femenino.

-Por supuesto- murmura para sí misma.

Hace un par de anotaciones al margen con alguna sugerencia y alguna duda para que Tony lo revise con el arquitecto y se pregunta, no por primera vez en los últimos días, qué demonios se supone que está haciendo.

Todo era más fácil antes. Antes de ser nombrada presidenta y directora ejecutiva de Industrias Stark, cuando ella era asistente personal y las barreras y los límites estaban claramente definidos, antes de que él dejase oficialmente de ser su jefe y se convirtiese en esa figura difusa y ambigua capaz de enfurecerla en un segundo y licuarle el estómago al segundo siguiente sin que pueda escudarse con efectividad detrás de su omnipresente profesionalidad.

Desde el pasillo que comunica la sala con el salón principal se escuchan unos golpes ahogados aproximándose que Pepper sabe reconocer perfectamente como los pasos de Tony golpeando el suelo de granito pulido – Ah, bien. Estás aquí. No sabía si vendrías.

Ella se gira y levanta una ceja y no se fija en sus pies descalzos, ni en los músculos de sus hombros que asoman por debajo de la camiseta sin mangas con manchas de grasa, ni en su pelo despeinado y la leve capa de sudor que hace que su espalda y sus brazos brillen bajo la luz artificial. No se fija en absoluto. Que va. Ni un poquito.

-Cincuenta y tres e-mails y veinte llamadas de teléfono son difíciles de ignorar.- Tony mete las manos en los bolsillos delanteros de sus vaqueros sin ninguna intención de justificarse - ¿Qué tal por Washington?

-Soporífero. Tengo otra reunión con Shield la semana que viene y el subsecretario de defensa te manda recuerdos.

-¿Las máquinas de vending?

-Mantuvimos una civilizada tregua.

Tony pasa por delante de ella y atraviesa la sala en obras hasta uno de los escalones que conducen al exterior por donde antes estaba la puerta de cristal y se sienta allí, con los brazos rodeando casualmente sus propias rodillas y observando el resto de la sala.

-¿Qué opinas?

Pepper deja los planos y los papeles en un espacio libre de la barra medio deshecha y cruza también la estancia para sentarse a su lado, con cuidado, procurando que la tela de su falda de tubo no resbale y se suba más de lo debido y vigilando no hacer ningún cruce de piernas imprudente.

Mira alrededor de la habitación, tratando de ver las cosas desde su perspectiva, como si eso fuese posible en absoluto – Que la próxima fiesta de cumpleaños la celebramos en el jardín.

Tony no sonríe, no contesta, continúa mirando abstraído a su alrededor como si no hubiese perdido repentinamente el interés en la conversación. Pepper espera prudentemente a que termine de divagar mentalmente sobre lo que sea que esté pensando, después de más de diez años de conversaciones que no son serias ni dejan de serlo y que no tienen principio ni final, puede decir que, sino todo, algo ha aprendido.

Permanecen cada uno en su sitio, ocupando un mínimo espacio de la inmensa habitación pero sin llegar a tocarse, cerca y lejos y a ella se le antoja como una metáfora demasiado obvia de su relación, tan obvia que de repente no puede evitar sentirse incómoda en el silencio.

-Así que te estabas muriendo- lo dice en el mismo todo en el que la gente educada inicia conversaciones en los ascensores y Tony casi frunce el ceño.

-Sí, resulta que insertarse en el pecho barritas de elementos radiactivos puede ser bastante perjudicial para la salud.

-Quién lo hubiese pensado- y solo porque quiere estar segura de que todo está bajo control pregunta - ¿Y de qué son las barritas ahora?

Tony se lo piensa durante medio segundo más de lo que habitualmente tarda en pensarse las cosas y a Pepper le falta el aire en los pulmones.

-Pues ahora que lo dices no lo sé

-¿No lo sabes?- su voz adquiere un tono agudo y nervioso y Tony sonríe inmediatamente como si su evidente preocupación provocase algún tipo de reacción Pauloviana en los músculos de su cara -¿Qué quiere decir que no lo sabes?

-Es que aun no le he puesto nombre – echa los hombros ligeramente hacia atrás y levanta apenas un centímetro pavoneándose de un modo tan evidente que a Pepper le cuesta no elevar los ojos al cielo – he inventado un nuevo elemento ¿Qué te parece Starkita? Creo que tiene cierta musicalidad

Parpadea un par de veces antes de contestar

-Has inventado un nuevo elemento- lo afirma aunque suene como una pregunta

-Más o menos

A dos centímetros de tocarse Tony deja de deambular con la mirada y fija la vista en ella que no puede evitar levantar una ceja y probablemente hacer una mueca extraña. No es que ella sea un genio ni una experta en la materia pero tampoco es tonta precisamente y se pasa el día rodeada de proyectos e informes técnicos y a no ser que sus conocimientos sobre la tabla periódica y la química básica se hayan quedado alarmantemente obsoletos desde primer año de la facultad…

-No puedes inventar un elemento

Tony entorna la mirada y le brillan los ojos con algo indescriptible y poco habitual. Algo que podría ser sorpresa y es posible que algo de orgullo.

Está a punto de sentirse ofendida y recordarle que sí, sabe hacer más cosas que escribir en una agenda y llevar café cuando contesta.

-Probablemente inventar no era la palabra adecuada. Déjame intentarlo de nuevo, He sintetizado un elemento que no existe de modo natural en la Tierra- se inclina tan solo un poco y sus hombros chocan y se juntan – lo cual diría que a todas luces confirma que soy como de otro planeta.

Como si Pepper no hubiese tenido confirmación de ello durante años.

Mantienen la mirada el uno en el otro, como si fuese un reto infantil que ninguno de los dos está dispuesto a perder, mientras, afuera se hace tarde, Pepper lo sabe porque Tony está demasiado cerca y detrás de los cristales la noche está demasiado oscura y esa es una combinación que le da el miedo suficiente como para que desviar la mirada buscando una salida.

Se levanta con la parsimonia que utilizan los domadores para no despertar a las fieras y comience a andar hacia la puerta.

-He hecho algunas anotaciones al margen en el plano – comenta mientras cruza la habitación y comprueba que lleva su blackberry en el bolsillo – y Starkita es un nombre horrible.

Sus tacones sobre el granito del suelo suenan escandaloso con cada paso y quizá por eso Tony alza la voz para hablar mucho más de lo que suele hacerlo.

-No pretendía que las cosas saliesen así – dice, y sus palabras resuenan con cierto eco en las paredes vacías de la habitación haciendo que ella se pare antes de alcanzar la salida y se de media vuelta.

Pepper suspira hondo y cruza los brazos sobre el pecho. No tiene muy claro si se refiere al reactor, a no contarla lo que estaba pasando o al desmadre de la fiesta de cumpleaños. Tampoco es que importe demasiado.

-Pero así es como han salido, Tony.- su voz suena demasiado dura para ser su voz- La pregunta es qué vas a hacer ahora al respecto.

La undécima noche Pepper se arma de valor y comienza a escribir su currículo.

Es tarde pero no lo suficiente como para que resulte escandalosa su presencia en el despacho. Fuera de las horas de oficina, la luz artificial se derrama y se escurre por las paredes esquivando los rincones lejanos y el silencio que lo cubre casi todo parece desubicado y fuera de lugar.

El arte de redactar un buen currículo es requiere de mucha más destreza de la que la gente cree; no puede ser demasiado corto ni demasiado extenso, demasiado simple o demasiado complicado, debe parecer estructurado sin que dé la impresión de estar sobrescrito en una plantilla predefinida, de modo que media hora más tarde Pepper ha conseguido encontrar la fuente adecuada, escribir su nombre completo en el tamaño adecuado y reunir una serie de méritos académico-laborales que considera imprescindibles que aparezcan reflejados en algún momento.

-Si sigues pasando tanto tiempo aquí vamos a tener que ponerte una cama lo que, no me malinterpretes, me parece una gran idea, pero resulta mucho más difícil de lo que parece convencer a la junta de accionistas de que es un gasto necesario. Créeme, lo he intentado.

La voz de Tony la sobresalta más de lo que estaría dispuesta a admitir en público y más por un acto reflejo adquirido a base de años trabajando con proyectos secretos para el pentágono que por cualquier otro motivo, cierra la pantalla de su portátil con cierta brusquedad.

Durante un par de segundos el aire de la oficina se queda quieto a su alrededor y Pepper mantiene la mirada de Tony tratando de no mover ni un solo músculo facial, de no darle una sola pista que pueda usar de munición. Tony da dos pasos adelante desde el quicio de la puerta y las luces y las sombras juegan a su favor, siempre a su favor, dándole un aspecto predador que Pepper ha visto en demasiadas ocasiones con anterioridad pero nunca sin una top model en la habitación o una considerable tasa de alcoholemia en su sangre. Respira hondo, traga saliva audiblemente y sabe que ha perdido la batalla sin remisión cuando él se deja caer destartaladamente sobre la silla que hay al otro lado de su escritorio y se recuesta sobre el respaldo con las manos entrelazadas detrás de su cabeza y actitud ligeramente desafiante.

-¿Escondiéndome secretos señorita Potts?

-No – pero lo dice demasiado rápido y demasiado agudo como para que ninguno de los dos pueda fantasear con que su negativa suena remotamente creíble.

Sonríe – ¿Estabas visitando páginas eróticas en la oficina? – Pepper eleva los ojos al cielo y Tony aprovecha la coyuntura para incorporarse en la silla y bajar un par de octavas su tono de voz – por favor, dime que estabas visitando páginas eróticas.

-No estaba visitando páginas eróticas.

Se echa hacia delante y apoya el peso de su cuerpo sobre sus brazos apoyados en el escritorio y ella no entiende cómo si la mesa tiene como dos kilómetros de ancho de repente la distancia entre ellos se le antoja demasiado pequeña.

-Te has sonrojado.

-No estaba visitando páginas eróticas.

-Pareces acalorada.

-No estaba visitando páginas eróticas. Estaba actualizando mi currículo

Es más información de la que pretendía darle y Tony se queda callado durante un par de segundos tragando saliva casi audiblemente.

-Prefería lo de las páginas eróticas.

-Estoy completamente segura de ello.

Los rincones de la habitación se hacen más oscuros según avanza la noche al otro lado de la ventana y Pepper tiene la sensación de estar alumbrada por luces demasiado brillantes, como si estuviese en medio de un escenario representando una escena de la que desconoce el guión.

Se aguantan la mirada un par de segundos más hasta que Tony se abalanza una vez más sobre el adorno móvil de la esquina de su mesa para pararlo el movimiento con sus manos.

-Esta cosa me crispa los nervios ¿no hay manera de que te deshagas de ello?

-Claro, en cuanto deje el puesto me llevaré todas mis cosas en una bonita caja de cartón marrón.

Suelta el adorno como si le quemase en las manos y se recuesta de nuevo sobre su asiento de invitados.

-Creí que ya habíamos zanjado este tema.

-No hemos zanjado ningún tema, Tony

-En la azotea…

Le interrumpe antes de que pueda terminar la frase – Aquello que se dice o se hace inmediatamente después de una situación de stress extremo no tienen verdadera legitimidad.- utiliza un tono condescendiente y calmado y trata de no tener demasiados flashbacks de Sandra Bullock y Keanu Reeves.

-¿Por qué no?

-Tony…

-No Pepper, si existe algún tipo de reglamento o de libro de normas me gustaría saberlo ahora ¿si se dice algo con los dedos cruzados no cuenta realmente? ¿Cualquier cosa que se haga pierde validez alguna si se aguanta la respiración? Dime, ¿Cómo funciona exactamente?

Cruza los brazos en actitud defensiva porque hace mucho tiempo que Pepper no deja que nadie le levante la voz, ni siquiera Tony.

-Estás siendo impertinente.

Tony baja la cabeza, agacha los hombros y suspira audiblemente -¿Qué es lo que quieres de mi?

Parece genuinamente exhausto y Pepper relaja su postura un poco.

-¿Qué es lo que quieres tú de mi?

El silencio cunde en la habitación como cunde la oscuridad de la noche sobre las olas de la playa de Malibú. Cada segundo que pasa, Pepper se siente un poco más cansada, un poco más derrotada, unos metafóricos centímetros más lejos de Tony, como si hubiesen perdido una guerra antes incluso de comenzar la primera batalla.

Tony se levanta y anda hacia la salida sin cruzar ni una palabra ni una mirada con ella, alcanza la puerta y la abre y se queda unos segundos más ahí parado, mientras Pepper observa casi distraída los contornos de su silueta.

-Quiero todo lo que quería en aquella azotea.

Y cierra la puerta tras de sí dejándola a ella atrás, planteándose cuando fue la última vez que habló con Tony sin sentir un vacío en el estómago después.

La duodécima noche Pepper opta por la clásica opción de llevarse el trabajo a casa.

Carga con carpetas llenas de miles de cientos de papeles que le gustaría leer antes de firmar y toneladas de proyectos y presupuestos que revisar en la memoria de su ordenador portátil.

Apenas son las siete y media de la tarde cuando atraviesa la puerta de su apartamento, distribuye los papeles sobre su mesa de comedor en ordenados montones clasificados por temática y prioridad y enciende el ordenador portátil con un gesto cansado.

Consigue revisar la impresionante cifra de cinco proyectos completos y firmar todo lo que era urgente hace una semana antes de que su estómago la avise de que es hora de cenar y apenas ha malcomido al medio día. Tarda cinco minutos en ir hasta la cocina, abrir el frigorífico y comprobar que efectivamente está vacío y es entonces cuando cae en la cuenta de que es viernes y la chica que la ayuda en la casa y le hace la compra semanal viene los sábados y de que sí, es una forma patética de caer en la cuenta de qué día de la semana es.

Se sienta en el sofá con las luces apagadas mientras termina de hacerse de noche. El reloj luminoso del TiVo que nunca usa le dice que son las nueve y treinta y dos minutos de la noche y Pepper sabe, que quizá debería empezar a plantearse seriamente si de verdad quiere dejar un trabajo con el que lleva años soñando simplemente porque ha tenido un comienzo difícil.

Por supuesto, debería hacer tiempo también para plantearse seriamente muchas otras cosas que también son de cierta importancia vital y que le garantizan un tremendo dolor de cabeza instantáneo; SHIELD, y Natalie, y Tony y aquella maldita y dichosa azotea que se esfuerza demasiado en obviar quizá porque probablemente la alternativa le aterra hasta tal punto que la clava al suelo con tal fuerza que la deja sin respiración.

A las diez menos cuarto coge el teléfono y marca el número antes incluso de tener claro lo que está haciendo. Lo único que quiere es un poco de simplicidad; cenar porque tiene hambre y relajarse porque es viernes por la noche y no plantearse las infinitas posibilidades que hay de que algo (o todo) salga terriblemente mal.

El teléfono da señal por tercera vez y a quién está pretendiendo engañar, es viernes por la noche lo cual con toda seguridad significa…

- Estoy ocupado – la voz de Tony esforzada entre ruidos de herramientas la sorprende e interrumpe antes de que pueda formular su pensamiento completo- así que si quieres echarme la bronca por algo que haya hecho o no hecho, dicho o no dicho, te agradecería que…

-No tengo nada para cenar en casa – dice lo primero que se le ocurre para no dejarle terminar porque francamente, no puede aguantar ni un minuto más el ciclo de reproches velados y malentendidos enmarañados en el que parecen haberse quedado atascados.

Al otro lado del teléfono, el ruido de herramientas cesa y Tony se toma un par de segundos antes de contestar.

-Hago una tortilla bastante decente.

Sonríe aunque trata de que no se le note en la voz -Me gustaría cenar antes de que se hiciese de día.

-Ligeramente ofensivo pero cierto.

Pepper sonríe y sube las piernas al sofá doblándolas, casi sentándose sobre ellas y se relaja un poco envuelta en oscuridad – Dame una hora – le dice Tony antes de colgar y ella se acurruca un poco más en el sofá y se pregunta por qué las cosas no pueden ser siempre tan satisfactoriamente simples.

La decimo tercera noche la "noticia" de que el magnate multimillonario antes play-boy incorregible, ahora superhéroe en sus ratos libres, tiene una nueva novia, conquista, relación sentimental o compañera sexual (en función de la fuente que se consulte), ha dado la vuelta al mundo.

Varias veces.

Es posible que incluso vuelva atrás en el tiempo como Superman en aquella película debido a la exagerada cantidad de vueltas que ha dado al mundo.

Pepper escanea diligentemente su bandeja de entrada totalmente colapsada por cuarta vez en el día y borra todas las alertas de google y algunos e-mails de periodistas sin siquiera pestañear. La televisión silenciada del despacho muestra una y otra vez las mismas imágenes robadas que pueblan todos los periódicos y siente cierta curiosidad por cómo sería hacer su trabajo sin tener que enfrentarse de un modo más o menos periódico a la cobertura mediática que la CNN emplea en la vida sexual de su jefe.

Pepper suspira profundamente, eleva los ojos al cielo y comienza a recoger sus cosas de la mesa mientras las luces de Malibú se encienden al otro lado de la pared de cristal. Es casi reconfortante la sensación de volver a los viejos tiempos si no fuese, por que por supuesto, no se parece en absoluto a los viejos tiempos y literalmente, no existen horas materiales en su día para hacer su trabajo como CEO de Industrias Stark y llevar a cabo el control de daños en relaciones públicas que la imagen de Tony necesita casi a diario.

Cierto ajetreo inusual y voces más altas de lo normal a las afueras de su despacho la sacan de su ensimismamiento justo a tiempo de ver entrar a Tony por la puerta como si acabase de correr la media maratón mientras su nuevo asistente hace aspavientos a sus espaldas.

-Hay un tío sentado en la mesa de Natalie que dice que estás ocupada y que bajo ninguna circunstancia puedo molestarte.

Pepper le observa fijamente durante un par de segundos con lo que espera sea perfectamente perceptible reproche antes de mirar por encima de su hombro.

-Gracias Mark, ya me hago cargo yo.

Su asistente asiente silenciosamente y se da la puerta desapareciendo sigilosamente de la escancia cerrando la puerta tras de sí. Tony sonríe insoportablemente victorioso dando un par de pasos hacia ella como si hubiese superado algún tipo de prueba.

-Y Natalie ya no trabaja aquí – dice Pepper ordenando un montón de papeles – lo cual sabrías si leyeses alguno de los correos de SHIELD que te empeñas en re-enviarme- cierra los programas de ordenador y comienza a apagar el sistema operativo – pero si estabas busc…

-¿Mark?

-Es mi nuevo asistente

-¿De dónde lo has sacado? ¿De una sesión de fotos de Teen Vogue?

Pepper eleva los ojos al cielo, se levanta, pone las manos sobre sus caderas y evita el obvio comentario sobre cómo de los aquí presentes no es ella la que habitúa a contratar a modelos para cualquier tipo de puesto – Fue el primero de su promoción.

-¿Del instituto? ¿Cuántos años tiene? ¿Quince? Creo que podrían denunciarte por explotación infantil, Pepper.

-Tiene veintiséis, lo cual son dos años más que los que tenía yo cuando empecé a trabajar para ti ¿Querías algo más o solo has venido a comprobar las credenciales de mi personal?

Tony se gira en su silla hacia el lateral de la mesa por la que ella se aproxima y la observa pacientemente mientras avanza un par de pasos, se sienta someramente sobre el borde de su mesa y cruza los pies a la altura de los tobillos y los brazos por encima del pecho.

Se miden, se observan y el tiempo languidece poco a poco dando paso al anochecer al otro lado de las ventanas.

-No es lo que parece –dice por fin Tony como si en vez de mirarse hubiesen estado manteniendo una nutrida conversación silenciosa- me pidió un autógrafo y antes de que pudiese hacer nada…

-Tony… -le interrumpe porque en todos sus largos años como asistente personal no ha pedido explicaciones ni una sola vez que es exactamente la misma cantidad de veces que él se las ha ofrecido y ahora que ya ni siquiera trabajan juntos parecen, de algún modo, tremendamente vulgares y fuera de lugar- no tienes que justificarte.

-Me gusta justificarme

-¿Desde cuándo? – le sobra incredulidad en cada sílaba.

-Vale, odio justificarme – hace una pausa para ganar efecto- me gustan las implicaciones de tener que justificarme.

-¿Desde cuándo?- le sigue sobrando incredulidad para dar y tomar.

Tony hace una mueca similar a la que Pepper se imagina que haría si alguien le retase dándole con un guante blanco en la mejilla y ella se esfuerza por no cambiar un ápice su inexpresiva máscara de indiferencia.

Silencio de nuevo. Y si están hablando con la mirada, claramente están manteniendo conversaciones diferentes porque todo lo que los ojos de Pepper quieren decir es "Vete, no quiero saberlo. Vete, no me obligues a creerte otra de tus mentiras piadosas" y sin embargo, cuando se rompe el silencio, Tony dice:

-Vente conmigo a casa.

-No

-¿Por qué no?

Y es tan tremendamente irónico que a Pepper solo se le ocurra " Porque no" como gran motivo que casi tiene ganas de llorar así que no dice nada y desvía la mirada.

-Vente conmigo a casa. – Repite. Y su tono es casi suplicante.

No responde y cuando sale de su despacho con la mano de Tony vigilante en la parte baja de su espalda se dice a sí misma que si la única diferencia entre ella y el resto de las mujeres de Malibú es que ella nunca se ha acostado con Tony Stark, no hay demasiado mérito en mantener ese título a toda costa.